Donostiarras del Siglo XIX (Tomo 1)

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ADRIÁN DE LOYARTE


Donostiarras


del siglo XIX


Tomo I



1913 - SAN SEBASTIÁN

LIBRERÍA EDITORIAL BAROJA





ESTUDIOS HISTÓRICOS

ADRIÁN DE LOYARTE


Donostiarras


del siglo XIX


Tomo I



SAN SEBASTIÁN

LIBRERÍA EDITORIAL BAROJA

1913


ES PROPIEDAD




Establecimiento tipográfico de Hijos de J. Baroja.


ADVERTENCIA

Pretendo ofrecer al lector en este volumen, páginas de historia patria; de hombres eminentes que en el transcurso de largos años dieron a las futuras generaciones ejemplos dignos de imitar.

No intento, sin embargo, resucitar hechos y figuras que suspendan a nadie, ni le dejen embobado con citas de cosas y fechas cual una nueva lidia de la Historia.

Sin embargo, tengo la pretensión de haber aprisionado en este primer volumen, y parodiando la frase de mi ilustre amigo «Azorín», una partícula del espíritu de los hombres de Vasconia y Donostía.

Si no hay ilación histórica, materialmente mirándolo, ni orden de fechas de un personaje a otro, a mi juicio innecesario en este género de obras, el lector notará, en cambio, cierta honda preocupación por sus glorias, un acendrado espíritu de patriotismo, y encadenación lógica en la vida de cada personaje. No falta tampoco el análisis psicológico en muchos de ellos.

Anécdotas; rasgos morales; cosas íntimas; detalles de sus vidas, he anotado los que he podido recoger a fuerza de no pocos sacrificios y fatigas; de correspondencia; de pérdida de tiempo y dinero, y de numerosas conversaciones particulares.

También doy en cada personaje el estado social de su época, con las diversas manifestaciones artísticas y literarias, dentro de la modestia con que éstas se exteriorizaban. He insinuado, solamente, la política, con la mayor fidelidad posible y siempre dentro de mis convicciones y creencias.

Y así han ido mi pensamiento, mi corazón y mi pluma a través aun de las más recónditas páginas de este libro.

Tres meses, poco más, me bastaron para dar cima a esta obra, cuyo final aun no puedo señalarlo. Y en este transcurso, necesario ha sido realizar un esfuerzo de concentración, en esta ciudad del bullicio veraniego, del tráfago y mundo modernos, donde la soledad no puede buscarse más que en el individual recogimiento.

El análisis de las vidas de donostiarras, como José Manterola, Lersundi, Antonio Arzác, Rafael Echagüe, José Vinuesa, José Juan Santesteban, Vicente Manterola, Venancio Minteguiaga, José Manuel Aguirre-Miramón, Ramón Blanco y Antonio de Urbiztondo, son el contenido de este primer volumen, con cuya lectura, pretende el autor dar la sensación del intelecto donostiarra durante el siglo XIX.

Sensación que vendrá a continuarse y completar con los Peña y Goñi, Collado, Lasala, Fernando de Norza- garay, Conde de Llobregat, Larroca, Legarda, Martínez Sierra, Brochetón, Besné, Vilinch, Soroa, Barcáiztegui, José Vicente Echegaray, Pablo de Alzola y otros más.

Tengo que advertir también que si algunos de los personajes no están tan completados como hubiese deseado, debido es, no a la falta de trabajo e indagaciones sobre los más íntimos detalles de sus vidas, sino a la material imposibilidad de encontrarlos.

Y desde esta página expresar mi más profundo reconocimiento, a todas aquellas personas que, con sus conversaciones y los documentos por ellos enviados, me han ayudado poderosamente en la difícil obra por mí acometida.

Adrián de Loyarte

San Sebastián y en !as fiestas del Centenario de su sitio, saqueo e
Incendio; 31 de Agosto de 1913.


(Se terminó de escribir el original de este libro en Mayo del citado año.)



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JOSÉ MANTEROLA


José Manterola


UNA acción característica del hombre-dice Schopenhauer en sus «Pensamientos» -permite llegar a un conocimiento exacto de su carácter. A Cuvier le bastaba el análisis de un hueso para llegar a la reconstitución de un todo animal; a un botanista le es suficiente una hoja para el conocimiento exacto de toda una planta. A un observador ligeramente agudo, a un hombre versado en letras, le basta la simple lectura de un trozo literario para conocer la tendencia del pensamiento fundamental de su autor, sus sentimientos, su ideal.

El amor es muy difícil de exteriorizar sin concretar. A los primeros momentos queda, por lo general, delatada la tendencia. José Manterola, apenas nació para el mundo de las letras, su tendencia, su espiritualidad, quedóse grabada en las inteligencias y corazones de todos los bascos. Su acción característica sirvió para que aquella alma escogida quedase para siempre señalada en el escalafón de los príncipes del amor en las letras euskaldunas. Un pensamiento suyo nos bastaba para completar de construir y levantar el armazón de su ideal. Manterola era un sentimiento de amor hacia su país, un recio sentimiento de amor. No concebía su vida sin vaciarla definitivamente en la bascongada. Vivir para no sentir su patria, era en Manterola vivir contra la patria. Vivir para, pudiendo, no enaltecerla, era otorgar a la blandura lo que de suyo exigía el sacrificio. Y vivir para ver morir y dejar morir sería muy afin al sentir de un monstruo, pero no de aquella sensibilidad de alma bascongada que se llamó José Manterola.

Y es que Manterola preveía la muerte del país basco porque perecía su lengua. V aquel amor suyo, amor de un hijo que sacrifica todo a su madre, lanzóle al encuentro de la anemia espiritual que, en su juventud, minaba, debilitando la vida y conquistando la muerte de toda una raza. Pero así como existen temperamentos imposibles a la vida, sin estar bajo la posesión de lo que ellos estiman ser el más alto de sus amores, así también Manterola aparecía fuera de la órbita de su felicidad, mientras la posesión del amor bascongado no entraba en pleno dominio de su aspiración.

Y, sin embargo, es el mundo tan liviano, rodea la vanidad de tal modo a los hombres, que al chocar en la dinámica de la ·vida con almas de una sensibilidad tan exquisita, ese mismo choque produce la extrañeza primero, y algunas veces-¡desgraciados!-hasta la repulsión; el entusiasmo y la efusión, consecuencia de una viva compenetración de sentímientos; eso que debiera ser natural, aparece en lo que se llama sociedad como un bicho raro. Y es que el necio envanecido abunda y no acaba, corno la mala hierba. De éstos, está plagada la sociedad.

Esa gran aberración, por lo mismo que surge del fondo de la más crasa ignorancia, no comprende y, por lo tanto, no podrá estimular jamás a los que en la flor de la vida, en los momentos de más puros idealismos y de fantasías más ricas, del mismo modo que las primeras luces de la mañana iluminan con los resplandores más puros la Naturaleza toda, iluminan ellos también con los primeros pensamientos de su inteligencia, generaciones enteras de ciudadanos. Pero hay, sin embargo, una patria que da vida y esplendor a sus hijos preclaros, como hay tierra amorosa que vivifica las plantas y los arbustos todos de la Naturaleza. A esa patria se sacrifica la vida, porque esa vida se la debe también a la patria. De nadie se podrá decir con más justos títulos que de Manterola, que todo lo dió a la patria. Le consagró su vida; por lo tanto, hizo consagración de lo más estimado en el hombre. ¿Hay algo más heroico ni más noble? Porque si estudiáis. con detenimiento su vida, observaréis al fin, una ilación constante del pensamiento y acción enfilada siempre al esplendor de los suyos.

Niñez y juventud. No vivió más. Y en ese corto tiempo; en ese tiempo que es la edad de las ilusiones; de la vida sin regla; del darse a sí mismo; del acordarse de sí mismo; del preocuparse de la formación de un fundamento; del ser para uno, para acaso darse más tarde a los demás, en ese momento culminante de la vida, del florecimiento de la vida, Manterola tuvo un amor grande. El mayor quizás. Ese amor fué a su patria, a sus cosas, a sus costumbres. El país euskaro, sin embargo, no le ha dado la importancia que debiera darle, toda la importancia que merece. Parece que entregarse un corazón en sus primeros latidos nobie y sinceramente a una causa tan noble también como la de la floración del sentimiento patriótico, es algo corriente, siendo sin disputa la cristalización del tipo más ideal del ciudadano. Supone la dejación de todas sus comodidades y egoísmos; la ruptura con todas sus conveniencias; la gravación de todas sus pasiones, y sobre todo ello una elevación moral, una dignificación de su personalidad, tan elevada y sublime que confina cumbres y latitudes, imperceptibles a la visión natural de los hombres. Y en esto es en lo que aún no ha penetrado la persuasión del país euskalduna.

Cánovas del Castillo, con aquella inteligencia soberana que Le caracterizaba y con aquella cultura enciclopédica, adquirida a fuerza de voluntad firme, vertida sobre incesantes vigilias, llegó a conocer bastante la idiosincrasia y la trabazón histórica que unía al país basco antiguo con el moderno. Y en uno de los varios estudios que con singular acierto dedicó a la cuestión e historia bascongada, trataba a los bascos de rebeldes. Y, en efecto, tenía razón. Pero no tal y como aquel hombre público lo daba a conocer, sino en nosotros mismos. Los bascos somos rebeldes de fuera para dentro. No de dentro para fuera. Somos rebeldes entre nosotros; de amigo a amigo; de vecino a vecino; de individuo a individuo. Y esta rebeldía nos conduce las más de las veces al desierto de un reconcentrado individualismo. Por este individualismo; por esta rebeldía; reconociendo acaso en el fondo del alma el valor de nuestros hombres, no les exteriorizamos en apoteosis. A lo sumo encendemos una bengala; disparamos un cohete; quemamos un grano de incienso en su honor, y..... basta. Y esto después que haya muerto. Porque en vida se anula o se le estrangula en la flor de sus aspiraciones a la inteligencia más privilegiada que nacer pudiera. En cambio a cosas secundarias, y aun a extrañas al país, damos muchas veces un valor que en realidad no lo tienen.

De esta característica especial resulta el abandono de nuestra historia; el huir de las primeras inteligencias; la falta de otras que pudieran desentrañar los arcanos de nuestros primitivos tiempos; la decadencia y la pedante- ría literaria, como consecuencia de una anemia intelectual y una serie de males, fruto exclusivo de nuestra rebeldía, de nuestro carácter e individualismo. Tipos, figuras, como la de Manteroa están todavía sin ser estudiadas a fondo por las generaciones anteriores. Por las actuales olvidadas. Por las posteriores..... ¡Quién sabe! ¡Acaso injuriadas!

Es muy posible que al paso que caminamos sobrevenga una generación de literatizantes y anarquizantes de la literatura, la historia y el buen gusto, para que toda una labor patriótica llevada a cabo con amor y con arte, se venga abajo. Que esto se inicia, es deber el reconocerlo. De toda la labor literaria, o casi toda, es rara la que se ocupa de cosas de:: país donde se escribe. Existe una aversión decadente hacia esta personalidad característica, que es precisamente la que distingue a los pueblos. Y en cambio se impersonaliza y se universaliza de tal modo, que esfuerzos noblemente empleados en una labor patriótica, se esterilizan, enfocándolos, y terminando de arrastrarlos a la fosa común, donde perecen sin arte, sin gloria y sin fruto. No creo que exagero.

Basta solamente un detalle para comprobar de modo terminante mi afirmación. Hace ya años, bastantes años, que murió Manterola. No conozco, ni creo que se haya llegado a escribir, ni menos a publicar una labor crítica de sus obras, de su personalidad. A raíz de su muerte, como más tarde veremos, se le dedicó por sus amigos una corona literaria; se publicó más tarde un folleto con artículos necrológicos, y eso fué todo. ¡Pobre Manterola! Fué de los pocos que supo luchar, cuando los que sentían toda la robustez de Ja personalidad bascongada se hallaban solos, y lo que es peor además, combatidos.

El error del pensamiento del país basco, no ha sido sólo desconocer su misma historia; el error estupendo, en confines con la locura, ha sido que tras de no conocerla, sin reconocer su ignorancia, sin confesarla, y menos sin abatirla; el sentirse con valor para combatir, censurar y colocar en la piqueta a los que la conocían. No conocer y sentir. Parece una paradoja. Esto se ha hecho durante largos años. No conocer. No sentir.

Pero llegamos en nuestro preámbulo a proporciones más amplias de las que era nuestro primer propósito, y vamos a entrar ya de lleno en Jos orígenes, la formamación y la vida de Manterola. Que pronto comprenderá el lector el extraordinario mérito de Manterola como bascongado y como publicista.

* * *

La calle de Narrica de San Sebastián fué una de las más fecundas en dar hijos beneméritos a la patria. En ella nacieron los hermanos Vinuesas; allí vivió Manterola (D. Vicente), allí nació el General Blanco, y allí también tuvo su cuna José Manterola.

El 23 de Marzo de 1849, nació Manterola, en el número 1 de dicha calle de Narrica y fué bautizado en la típica parroquia de San Vicente, la más antigua de la la capital donostiarra. Manterola descendía de familia netamente basca. Su padre, D. Gregario Manterola, que fué diputado general en época foral y hombre culto y estudioso, era natural de Lezo (Guipúzcoa) y su madre, que se llamaba D.ª Ramona Beldarrain, de San Sebastián. Familia, por lo tanto, conocidísima y muy querida espe- cialmente en aquella época de recuerdos tan gratos, y en que San Scbastián semejaba a algo patriarcal.

El joven Pepe, como así se le llamaba por sus amigos, era muy aficionado desde niño a las cosas literarias. Sus padres, que por nada querían torcer la vocación del muchacho, le llevaron a estudiar al Real Seminario de Vergara, Centro entonces de instrucción preparatoria de toda la juventud guipuzcoana y gran parle de la bascongada. De manera que una vez pasada la niñez en San Sebastián, le tenemos al joven Manterola en Vergara. Nada hizo variar los presentimientos de sus padres bajo el punto de vista literario. No solamente hizo con aprovechamiento los estudios del bachillerato, sino que llegó a alcanzar el grado con tal brillantez que todas sus notas delataban una inteligencia admirable.

Nada privó tampoco al joven donostiarra la continuación de su carrera con tanto acierto comenzada, y al año siguiente de alcanzar el grado de bachiller prosiguió sus estudios en Valladolid, Zaragoza y Madrid, donde dió fin a su carrera de filosofía y Letras. Pronto se dió a conocer Manterola como escritor y como hombre estudioso.

Ya antes de terminar su carrera colaboraba con asiduidad en el importante periódico de Madrid El Resumen, y antes de los veinte años escribía versos, artículos en diversos periódicos y comentarios que delataban un entendimiento clarísimo. Pero si Manterola comenzaba ya a brillar con verdadera intensidad en el campo de la literatura, a la vez se compenetraba con un gran amor, un hondo sentimiento de bascongado. Defendió en el periódico fuerista La Paz, la integridad política de su país juntamente con varios paisanos suyos, como Egaña, lturralde y otros.

Toda su observación, toda su pasión, todo su delirio, constituían para el joven Manterola la personalidad del país euskalduna. Desde sus primeros años de estudiante sus condiscípulos y amigos más íntimos le oían decir con bastante frecuencia, que uno de los más grandes anhelos de su vida, sería la recopilación y publicación de las canciones y poesía popular del país euskalduna. Y a manera de aquellas almas místicas compenetradas tan íntimamente con el ideal ultraterreno, sólo ansían su consecución más pronta y segura, así también Manterola tuvo por única aspiración de su vida el ideal de su país, la exaltación de las virtudes de su raza.

Después de escribir en El Resumen, de Madrid, ya de residencia en San Sebastián colaboró en el Aurrera, periódico fundado y dirigido por D. Joaquín Jamar, publicista ya de renombre, y durante los años de 1868 al 70, Manterola escribió exclusivamente sobre asuntos del país. En 1871 Manterola, movido por su amor al pueblo de San Sebastián, escribió y publicó una «Guía de San Sebastián», tan notable, con espíritu tan perspicaz escrito, con un estilo tan sencillamente elegante, y con un lujo de datos, detalles y observación, que su mayor elogio está concretado con decir que lo más interesante que se escribe hoy en materia de historia, en casi todas las «Guías de San Sebastián», ha venido tomándose una tras otra de la primitiva «Guía» de Manterola.

Pero la obra fundamental; la que le dió renombre a Manterola como literato, como crítico y como hombre muy versado en las cosas de su país, fué el «Cancionero Basco», una de las obras mejores que se han publicado desde que existe la raza euskalduna. Esta obra la publicó el año de 1877. Ya para entonces Manterola dirigía el único periódico que se publicaba en San Sebastián durante la guerra civil, titulado Diario de San Sebastián. Tiene tal importancia hoy dicha publicación, y es una base tan segura para la historia de San Sebastián del siglo XIX, que sin su adquisición se hace poco menos que imposible el conocimiento exacto de la vida easonense. En ese Diario de San Sebastián trabajó muchísimo Manterola. Durante el tiempo que duró su dirección era aquella hoja diaria, símbolo y bandera de las palpitaciones del alma donostiarra. Uno de los actos de más acendrado bascongadismo llevado a cabo por Manterola, fué el que realizó al momento de conocerse la ley abolitoria de los fueros venerandos. Cubrió su periódico con una orla negra, y al darla a conocer a su pueblo estampó al final las siguientes palabras: «¡Los fueros han muerto!» «¡Vivan los Fueros!» El Diario de San Sebastián juntamente con el Cuartel Real, que también se publicaba durante la guerra, suponen dos publicaciones fundamentales para la historia de la guerra civil en Guipúzcoa. Especialmente el Diario tenía corresponsales o amigos en los pueblos de la provincia, que enviaban interesantes cartas al periódico. Era el de Hernani tan activo, que constantemente enviaba noticias detalladísimas del movimiento carlista. El año 1885, muerto ya D. José Manterola, Diario de San Sebastián aumentó el tamaño, y comenzaron a publicarse en sus columnas artículos de Julio Nombela, Marcelino Soroa, J. Fernández Matheu, Tomás Camacho, Juan Cando y Mena. Aparecían trabajos de Aparisi y Guijarro, Carlos Cano, Teodoro Guerrero, Gabriel de la Concepción Valdas, Manuel Tamayo, Joaquín Ambrosio Palacios, R. Torres Muñoz de Luna y otros varios más. En folletón se publicaron estudios y trabajos tan interesantes como las «Tradiciones Vasco-Cántabras», de Araquistain; una «Biografía de Santesteban», por Antonio Peña y Goñi y estudios históricos tan importantes como el publicado por Bernal de O'Reilly, natural de Madrid, titulado «Bizarría guipuzcoana y sitio de Fuenterrabía 1474 - 1521 1635 - 1638 - Apuntaciones históricas». También en aquellos tiempos se llevaban a la prensa asuntos de enor- me trascendencia social, y entre otros que hemos ojeado en la Colección del citado Diario de San Sebastián, aparece uno tan discutido como el de la enseñanza oficial, que su autor, D. Andrés Constante, de Zumárraga, lo intitulaba «¿Debe darse la enseñanza religiosa en las escuelas públicas?». De todos modos, tanto durante el tiempo que lo dirigió Manterola, como mucho después, prestó al citado diario un gran servicio informativo y social en la capital donostiarra. ¡Lástima grande que apenas se encuentra ya hoy una colección completa más que en alguna que otra biblioteca particular! Pero como dejarnos dicho, la obra de más empeño de Manterola fué la publicación del «Cancionero Basco», aquel cancionero cuyos anhelos los dejaba sentir ya en épocas de su juventud.

El éxito de la mayor parte de las empresas, sea cuales fueren las regiones donde éstas se han de desarrollar, depende de la oportunidad. La oportunidad de aquella publicación el año de 1877, lo fué bajo un aspecto: el de la novedad, y no lo fué en cambio bajo su aspecto bascongado. Aunque parezca inverosímil, a pesar de la abolición de los fueros que por el Gobierno español se llevó a cabo el año anterior, el sentimiento basco se hallaba muerto. La influencia de gentes extrañas al país, que inherentemente a las vicisitudes de la guerra, comenzaron ya a decidir sobre la suerte de este país, causaron una verdadera revolución en el modo de ser de las gentes. La clase que más se distinguió en este abandono o dejación de la personalidad basca, fué, para desgracia nuestra, la clase humilde.

Llegóse al caso, fatalmente estupendo, de abandonar por las criadas de servicio la lengua euskara, sustituyéndola por la castellana. En la clase media se miraba con cierto despego y basta desdén todo cuanto fuese tendencia euskariana. En una palabra, el pensamiento basca había muerto.

Pues bien; Manterola, en medio de aquella indiferencia glacial que arrastraba los corazones euskaldunas, dió el primer grito de patriótico entusiasmo, de sano fuerismo, y, aunque casi solo, comenzó la nueva era de una restauración del sentimiento euskalduna. Para ello nada creyó mejor que reflejar en el libro algo de lo más íntimo, de más amado y dulce que había producido el pueblo euskalduna. Y publicó el «Cancionero Basco». Como su mismo título lo dice, la obra de Manterola constituyó una escogida colección de poesías y canciones populares del país. ¿Qué más patriótico, ni qué más digno del país euskalduna, sino el reflejo de su misma alma? ¿Dónde podrá admirar y sentir con más cariño los latidos de su corazón?

El «Cancionero Basco», completado a fuerza de sacrificios, no pocos realizados por el alma generosa de Manterola, constituyó en aquellos tiempos un esfuerzo extraordinario de trabajo y de dinero. No diremos que Manterola hubiese llegado a una perfección absoluta, pero sí podremos asegurar, sin temor a ser desmentidos, que después de su obra nadie ha completado ni ha realizado otra mejor. Por lo tanto, aquí sólo hemos de dedicar un fervoroso aplauso a aquel ardiente corazón de donostiarra, que, tropezando con sinnúmero de dificultades y sin otro apoyo que el de su firme voluntad, llegó a constituir una colección crítica interesantísima de poesías y canciones bascongadas.

Nada más a propósito para corroborar cuanto venimos diciendo, que trasladar aquí el juicio que mereció dicho «Cancionero» a uno de los cerebros más equilibrados del país basco, D. Ricardo Becerro de Bengoa. Dice así en el estudio necrológico dedicado al malogra- do publicista: «Las páginas de este libro se devoran, no se leen, por cuantos conocen la lengua de Larramendi y de Garibay, y al través de las estrofas, con la traducción a la vista, tratan de contemplar con creciente curiosidad los que ignoran el bascuence a los desconocidos y originales poetas de la apartada tierra. Para todos tiene, en efecto, misterioso y especial atractivo este libro».

En forma parecida de sentidísimo elogio habla también otro artículo dedicado por el insigne defensor de nuestros Fueros D. Pedro de Egaña, a raíz de la muerte de Manterola, cuando dice: «Su «Cancionero Basco», en que logró reunir con escogida crítica cuantos recuerdos, tradiciones y leyendas andaban esparcidos por nuestras montañas, es un tesoro de poesía que no dejarán de utilizar nuestros nietos luego que hayan desaparecido estos tiempos de frío escepticismo que hielan el alma y apagan todas las fuentes del entusiasmo».

Y ¿qué duda cabe que, tanto Becerro de Bengoa, como Egaña y como tantos otros que enaltecieron briosamente la labor de Manterola, no otra cosa hicieron más que cumplir con uno de los más estrictos y sagrados deberes del hombre, que es el de la justicia? Porque si para algunos sabios que andan por esos mundos de Dios, la labor de Manterola no fué lo que debiera haber sido, para nosotros, modestos estudiantes de las cosas euskaldunas, Manterola sobrepujó con su obra el ambiente antiliterario y antiartístico de aquella época, y vino a llenar un vacío que, sin su férvido patriotismo, todavía hoy quedara en su primitivo estado. A mi entender, el «Cancionero» de Mantero!a no es incompleto ni merece el menor reproche. Obedece al estado de alma de aquella época; a la conciencia colectiva de aquellos tiempos, que, como dice muy bien el Sr. Egaña, eran de glacial indiferentismo. ¡Cómo vamos a preten- der que nadie cristalizase una obra completa, ni menos definitiva, en ese género de publicaciones como el «Cancionero», si, además de hallarse todo absolutamente desperdigado y suelto, apenas existía ambiente literario!

El hecho del renacimiento euskaro que a raíz de la publicación del «Cancionero» de Manterola, y otros trabajos suyos, se suscitó en el país eukalduna, vale sin disputa alguna mucho más que cuantas obras se hubiesen publicado, sin aquel admirable y patriótico resultado. Aparte de que en eso de la imperrectibilidad de las obras y producciones de cada uno de los autores, se hacen afirmaciones demasiado categóricas. Esta obra -se dice- es incompleta; le falta algo; hay exceso de ñoñez. Está bien. Pero ¿me quiere usted decir si obedecía o no al estado de opinión de su época? Una obra de hoy, escrita actualmente, podrá ser maestra para la sensibilidad de nuestras almas y la cultura de nuestros entendimientos del siglo XIX o XX. Pero ¿lo será igualmente en el siglo venidero o en el de más adelante? ¿Es que no se habrán modificado los gustos, las aspiraciones? ¿No se habrán aportado por los hombres eminentes mayor acopio de materiales y de datos históricos? ¿Es que por ello la obra de los siglos anteriores fué incompleta para el siglo que se escribió y para el ambiente que se produjo?

No. Porque cuando Gebhardt escribió su «Historia de España», para su tiempo, fué una historia que llenaba las aspiraciones de la época. Hoy ni Mariana, ni Gebhardt, ni Lafuente, son autores que llenan las exigencias que la cultura o modalidad actuales piden al historiador y aun al literato. La oratoria de Castelar fracasaría ante el gusto moderno; como el miriñaque sería una ridiculez o una mascarada ante un traje impe- rio, o directorio; y así en todo. No vayamos, pues, a cercenar en lo más mínimo una obra que, no solamente cumplió su cometido hasta con exceso, sino que aun hoy puede resistir fácilmente el análisis de la crítica. Demos, sin embargo, un vistazo al estado social y de cultura de aquel San Sebastián del tiempo de Manterola.

Lo que puede llamarse cultura literaria, que es la única llamada a dar su verdadero valor y apoyo a trabajos del género del «Canttcionero» puede decirse que era nula. Ella se encontraba reducida a media docena de caballeros que en su mayoría alimentaban un fondo adverso a aquel género de publicaciones. Si es verdad que existió un Ateneo de relativa importancia, no respondía en cambio al menor deseo, preocupación ni necesidad social. Fué un trabajo y una creación puramente particularista. donde algunos señores podían exteriorizar sus facultades y su cultura. Y precisamente. como veremos más tarde, Mantcrola era uno de éstos que con más calor discutían las cuestiones. Pero, como digo, esto, en mi sentir, no tenia importancia alguna literaria. faltaba ambiente. Y que es exacto cuanto afirmo, bastará con exponer al lector el detalle de que era tan grande el retraimiento del pueblo a toda fiesta o producción de carácter literario, que aun el Teatro Principal se encontraba la mayor parte del año cerrado. De vez en cuando, y casi siempre con algún motivo humanitario, solían darse conciertos y fiestas en las que tomaban parte aficionadas y aficionados, y entonces se congregaba en alguno de los teatros que San Sebastián poseía, la flor y nata de la sociedad donostiarra.

Cuentan las crónicas de aquellos tiempos que el 13 de Junio de 1878 se verificó en el Teatro-Circo (hoy Residencia de los Jesuitas) un gran concierto vocal instrumental a beneficio de las familias de los náufragos bascongados, y en él tomaron parte, además de la orquesta y orfeón de !a localidad, señoras y señoritas de conocidas familias. Entre otras, Ernilia Brunet, señorita Miramón, Concha Berasategui, Elvira Betelu, Antonia Echeverría, con coro de señoritas. Entre el sexo fuerte, donostiarras tan amantes del arte como Sarriegui, Fermín Barech, Luis Calisalvo, José Echeverría, Modesto Fornié, Emilio Got, Santiago Echave, Santesteban (hijo), José Díaz y Angel Sáinz. Pero, como digo, estas reuniones, que se ceñían casi exclusivamente a la parte musical, se verificaban solamente por algún motivo o causa extraordinaria. La parte literaria solía ser nula por lo general. faltaba entonces no solamente ambiente, sino prensa que pudiese hacerlo; faltaban escritores del país dedicados al periodismo; faltaba todo. En las familias nadie se ocupaba ni poco ni mucho de literatura ni de libros. Eran contadas las personas de posición que poseyeran una regular biblioteca. La misma Biblioteca Municipal, aun hoy, no llena las aspiraciones de personas medianamente cultas y de alguna exigencia mental.

Bien es verdad que ya se había avanzado algo, tanto en la prensa como en el ambiente} con respecto a épocas anteriores, pero no lo suficiente como para llegar a agotarse, como debieran haberse agolado, algunas ediciones del «Cancionero Basco». Además, cuando en una comarca, una provincia o una población existe ambiente literario, resultan fáciles de aportar a la obra común los materiales necesarios, en perfecta armonía y unidad. Cuando ese ambiente no existe, aun lo poco que se aporta cuesta mayores sacrificios que aportaciones completas y definitivas, hechas donde existen materiales con obreros y espíritu iterario.

Puede decirse que cuando Manterola dió a luz su «Cancionero» la prensa de circulación, concretada en Guipúzcoa casi por completo a La Voz de Guipúzcoa, no bastaba sin embargo para dar a conocer aquella obra, como debiera haber sido en la prensa. En aquellos tiempos, faltaba el comentario y la crítica literaria, al menos en la forma extensa y cultural que se hace hoy. De manera que si apenas se habló del «Cancionero», ¿cómo se iban a dar a conocer ni menos comentar poesías que desperdigadas entre el pueblo apenas se les daba siquiera su justo valor? Considere, pues, el lector, si en estas condiciones, de un país que apenas ha tenido literatura, el sacrificio de Manterola no es digno de que se elogie calurosamente! El mismo Manterola reconocía implícitamente la dejación que hasta aquellos tiempos existía para la literatura cuskara, y el renacimienlo que iba iniciándose entonces, en los siguientes términos.

En el tercer torno de su «Cancionero» dice así: «Nuestra poesía hasta hoy meramente popular, hija de la sencilla inspiración de humildes rústicos que cantaban sin darse cuenta de ello, como cantan las aves obedeciendo a una necesidad de la naturaleza, comienza a ser practicada con estudios, a ser cultivada por hombres de ilustración, peritos en el manejo de lenguas y literatura extrañas, penetra ya en el campo de lo trascendente, y este renacimiento cuyos albores saludamos con inmensa satisfacción, no puede ocultarse a la vida de nadie que fije su atención en el desarrollo que empieza a adquirir el movimiento literario en la tierra euskara». Y efectivamente, no solamente nos da a conocer en su «Cancionero» lo más escogido que hasta entonces se conservaba lo más puro de las canciones y poesías bascongadas, sino que con un discreto sentido crítico Manterola estudia a cada poeta con conocimiento de la poesía y lengua euskaras. Nos da además notas biográficas de cada autor, traducciones al castellano, acotacio- nes, significados de palabras, y una serie de detalles y datos bastante más difíciles de adquirirlos que lo que muchos piensan.

Si en este «Cancionero» han pasado algunas medianas composiciones como ya se ha dicho, no será seguramente por inadvertencia de su autor, sino por la escasez de las mejores. Por más que pueden parecer medianas ciertas composiciones poéticas para algunos críticos y en cambio para otros, ser admirables, pues muchas veces ante la autoridad del crítico, está la del crítico del crítico. Sobre este punto sería conveniente insistir con alguna extensión si las dimensiones de este libro nos permitiesen, pero ya que no podemos hacerlo en la forma que quisiéramos, nos concretareinos a ciertas ligeras observaciones. Para sentar una afirmación tan rotunda como la de asegurar la poca validez de una composición o producción literaria, menester es que se la mire antes bajo distintos aspectos, no bajo un aspecto solo.

Una producción podrá ser descuidada en el léxico, por ejemplo, y en cambio ser una obra artística no despreciable ni mucho menos dejar de producir una sensible emoción en el ánimo del lector. En cambio puede ocurrir lo contrario, o sea que siendo riquísima en el léxico, hasta en el giro, carezca de la suficiente fuerza e intensidad para producir sensaciones en el ánimo del lector. Seguramente que existirán muy pocos poetas en España como Rosalía de Castro, excelsa poetisa gallega tan comentada por Unamuno y Azorín. Sus producciones son de una exquisitez tan sutil y admirable que sus lecturas nos parecen brisas suaves y perfumadas que airean nuestros rostros; lienzos severos que impresionan nuestro corazón. Pues a Rosalía de Castro poco menos que se le ha despreciado en España, con blasfemias que indican pobreza de sentimientos. ¿Será por esto que Rosalía de Castro es una mala poetisa o una peor escritora? ¿Si porque estuviese olvidada por Valera en su «Florilegio», y en cambio hiciese figurar allí a otros de composiciones vulgares, ¿serían mejores estas composiciones, que el alto, sutil e inmen'so lirismo de Rosatía de Castro? ¿Serán por lo tanto malas algunas composiciones del «Cancionero» de Manterola por el hecho de no ser conocidas, o de no haber sido consagradas como buenas, por determinadas orientaciones literarias?

No lo creemos así. Tenemos la pretensión de poder afirmar que cuanto se ha recogido en el «Cancionero Basco», de Manterola, tiene un valor artístico más o menos vulnerable; pero lo tiene: hay composiciones de verdadero sentimiento e inspiración; las hay hasta geniales. En conjunto son de gran valor. Esas mismas composiciones de Vilinch, recogidas por Manterola en forma que no podía menos de carecer de cierta depuración, mantienen vigorosa y fuerte la expresión de la espontaneidad; la plasticidad de la primera obra, la emoción de una jovial inspiración. Y realmente, aunque Manterola no hubiese llevado a cabo otra labor que la de dar a conocer la poesía de Vilinch, bastara para enaltecer su nombre, la publicación y exteriorización literaria de las composiciones del poeta indicado. Y digo esto, porque solamente un alma escogida y patriota como la de Manterola, pudo ser capaz de llevar a cabo empresa de tanta magnitud, en medio de la criminal indiferencia de sus paisanos.

El mismo Manterola en el prólogo de su tomo primero del «Cancionero» se lamentaba amargamente de esto diciendo: «Dos años han transcurrido ya casi completos desde aquella fecha - la muerte de Vilinch - y aunque el recuerdo permanece vivo en la memoria de todos sus amigos y paisanos, sus composiciones poé- ticas, algunas de ellas completamente desconocidas, yacen todavía durmiendo el sueño del olvido. ¡Triste muestra del abandono y la indiferencia con que desgraciadamente se miran en nuestro país las producciones del ingenio!............ Destino este tomo del «Cancionero» a dar a conocer algunas de sus producciones que aun permanecen inéditas y que hace algún tiempo tuve el gusto de recoger de manos de la viuda de Vilinch, que conserva los originales como precioso legado del que fué su amante compañero. En ellas admirarán los lectores la encantadora sencillez, la exquisita delicadeza, las bellísimas imágenes, la corrección de los versos y la finura del lenguaje que tan apreciables hacen las composiciones del malogrado Vilinch, el más tierno y sentido de todos los poetas euskaros». Este es uno de los actos más nobles y meritorios de Mantcrola, predestinados solamente para su ejecución, las almas grandes y sencillas que con tal de servir a la patria abandonan en momentos hasta sus más preciados intereses. ¡Qué diferencia de esas otras que cual ponzoñas en erupción, van picoteando aquí y allá, sin aportar al bien común nada o muy poco, sin que medien intereses convencionales!

Costóle no poco trabajo a Manterola recopilar todas las canciones y poesías populares. Aparte de la materialidad de la obra, el conjunto, la unidad, la ilación que campea en el «Cancionero», fué para su autor labor dificultosísima por la escasez de elementos que contaba. Prueba de ello fué el tiempo que trauscurría para la publicación de uno al otro tomo. He aquí sus palabras, en prueba de mi aserción: «Cumplidos ya los compromisos que habia contraído con el público, suspendo hoy la publicación del «Cancionero» .................. Confío en que antes de muchos meses podré anunciar la publicación de una nueva serie, para la que tengo preparados nuevos e importantes materiales que contando con el favor del público verán la luz dentro de un breve plazo». Pero Manterola, a pesar del sacrificio que aquella labor imponía, llegó por último a completar su obra, y hoy, merced a su tenacidad, puede contar el país basca con una admirable recopilación de sus producciones populares más poéticas, sencillas a la vez que artísticas.

Demos un vistazo a los autores cuyas poesías Manterola buscó, recopiló y comentó con paciencia de benedictino, y allí veremos las más bellas de Vilinch, lparraguirre, Eusebio María Dolores de Azcue, Moguel, José Vicente de Echegaray, B. de Etchepare, Joannes de Etcheverria, J. O. de Elizamburu, J. A. de Uriarte, A. Salaberri, Arzác, lturriaga, Otaegui, P. Arana, Serafín Baroja, P. Uriarte, Sor Juana Inés de la Cruz, P. Mendivil, Joannes Berjes y algunos más. De todos estos autores muchas de sus composiciones estaban inéditas hasta la publicación del «Cancionero Basco», otras publicadas en publicaciones de escasa importancia, y seguramente hubiesen estado relegadas al olvido, y hasta abandonadas, sin la labor de Manterola. Me inclino a creer que no solamente son excelentes la mayoría de las composiciones publicadas por Manterola, sino que hasta son las mejores que se han conocido en el país basco, hasta el año de la publicación del «Cancionero», y que precisamente las malas qne entonces existian fueron totalmente abandonadas por su autor. Y ¿qué otra cosa significa y es un cancionero, sino una colección de canciones y poesías por lo común de diversos autores? Y si, aparte de ser una colección sutilmente escogida existen en ella traducciones a otras lenguas, como sucede con el «Cancionero Basco», juicios criticos, notas biográficas y ob- servaciones de orden filológico, ¿no es evidente que con ello aumenta el valor literario, histórico y poético del «Cancionero»?

Sensible es que desde aquella fecha hasta hoy, si bien es verdad que apenas hemos contado con alta poesía euskara, no se haya publicado un nuevo cancionero, una nueva colección de poesías reveladoras del alma de nuestra raza. Seguramente los que creen o afirman que Manterola pecó de excesivamente benévolo en la admisión de poesías, tendrían en la nueva obra un nuevo motivo de exteriorizar sus sentimientos patrióticos y toda la estima y cariño que sienten por la patria en que balbucearon sus primeras oraciones. Pero se nos antoja que son muy pocas las almas patriotas que existen hoy cual la de Manterola, para llevar a cabo obras de tal trascendencia como la de su «Cancionero» y el resto de las producciones de aquel insigne e inolvidable donostiarra.

Y no haríamos mal serguramente extendiéndonos en más consideraciones sobre este tema del patriotismo, del verdadero patriotismo, tema siempre viejo y siempre nuevo, aunque fatalmente no podamos hacerlo por los límites a que hemos de reducir nuestro trabajo. Pero la patria abandonada en aquello que de más íntimo y sustancial tiene, que es el alma misma de su personalidad y de su raza, clama en momentos, con acentos vigorosos de indignación, aunque ellos se pierdan en lontananza como la voz que se pregona en el desierto, por muy sabia, muy elocuente y digna que sea la palabra.

No era sociedad corrompida, ni menos todavía afeminada la que existió en Guipúzcoa en los momentos históricos en que el «Cancionero», se publicaba; era sociedad austera, vigorosa y fuerte como el hierro de sus montañas la que vivió la vida guipuzcoana. Y, sin em- bargo, no alcanzó a justipreciar el alcance y trascendencia que la obra de Manterola tenía; no llegó a sospechar siquiera que cuando los niños de las escuelas, en sus primeras lecturas, aprendiesen y cantasen lo que cantaron sus abuelos y sus mayores, aquellos niños harían vibrar más tarde en sus corazones la llama generosa y ardiente del patriotismo y amor a su madre; no sospecharon que nada hay más fecundo en hechos heroicos, en hechos salvadores, como el culto ardoroso a la patria donde nacieron. Y hoy el «Cancionero Basco» recopilado por Manterola, en lugar de saborearlo y cantarlo, enalteciéndolo, los hijos todos de madres euskaldunas, yace en el más lamentable de los olvidos, empolvados los tomos en las bibliotecas públicas y particulares, olvidado por grandes y olvidado por chicos.

Olvidado el sentimiento más íntimo; olvidado el culto que se debe a lo que niarca y define el amor más grande y el amor más puro, que es el amor a una madre, y el cariño de esa madre, nadie podrá exigir más tarde, ni ahora, ni luego, ni nunca, que se trueque ese amor y se robustezca ensanchándolo en el culto a la gran madre, que es la patria, la sangre de nuestra sangre, vida de nuestra vida, cunas, cielos y sepulturas. Y se olvida cuando no se adultera- el culto a la patria, al no educar los ciudadanos desde la niñez con aquellas saludables enseñanzas cuyo principio vivificacior emana del sentimiento más íntimo de la patria.

Leer el cancionero de Manterola es escuchar las palpitaciones de un amor puro quintaesenciado en los versos de Vilinch; admirar la raza ennoblecida en las estrofas de Arzác; la suavidad y la dulzura en las composiciones de Elizamhuru; el sentimiento evocador tierno y sugestivo en los cantos de lparraguirre; el humorismo y la gracia espontánea en la inspiración de José Vicente Echegaray; la fortaleza y el vigor de la raza en la musa de Otaegui; la delicadeza y armonía en la alta inspiración de Elizamburu; el ingenio y aticismo en Serafín Baroja, y el suave deslizar de nuestros ríos cortando las praderas¡ la solemnidad de nuestras ingentes montañas; el cuadro armonioso del paisaje, las turbulencias del mar, y todo el país con lo que de más interno y consubslancial subsiste en todas las composiciones en general de ese «Cancionero Basco», tan bello, tan digno de ser leído y, sin embargo, como antes decimos, tan míseramente olvidado.

Pero Manterola hizo su labor, fué generoso para su patria, y ahí está su obra pregonándolo a quien quiera escuchar. Arturo Campión lo dijo, años ha: «Así, pues, no debe extrañar la calificación de importantísima que desde luego adjudicamos a la citada publicación -el «Cancionero»-, que hará posible una apreciación exacta del desarrollo intelectual de la raza euskara..... La obra comenzada por el Sr. Manterola presenta dos fases: una interesante al hombre de ciencia que quiere estudiar a los pueblos en todas sus manifestaciones; otra, amable y simpática a todo aquel por cuyas venas corre la generosa sangre euskara». Nada más exacto que lo dicho por el Sr. Campión. Todo observador y estudioso que quiera introducir en la alquitara de sus conocimientos la intensidad y modalidad poética de nuestro pueblo, debe por fuerza analizar el «Cancionero» de Manterola. Nada más exacto para escudriñar el alma de una raza que conocer su poesía. Y, sin embargo, son contados los hombres que la conocen cual lo debieran.

La actividad de D. José Manterola no quedó paralizada en la ardua labor del «Cancionero» Comprendiendo como comprendía que en el país basco estaba todo por hacer en aquello que fuese demostración de cultura, de personalidad euskara, y sabiendo como sabía que la obra ideada por él, suponía en aquellos tiempos de negligencia patria un sacrificio enorme y hasta una impopularidad suicida, pasó por todo ello, sin embargo. Y en su obra de restauración patria siguió el camino que años antes se trazara. Demostró con esto: primero, que era un carácter, y segundo, que amaba idolátricamente a su pais. No tocó, sin embargo, la parte política. Ciñó su labor a la puramente literaria.

Si Manterola hubiese sido político; si el ardoroso patriotismo que él sentía, en lugar literalizarlo lo hubiese cristalizado en un ideal político, es seguro que la patria, suicida en algunos momentos históricos, hubiese comprendido la enormidad de su indiferencia. Mn1terola se hubiese erguido con serenidad helénica, y aquella compenetración inhert.'nle que surge entre el pueblo y el apóstol que da su vida por la idea salvadora de aquel pueblo, resaltaria por encima de la masa congelada, y la converliria en pasión, en vida, en sangre, en fuerla propulsora de algo intensamente ideal.

Pero no fué así. Manterola, desde el punto de partida hasta el punto de llegada tendió una ilación personal. Esa ilación caracteriza el amor por la raza. Y ese arnor por la raza, en un sentido altamente social y literario. Así también, con un pensamiento ya definido al terminar la publicación del «Cancionero Basco», reunió a todos los escritores más relevantes del país, fundó la revista más importante del pais con el simpático nombre de Euskal-Erria, y el mes de Julio de 1880 salía a luz su primer número con una brillante pléyade de escritores y publicistas: Antoine d'Abbadie, Severo Aguirre-Miramón, M A. de Antía, el P. Arana, Vicente Arana, J. V. Araquistain, Felipe Arrese y Beitia, Ramón Artola, Azcue, Serafin Baroja, el Principe Luis Luciano Bona- parte, Arturo Campión, Juan E. Delmas, Duvoisin, Pedro de Egaña, J. B. Elizambmu, M. Guilbeau, lnchauspe, lparraguirre, V. lraola, lturralde y Suit, Mañé y Flaquer, Ramón Ortiz de Zárate, Claudia Otaegui, Raimundo Sarriegui, Antonio Trueba, Excmo. Sr. Marqués de Valmar, Vilinch, Julián Vinson, Alfonso María Zabala y otros muchos que, a medida de la publicación, iban aumentando.

Un notable artículo de Manterola, definiendo el ideal y orientaciones de la revista, figuraba en lugar preferente de la misma. A su vez Manterola creó una inferesantísima sección de efemérides basconavarras, dando también la importancia que realmente tenían a los Juegos Florales Euskaros y demás manifestaciones literarias que se celebraban por aquella época en las dos vertientes del Pirineo. Al principio, la revista fué acogida con frialdad, como todo lo que tendía entonces a exteriorización del sentimiento hasco, y realmente nadie creyó que llegaría a ser, como lo es, la revista decana de todo el país basconavarro e indiscutiblemente una de las más importantes, tanto por el tiempo que lleva ya publicándose como por las autorizadas firmas que siempre han colahorado en ella. Lleva ya publicados más de sesenta tomos, y es tal la diversidad de materias que se han tratado en la revista Euskal-Erria, que por sí sola forma una inapreciable enciclopedia para cuantos se interesan en los estudios basconavarros.

No es mía solamente esta opinión. Un hombre de tan sólida reputación, tan amante del estudio, y que realmente es una inteligencia cultisima entre los cultos, el ex presidente de la Diputación de Álava, D. Eduardo Velasco López-Cano, califica a la revista Euskal-Erria de VERDADERA INSTITUCIÓN, como excepción entre todas las demás, en su importante libro publicado en 1910 y titulada «Crónicas y Biografías Alavesas». Cuando persona de tan alta mentalidad y tan experimentado en todo género de estudios como el Sr. Velasco, hace esa aseveración, bien podemos también permitirnos nosotros corroborar con nuestras modestas observaciones, cuanto ha dejado escrito el ilustre ex presidente de la Excelentísima Diputación de Alava.

Seguramente que Manterola al fundar su revista no creyó ni sospechó la larga vida que ella llegaría a tener. En sus páginas se han publicado artículos notabilísimos, poesías admirables, estudios históricos de primer orden, autógrafos de gran autoridad, curiosidades interesantísimas, y un conjunto enorme de saber, de arte y de erudición, que cualquier pretendiente a escribir la historia del país basco, por necesidad tiene que consultar las páginas de la revista Euskal-Erria. En su primera época la dirigió personalmente, y dándole un matiz caracteristico, el mismo Manterola; más tarde estuvo en manos de D. Antonio Arzác, de quien en este libro hablamos, y durante corto tiempo le sucedió al malogrado D. Francisco López y Alén. En la actualidad es órgano del Consistorio de Juegos Florales de San Sebastián, también creado -como veremos en seguida- por Manterola, y además de ser inspirado por este organismo, lleva su dirección el conocido literato euskaro, autor de varias composiciones, D. Toribio Alzaga. Están suscriptos a la revista Euskal-Erria, las Corporaciones y entidades de más importancia en el país, y un gran número de particulares del país basconavarro y América del Sur.

La actividad de Manterola no cesó un momento. Fundaba un periódico, y pensaba ya en otra obra; daba cima a aquélla y le venía otra a la mente. Apenas fundó la Euskal-Erria, organizó el Consistorio de Juegos Florales, como antes hemos dicho, organismo patriótico, cuya finalidad ha sido y es, en los 35 años que lleva de existencia, estimular en la juventud del país especialmente, el amor a nuestra lengua y costumbres, por medio de cornposíciones premiadas en el campo de la literatura, el teatro, la música y la pintura euskaras. Estas dos obras fundadas por Manterola, la revista Euskal-Erria y el Consistorio de Juegos Florales, coinciden en su larga vida y eficacia, como si uná necesidad imprescindible reclamase el mantenimiento tenaz e inseparable de estos dos organismos, mantenedores constantes del sentimiento y la personalidad euskaras.

Manterola, a la vez que publicista, fué disertante público y orador de academia. Precisamente en ese Ateneo que ya en las líneas anteriores hemos citado, contendió Manterola con otros oradores, y en todas sus discusiones fué el amor a su país y a su lengua el que inspiraba todas sus disertaciones. Fué aquella época del Ateneo de San Sebastián verdaderamente tempestuosa en la región de las ideas. Se había abierto aquel Ateneo por inteligencias cultivadas en el campo de las ideas y principios más nuevos. Bien es verdad que hubo momentos en que las discusiones ceñíanse a su parte meramente científica, pero como la pasión es en momentos compañera inseparable del hombre, a ella se entregaron en más de una ocasión algunos oradores, surgiendo a su final disensiones apasionadísimas, que acabaron con el cierre del Ateneo.

Formaban parte de él, además de nuestro biografiado, los dos hermanos Jamar, D. Joaquin y D. Benito; Otamendi, D. Ramón Fernández, Egozcozábal, Caballero, Machimbarrena (D. José), Baroja (D. Serafín}, Aguirre-Miramón (D. Severo), Goicoa (D. José), Elósegui (D. Joaquín), que fué el Secretario del Ateneo, y algunos otros más que no recordamos. Realmente, formaba este grupo la élite, por decirlo así, de la mentalidad donostiarra, y con algunos de ellos José Manterola contendió brillantemente. Entre la serie de interesantes discusiones que se llevaron a cabo en aquel Ateneo, merece especial mención, por el interés que para el país basco tenía, el estudio de D. Severo Aguirre Miramón, hoy Excmo. Sr. Conde de Torre-Múzquiz, sobre «La elaboración de la sidra en el país vascongado», y su tema sobre «Colonias agrícolas». «La cuestión social», tratada por los hermanos Jamar, «Influencia de la educación de la mujer en la civilización de los pueblos», por D. Juan Orendain, y «Reinado de los Reyes Católicos» y parte que en él cupo a Guipúzcoa . Y «Los Iberos o sean Euskaros y el Euskara», estudios leídos por don Nicolás Soraluce, otro hombre que también puso su vida al servicio de la causa bascongada.

Manterola terciaba no pocas veces en las discusiones referentes a su país, y en el tema de «Si debe establecerse desde luego en España la instrucción primaria obligatoria y gratuita» contendió con D. Andrés Egoscozábal, que, según cuentan las crónicas de aquellos tiempos, era un hábil dialéctico y un temible polemista. En esta discusión, donde Manterola abogaba por la enseñanza obligatoria, y muy notablemente, tomaron parte los Sres. Guerrico, Jamar (D. Benito), García Vaamonde y el Presidente del Ateneo. Uno de los estudios más importantes llevados a cabo por Manterola en el Ateneo, fué la relación de las obras, trabajos, excursiones y estudios hechos por Luis Luciano Bonaparte, con una serie de interesantísimos apuntes biográficos, y la importancia de aquellos estudios con relación al país basco.

Manterola con Serafín Baroja, leyeron en aquel Ateneo poesías de Vilinch; pero donde Manterola descolló especialmente como ateneísta y polemista de fibra, fué en la discusión que mantuvo con D. Joaquín Jamar.

Sabido es por todos los que conocemos un poco la historia y los hombres de nuestro país, que Jamar estaba considerado, y en realidad lo era, como uno de los cerebros más vigorosos, de talento más claro y de inteligencia más cultivada del país basco. Pues bien; al plantear Jamar en público Ateneo el tema «¿Hasta qué punto es cierto que encierra un gran interés la conservación de la lengua euskara? ¿Hay realmente un interés en conservarla y procede que se hagan serios esfuerzos para ese fin?», la discusión que se entabló fué acalorada y animadísima.

Manterola, como siempre, buen hijo de su país y amante apasionado de la lengua euskara, hizo una brillante defensa de ésta, rebatiendo algunos argumentos expuestos por el Sr. Jamar. La defensa que Manterola hizo de la lengua euskara le valió una ovación tributada como pocas veces se hizo en el Aleneo, por todos los concurrentes. También intervinieron en la discusión Serafín Baroja con sus humorismos, Egoscozábal y, resumiendo, Goicoa (D. José), como Presidente.

Era Manterola profesor auxiliar del lnstiiuto de 2.ª Enseñanza de San Sebastián, por disposición del Gobierno, cuando una ley despótica había arrancado a este pais sus instituciones más venerandas. Fué aquella ley del 21 de Julio de 1876 un golpe de muerte para el régimen privativo de este país.

La campaña violentísima que la prensa de toda España, pero especialmente la de Santander y Madrid, hicieron contra este país; las hostiles manifestaciones que contra los Fueros se llevaron a cabo en muchas provincias de España, seguramente en algunas de ellas más bien por ignorancia que por maldad; pues en las discu- siones del Congreso y Senado se exteriorizó la ignorancia supina que sobre el régimen de este pais se tenía y una corriente general de bárbara animadversión, consecuencia de aquella ignorancia hacia el país más libre y respetuoso ante la ley, obligó, o por lo menos ejerció una gran presión e influencia en el ánimo del entonces Presidente del Consejo de Ministros, Antonio Cánovas del Castillo, para adoptar aquella medida tan antipolítica y tan radical.

Digo antipolítica, como ya lo anunció el insigne Mañé y Flaquer, por funestas consecuencias que al correr de los años hemos visto, pero sobre las cuales no podernos ni debernos detenernos ahora.

Manterola, que no pudo menos de presenciar aquellos tristísimos sucesos, con el alma dolorida y apenada de buen bascongado, protestó primero del despotismo que suponía la supresión del régimen foral, y lo defendió después con entusiasmo sin límites.

Esta defensa del hijo por su madre maltratada, le ocasionó la suspensión del cargo de auxiliar del Instituto, y fué sometido a proceso criminal, del que, afortunadamente y como no podía menos de suceder, salió absuelto. Realmente, sus campañas periodísticas en el Diario de San Sebastián y la calurosa defensa que hizo de los Fueros, fueron brillantísimas y entusiastas. Si en todo se distinguía Manterola como buen bascongado, ¡cómo hubiera sido capaz de abandonar la defensa de los derechos de su patria en momentos tan críticos, tristes y solemnes a la vez!

Ha sido injusto nuestro país con Manterola, fuerza es reconocerlo. Falta todavía por hacer lo que aquella alma nobilísima de bascongado merece que se haga en honor a sus merecimientos y a su memoria. La biblioteca que en aras de su amor a la lengua euskara formó, fué muy notable, y aparte del número de sus obras, las tuvo muy importantes; ejemplares rarísimos; y una buena colección del Diario de San Sebastián, tan codiciado hoy por los que quieren estudiar la historia de San Sebastián. Entre otros raros ejemplares, poseyó uno de la primera edición del Gueroko-Guero.

Manterola fué director de la Biblioteca Municipal y cuando más esperaba el país de su patriotismo, de su talento y actividad, aún muy joven, en la flor de la juventud, falleció el insigne donostiarra el 29 de Febrero de 1884, a los 34 años de edad. Su muerte causó profunda impresión en todo el país basco. Los escritores todos de aquella época le dedicaron sentidos artículos necrológicos. La revista Euskal-Erria, un número extraordinario, que más tarde fué ámpliado y recopilado en un folleto titulado «Manterola-ri», cuya portada cubría magnífico fotograbado de Manterola. Los funerales se celebraron en la iglesia de Santa María, y en la conducción del cadáver ocuparon las seis cintas del féretro: D. José Olano, en representación del Consistorio de de Juegos Florales; D. Rufino Machiandiarena y D. Luis Eleizalde, del Claustro de Profesores del Instituto; don Antonio Egaña, de la Asociación Euskara de Navarra, D. Alfredo de Laffitte, de la Euskal-Erria, de Bilbao, y D. Justo Camiruaga, en representación de la Prensa local, y como director que fué el finado del Diario de San Sebastián. El Excmo. Ayuntamiento de San Sebastián, a raíz de la muerte de aquel amantísimo hijo de Guipúzcoa y de Donostia, acordó dar su nombre a una de las calles de su pueblo, como así lo ha hecho.

* * *

Era Manterola afabilísimo en su trato y de carácter netamente bascongado. Muy amante de su famifia; es- poso y padre modelos. Estuvo casado con la señora D.ª Eloísa Amiama, y tuvo dos hijos, D. Luis y don Angel; el primero casó con D.ª Corona Tournan, señorita perteneciente a antigua y noble familia vitoriana, hija de D. Gumersindo Tournan. D. Luis murió el verano de 1911, casi repentinamente, estando de temporada en San Sebastián.

Entre las anécdotas que se cuentan del malogrado Manterola, recordamos una que revela la emoción que le producía todo aquello que fuese manifestación del sentimiento bascongado. Celebraba el Consistorio de Juegos Florales de San Sebastián una de las fiestas anuales, en que repartía los premios que a las mejores composiciones euskaras otorgaba dicho Consistorio. Era costumbre leer en público alguna de las más inspiradas. Pues bien. A Manterola le tocó leer una de las veces. Pero tal fué la emoción que le produjo el aspecto de la sala, y el carácter íntimo y cordial de la fiesta que se celebraba, que, apenas comenzó las primeras estrofas, pálido de emoción, cesó de leer y dijo, dirigiéndose a la sala: «¡Señores! ¡No puedo!...» Acompañado de varios compañeros, se retiró del estrado, ante la consternación del público, que, entristecido, lamentaba el caso.

* * *

El inspirado poeta N. Zuricalday refiere en un «Recuerdo dedicado a Manterola lo siguiente: «Corría el año de 1870. En la ciudad de San Sebastián y en un cuarto bajo de la calle de Garibay, donde tenía establedda su redacción el diario liberal Aurrera, nos encontrábamos en la mañana del día 18 de Agosto, el señor Feced, autor de un bellísimo compendio de Historia de España y de un carácter más bello que el compendio; el Sr. Ladevesse, distinguido cronista parisién de un diario de la corte, y el que esto escribe. Inclinados los tres sobre un mapa de Francia, llevábamos de aquí para allí las banderolas prusianas por todo el territorio conquistado, conforme a las noticias que se recibían, cada vez más dolorosas y más tristes para los franceses, de aquella lamentable lucha. De pronto apareció sobre el mapa una mano blanca y pequeña, armada con un enorme alfiler negro que fué a clavarse sobre la ciudad de Nancy, mientras una voz simpática en extremo exclamaba a nuestra espalda: «¡Qué atrasados están ustedes de noticias! Hace seis días que cuatro soldados prusianos han tomado, sin disparar un tiro, la antigua capital de la Lorena. El que así hablaba era un joven de veinte años, vestido de dril y con una boina roja en la cabeza. De color pálido, de alegres ojos, labios delgados y encendidos, a los que apenas hacía sombra un ligerísimo bozo, nariz prominente que acusaba cierta originalidad de raza, ancha y despejada frente y una mirada a la par dulce y penetrante. Llevaba bajo el brazo periódicos y libros. Yo le tomé por el hijo del administrador, que volvía del Instituto. El Sr. Feced, haciendo la presentación, me dijo que aquel joven era Manterola.

Allí quedó sellada nuestra amistad para los catorce años que ha durado. Hablamos de todo: de las fiestas, de la guerra, del amor, de los fueros, del arte, de la literatura. Yo leí una traducción en verso de la canción de Bécquer sobre el Rhin alemán. Manterola dijo que se publicaría en el Aurrera. Y leyó a su vez, o mejor dicho, recitó entusiasmado, el canto de Altobiscar en bascuence y la traducción hecha por Carolina Coronado. Yo no tenía entonces noticia del canto, ni de la traducción. Me dijo que tendría mucho gusto en que yo la tradujera también en verso castellano, y se quedó asombrado cuando me oyó decir que yo, como encartado, no ha- blaba el idioma de mi patria. Prometió enseñármelo, y aquella misma tarde me dió la primera lección en la Zurriola.

· · · · ·

La última vez que he visto a Manterola fué en aquel mismo año de 79. Se celebraban en la plaza concursos y certámenes de bersolaris o improvisadores. Yo tenía mi asiento en el balcón de la casa de Ayuntamiento. Manterola era jurado y se hallaba sobre un tablado, en medio de los competidores. Era de noche. Oí que todo el público reía grandemente de los chistes e ingeniosas salidas de los bersolaris. Yo no entendí una palabra. Al concluirse los ejercicios, me preguntó Manterola:
-¿Ha entendido usted algo?
- Ni una palabra-contesté.
-Pues ya daremos -me dijo- la lección segunda de bascuence.

· · · · ·

* * *

Felipe Gorriti, el gran músico, compuso en honor de Manterola una marcha fúnebre, y entre la multitud de escritores que le dedicaron también un recuerdo, resalta por su inspiración la poesía del esclarecido poeta navarro Hermilio Olóriz, con cuyas últimas estrofas terminarnos este estudio biográfico:

«¡Pobre amigo! La campana
que ayer doblaba por ti
me recuerda que por mí
también doblará mañana.

También en la fosa yo
término daré a mis males;
seremos en esto iguales,
pero en el renombre, no.

Que si mi fin al tocar,
altivo, decir podré
que a la Patria y a la Fe
alcé, como tú, un altar,

yo soy la llama que en pos
de su brillo se consume;
tú, el incienso, que es perfume
y sube al trono de Dios.»



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JOSÉ VINUESA


José Vinuesa


PROCEDÍA José Vinuesa de familia burgalesa por parte de su abuelo D. Vicente Vinuesa, casado, sin embargo, con una hija del país basco. Vicente Vinuesa tuvo dos hijos, Vicente y Prudencio; y dos hijas, Paula y Josefa. Era la familia de los Vinuesas de abolengo muy católico; tanto que José, según cuenta Fermín Lasala en su voluminosa obra «La Paz de Basilea», llegó a ser jefe del Partido Apostólico, que como el lector sabrá, fué ya en tiempos de Fernando VII algo así como el preludio del partido carlista.

Una de las hijas de Vínuesa, Paula, murió soltera, y la otra, Josefa, casó con el Barón de Brastreth, perteneciente a nobilísima familia irlandesa. Este matrimonio no tuvo sucesión. Prudencio Vinuesa, a su vez, casó con Nieves Zurbano, de cuyo matrimonio nacieron cuatro hijos y dos hijas. Los hijos se llamaron Sebastián, que murió casi niño, José, Ramón y Luis.

Altos designios de Dios hicieron que esta sucesión de los Vinuesas continuara el arraigo católico de sus antecesores y los tres hermanos entraron uno tras otro en la Compañía de Jesús. El primero que entró fué Luis, amigo íntimo y condiscípulo del ex ministro donostiarra Fermín Calbetón. Luis, casi a la terminación de sus estudios, fué destinado a la Habana a ejercer el magisterio, y la casualidad hizo que allí se encontraran los dos amigos que durante la niñez habían sido inseparables, Fermín Calbetón y él. Luis ejerciendo el magisterio como Padre de la Compañía de Jesús y Calbetón trabajando en el bufete de abogado de su padre. Desgraciadamente Luis, que prometía mucho y era un talento muy claro, murió en la Habana de fiebre amarilla.

Después de Luis entró en la Compañía José, el que ya en el mundo era un buen orador y va a ser nuestro biografiado; y Ramón, que muchos años más tarde también recibió la investidura de Jesuíta.

Las hijas se llamaban María y Natividad. La primera también entró religiosa en el Convento de la Enseñanza de Vergara y marchó después a la fundación del magnífico Convento de Orduña; y la segunda, Natividad, fué la que quedó en el mundo; modelo de mujeres y de esposas, estando casada actualmente con Juan Orue, persona muy conocida en Vizcaya y caballero de nobilísimos sentimientos. Esta familia de los Vinuesas, para que realmente quedase como justificado, por decirlo así, su abolengo reciamente católico, tiene aún en la Compañía otros parientes más, y son los conocidos y celosísimos Padres Zurbano.

José Vinuesa, la figura de mayor relieve en toda la familia y al que especialmente vamos a dedicar este capítulo, nació en San Sebastián el 22 de Marzo de 1848. Murió en Santander el 21 de Marzo de 1904. Pertenecía Vinuesa a aquel puñado de antiguas familias que habitaron el San Sebastián característico, el San Sebastián que no pasaba del Boulevard, y donde apenas vivían más que donostiarras. Fué su cuna la casa donde actualmente existe la popular sombrerería de Ponsol, y el tercer piso la habitación donde, el que más tarde iba a ser insigne orador sagrado, balbuceó sus primeras y rudimentarias oraciones. No pudo, pues, nacer en lugar más donostiarra, más típicamente donostiarra. Como estudiante, como hombre de carrera, y más tarde como insigne hijo de San Ignacio de Loyola, descolló por una inteligencia de primer orden. Fué uno de sus maestros nuestro biografiado, insigne también, D. Vicente Manterola, y condiscípulos suyos, entre otros, Antonio Peña y Goñi, notable escritor, Javier Peña y Goñi, actualmente ingeniero de minas, Ramón Machimbarrena y Fermín Calbetón. Juntos hicieron sus primeros estudios en el primer piso de la casa denominada la vaca, bajo la dirección de Manterola.

¿Vamos en estos momentos a hacer una relación fría y árida de los cargos que ejerció, poblaciones donde estuvo y honores que pudo haber alcanzado? No, no es esta la finalidad de la presente obra. Como en Manterola, como en Peña y Goñi, como en los demás biografiados, daremos a conocer los rasgos más salientes de su vida, comentándolos y presentándolos al público lector en sus aspectos intelectual y moral.

¡Hablar de Vinuesa! ¡Hablar más tarde del R. P. Vinuesa, figura excelsa dentro de la egregia Compañía de Jesús!

En nuestra mente se agolpan al momento recuerdos imborrables de aquellos períodos majestuosos, únicas, grandilocuentes, de una elocuencia persuasiva y arrebatadora, características en su oratoria, siempre de afectos, nunca de palabras. Se agolpan sus entusiasmos, su amor intenso, exteriorizados en conversaciones y discursos, a este país donde él nació, y a su pueblo de San Sebastián. Se agolpan, en fin, aquellos rasgos morales, de bondad, de sincera alegría y de cariño sin límites que siempre brotaban de su corazón excelso.

Estudiante, fué el mejor de los condiscípulos. Religioso, fué sacerdote ejemplar en quien nadie veía más que ejemplos y virtudes donde imitar.

Apenas terminaba la carrera de Derecho. Sus estudios los hizo con nota de sobresaliente en todas las asignaturas. Su ciencia adquirida, no solamente en libros exclusivos de la carrera que estudiaba, sino en otros muchos que su afán de escudriñuar el campo de la ciencia y de la verdad le empujaba a ambicionados, colocaron a José Vinuesa en primera fila de los hombres más cultos y sólidamente cimentados en la verdadera sabiduría.

La Juventud Católica, crecida y desarrollada en Vitoria, para la defensa y propagación de las verdades católicas, para el enaltecimiento de la Iglesia y mantenimiento de grandes e inconmovibles principios, celebraba una de aquellas veladas literarias, torneo y gimnasia del saber. Tomaba gran parte en los actos que allí se celebraban por una juventud henchida de nobles ideas y austeras ambiciones, el gran orador D. Vicente Manterola.

Un día presentó allí al joven Vinuesa. Vinuesa apenas contaba veinte años. Su atrayente sencillez; su porte modesto; sus años juveniles, y el coincidir con que fuese discípulo de Manterola, despertaron un interés grandísimo en el pueblo vitoriano. Todos conocían ya por referencia las altas dotes de inteligencia que adornaban al muchacho. Y la sala de actos de la Juventud, con estos antecedentes, se llenó hasta el punto que las puertas tuvieron que dejarlas abiertas de par en par, para dar cabida a la multitud que invadió el salón de fiestas.

V, en efecto, José Vinuesa, que a la sazón era vice- presidente de aquella envidiable Juventud el 26 de Marzo de 1869, pronunció tan elocuentísimo discurso -del que reproducimos algunos trozos-, que entusiasmado Manterola al final de la oración, se levantó y dijo: «Me levanto a hablaros profundamente conmovido al ver a mi discípulo de ayer convertido hoy en maestro». Y Vinuesa, entre otros párrafos y períodos delatores de un saber extraordinario, definió los fundamentos del Derecho en la siguiente forma:

«La fuerza que constituye el derecho no es la fuerza material, no es tampoco esa fuerza moral hija del ascendiente, que una persona tenga sobre otra por sus cualidades, por su posición social o por las circunstancias en que se hallan colocadas.

¿De dónde viene, pues, esa fuerza del derecho? Para que podamos verlo, veamos antes en qué consiste y, al efecto, examinemos cómo obra. Para que un derecho produzca sus efectos, es preciso, ante todo, que sea conocido. Una vez logrado esto, llegado el momento de que el que trata de violarlo comprenda que existe, todos hemos podido observar qué concibe éste, que si persiste en su propósito no obra bien, no obra conforme a lo que su razón le dice, obra irracionalmente.

Luego, el derecho se dirige a la inteligencia, y solicita la voluntad, haciendo ver al hombre que de no respetarlo se desvía del camino que debe seguir; luego la fuerza del derecho es la fuerza de la verdad, porque la verdad, y sólo la verdad, puede aspirar a conquistar legítimamente de este modo las inteligencias, y por su medio las voluntades.

El derecho, pues, recibe su fuerza de una verdad en que se apoya, y esta verdad ha de ser práctica, eminentemente práctica, puesto que precisamente se trata de hacer una cosa, ó no hacerla, ó hacer la contraria, y ha de ser una verdad moral cuya realización prácica nos conduzca á la consecución de nuestro fin; porque hemos hecho notar que el hombre, de no respetarla, de no realizarla, acomodando sus actos a lo que ella le dice, obra irracionalmente, y tomando las palabras en su sentido propio, sólo puede decirse que el hombre obra irracionalmente cuando se desvía del camino de su fin................

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El derecho, pues, conforme al dogma y filosofía católicos, se apoya y recibe su fuerza del orden moral; y como este orden moral lo conoce el católico, no sólo con su razón, sino que también por la revelación divina y la enseñanza de la Iglesia,

que llevan y deben llevar á su ánimo el último grado de certezas, porque ni Dios, ni su Iglesia pueden engañarse.

Aquél, por ser infinito, y, por consiguiente, infalible, y Ésta por ser también infalible por la asistencia divina, que no la puede faltar jamás. El derecho se apoya para el católico en una verdad que conoce ciertamente en cuanto le es necesario, y como por otra parte Dios nos ha impuesto estas verdades por norma de nuestras acciones no podemos despreciarlas en la práctica sin ofender á Dios, el Sér por esencia, el que con un fiat hizo cuanto existe, el que nos ha dado cuanto somos y tenemos, y quiere dársenos á sí mismo en recompensa, haciéndonos participar de su misma felicidad, que consiste en la contemplación constante de sus infinitas perfecciones........................

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Veamos ahora lo que sucerle con el derecho cuando despreciando el dogma y la moral del catolicismo se proclama el absoluto principio dela soberanía de la razón humana. Desde luego, vemos que desaparecen de nuestra vista Dios y el orden moral; la fuerza moral que constituye el derecho, procederá, pues, aceptada esta teoría, de la razón humana. Pero he aquí que la razón humana no existe, es una mera abstracción, y lo que sólo existe es la razón de cada uno de los hombres. Será, pues, preciso proclamar ó á la razón de cada cual, fuente de sus derechos, ó á la del legislador, fuente de los de todos. Si lo prímero, el derecho, no existe, ni puede existir porque la razón de cada uno podrá, aceptado el absurdo principio que combatimos, ser la regla de sus acciones, pero nunca podrá serlo de las acciones de otro hombre, porque éste tendrá un razón tan soberana como la del que pretende hacerle respetar su derecho, y, por consiguiente, lejos de obrar irracionalmente al violar el derecho, obraría muy bien si así le dice la soberana norma de sus acciones. El derecho necesita una base que obligue á todos los hombres, y como la razón individual sólo puede obligar a un hombre, no sirve ya, sólo por esto, de base del derecho. Aceptada, pues, la teoria que combatimos, ó cada uno hace lo que bien le parece, y en este caso el derecho no existe, ó se limita esta facultad por la fuer- za,y en este caso el derecho es la fuerza, el derecho no existe tampoco..........................................

Y, ante todo, señores, ¿de dónde ha podido venir al legislador el derecho de crear derechos? De sí mismo, no, porque soberana se supone su razón, pero soberana tiene también que suponerse la de cada una de sus súbditos, y, por consiguiente, carece de soberanía sobre ellos; y soberanía, y gran soberanía se necesita para fijar y deslindar los derechos de los demás. De otra fuente superior, tampoco, porque en este caso su razón no sería soberana. Y como si no tiene derecho para fijar los derechos, todo lo que haga para conseguirlo será un empleo de la fuerza; porque toda limitación de la libre acción del individuo que no se haga por derecho, se hace por la fuerza, vendremos a parar en que los derechos se limitan, y al propio tiempo proceden de la fuerza, y en que, por consiguiente, la fuerza determina los actos que el ciudadano pueda ó no realizar.

Y al propio tiempo que de este modo desaparece el derecho de la sociedad, observad cómo ésta tiende á disolverse ó encerrarse en un círculo de hierro, sometiendo todos los asociados atados de pies y manos á la direccion del capricho del legislador. Él puede hacer y hacer hacer cuanto le parezca bien, y nada puede lícitamente oponerse á su acción, porque se ha proclamado que su razón es la norma de las acciones de todos los súbditos............................................................

El derecho, pues, no existe, aceptado el principio que combatimos.

Y si no existen derechos, y, por consiguiente, deberes, ¿podrá la sociedad castigar á los malhechores?».................
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Sería tarea larga ir transcribiendo párrafo por párrafo los más salientes de aquel ruidoso discurso, tan bello de forma como sólido en el fondo, donde José Vinuesa se reveló como un orador persuasivo, sagaz y elocuente. Sin embargo, hay uno tan admirable que no puedo resistir la tentación de copiarlo, porque no dudo que los lectores de este libro lo saborearán con fruición. Helo aquí: «Hay en el hombre una tendencia, un sentimiento, una pasión vivísima que excita, 1ue le arrastra, por decirlo así, a buscar su felicidad. La felicidad e9 al hombre como el imán al acero. Le atrae á sí con fuerza irresistible. Pues bien, colocad éste imán, esta felicidad, donde realmente se halla, en el Cielo, en la consecución del fin para que fuimos creados; haced como hace la Iglesia Católica, que se sepa, que se comprenda, que el camino, que el cauce que conduce a este inmenso mar de felicidad, es el orden moral, y veréis que los hombres desde que salen de la cuna hasta que caen en el sepulcro, recorren el camino que les trazara la mano del Creador, y caminan cual un bello río, atravesando las risueñas praderas de la infancia, y los fértiles campos de la juventud, y el yermo páramo de la ancianidad, hasta llegar al piélago sin fondo de la eterna bienandanza, dejando llenos de belleza y fertilidad los campos por donde pasaron.

Pero haced que los ríos se detengan antes de llegar al mar, y los veréis crecer y salirse de su álveo y saltar los montes, e inundar los valles, y destruir, y derribar, y arrancar cuanto a su paso encuentran, y chocar con espantosa furia los unos con los otros y convertir al mundo en un inmenso mar, sobre el que se extiendee la pálida figura de la desolación y de la muerte. Pues he aquí lo que sucede cuando el hombre olvida dónde está su felicidad y desconoce el cauce que debe seguir para llegar á alcanzarla.».................................................................

Ya veis que este último párrafo es de una fuerza poética admirable. Las imágenes son bellas, y no rebuscadas. Fluyen como las aguas del manantial, con la misma naturalídad, con el mismo vigor, con la misma limpidez. Es un cuadro inundado de luz meridiana, donde con mágico píncel José Vinuesa, aquel joven orador, nos describe y pinta, de mano maestra, toda una teoría de Derecho y de Filosofía.

Y es que Vinuesa tenía una imaginación tan rica; de concepciones tan ricas y variadas, que la teoría más oscura la poetizaba, por decirlo así, y la exponía a las inteligencias de sus oyentes con tal claridad, tal exactitud y tal maestría, que apenas quedaba nadie sin entenderle.

Aquella memorable velada de la juventud Católica tuvo gran importancia, pues en ella tomaron parte, además del Sr. Vinuesa, D. Vicente Manterola, D. José Antonio de Valbuena, el Sr. Melgar, ilustre escritor, el señor Asteasu y el Sr. Sandino. Todos ellos leyeron trabajos notabilísimos, tanto en prosa como en versal coronados con un magistral discurso que resumió en cierto modo la labor de Vinuesa, D. Vicente Manterola.

Vitoria entera guardó imborrable recuerdo de la memorable velada, y los que actualmente viven de aquella época, verían hoy con verdadero placer que resurgieran de nuevo actos tan grandiosos, donde la razón y la fe, en irrompible consorcio, discurrían sobre los problemas contemporáneos de más importancia y trascendencia. Pues bien, aquel Vínuesa, aquel joven que a su brillante carrera unía el de ser una capacidad e inteligencia de primer orden, terminó al poco tiempo sus estudios. Todo le sonreía. Parecía que el mundo le agasajaba a él como único y exclusivo hijo suyo.

Muchacho de familia de abolengo, abogado de prestigio, orador de primera fila, escritor, hombre de gran saber, viril, guapo y con el continente de la nobleza bascongada, delatora de un corazón generoso y grande, ¿qué porvenir no podía apetecer?, ¿qué ambición no estimular?, ¿qué puesto no pretender?, ¿qué altura no encumbrar?, ¿qué gloria no alcanzar?, ¿qué fortuna no adquirir? En una palabra, ¿quién podía disputarle nada que fuese consecución de un ideal feliz y de una alta posición social?

Y, sin embargo, todo lo despreció, lo abandonó, lo miró con ojos indiferentes el joven José Vinuesa. Vinuesa entreveía para su alma un fin más alto, una consecución más espiritual que la efímera, la miserable y la cor- tísima gloria de este mundo. Gloria que si se alcanza, desde el principio hasta el fin, las envidias, las vilezas, las pequeñeces humanas, la asedian siempre, chupándole el rico jugo de la íntima y tranquila satisfacción personal.

Vinuesa conoció esto, sin duda. Vinuesa conoció de verdad el mundo. Y lo despreció; lo despreció a latigazos. E hizo bien. Fué, sin duda alguna, el primer triunfo de su carrera. El mayor triunfo. El más señalado. Abandonó la toga y vistió la sotana, la pobre sotana de jesuita, pobre en aspecto, aunque rica y envidiable en goces espirituales y semidivinos.

Vinuesa, terminada su carrera, entró en la Compañía de Jesús, en esa congregación de hombres incomparables, hijos de aquel genio estupendo que se llamó lñigo de Loyola.

Pero la Revolución de Septiembre, aquella revolución que, pretendiendo sobrepasar a la francesa, no fué más que un remedo suyo, expulsó a la Compañía de Jesús de la nación española, y el hasta entonces joven Vinuesa entra en el noviciado que los hijos de San Ignacio habían establecido en Poyanne (Francia), departamento de las Landas.

Era el 7 de Octubre de 1871 cuando esto ocurrió, y Vinuesa apenas contaba 23 años. Allí continuó sus estudios, y digo continuar, porque si bien es verdad que comenzó de nuevo, para una nueva carrera, la grande y gloriosa carrera de la conquista de las almas, para su inteligencia, para aquella gimnasia intelectual que ejercía desde hacía ya bastantes años, la entrada en la Compañía fué una continuación de este ejercicio.

Nada tenemos que decir de su noviciado. Fué el entonces futuro P. Vinuesa verdadero ejemplo de modestia y de humildad. A pesar de haber abandonado el mundo, donde tan brillantísimo porvenir le esperaba, Vinuesa gozábase en hacer los oficios más humildes, en verse humillado ante sus hermanos en religión, en no hacer alarde de lo mucho que sabía, antes bien, se creía siempre el más ignorante de todos. Así continuó su vida dentro de la Compañía hasta el año de 1880, en que, concluídos sus estudios de Humanidades, Filosofía y Teología (estos últimos no del todo), e inicuamente perseguida de nuevo la Compañía en Francia, volvió a España, donde se había amortiguado y aplacado relativamente la persecución.

En el mismo año de 1880 reclbió el Sacerdocio en Salamanca y terminó en Oña el curso de Teología. Va desde aquel momento el P. José Vinuesa fué considerado dentro de la Compañía como una de sus figuras más eminentes, lo mismo como teólogo, como hombre de un cerebro fuerte y equilibrado, como maestro en Jurisprudencia. Las más complicadas cuestiones, los asuntos que más gravedad y transcendencia encerraban, jamás, o muy pocas, se resolvían sin que el insigne donostiarra emitiera su opinión.

Y es que, aparte de su extraordinaria cultura y saber, el P. Vinuesa se distinguía por aquella serenidad de juicio, por aquella clarividencia en el pensamiento, y y aquella lógica en el razonar, inherente y exclusivo tan sólo de los grandes entendimientos, de las más preclaras inteligencias. Parecía que en muchas cuestiones recibía luz de lo alto. Hasta tal extremo eran atinados sus juicios y certeras sus observaciones. Jesuita tan insigne no podía menos de ocuparse del alto magisterio de la Compañía, y, al efecto, en el Colegio de Estudios Superiores que la Compañía tiene en La Guardia (provincia de Pontevedra), explicó la cátedra de Derecho Romano, Procesamiento judicial, Práctica forense y otras asignaturas de la noble carrera de Derecho. Su santidad y su celo, unidos a su sabiduria, hicieron que al mismo tiempo se encargase de la dirección espiritual de sus alumnos. Espíritu impregnado de admirable celo apostólico, no le cansaba ni le arredraba el trabajo que el cumplimiento de su deber le imponía. Todo lo contrario, alternaba muchas veces !a cátedra y la enseñanza con el púlpito. Y si a los alumnos les atraía, les sugestionaba, por decirlo así, con su método de enseñar, por su elegancia en el decir, desde el púlpito atraía miles de almas con la misma facilidad con que un imán atrae el acero. Pero acerca de su oratoria ya hablaremos más tarde.

Los años de 1883-84 los pasó el Padre Vinuesa en Manresa, haciendo la tercera probación, y para que el lector forme una idea de la vasta sabiduría de aquel jesuíta eminente, baste decir que al abandonar Manresa y marchar a Valladolid, la Compañía de Jesús le encargó explicara las asignaturas tan diversas y difíciles como la Metafísica, Literatura española y Economía política hasta el año 1886, que de nuevo volvió a explicar Derecho en la cátedra de Derecho Político, en la Universidad de Deusto.

Admirable en la cátedra y maravilloso en el púlpito. Ese fué el P. Vinuesa. En los dos sobresalió, pero descolló de modo magistral en el púlpito, cuya fama de orador grandilocuente trascendió del uno al otro extremo de la península. Las misiones que dió el P. Vinuesa desde 1886-87 hasta 1901-2, dejaron recuerdo imborrable en las poblaciones donde predicó. Su maravillosa palabra, su persuasiva elocuencia se dejó escuchar muy principalmente en León, Galicia y Castilla. En Madrid bastaba el solo anuncio de que hablaba el P. Vinuesa, para que lo más granado de la mentalidad española acudiese, con bastante antelación de la hora fijada, a escuchar al sabio donostiarra y gloria indiscutible de la Compañía de Jesús.

Condiscípulo del también notable escritor donostiarra Antonio Peña y Goñi, como queda dicho, fué uno de sus más entusiastas admiradores y asiduos oyentes.

Y una de aquellas noches en que predicaba el P. Vinuesa, movido Peña y Goñi como magnéticamente, por aquella abrumadora elocuencia del célebre jesuíta, no titubeó un momento. Quiso abrazarle; quiso demostrarle con cariño ferviente de condiscípulo y paisano, la admiración que sentía por aquella excelsa figura de la Iglesia.

Apenas concluyó de predicar Vinucsa, cuando Peña y Goñi, conmovido y lloroso, le abrazó a su salida, diciéndole: «Adiós Pepe. ¡Aprieta fuerte! ¡Dame un abrazo! ¡Me has subyugado! ¿No me conoces? Pues yo soy aquel Anthon, tan malo, tan anguila y tan rebelde de las koshkas de San Vicente».

Y los dos condiscípulos, sonriente el uno, y lloroso el otro, se abrazaron en un abrazo inmenso, íntimo, fraternal y evocador de tiernas escenas y aventuras de la infancia.

En poco tiempo el nombre y la fama de orador del P. Vinuesa corrieron por toda la Península; pero las conferencias que llamaron extraordinariamente la atención, tanto en Madrid, como en Gijón y en San Sebastián, fueron las que dedicó a la cuestión social. Constituyeron aquellas conferencias político-sociales verdaderas exposiciones de la cuestión social, mirada desde el principio de la moral evangélica, corroborada con las más sanas teorías del Derecho, la filosofía y la Teología, y colocado todo ello en el plano inclinado de la realidad viviente, corpórea y tangible.

Remontándose a las más abstractas teorías filosóficas, llegaba el P. Vinuesa, con claridad meridiana, aun para el oyente menos letrado, a probar en el trancurso de sus conferencias de qué modo el Cristianismo resolvía un problema que la sociología de los corifeos del socialismo no había llegado a resolver. Nada hemos de decir de aquella sólida erudición que delataban sus notables oraciones, pues desde Marx hasta Engels; desde Platón y Aristóteles; desde la doctrina de los Santos Padres de la Iglesia; desde la historia de los tiempos del paganismo; desde la exposición de la influencia del Cristianismo en la civilización, hasta el estado actual de la sociedad, con sus dudas, sus indiferencias, sus rebeldías, sus utopías, sus males, sus absurdos doctrinarismos, sus bárbaros modernos, sus ideales anárquicos, sus bombas y su dinamita, sus ncoherencias, sus engaños, sus amenazas, y su desquiciamiento, en una palabra, el Padre Vinuesa expuso, desarrolló y probó con maravillosa elocuencia, con corazón de artista y con mágico pincel de pintor inimitable, que fuera del Cristianismo, ni el obrero, ni la sociedad, ni el mundo entero, puede llegar al triunfo final, a su salvación, a su felicidad.

Pocos, muy pocos oradores sagrados honraron la cátedra del Espíritu Santo como lo hizo el P. Vinuesa. Menos todavía son los que han expuesto la cuestión social, esa eterna cuestión, con la claridad meridiana y con soluciones prácticas y fáciles, como lo hizo el insigne orador donostiarra. En prueha de cuanto digo, me basta con señalar el caso verdaderamente único, de que a sus conferencias no solamente acudía un público convencido y de la misma escuela, que únicamente iba a admirar la palabra incomparable del artista, sino que aun anarquistas intelectuales y socialistas doctrinarios acudieron a escuchar tan memorables conferencias. Y como la característica del P. Vinuesa en sus conferencias y sermones era la claridad y consecuentemente una formida- ble dialéctica en su proposición, la inmensa mayoría de sus oyentes salían persuadidos, convencidos, de que, efectivamente, lo que predicaba el célebre jesuíta era verdad inconcusa, evidente, irrebatible, ante la cual quedaban reducidos a la nada los más habilidosos sofismas y sus más brillantes corifeos.

Sin embargo, como aquellas conferencias, aunque bien es verdad se recogieron y difundieron en folletos y más tarde en un libro con otros sermones suyos, encucntro de gran interés la reproducción de los trozos más salientes, pues, desgraciadamente, no se conocen como debieran las conferencias y oraciones del Padre Vinuesa.

Pero, ante todo, oid; leed, aquella elegancia en el decir; aquella dulzura; aquel dominio de la lengua, que cuando hablaba parecía hacer de la palabra música armoniosa, canto de ruiseflores, romper de alborada y crepúsculo de arreboles. Mirad el comienzo de una de las conferencias. Son unas líneas, nada más que unas líneas, y decidme si al leerlas, recordando que las habló un artista, no cerraríais las palmas de vuestras manos para aplaudir y seguir escuchando de nuevo la palabra delatora irremediable de un espíritu fino y culto; de un aristócrata intelectual; y aun de abolengo como lo era el P. Vinuesa. Decidme si palabras tan sencillas pueden expresar mayor número de ideas y más bellamente encadenadas. Dicen así:

«Yo, señores, tengo forzosamente a mi edad que conocer lo bastante a los hombres para saber que muchos de los obreros que me escuchan no piensan como yo; ni soy tan neciamente vano que me pueda forjar la ilusión de haberles persuadido a todos, las verdades que inculco. Pues pensáis como pensáis, obreros socialistas y anarquistas, y escuchar como me habéis escucha- do estos dos días, prueba inequívoca es, de que en esta villa la educación y la cultura reinan y campean como en pocas. Os felicito por ello, gijoneses.» Y más adelante decía: «La materia no apropiada, mueble o inmueble, sea un trozo de mineral, o un terreno, o una corriente de agua, mientras no reciba en sí la acción vivificante del trabajo humano, que de uno u otro modo la adapte para satisfacer las necesidades o tendencias legítimas del hombre, es inútil para todos. El mineral no elaborado, la tierra cubierta de maleza, el agua que corre o se precipita, sin mover nada, ni regar nada, ni servir por su corriente arrebatada o tortuosa, de vía de comunicación y transporte, ni aplicarle a otro ningún uso conveniente, ¿de qué sirven? Si siempre hubiesen de estar como están, ¿qué valdrían? Nada. Aunque desaparecerían no perderíamos cosa alguna, puesta esa hipótesis.

Pero demos que un hombre o una asociación o grupo de hombres quiere y puede extraer y elaborar ese mineral, desbrozar y cultivar esos eriales, aprovecharse de esa agua para la agricultura, regando; o para la industria, aplicando la fuerza con que corre o cae; o para la navegación, moderando y rectificando su curso. Para lograrlo estudia, ensaya, se desprende del fruto acumulado, de anteriores trabajos, vela y aplica sus conocimientos y sus fuerzas. Consigue por fin que que el mineral sea una herramienta, que el erial se convierta en campo labrado y fértil, que la corriente de agua se trueque de estéril en fuente perenne de riqueza. Según lo ya probado, ese hombre, o ese grupo de hombres, es dueño de esa utilísima transformación.

Hasta aquí no hay duda. Nace ésta de que esa transformación no puede separarse de lo transformado, y una de dos; o lo transformado se hace del que lo transforma, o éste pierde el legítimo fruto de su talento, sus ahorros y su trabajo. No cabe medio. ¿Por cuál de los dos extremos debe optarse? ¿Cuál pide la justicia?

A poco que lo meditemos salta a la vista que si ese mineral, esa tierra, esa corriente de agua, se hace de quien !os utilizó, ningún fruto de trabajo ajeno se apropia éste, ni priva a nadie de cosa, que sin el trabajo que él se tomó, no les fuese baldía e inútil; en tanto que de obligársele a renunciar con la materia, a lo que con su trabajo consiguió hacer en ella, o de ella, se le despojaría injustamente de eso que es suyo. ¿Quién no conoce, señores, que no debe preferirse la solución injusta a la que no lo es?

Decidme; pues que, no todos, sino uno, o pocos han convertido lo inútil en lo útil, lo estéril en fructífero, y en fuerza productiva la fuerza perdida, ¿con qué derecho, ni aun sombra de derecho, clamarían todos «eso es nuestro», principalmente no perdiendo ellos cosa alguna al llevarse el otro lo que para ellos nada valía? ¿No es un axioma jurídico y moral, que si no por justicia, por caridad, cuando menos, venirnos todos obligados a hacer, y más a dejar hacer, lo que a otro aprovecha sin que a nosotros nos dañe lo más minimo? Pues siendo esto verdad, aun cuando oponiéndonos a lo que a otro conviene, nada le quitáramos de lo suyo, ¿cuánto más lo será, cuando no podemos reivindicar la materia de suyo inútil, sin apoderarnos juntamente del fruto del trabajo ajeno que la elaboró, cultivó, o acomodó de otro modo cualquiera, a los usos y aprovechamiento de los hombres?»

Sería extenso continuar en la serie de razonamientos admirables y de irrebatible lógica con que el P. Vinuesa va exponiendo los puntos más esenciales de la cuestión social en su parte aplicativa y en su modalidad, por decirlo así, materialista. Y es que el P. Vinuesa tenía la inmensa ventaja sobre todos, o la mayoría de aquellos oradores o escritores que tratan las cuestiones sociales, de que desarrollaba en los múltiples aspectos que abarcaba y abarca la ciencia social.

Enlazaba la verdad metafü.ica con el principio jurídico, la verdad histórica con el encadenamiento de argumentos sociológicos; la erudición de autores socialistas con la sencillez expositiva de los Santos Padres de la Iglesia. Pero no en el terreno abstracto, no tan sólo en la región especulativa, sino en su aplicación a los diversos casos de la evolución social. Llegaba casi siempre al convencimiento del ánimo de los oyentes, no por el terror, no por la amenaza, no por el miedo, no por la obscuridad de una noche tenebrosa en que el mar de los conocimientos humanos se agita con incoherentes movimientos e impetuosas sacudidas, de las que todo el mundo huye para guarecerse bajo el manto de un hogar tranquilo, no; la persuasión, consecuencia de un razonamiento fundamentado originariamente en los mismos textos, en las mismas frases, en la misma doctrina del enemigo, era lo que llevaba la tranquila y convincente prueba al que le escuchaba.

¿Engels: Marx: Lassalle: Kant: Guesde?

Sí, señores. Sus mismos textos, sus mismas palabras empleaba el P. Vinuesa. Pero cuando llegaba al final de su razonamiento, aquéllas quedaban reducidas a polvo bajo el peso de una lógica engarzada con enorme caudal de sabiduría, de ciencia y de amor.

El P. Vinuesa ascendió como asciende el águila, con raudo vuelo, con vuelo de titán. Y allí, en la misma altura, en la misma cúspide, en la misma bóveda del arsenal científico, domeñaba los problemas más arduos con la misma facilidad, con la misma majestad con que el águila lo envuelve y descoyunta al débil corderillo que inocentemente apacienta en la pradera. Y era tanta la autoridad que su saber le otorgaba; y al mismo tiempo tan preclara era su inteligencia y tan grande su corazón, que en un solo hombre, por maravillosa coincidencia, se reunían las más sobresalientes cualidades que apetecerse pueden.

Sus oraciones sagradas no están recopiladas más que en parte. Predicó mucho y muy bien. Las oraciones pronunciadas en Madrid fueron, sin duda alguna, de las más notables.

Dióse el caso, cierta Semana Santa, de hallarse predicando en Madrid dos de los más notables oradores que existían en España. Los dos eran donostiarras. El uno discípulo del otro. Manterola y Vinuesa. Aquél maestro de éste. Inútil es decir que fué la nota culminanfe de aquella Semana Santa en la capital de España. Pero de entre todas la s oraciones descuella una, que por el asunto, por la forma, por el corazón de artista que delataba, y por la maravillosa dicción que envolvía, merece que se le dedique capítulo aparte. Fué la oración fúnebre pronunciada en las exequias celebradas por la guarnición de La Coruña en sufragio de las almas de los náufragos del crucero Reina Regente.

No fué aquella oración sagrada una quema de fuegos artificiales en el altar de la fantasía y en aras de revuelos poéticos, no. Tampoco tuvo nada de orientación polemista contra los enemigos de la Iglesia y de la fe. Y, sin embargo, en medio de cuadros y figuras de una maravillosa y sentida creación artística, el trozo razonador, la exposición metafísica llegada por lo admirablemente dicha al oyente heterogéneo, clara y comprensiblemente, alcanzó y sobrepasó los linderos de lo sublime en la prueba científica y filosófica de la existencia de Dios.

No se dirigió en aquellos momentos el P. Vinuesa, exclusivamente al sentimiento, aunque pudo haberlo hecho sin salirse fuera de la órbita inherente al asunto que había de desarrollar. Tampoco fué la oratoria sagrada que, como algunos autores pretenden, huye del razonamiento sereno y frío. No. El P. Vinuesa demostró con claridad meridiana la existencia de Dios y la pequeñez del hombre, de tal modo, que muchos de sus trozos pueden compararse muy bien con aquellos inmortales del P. Félix sobre «El Progreso por el Cristianismo», predicados en Nuestra Señora de París, en las Cuaresmas de los años 1856-1857-1858.

¿Dónde buscar mayor claridad en el razonamiento que en este discurso del P. Vinuesa? ¿Dónde llegar a un convencimiento tan íntimo de la conciencia, más y con mayor fortaleza, que después de leer o escuchar una oración del esclarecido jesuita?

Si no tuvo la grandilocuencia soberana de un Bossuet, con aquella prosa ampulosa impregnada de soñadora y rica fantasía, en cambio llegó a la sencilla perfección de la oratoria sagrada que recordaba la elocuencia cristiana del siglo IV, la erudición y saber filosófico de los Padres de la Iglesia de la Edad Media; la elegancia de un P. Jacinto; la persuasiva palabra de un Dupanloup; el razonamiento convincente de un P. Félix; el fervor apostólico de un Bourdaloue, en una palabra, algo de lo más perfecto y acabado que un hombre pueda escuchar desde la cátedra del Espíritu Santo.

Pero no es el momento de extendernos en consideraciones sobre la oratoria del P. Vinuesa. Lo haremos más adelante. Bástenos reproducir aquel admirable discurso que, indudablemente, lo saborearán con fruición los lectores: pensábamos reproducir algunos trozos, pero sería lo mismo que reducir a pedazos un coloso brillante, para dar idea de la irradiación de su poder luminoso. No; ahí va todo. Tal como es. Grande, sublime, inmortal. Discurso admirable; trabajo de orfevreria, que puede parangonarse con el de los artistas de pincel más vigoroso y de intuición más sublime:

«Excmo. Sr.: Es frecuente empezar los discursos hablando el orador de su pequeñez: hoy ante ese tristísimo símbolo de una inmensa desgracia, ni que rodea cuanto esta culta ciudad encierra de grande en autoridad y en prestigio, en piedad y en valor, en armas y en letras, en sangre y en fortuna, no puedo menos de exclamar: «no sólo yo, pero vosotros también, señores, y no solamente vosotros, sino también todos, todos los hombres, somos pequeños, somos débiles, somos ignorantes». Tan pequeños somos los hombres, que se nos busca entre las olas y no se nos halla; tan débiles, que al ser vencidos por las olas, ni aun voz tenemos con qué hacer llegar el último adiós á los que amamos; tan ignorantes, que los marinos del mundo todo, los sabios del mundo todo se preguntan mirando á las olas, hace ya más de cuarenta días: ¿qué ha sitio del crucero Reina Regente? ¿Cómo pereció el Reina Regente? ¿Dónde está el Reina Regente? Y no hay entre los hombres quien conteste verdad. Se conjetura, se sospecha, se inventa, pero nada se sabe.

Y era el Reina Regente, como son los grandes crucero, el último esfuerzo de la ciencia y del poder humnno. Para construirlo, la sabiduría humana aplicó sus últimos descubrimientos, el arte humano ensayó sus más poderosas invenciones, la Patria destinó caudales trabajosamente allegados. Nada faltó. Al ver cómo el hermoso y fortisimo buque hendía las olas, llevando sobre ellas castillos flotantes de acero con cañones monstruosos, cuales no vieron jamás nuestros ahuelos en sus baluartes de piedra, el orgullo humano extendía el brazo y, mostrando aquel prodigio, decía: «¡Cuánto sé! ¡Cuánto puedo! ¡Cuán grande ha llegado a ser el hombre al declinar el siglo XIX!» Sueños de orgullo, ¡cuánto distáis de la verdad!

Quisimos servirnos de eso último esfuerzo de nuestra ciencia y nuestro poder. Ponía temor a tradicionales enemigos de España; y eso que so acercaba á ellos en son de paz y aun de fiesta, empavesado, llevando en su seno una embajada.... de cuya historia no quiero acordarme. Cumplido su encargo, salió un día de Tánger. Venía á Cádiz. Bien pudiera desdeñar la travesía. ¡La hace un pescador en su barca! Pero sopló el huracán, bramaron las olas, oscurecióse el ciclo, y el crucero luchó un momento con la tempestad..... luego desapareció, como burbuja que se deshace en el agua, como sonido que se extingue en el espacio, como luz que se apaga en el vacío. La tempestad pasó: el mar está tranquilo, la atmósfera serena, el cielo espléndido. ¿Dónde está el crucero? Nadie lo sabe. ¡Se perdió!

Humillemos la frente, hermanos míos; somos poco, sabemos poco, podemos poco al declinar el siglo XIX, como al pasar los siglos, que ya no son, como al venir los siglos, que adelante serán.

Humillemos la frente; pero no como quien sucumbe ante el efecto sin reconocer su causa, sino como quien reconoce y adora á la causa de las causas, á Dios - ¡llamémosle por su nombre tres veces santo! - cuya grandeza infinita se refleja pálidamente en sus efectos, en el huracán y en las olas, en los ciclos y en el mar.

Humillemos la frente hasta el polvo; que polvo somos, polvo deleznable y vano, polvo que disipa el soplo de Dios en el dia de su justicia; y exclamemos hoy como hace tres mil años exclamaba David: «Domine, Deus virtutum, quis similis tibi? Señor, Dios del poder, del gran poder, del único verdadero poder, en cuya presencia es debilidad todo poder humano; Señor, ¿quién es semejante a Ti? Tú, Señor, no nosotros, Tú eres poderoso: potens es, Domine. Tú, Señor, no nosotros, Tú eres sabio, esencialmente cercado, en tu saber y en tu prometer, de verdad, que de Ti jamás se aleja, porque es tuya, porque la Verdad eres Tú: et veritas tua in circuitu tuo. Tú, Señor, no nosotros, Tú eres dueño y árbitro del poder del mar, y el temible agitarse de sus olas, Tú, Señor, no nosotros, Tú sólo lo sosiegas. Tu dominaris potestati maris: motum autem fluctuum ejus tu mitigas».

Humillemos, humillemos la frente y meditemos y oremos: meditemos sobro lo que nos dice de Dios la catástrofe que lamentamos; y oremos por los que se fueron, arrebatados por la catástrofe, y también por nosotros, que hemos de irnos algún día. ¿Quién sabe cuándo? ¿Quién sabe cómo? Pero mientras nos vamos, meditemos y oremos, nl menos en tanto que rodeamos esos restos de buque, que admirablemente simbolizan la desgracia inmensa del Reina Regente, y nos postramos ante ese altar, donde reside Dios, que ha juzgado ya á cuantos en ella perecieron y ha de juzgarnos también el día que Él sabe.

Haceros meditar, haceros orar: no debo proponerme otra cosa para corresponder en lo posible á la honra de hablaros en esta ocasión solemnemente triste desde esta cátedra sagrada.

Por eso, todo mi intento se reduce á persuadiros estas dos verdades, que la grandeza misma de nuestra desgracia pregona hoy: «Hombres, Dios es grande: ¡Temed! Hombres, Dios es padre: ¡Orad! Ved su poder: temedle y humillaos. Ved su bondad: orad y esperad».

Madre de Dios, luna bienhechora que reflejos sobre la oscura noche de esta vida miserable la luz de las divinas misericordias: á Vos clamaron indudablemente, al ser absorbidos por las aguas, las víctimas que lloramos. ¿Cómo no? ¡Eran marinos españoles! A Vos clamamos también cuantos nos reunimos en este santo templo á honrar su memoria y orar por sus almas. Haced, Señora, que brille en el fondo de las de cuantos me escuchan la doble verdad de la grandeza y de la bondad de vuestro Hijo Santísimo. Que no haya aquí hoy cabeza soberbia que no se abaje, ni corazón abatido que no se levante.- Ave Maria.

I

Excmo. Sr.: ¡Terrible día fué el 10 de Marzo de 1895! No se borrará fácilmente su recuerdo espantoso. Bramaba el huracán, azotando con furor las aguas del Estrecho de Gibraltar, y aun las del Mediterréneo y Atlántico, Dios sólo sabe hasta dónde más allá de cuanto la vista puede contemplar desde las alturas que, rotas, dieron paso al mar entre España y Africa otro día infausto, que la mente humana no acierta ya á divisar entre las sombras de lo que pasó. El mar, sacudido por el ciclón, se agitaba rugiendo; se hendían sus aguas, levantándose cual inmensas y entrecortadas cordilleras, y olas enormes, coronadas de revuelta y desgreñada espuma, corrían arrebatadas, conmoviendo el mar al oprimirlo con su pesada mole, se alcanzaban, se estrellaban, se erguían, se precipita- ban, se desplomaban con estruendo de miles de cataratas, para volver a levantarse y correr y alcanzarsc y estrellarse y desplomarse con furor incansable.

¿Quién osará provocar sus iras? ¿Quién se expondrá á sus golpes incontrastables? Desgraciadamente, los marinos españoles. Hijos son de aquellos que, en débiles carabelas, seguian por mares nunca surcados al genio que buscaba un Nuevo Mundo; de aquellos que fueron los primeros en rodear nuestro planeta, paseando triunfante por cuantos mares lo ciñen el pendón de Castilla; de aquellos que hundieron para siempre en las aguas de Lepanto el poder y el orgullo de la Media Luna; de aquellos que pusieron espanto á Inglaterra, la reina de los mares, que no dejó de temblar hasta que vió vencida por las olas la escuadra invencible; de aquellos que ahí mismo, cerca de ese Estrecho, de hoy más de fúnebre é inolvidable recuerdo, supieron morir como héroes en la gloriosisima derrota de Trafalgar, peleando solos con la formidable escuadra de Nelson, en tanto que huían amedrentados, abandonándolos, los seides del Conquistador y afortunado tirano de Europa; de aquellos que se cubrieron de honra y salvaron los buques en el Callao, porque querían «más honra sin buques, que buques sin honra». Los hijos de Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez Pinzón, de Vasco Núñez de Balboa y Juan Sebastián de Elcano, de D. Álvaro de Bazán y D. Juan de Austria, de Recalde y Oquendo, de Gravina y Churruca y Méndez Núñez, émulos del valor de sus padres, no quisieron, no pudieron aparecer cobardes ante los semibárbaros, que los contemplaban aquel día fatal en la insegura bahía de Tánger. Entraba hasta el fondo del puerto la marejada inquieta y amenazante: allá fuera reinaba la tempestad, oscureciendo el sol con sus nubes, atronando el espacio con sus bramidos, amenazando con sus olas al temerario que osara arrostrar su furia. Y el barómetro bajando, bajando desusadamente, decía con ese lenguaje callado, que entiende la ciencia náutica: «La tempestad se desencadena. ¡Temed, hombres, temed!»

¿Qué hacer? Si salen, no faltará quien los llame temerarios. Si quedan, garrearán tal vez las anclas, faltarán las amarras, iráse á estrellar en la costa el hermosisimo crucero, á la vista de los perpetuos enemigos de España, hechos ahora amigos..... oficialmente y ¡no sé cómo! ¿Qué hacer? Salir, es luchar; quedarse, declararse vencidos con precaución, pru- dente tal vez, pero quo los que miran desde la orilla creerán sobradamente parecida al miedo. No hay lugar a duda: hay que salir, hay que luchar.

Maldicientes, que zahieren lo que ni aun son capaces de admirar; críticos, que censuran lo qnc no entienden; Aristarcos de la marina, que jamás pusieron el pie en un bote; prudentes, que adivina el resultado después de verlo, dirán.... ¡no sé qué! No he de pararme a escucharlos. Sólo oigo la voz del honor patrio, que por boca del malogrado Sanz de Andino, grita: «¡Arriba anclas! A la mar!» Y á su voz veo salir del puerto á aquellos nobles hijos de España, á impulsos del vapor, entre el bramar de las olas y el rugir del ciclón desencadenado. Los mismos marroquies, que tal vez saborean el acre placer de la desgracia prevista, tienen que decirse asombrados: «Son valientes».

Y de veras lo son; y el enorme buque de templadísimo acero, al que sus numerosas y perfeccionadas máquinas convierten en una especie de organismo, alentado y como animado por el vapor, hecho está para la guerra, y guerra en el mar, la más espantable de las guerras. Guíalo la ciencia, experiencia é intrepidez de sus tripulantes. En suma, todo cuanto el hombre sabe y puede lucha allí con el temporal, bajo la bandera española, sacudida y rasgada por el huracán y empapada en agua de las olas.

Pero ¡ay! ¡Qué pequeño es el hombre en brazos de la tempestad! El monstruo de acero que construyó, ligero juguete es de las olas. Resiste una, dos, ciento..... Creo verlo arremeter aquí brioso, y hender con su proa durísima un monte de agua, que arrebatado, hirviente, furibundo, se le venía encima y parecía haber de sumergirlo inmediatamente. Cede luego en parte al impulso terrible de otra inmensa mole, que de improviso lo cogió de través; y, cediendo, ablanda el golpe, y pasa la ola, y el monstruo respira, y crujiendo su férreo pecho, hace un esfuerzo titánico, y se levanta, y recobra, y prosigue el rumbo perdido. Vedlo luego revolver ligero, y sortear, desviando la popa amenazada, el peligro inminente de otro incontrastable golpe de mar, que iba á caer sobre él y sepultarlo. Y luego desaparece entre dos olas como montañas, y ni aun su alto castillo se divisa, ni aun sus palos. ¿Sucumbió? No. Vedlo, vedlo cuál aparece, bamboleándose, entre las brumas del mar; cuál trepa hasta la cima altísima de la ola; cuál campea allí sobre el fondo ceniciento y amenazador del cielo, rodeado de hirviente y revuelta espuma, respirando fuego y humo, que el huracán rompe, esparce, disipa, cuál se agita y lucha y forcejea. ¡Todo en vano! Prolonga su agonía, pero no vivirá. Pedidle lo grande, lo heroico, lo inverosímil, todo lo hará. Pero no le pidáis lo imposible. No pidáis al cordero que venza al león: no pidáis al pajarillo que se desprenda de la garra del águila, que lo estruja y deshace sin esfuerzo. Tal es el crucero, tal es el hombre, en poder de la tempestad.

No sabemos cómo ni cuánto lucharon aquellos desgraciados, á quienes no volveremos á ver sobre la tierra; sólo sabemos que pelearon como buenos. Los conocíamos. Hagamos justicia á su memoria al elevar al cielo nuestra oración por sus almas.

Tampoco sabemos cuándo ni cómo sucumbieron; porque el mar no hubo de hacer esfuerzo alguno para vencerlos, como no se esfuerza el león para sujetar al cordero, ni el águila para estrujar al pajarillo. El mar estaba agitado luchando con el ciclón. Pasaron los hombres. El mar se sacudió sin sentir su paso, y los hombres desaparecieron. Si el mar pudiera hablar y le preguntáramos: «¿Cómo venciste á esos héroes? ¿Cómo los sepultaste con el crucero?» Respondería: «No luché con ellos, ni aun vi el crucero. Al sosegarme, me enteré de que los había hundido para siempre.» ¡Ah, señores! No preguntemos al atleta qué insectos aplastó mientras pugnaba.

-Pero ¿qué, me diréis, no lucha también el hombre con la mar? ¿No se libra repetidas veces de su furia? ¿No hace que le sirva para sus intereses y aun para su recreo? ¿No vence y contrasta su poder conteniéndolo con diques, quebrantándolo con escolleras, encerrándolo en las dársenas? No somos insectos; algo y aun mucho podemos.

Si, hermanos míos, exageré tal vez, no somos insectos; podemos algo, podemos (si así queréis llamarlo) mucho. Pero ¿sabéis cuándo? Cuando obedecemos dóciles, sólo cuando obedecemos. Reflexionad un momento, y os convenceréis de la exactitud de esta afirmación, que tal vez os haya á primera vista causado extrañeza. ¿Cómo lucha el hombre con las fuerzas de la Naturaleza y las vence? Conociendo y aplicando las leyes por que se rigen aquellas fuerzas, es decir, reconociendo la ley, sometiéndose á ella y haciendo que la Naturaleza le sirva; obedeciendo, no á él, sino á esa ley superior á él y á ella, que el hombre conoce más o menos perfectamente. Por eso cuando, ignorante, desconoce la ley, ó débil, no puede aplicarla, ó se niega á someterse á ella, soberbio, entonces la Naturaleza, que cumple sus leyes ciega y fatalmente, atropella al hombre y lo pulveriza y deshace.

No lo olvidéis, hermanos míos: en lo físico, como en lo intelectual y en lo moral, el hombre sólo es grande cuando conoce la ley y la practica, cuando se humillar obedece. ¿Sabéis quién es grande cuando manda y cuando pregona su propia grandeza con el estampido del trueno y la voz de la tempestad? Dios, señores, y sólo Dios. Porque es en Dios tan verdadera la grandeza, como en nosotros la pequeñez. Él es legislador, nosotros súbditos; Él autor de la Naturaleza, nosotros, como la Naturaleza toda, hechura suya; Él poderoso, débiles nosotros; Él Sér inflnito y necesario; nosotros, seres diminutos, que vivimos porque Él quiere, y nada más.

Por eso el mar, tan fuerte y espantable para nosotros, ¿qué es para Dios? Gota de agua que su vista infinita divisa en la inmensidad del Universo, que todo él es menos que un punto, comparada con su Hacedor. Pues decidme, señores, ¿qué seremos nosotros careados con Dios, si no ya puestos en parangón con el Universo; pero aun comparados no más que con esa gota de agua, casi invisible en el conjunto de los seres creados, á la que nuestra pequeñez da con pavor el nombre de mar, somos tan diminutos y tan débiles? ¿Y no temeremos a Dios? ¿y le ofenderemos?

Consideremos cómo le obedece cuanto existe fuera de Él. Dijo «hágase», y el mar y la tierra, y los planetas y los soles, y la creación toda, brotó de la nada al eco de su voz de mando, diciendo, no con palabras, sino con hechos más elocuentes que las palabras: «Aquí estamos, Señor, mandad». Y Él dió á cada una de sus criaturas la naturaleza y propiedades que las constituyen y distinguen, y al dárselas, imprimió su ley, no en hojas de papel, que el viento arrebata y roe el gusano, sino en lo más íntimo de los seres, que empezaron á ser y siguen existiendo, merced á la omnipotente voluntad del Divino Legislador; y esa su ley -cada dia lo va sabiendo mejor el hombre- se cumple con exactitud matemática en lo pequeño y en lo grande, en la calma y en la tempestad. ¿Véis ese mar revuelto y agitado? Ni una gota de sus aguas, ni un átomo de sus espumas hace sino lo que prescriben las circunstancias en que se mueve, las leyes de la hidrostática y de la hidrodinamica. La tempestad no es desorden sino para quien ignora las casuas que la engendran y las leyes que la rigen. Le damos el epíteto de «desencadenada» tan sólo porque, aterrados por su agitacion espantosa, perdemos de vista la ley suave é inflexible con que Dios la sujeta y encadena. Pero existe esa ley, ó, si queréis, ese conjunto de leyes; y mediante ellas, dice el Señor al mar, como leemos en Job (cap. XXXVII, v.11): «Usque huc venies et non procedes amplius. Vendrás hasta aquí, y no te adelanterás más; et hic confringes tumentes fluctus tuos, y aquí, precisamente aquí, en este punto, que mi vista está viendo y mi dedo divino te señala; aquí, sin acción ninguna mía que sea preternatural, y sólo en fuerza de la ley á que te asometía al dotarte del sér y naturaleza y propiedades que tienes; aquí quebrantarás tus hinchadas olas. Y en vano el impulso recibido las empujará más allá: contrarrestado y vencido el impulso por la gravedad, ayudada del rozamiento, tus olas caerán rotas y deshechas y volverán sus aguas rugiendo al seno de los mares. No: non procedes amplius, dice el Señor; jamás irás más allá de donde desde toda la eternidad quiero que vayas; ni tendrás otra fuerza que la que desde toda la eternidad no quiero que hagas. Este es Dios, hermanos míos. Así habla y así manda.

Bien sé yo que la llamada ciencia moderna por mil caminos se afana por llegar á la negación de Dios creador y próvido gobernador del Universo; pero á poco que desapasionadamente lo consideréis, señores, os saltará á los ojos que en esa negación nada hay que merezca llamarse ciencia ni que sea moderno. ¿Cómo llamar ciencia al desvarío de la razón humana, errante por las tortuosas sendas de todos los absurdos sólo por decirse: «á lo menos por aquí no me encontraré con Dios?» ¡Moderna la negación de Dios! Siempre ha brotado de la podredumbre del corazón humano. Mil años antes de Jesucristo murió David, y dos de sus samos (el 13 y el 52) comienzan por esta dura, pero exactísima aserción: «Dixit insipiens in corde suo: non est Deus». Dijo el insensato (que no el sabio) en su corazón: «No hay Dios»j ¿Lo estáis viendo, hermanos míos?, la negación de Dios es tan antigua como las grandes miserias del corazón humano, que la engendran; que no la dicta, no, la ciencia á la mente ilustrada, sino el corazón corrompido al entendimiento entenebrecido y esclavizado. Sólo dice que no hay Dios quien quisiera que no lo hubiese. Pero ¿dejará de existir el Señor porque le neguemos? ¡Pobre recurso fuera para los tripulantes del Reina Regente negar la existencia de la tempestad que los absorbió! Y si no deja de haber tempestades porque el hombre niegue que las haya; porque al hombre se le antoje negar que existe Dios, ¿dejará por ventura de existir quien ejerce señorío sobre el poder del mar y sosiega la agitación de sus olas, y dice al Océano: «Hasta aquí llegarás y no darás paso adelante, antes aquí mismo quebrantarás tus olas hinchadas?»

Señores y hermanos míos, diga enloquecido el ateo, ahuecando la voz débil (tan débil, que no halla eco en el Universo): «No hay Dios»: esfuércese el panteísta por medio de sofismas, envueltos en oscuridades impenetrables, en hacer creer que no hay un Dios personal, totalmente distinto de todas y cada una de sus criaturas¡ trabaje el positivista en arrancar de nuestra alma hasta la esperanza de saber que hay Dios; relegue á Dios el deísta á un aislamiento absoluto, del que jamás salga para ocuparse en los seres que crió; repártanse (con alguna honrosa excepción) los nuevos monistas, yéndose los unos hasta la negación atea, envolviéadose los otros en los tenebrosos razonamientos panteístas, adoptando éstos la desdeñosa sonrisa positivista y contentándose aquéllos con el falso Dios de los deístas: no por eso dejará de ser quien no puede dejar de ser, ni de presentarse al borde de la eternidad con infinita majestad y poderío á esos desdichados, que se pasan la vida negándole en su corazón y esforzándose en negarlo en una y otra forma con su entendimiento. ¡Qué horrendo será para el ateo, el panteísta, el positivista, el deísta este encontrarse allí con el Juez infinito! «Decíamos que no existia, exclamarán con inmenso alarido de desesporación, y ..... ¡hélo aquí! Harto nos lo decía nuestra razón, por más que procurábamos acallarla. ¡Somos inexcusables!»

¿Y cómo no serlo quien niega que hay Dios'? Por todas partes orden, aun en lo que llama más desordenado la ignorancia; por todas partes leyes que se cumplenn exactísimamente; por todas partes sabiduría, que resplandece más que el sol. Y siendo esto así, no dejará de exclamar la razón, al menos en momentos como éstos, en que la solemnidad de la catástrofe hace enmudecer á las pasiones: «Hay orden, luego hay orde- nador; hay ley, luego hay legislador; hay sabiduría, luego hay mente sabia.» ¿Qué, señores? Vemos moverse las manecillas de un reloj, señalando las horas en la esfera, y decimos: «Hay relojero», ¿y al ver moverse los astros señalando en el espacio las horas, los minutos, las milésimas de minuto, aún diremos «no hay Dios?» Si lo menos exige inteligencia, ¿lo más no la exigirá? Si lo artificial pide un artífice, ¿la Naturaleza no pedirá un Creador? No hay reloj sin relojero: ¿y habrá Universo sin Dios?

-«Le hay, nos dice el panteísta; pero no cual os lo pinta vuestra ignorancia. Dios es el Universo, ó algo, de que emana como de materia, no como de causa eficiente, el Universo, ó algo cuya evolución es el Universo, ó algo que se objetiva en el Universo, ó algo á que tiende el progreso fatal del Universo».

No, señores, no: la ciencia demuestra que Dios tiene que ser totalmente distinto de todo eso que decís.-¿Cómo lo demuestra la ciencia?- Porque todo eso se muda, todo eso cambia.-¿Y no puede Dios mudarse en una de esas diversas formas? - No, señores, en ninguna. Lo infinito no puede mudarse. -¿Por qué?-Porque toda mudanza consiste en perder algo (sea ser ó modo de ser), que había en aquello que se muda, ó en adquirir algo que no había, ó juntamente en perder lo uno y adquirir lo otro. Mas el Sér infinito no puede perder de lo que intrínsecamente tiene; porque posee su propio sér perfectísimamente, sin lo cual no seria infinito; y no se posee perfectamente lo que puede perderse. Pues y adquirir lo que no tiene, ¿cómo ha de realizarse en quien lo tiene todo? -Convenimos de buen grado, dicen los panteístas, en que el Sér absolutamente infinito es esencialmente inmutable: sólo quisiéramos saber cómo se demuestra que ese Sér absolutamente infinito es real y verdadero. Demuéstrase certísimamente con sólo reflexionar sobre que es incuestionable que existe un sér increado. - En hora buena: es increado el Universo, ó el sér que se transforma en el Universo.-Imposible, señores, imposible. ¿No veis que el sér increado tiene que ser infinito? -Infinito, ¿por qué? -En primer lugar porque no puede limitane, ni por razón de la materia de que se hizo, porque lo increado no pudo hacerse, ni por la voluntad ó falta de poder de su causa, puesto que lo increado no pudo tener causa. -Nada más claro: su limitación no procede de sus causas, que no existen, sino de su misma naturaleza, que es lo que es, y no más.-Es verdad: la naturaleza del Sér increado es lo que es y no más de lo que es; pero no es más por ser esencialmente infinita. Y la razón es clarísima. Suponed finito al sér increado: repugnará evidentemente que exista y no exista al mismo tiempo; pero ninguna sombra de repugnancia, ni aun de dificultad, se vislumbra en que deje de existir en otro tiempo, aunque ahora exista. Será, pues, un sér que puede dejar de ser. Mas pudiendo dejar de ser, no tiene en si la razón suficiente, el por qué completo de su existencia; y así necesita causa, y lo que tiene causa no es increado. Para que lo fuera, sería precisa la imposibilidad de dejar de existir en tiempo alguno; y esto, que hemos visto que no tiene el sér finito, es propio y exclusivo del Sér absolutamente infinito.-¿Por qué razón?-Porque un sér que puede dejar de existir, carece de la perfecta posesión de sí propio; y así, á lo menos por esta parte, es finito. Concluyamos: el Sér increado es infinito, y, por serlo, no puede mudarse ni modificarse. Luego, el Universo que se muda, se distingue totalmente de Dios, como lo finito es diverso de lo infinito, como lo creado no puede ser lo increado, como la criatura dista infinitamente del Creador.

He ahí, hermanos míos, lo que pregona la ciencia verdadera, la ciencia desapasionada: Dios no es el Universo, ni nada que haya ó pueda haber en el Universo, en ninguno de los sentidos adoptados por las diversas escuelas panteístas.

Pero al acabar de demostrarlo, paréceme ver la sonrisa del positivismo, que me dice: «Te has alucinado, sin duda. ¿Cómo conocer el sér finito la existencia del Ser infinito? Para conocer que un sér existe, hay que conocer al sér de que se trata; y partiendo del principio indudable de que tanto mayor ha de ser la mente que conoce, cuanto es mayor y más excelente el objeto conocido, venimos á parar en que conocer al Sér infinito es obra exclusiva de la mente infinita. Por eso la ciencia moderna prescinde de entender en el conocimiento de Dios; y limitándose juiciosamente á observar e inducir, renuncia á la metafísica, y, en general, a todo razonamiento a priori, ó deducción, de que en siglos en que la sutileza llegó á creerse ciencia, han brotado errores sin cuento y contradicciones palpables.»

Podría, señores, contentarme con oponer á estos sofismas el hecho notorio de que siendo, como somos, finitos, sabemos que el Sér infinito existe; y, puesto que lo sabemos, evidente es que podemos saberlo. Detengámonos, sin embargo, á responder directamente á las argucias del error de moda. ¡Pluguiera á Dios que lograra desterrarlo de cuantas inteligencias trastorna!

Para desenmascararlo, bastará observar la confusión en que estriba la fuerza aparente de su razonamiento. Es, en efecto, indudable que sólo una inteligencia infinita puede conocer del todo y comprender al Sér infinito. Pero ¿es verdad que para saber que un sér existe, hay que comprenderlo plenamente'? Si así fuese, no sabríamos que existe sér alguno; porque ¿cuál es el sér cuya verdad comprendemos y abarcamos del todo? Cierto que ni aun nuestra propia existencia podriamos conocer, si para conocerla fuese preciso conocernos del todo y perfectamente. ¡Cuántos misterios cierran el horizonte de la fisiología humana! ¡Cuántos los de la patología! ¡Cuántos y cuán oscuros los de la psicología! Y el corazón humano, ¿quién lo sondeó? ¿Quién de veras se conoce á sí mismo? No, señores; yerran lastimosamente los positivistas, siguiendo a su maestro Augusto Comte, si creen que para saber que existe un sér es preciso abarcarlo con el entendimiento: basta conocerlo imperfectamente, lo suficiente para distinguirlo de algún modo de los demás y entender de qué sér se trata al afirmar su existencia.

Mas si esto basta, lejos de requerir inteligencia infinita el conocimiento de la existencia de Dios, sólo pide limitadísima inteligencia. Observad conmigo que, si bien se requiere mayor inteligencia para comprender lo grande que lo pequeño, pero para saber que existe lo grande basta menos inteligencia que para ver la existencia de lo pequeño; al modo que se necesita menos vista para enterarse de la presencia de un objeto cuanto éste sea más voluminoso. Para abarcar con la vista el Océano, es preciso mayor capacidad visiva que para abarcar con la vista una gota de agua; pero para ver que existe el Océano menos vista se requiere que para ver que hay una gota de agua.

-Pero ¡el procedimiento deductivo, los raciocinios a priori!-No hay para nosotros ciencias más ciertas que las matemáticas. Pues bien, ¿cómo proceden las matemáticas? Cierto, no observando hechos é “induciendo” leyes, sino “deduciendo” unas de otras las verdades. Nada, por tanto, he de con- testar aquí á los positivistas: las matemáticas les salen al encuentro y mostrándoles su evidencia innegable, que sólo la ignorancia desconoce, les dicen con la voz inflexible de la verdad: «No podéis dudar de la solidez de nuestra certeza. ¿Y cómo no veis que esta certeza incuestionable, esta solidez á prueba de sofismas, depende totalmente de razonamientos deductivos, de esos argumentos a priori, que ciegos desdeñáis? No culpéis, por lo mismo, á este procedimiento científico de los errores y absurdos en que cayeron filósofos que creían ver cuando soñaban, y valerse de lógicas deducciones cuando sólo empleaban sofisma y paralogismos. El procedimiento deductivo, lógicamente empleado, es fuente de verdad. Por él llegará el filósofo cuerdo, como el matemático, á la clara y tranquila posesión de la ciencia.»

Deja, deja de huir de Dios, pobre entendimiento humano. Ya lo ves: lo absurdo, disfrazado de razonable, puede ocultarte á Dios, como las nieblas ocultan los montes; pero, aunque al querer salir de la noche de las preocupaciones no veas sino nieblas, como sólo nieblas suelen verse en los valles al alborear los días húmedos del invierno, no te apresures á asegurar que no hay montes tras las nieblas, ni sol capaz de deshacer las nieblas y descubrir los montes; ni otra cosa que ver sino los pocos pasos de valle que las nieblas no te ocultan. Aguarda á que crezca el día, á que soplen los vientos, á que el sol caliente: estudia, medita, aprende: y los velos con que los absurdos encubren la Verdad de las verdades, se rasgarán y desaparecerán; y esa Verdad primera, tan consoladora para quienes la creen dóciles, y sumisos la acatan y adoran, como pavorosa para los que se empeñan en vano en desconocerla y negarla, aparecerá de pronto ante tus ojos en toda su inmensa grandeza, bañada de la luz de evidencia clarísima; como el romperse y deshacerse las nieblas se descubren los montes, límite del yalle, reflejanJo la luz del sol en sus moles gigantescas. Compasión merecería quien volviendo en torno la vista y no viendo, sino nieblas, afirmase que el hombre no debe esperar que las nieblas se disipen y se vea lo que encubren; pero ese hombre, digno ciertamente de lástima, ¿qué sería? Lo digo sin intención de herir ni molestar á los positivistas que me escuchan, si alguno hubiere; antes, ansiando ayudarles á batir las cataratas que les impiden contemplar lo que otros, con menos vista tal vez que ellos, estamos viendo.- Ese pobre hombre, digno de lástima, sería un positivista vulgar que tomaría por límites del valle las nieblas que lo envuelven, como los positivistas científicos toman las sombras de sus preocupaciones por límites del campo del humano saber. En suma, ese positivista rústico haría con los montes lo que los positivistas cultos hacen con Dios. Pero allí están los montes, á pesar de las nieblas y el que sólo ve nieblas; y allí y aquí y en todas partes está Dios, á pesar de los positivistas, y sus dudas, y sus errores.

Y está en todas parles - lo habéis visto á la luz de rigurosísima demostración- Dios, distinto del mundo y creador del mundo. Veamos cómo, á más de creador, es próvido gobernador del Universo, y supremo legislador y juez de los hombres; verdad evidentisima, aunque no acierten á verla los seudo-deístas, y aun muchos que, sin cansarse en seguirles en sus espaciosos razonamientos, admiten en la práctica sus negaciones.

Y cierto que á poco que nos detengamos á meditar en el por qué del deísmo, veremos que es no más que una transacción entre el entendimiento que no osa negar las verdades cuya demostración acabamos de hacer, y las pasiones que transigen con ellas, con tal que el entendimiento se resigne á no deducir las consecuencias que de ellas fluyen ineludiblemente. Seamos francos al menos con nosotros mismos y descubrámonos nuestras llagas. Creer en Dios si no le debemos otro tributo que el de reconocer su existencia, admirar su poder y adorarle con vaga y estéril adoración, nada contraría nuestras inclinaciones, ni refrena lo más mínimo nuestros deseos, ni amarga absolutamente nuestros gustos menos racionales. Pero si admitimos que Dios es próvido, y sobre próvido legislador, y tras de legislador juez, todo cuanto hay de poco razonable dentro de nosotros tiende a protestar, á insubordinarse, á negar; y así no es extraño que la razón de muchos sufra culpables desmayos y se preste á ser dócil instrumento de las pasiones, justificando sus desafueros, en vez de ser su árbitra y señora, reprimiéndolas y conteniéndolas dentro de los límites del deber. No es otra la causa del deísmo especulativo y del práctico.

Fijad, si lo dudáis, la atención en lo que la razón alega para justificar las negaciones seudo-deístas. Al escucharla no se oye el lenguaje noble y verdadero de la señora que dice lo que cree, sino las frases insidiosas y engaiiadoras de la esclava, que afirma lo que le mandan. ¡Pobre razón esclavizada por las pasiones! Escuchémosla.

-¿Cómo, dice,el Sér infinito ha de rebajarse á cuidar de las criaturas, que para Él son como si no fuesen? Si le servimos, ¿qué gana? Si le ofendemos, ¿qué pierde? ¿A qué, pues, mandarnos? ¿A qué premiarnos? ¿A qué, sobre todo, castigarnos?

Meditemos, señores míos, con la solemne calma que la importancia del asunto reclama y la grandeza de nuestro duelo impone: meditemos sin pasión. Háganos al menos reflexivos la desgracia.

Indudable es que el Sér infinito se rebajaría si, lo que no puede suceder, atendiera á las criaturas, desviando su mirada de la contemplación de Sí mismo, único objeto digno de la infinita inteligencia. Pero ¿tiene Dios por ventura que dejar de atender á un objeto para contemplar otro? No; no es como nosotros, á quienes el ocuparse en lo pequeño impide muchas veces atender á lo grande. La mirada de Dios, única, infinita, abarca sin mutación y sin fatiga lo que es y lo que puede ser, lo pasado y lo presente y lo futuro, lo infinito y lo finito. Y siendo así, no es rebajamiento en Dios el mirar por sus criaturas, como no es mengua del sol el alumbrar y dar calor y vida á seres diminutos y relativamente insignificantes.

Mas ¿qué digo rebajamiento ni mengua? Nnda, por el contrario, hay más digno del Sér grande, feliz y omnipotente, que atender al sér débil y pequeño, para engrandecerlo y hacerlo dichoso, que es precisamente lo que decimos los católicos que hace Dios con nosotros, enderezándonos por la verdad y el bien, que perfeccionan y engrandecen, á la eterna participación de su propia felicidad.

Decís que somos como nada en su presencia. ¡Gran verdad! Pero puesto que Él nos dió de gracia eso casi nada que somos, para algo nos lo dió; que no puede en manera alguna el Sér infinito proceder sin fin, al acaso, irracionalmente. Y si para algo nos crió y para algo grande, puesto que Él no tuvo á mengua tomarlo por fin y blanco do la creación, tanto mayor aparece Dios, cuanto menores somos los medios con que llega á ese fin grande.

Pero aun hay más. Sigamos meditando, hermanos míos. Si Dios no pudiera cuidar de nosotros por nuestra pequeñez, tampoco podría habernos criado, siendo como somos tan poca cosa para criados como para cuidados; antes bien, menos es la criatura al ser criada, cuando es nada, que al ser cuidada, cuando ya es algo. Y como fuera del Creador nada puede haber sino lo que Él críe, seguiriase de ahí que el Dios de los deístas habría de carecer, no ya de poder infinito, sino de todo poder, resultando un sér absurdo que, siendo infinito, se viese condenado á eterna soledad é inacción por su incapacidad absoluta de hacer nada fuera de sí.

No así el Dios verdadero. Crió y conserva el Universo material, rigiéndolo con leyes tan sublimes como sencillas, tan naturales como inflexibles, tan sabias como exactas. Y decidme, señores y hermanos míos, quien así provee á lo que es menos, ¿no proveerá á lo que es más? Quien con tal exactitud y sabiduría gobierna lo que no puede conocerle ni amarle, ¿desdeñará el gobernar á los que podemos conocerle y amarle? Verdad es que no nos fuerza á obrar bien por tendencia necesaria de nuestra naturaleza, como hace con los seres inferiores; pero esto sólo demuestra que nos hizo libres y nos gobierna como á tales. con leyes que no fuerzan, sino obligan; pero de ningún modo que nos haya arrojado al mundo sin fin, sin norma, sin providencia. Lo que os la necesidad para lo que carece de libertad, es la obligación para los seres libres.

-Pero al fin- sigamos escuchando lo que dictan las pasiones á la razón esclavizada-¿qué gana Dios si cumplimos con nuestras obligaciones y le servimos? Y si no cumplimos con ellas y no le servimos, ¿qué pierde?

¿No echáis de ver ahí, señores, el lenguaje de la esclava, egoísta y bajo? ¿Que qué gana Dios? ¿Que qué pierde Dios? El Sér infinito (lo hemos demostrado refutando el panteísmo) ni puede ganar, ni puede perder. -Pues entomces, replica la pobre esclava, ¿por qué manda?, ¿por qué premia? ¿por qué castiga?- Porque no es egoísta: porque es Dios. Manda porque es próvido, premia porque es bueno, castiga porque es justo. Su infinita bondad le hace odiar el mal, y lo prohibe; y amar el bien necesario, y lo manda. Y puesto que prohibe y manda, quiere ser libremente obedecido del hombre, como lo es fatalmente de la creación entera. Y como odia el mal necesariamente, irreconciliablemente, infinitamente, no puede dejar de castigar al malo, como le es imposible no premiar al bueno. ¡Señor! Nos reunimos al píe de vuestro altar aterrados por el fin desastroso del crucero Reina Regente y de cuantos lo tripulaban. Hemos meditado y conocemos y confesamos que no es grande y terrible el mar, que los sepultó donde ni aun acertamos á dar con sus restos queridos, sino Vos, Señor, que dictáis leyes al mar y al hombre; Vos, á quien nuestro pobre entendimiento pregona Dios necesariamente existente, necesariamente distinto del mundo, necesariamente conocible, necesariamente próvido y legislador y juez. ¿Quién, Dios de los mares, no temerá tu justo enojo? De Ti pende la vida, á Ti obedece el Universo, tuya es la eternidad. ¿Dónde huirá el pecador para evadir tus castigos merecidisimos? ¿A. quién recurrirá?..... ¡A Ti, Señor, á Ti! Que si eres grande y poderoso y justo y temible, eres también bueno y misericordioso, y, por decirlo todo con una palabra, Padre; Padre del pecador arrepentido. Padre que ha dicho: «pedid y recibiréis, hijos míos».

Detengámonos, hermanos míos, breves instantes á considerar estas palabras de nuestro Padre, consoladoras siempre, y sobre todo en momentos cual éstos de duelo y pesadumbre. Hemos visto la grandeza de Dios, y hemos temido: veamos su bondad, y esperaremos y oraremos.

II

Poco me resta que hacer en esta segunda parte. Dios mismo se encarga de persuadiros la verdad que en ella me propongo evidenciar. Porque es muy de notar que el Señor, cuya palabra es verdad y cuyo querer es poder, pone singular empeño en alentar nuestra confianza, prometiéndonos cuanto nos convenga mediante la oración; y esto no en una sola ocasión, sino en muchas, ni por uno ú otro de sus Evangelistas, sino por los cuatro. Otras divinas promesas hállanse repartidas por los Evangelios, refiriéndosenos unas en unos de aquellos santos libros, y otras en otros: ésta de que recibiremos cuanto hayamos menester ó nos esté bien, mediante la oración, ninguno de los Santos Evangelios la pasa por alto. Escuchad las palabras del Señor.

Leemos en San Mateo (cap. VII, versículo 7 y siguientes) éstas, que no pueden ser más terminantes: «Petite, et dabitur vobis; quaerite, et invenietis; pulsate, et aperietur vobis.» Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y os abrirán; y añade el Señor esta razón, sólo aplicable á las peticiones dirigi- das á Él: «Omnis enim qui petit, accipit; et qui quaerit, invenit et pulsanti, aperietur.» Porque todo el que pide recibe; y el que busca halla; y al que llama se le abrirá. Ni aun con esto se contenta nuestro Padre, en orden á alentar nuestra esperanza de obtener lo que le pidamos, sino que se digna Él, Dios soberano y perfectisirno, compararse con los padres de aquí abajo, que, aunque malos, suelen comúnmente acudir á sus hijos con lo que les está bien, sobre todo cuando se lo piden, y termina diciendo: «Si ergo vos, cum sitis mali, nostis bona dare filiis vestris, quanto magis Pater vester, qui in coelis est, dabit bona petentibus se?» «Si, pues, vosotros, aun siendo malos (¿quién no lo es en mayor ó menor grado en presencia de Dios?), aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas á vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre, que está en los cielos, dará bienes á los que se los pidan?»

No profanaré, señores, esas palabras, que brotan del corazón paternal de Dios, con inútiles comentarios. ¿Qué podría yo decir que ellas no digan?

Sigamos escuchando. Si acudís á San Lucas os hallaréis en el cap. Xl, versículo 9 y siguientes, con la misma solemne promesa y con el mismo paternal razonamiento que relata San Mateo, y cuya llanísima sencillez se hace en boca de Dios sublime.

San Marcos (cap. XI, versículo 24), hablándonos de lo acaecido en los días que precedieron de cerca á la Pasión, consigna este enérgico ofrecimiento, con que el Divino Redentor nos persuade á que oremos y nos enseña á orar: «Omnia quaecumque orantes petitis, credite quia accipietis, et evenient vobis.» Todo cuanto pidais orando, creed que lo recibirés; y os sucederá como lo pedís».

Por último, despidiéndose estaba el Señor de sus Apóstoles en la última Cena, y entre sus más encarecidas recomendaciones, fué una, la de la oración ratificando cuanto había dicho de su eficacia con estas palabras conservadas en el Evangelio, según San Juan (cap. XVI, versículo 23) que encierran un augusto compromiso de parte de Dios: «Amen, amen dico vobis: si quid patieritis Patrem in nomine meo, dabit vobis.» «En verdad, en verdad os digo: si algo pedís al Padre en mi nombre, os lo dará».

He ahí, hermanos, la bondad de nuestro Padre Dios, retratada con sus mismas palabras. No faltará á ellas. ¿Ni cómo dejará de darnos cuanto le pidamos, siendo ello justo y conveniente, si no acierta á negarnos su amor paternal? Padre nuestro, que está en los cielos, se llama, como acabáis de verlo, al exhortarnos á orar, y al orar quiere Él que empecemos llamándole Padre nuestro, que estás en los cielos.

Y aquí podría dar por terminada mi tarea, que, confieso, comienza á hacérseme pesada, por el temor de molestaros, abusando de la piadosa bondad con que me escucháis. Pero habrá tal vez entre vosotros quienes duden de la virtud y eficacia de las oraciones, preocupados con los sofismas con que la incredulidad oscurece esta verdad consoladora; y no quisiera que en este coro de plegarias, elevadas á Dios por las cuatrocientas víctimas de la gran desgracia que hoy enluta nuestras almas aún más que las paredes de este santo templo; no quisiera, repito, que en este concurso de oraciones faltasen á nuestros hermanos, sepultados en el mar con el crucero, las de ninguno de los de aquí reunidos.

-Si Dios atendiese, se objeta, á nuestras oraciones dirigidas á Él, en el tiempo en que las hacemos, había de mudar sus decretos eternos.-No, señores, no hay mudanza en Dios, porque Dios no aguarda á escuchar las oraciones cuando se hacen; las ve de toda eternidad libremente dirigidas á Él en el momento en que se le dirigen. Para Él no hay futuro, todo es presente. Así su decreto eterno é inmutable se dictó en virtud de la oración prevista.

-Y las leyes naturales, ¿no son por ventura absolutamente inflexibles? ¿A qué pedirá Dios que las altere?-Sí, es verdad, las leyes de la Naturaleza son inflexibles para la Naturaleza; pero ¿cómo han de serlo para el autor de la Naturaleza y de sus leyes? Al dar á los seres criados fuerzas, ¿se ha agotado por ventura el poder sin límites del Creador? No; lo infinito no se agota. Pues bien, señores: dadme la fuerza de cualquiera de los agentes naturales; digo más, suponed en acción, en un sentido determinado, las fuerzas todas de la Creación, que por ser creadas son forzosamente finitas. A esas fuerzas finitas oponga Dios la suya infinita: ¿qué sucederá? Que la fuerza menor, la fuerza finita, quedará vencida, anulada, y el efecto se realizará en el sentido en que obre la fuerza vencedora.

A más de que no pedimos en nuestras oraciones que Dios anule y mude las leyes del Universo, lo que sería absurdo, ni es, en circunstancias ordinarias, prudente pedir que en un caso dado suspenda de modo patente al sentido la acción de los agentes naturales, lo cual constituye el milagro; sino que pedimos á Dios, cuando de cosas naturales tratamos con Él en la oración, que se valga providencialmente de las mismas fuerzas que dió á las criaturas, para que suceda lo que pretendemos. ¿Qué hay en esto de imposible? Puede el hombre, débil é ignorante, servirse en mil casos de los agentes naturales para sus fines; ¿y no habrá en Dios bastante poder y sabiduría para servirse de ellos cuando lo crea conveniente? ¿Pudo criar, y no podrá modificar?

-Pero esto sería retocar su obra con menoscabo de su previsión ó de su omnipotencia, pues que no pudo ó no supo prescindir de retoques.-Modificar en un momento dado su acción natural del artefacto, para conseguir con él otra acción diversa, no es retocar el artefacto, es ser señor de él. ¿Sería más poderoso el artífice que en ningún caso pudiera valerse de sus obras, sino para lo que ellas de suyo hiciesen? El Universo, sin necesitar correcciones ni retoques, hace bien lo que debe hacer; pero Dios, valiéndose providencialmente de los agentes de que pobló el universo, hace, por medio de ellos, mejor que el Universo, cuanto rectamente le place. Y esto, no por antojo, que en Dios no cabe, ni por mudanza de parecer, que no tiene aplicación en quien no tiene pareceres, sino visión completa de cuanto hay y puede haber, ni por acudir de pronto á urgencias del momento, sino realizando en el tiempo escogido lo que eternamente quiere que suceda en vista de todas las circunstancias y motivos, inclusas las oraciones de sus criaturas libres.

-He ahí precisamente lo que parece indigno de Dios: moverse por súplicas, ablandarse por lágrimas.-Increible parece que la impiedad no sepa reconocer en Dios ni aun el consolador atributo de la bondad. ¿Le parecería más grande un Dios inflexible, inexorable, sin corazón? Pero un sér así no sería Dios. ¿Cómo serlo quien no fuera infinito? ¿Y cómo ser infinito no teniendo la perfección que encierra la bondad y amor para con las criaturas que sacó de la nada?

Quiero, sin embargo, llamar vuestra atención, hermanos míos, sobre un sentido verdadero del sofisma que constituye el último baluarte del deísmo. Exponiéndolo, completo lo que he creído deber deciros acerca de la oración, á la vez que des- alojo á los adversarios de sus últimas posiciones, en que se parapetan tras una mala inteligencia de la eficacia de nuestras peticiones dirigidas á Dios.

En efecto, desechar en absoluto todo ruego, despreciar toda lágrima, es no tener corazón, y, por tanto, no ser, no ya infinito, pero ni aun bueno. Pero plegarse á todo ruego, por insensato que sea; moverse por cualquier lloro, aunque pretenda lo que no debe concederse, es ser débil y hasta malo. Dios no puede ser ni duro, ni débil. Por lo tanto, el sentido evidente y único posible de sus promesas á los que oran, es que, mediante la oración, obtendrán lo que es razonable que se les conceda orando, aunque no habría para qué concederselo, si no oraran. Esto nos enseña la Iglesia Católica. La oración no impetra injusticias, ni absurdos, ni cosas que no convienen: impetra todo lo demás: ¡y no es poco! Entre el Dios inexorable de los deístas y el Dios bonachón de ciertos ignorantes, está el Dios verdadero, el Dios bueno de los cristianos, el Dios que concede lo que se le pide, si lo que se le pide conviene; y de no convenir lo que se le pide, concede lo que está mejor al que lo pide.

Buena prueba de esto nos ofrecen los náufragos del Reina Regente. ¿Quién duda que una y mil veces pidieron al Señor que los salvase del poder de la tempestad? Desde que la mañana de aquel terrible domingo rodeaban el altar, sobre el que en la rada de Tánger hubo de celebrarse el Santo Sacrificio, mientras el temporal arreciaba y bajaba el barómetro pavorosamente, hasta que se apagó el último rayo de esperanza ante la evidencia del naufragio, ¡cuántas oraciones brotarían de aquellos corazones afligidos con aflicción de muerte, y pronunciarían aun labios poco acostumbrados á rezar, si es que los había allí! ¿Cómo no orar á vista de la muerte? ¡Y tal muerte!

Ni era sólo la idea de la muerte lo que en aquel trance espantoso oprimía aquellos nobles corazones. Pensaría el comandante -¿cómo no?- en la tremeda responsabilidad que sobre él pesaba si se perdía el crucero, y en la carrera brillantemente, terminada, si lo salvaba de tan inminente peligro; sabiendo como sabía, ¿quién lo ignora?, que los hombres suelen juzgar de sus semejantes por el resultado, que no depende de ellos, y no por los medios empleados para procurarlo feliz, que es cuanto en buena ley puede exigírseles. Jóvenes, niños casi, recién salidos de la Escuela Naval, que hacían su primer viaje entre Cádiz y Tánger en un crucero fortísimo, y habían estrechado poco antes la mano de otros compañeros de estudios, que volvían de dar la vuelta al mundo en un buque de vela; sorprendidos ahora por aquella tempestad horrible, que iba á tronchar en flor ilusiones y esperanzas acariciadas en largos semestres de estudio y encierro en la fragata-escuela, apartarían aterrados Ia vista de lo que veían, y la volverían atrás, á su hogar, al cariño de sus madres, de aquellas pobres madres que les enseñaron á rezar. ¿Y cómo no rezar entonces por sí mismos? Y ¡por ellas! ¡Con qué ansia estrecharian contra su pecho la medalla, el escapulario colgado allí por manos de su madre al abrazarlos por última vez, y por última vez besarlos en sus rostros aún imberbes! ¡Por última vez, sí! ¡No se volverán á ver en esta vida! Aqui un oficial, chorreando agua, aferrado al cordaje para no abandonar el puesto de honor ni por los tumbos y sacudidas del barco, ni aun por las olas, que unas en pos de otras pasan, envolviéndole, sobre su cabeza, ora en silencio por su esposa joven, por su primogénito recién nacido, por su padre anciano y achacoso. Allí, marineros ocupados en hacer con heroico esfuerzo y riesgo espantoso las maniobras que ordena la voz de sus jefes, rezan á a Virgen, acordándose de la imagen que veneraron sus padres, y veneran ellos, y prometen visitarla y colgar en las paredes del santuario bendito ex-votos, que atestiguen á sus hijos y á los hijos de sus hijos cuánto puede la Madre de Dios y Madre de los hombres. Abajo, pobres fogoneros que, obedeciendo á inteligentes maquinistas, sudan en su dura labor en aquella atmósfera de horno, ante una máquina casi candente y á punto de estallar, sin saber, si no es confusamente, lo que es del buque, que se tambalea y cae y levanta como un ebrio, y sintiendo sobre sus cabezas el ruido lejano, sordo pavoroso de los golpes de mar, que pasan barriendo la cubierta ¡cuánto pedirían á Dios! ¡Ah! Morir, para ellos, no es sólo acabarse sus vidas: es empezar el hambre para sus padres decrépitos, para sus pobres esposas, para sus pequeños hijos. ¿Cómo no han de orar?..... Y todos, todos los que allí luchan, hombres de ciencia y hombres de trabajo, los que nunca habían estado en tales peligros y los que veían que el peligro aquél excedía incomparablemente á los ya pasados, ¿qué habían de hacer sino recurrir á Dios? ¿Qué sino pedirle misericordia? ¡Y sin embargó los devoró el mar! Dios que abarca con su mirada el tiempo y la eternidad, y castiga á las naciones para que sanen, veía que el naufragio debía suceder, que no era conveniente que no acaeciese, y oyó la oración y no dió lo que no convenía, pero hizo lo que era justo y conveniente. El castigo providencial purificó de sus culpas á aquellas víctimas, que sucumbieron inocentes de los grandes pecados públicos; y purificadas, ¡cómo consuela el creerlo!, pasaron á recibir el premio de sus virtudes ó de su sincero y religioso arrepentimiento. Pedían á Dios llegar al puerto de Cádiz, y Dios los llevó al puerto del cielo. No podemos afirmarlo, pero debemos esperarlo. Por Dios no ha dejado de realizarse, que misericordioso es y ha dicho: «Pedid y recibiréis cuanto sea justo y os convenga». Y la tierra podía no convenirles; pero el cielo, ¿á quién no conviene¿ Por eso la tierra puede perderse sin culpa, ¡vale tan poco la tierra! Pero ¡el cielo! El cielo, hermanos míos, nadie puede perderlo si no es por su culpa, y culpa sin penitencia.

Ahora bien: ¿concebís, señores, que hubiera quien no clamase á Dios, arrepentido, en aquel buque, juguete del temporal, sobre todo cuando se venía encima el naufragio, extinguiendo por momentos toda luz de esperanza? ¡Momentos terribles aquellos que adivina la mente, oprimiendo el corazón! ¡Nadie sabe cómo fué! ¡Ni uno de los que ibna á bordo quedó para contarlo! ¡No hubo ojos humanos que los vieran irse á pique! Tal vez al caer pesadamente la proa de lo alto de gigantesca y tajada ola en la sima que dejó tras sí al pasar volando, otra montaña de agua se desgajó sobre el crucero y lo sepultó. Tal vez, inclinado en un violentísimo balance, cayó sobre su costado otro espantable golpe de mar, sin darle lugar á enderezarse, y acabó de ladearlo, y el peso mismo de su castillo artillado le hizo girar y sumergirse. Mas fuese de uno de stos modos, ó de otro, que sólo sabe Dios, tengo para mí que, dada la fe que aun arde en el fondo del alma de casi todos los marinos españoles, aunque oculta y como ahogada en algunos por las preocupaciones anticatólicas y la ceniza amontonada por el incendio de las pasiones; tengo para mí, repito, que en aquel momento supremo, cuando se borró toda esperanza de salvarse del naufragio, cuando el buque se rendía sin dejarse gobernar y se echaba encima el oleaje como nunca arbolado, amnazador, furibundo; cuando, por fin, vieron venir una ola, que descollaba entre todas como la cordillera sobre las colinas, y que inclinaba sobre el crucero indefenso su frente coronada de espuma y se encorvaba é iba á derribarse sobre él con su mole abrumadora; entonces, yo creo, y vosotros creeréis como yo, que un solo grito, un bramido más bien, brotó atronador de aquellos cuatrocientos pechos varoniles y resonó en la concavidad de la ola: «¡Misericordia, Señor! ¡¡Perdón!!» Y Dios los oyó. Aun resonaba el grito de auxilio, y Dios respondía ya con la voz de su ministro, que, dominando los rugidos del viento y del mar decía: «Yo os absuelvo de vuestros pecados en nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo».

Y al acabar, apenas, de pronunciarse la sentencia de perdón y salvación, cayó la ola con horrísono estampido, y el crucero vaciló un momento rendido y quebrantado, y el agua se precipitó en sus senos como ejército conquistador que, salvando la mal defendida brecha, se derrama furibundo por la ciudad tomada. Todo lo arrolló, lo ocupó todo, y el crucero se hundió, cayendo en torno sobre él inmensa catarata que cerró su sepultura. Luego se agitó el mar, más aún de lo que se agitaba por el temporal, y enormes oleadas huyeron circularmente de aquel sitio de horror, cruzándose y chocando con las olas de la tempestad. Poco después reinó la calma, la calma de la muerte. Ni una voz, ni un cadáver, ni un objeto del barco. Nada se oyó, nada se vió.

Mas en tanto, ¡cuántas de aquellas almas-¡plegue á Dios que todas!-purificadas por la absolución sacramental, antes de ser violentamente arrancadas de los cuerpos sumergidos, volarían al cielo! Pidieron perdón, y Dios los perdonó; buscaron al morir misericordia, y Dios cumplió su palabra divina y hallaron misericordia; llamaron al hundirse entre las olas, y Dios les abrió de par en par las puertas de su dicha sempiterna: oraron y se salvaron.

¡Gracias, Dios mío, gracias! Tú, Señor del poder grande, que no tiene igual; Tú, que eres omnipotente y vives cercado de verdad; Tú, que dominas sobre las fuerzas del mar y amansas la furia de sus olas; Tú, que le dices «hasta aquí llegarás y no pasarás adelante y aquí quebrantarás tu oleaje hinchado»; Dios grande, ante quien tiembla el Universo; Dios bueno, Padre nuestro que estás en los cielos, Tú, por motivos adorables é inescrutables, pero llenos de justicia y misericordia, entregaste al crucero y á los que en él volvían en poder de la tempestad. Murieron, dura muerte y espantable. Pero oraron, clamaron pidiendo perdón; y cuantos de veras lo pidieron, cual debían, viven hoy vida inacabable y dichosísima. Cante, Señor, tus misericordias el huracán con su foria, el mar con sus tempestades, con sus armónicos movimientos el Universo y el Hombrc con su razón ilustrada por la fe y su corazón henchido de gratitud y amor. ¡Bendito seas, Dios mío, que no quieres la muerte del pecador, sino que se convierta y viva! Este es nuestro consuelo, Señor, y nuestra esperanza.

Pero sabemos también que nada manchado entra en la región de purísima dicha, que tienes reservada para los que te aman, y al recordarlo, nos estremece la idea de que muchos, tal vez, de aquéllos cuya muerte desastrosa lloramos, gimen purificándose en el purgatorio, aquel seguro y penoso antepuerto del cielo. Acuérdate, Señor, de ellos, y haz que el perdón que siempre desaron lo consigan por nuestras súplicas. Dijiste: «Pedid y recibiréis». ¡Óyenos, Señor! y dadles luego perdón y dicha. Acuérdate también de sus familias y ampáralas, y Tú, que todo lo puedes, concédeles resignación y consuelo.Acuérdate de esta pobre España, grande cuando era tuya, hoy justamente abatida y castigada; y convierte y perdona á los hijos en gracia de lo que sus padres hicieron y sufrieron por tu gloria, cuyo resplandor alumbró siempre nuestra bandera victoriosa. Acuérdate de los que allá al otro lado del Atlántico pelean, más aún con el clima que contra los hombres, por conservar para la Patria los últimos y hermosos restos de sus inmensos dominios, arrancados por los españoles de las tinieblas de la idolatría. Acuérdate, acuérdate de nosotros también, é imprime en nuestras almas las verdades que acabamos de meditar, para que, contenidos por tu santo temor y alentados por tu bondad inagotable, vivamos vida cristiana y se realice en nosotros aquella maternal súplica que nuestra Madre la Iglesia pronuciará sobre nuestro cadáver y hoy entona por los desgraciados náufragos del Reina Regente al pie de ese significativo y triste catafalco: «Dadles, Señor, el descanso eterno, y que la luz perpetua los alumbre». Requiem aeternam donna eis, Domine; et lux perpetua luceat eis. ASÍ SEA». Si este discurso que acabamos de reproducir es notabilísimo, como lo habrá podido observar el lector, no le va en zaga, aunque sobre un asunto muy distinto, el que pronunció el 28 de Agosto de 1896 en el Congreso Eucarístico de Lugo, en presencia, entre otras eminentísimas jerarquías eclesiásticas, del Cardenal Casañas, una de las más salientes figuras de la Iglesia en España y Obispo de Urgel.

Tan notable, que uno de sus biógrafos dice al hablar de él que fué «maravilloso discurso que asombró a aquella Asamblea, donde habia tantas eminencias». El dia 5 de Julio de 1896, e invitado por la Excma. Diputación de Guipuzcoa, predicó en la parroquia de Mondragón, en la Misa solemne que allí se celebró con motivo de la inauguración de los Concursos de Agricultura y Ganadería patrocinados por la Excma. Diputación de Guipúzcoa, un sermón, con tal conocimiento de la materia que trataba, que pocas veces con mayor motivo puede aplicársele a un hombre, el calificativo de hombre eminente por su saber, de hombre sabio.

Duró aquella oración más de lo que por lo general duraban las conferencias y sermones del insigne donostiarra. Pues bien; la multitud inmensa que llenaba las espaciosas naves de la célebre iglesia se mantuvo durante el tiempo que duró la disertación en tal compostura y silericio, que al final solamente una pena embargó el ánimo de aquellos católicos oyentes. La de que ya no podían escuchar durante más tiempo la palabra admirablemente persuasiva del célebre jesuita. Lo mismo sucedió cuando predicó el 4 de Diciembre de 1889, en la función dedicada a Santa Bárbara por los artilleros de Madrid. Y el mismo fenómeno se repetía siempre que hablaba el P. Vinuesa, aun ante el auditorio más heterogéneo. Recordamos muy bien las memorables conferencias pronunciadas en la iglesia de Santa María, de la ciudad de San Sebastián. Pocas veces vimos en conferencias ni sermones pronunciados por religiosos, auditorio tan selecto, ni de más opuestas ideas. Tampoco nunca presenciamos y escuchamos de labios cuyas inteligencias se hallaban por desgracia bastante lejos de las enseñanzas católicas, juicios tan ecuánimes como coincidentes en una misma y acertada opinión.

Al salir de la iglesia donde predicaba el P. Vinuesa, la fuerza persuasiva de su argumentación, de su razonamiento, de su lógica, de su profunda sabiduría, arrastraba, como el imán al acero, al auditorio más alejado de la doctrina de la Iglesia.

Entre la continua predicación y el magisterio, fué agotándose aquel organismo sano y robusto. Sin embargo, su vocación de apóstol y propagandista no le permitió hacer vida de residencia, y predicó y trabajó, y luchó por la causa de Cristo y de su Iglesia, siempre que pudo.

Cuando últimamente tuvimos el alto honor de estrechar su mano, ya su energía estaba muy agotada, y reconociéndolo él mismo, declaraba: «Estoy perdido; no valgo para nada.» «Galduba naiz-decía en la lengua que balbuceó en los primeros años de su infancia - ; ez det ezertarako baliyo.»; Y es que el P. Vinuesa presentía ya los últimos días de su vida, y esperaba a la muerte con esa tranquilidad de espíritu que suele ser por lo general patrimonio de las almas puras y comienzo de una gloriosa eternidad.

El día 7 de Marzo de 1904 pronunció el último discurso sobre un tema social, en el Círculo de Obreros Católicos de Santander, y con motivo de una velada en honor del Papa. Allí el P. Vinuesa, a pesar de encontrar se abatido por la enfermedad que a pasos de gigante le llevaba a la sepultura, hizo una admirable disertación, estableciendo la diferencia entre la Caridad y la Filantropía.

Estando en Bilbao, marchó a Santander para hacerse cargo de la Residencia, como Superior; y al poco tiempo fué arrancada del mundo de los vivos aquella vida preciosa, delatora constante de virtudes y ejemplos que imitar. Era el 21 de Marzo de 1904. El duelo fué general en la nación. En el país basco, profundo. Murió un gran orador, un insigne hombre de ciencia. Pero el P. Vinuesa, el gran Pepe, como le llamaba Peña y Goñi, de las koshkas de San Vicente, está olvidado. Su pueblo le ha olvidado injustamente. ¡Y yace aún en el olvido!

Entre la multitud de periódicos que le dedicaron sentidísimos recuerdos, acotamos párrafos del Boletín del Comercio, de Santander, periódico que hizo tan justos como atinados comentarios:

«El fallecimiento del Rdo. P. Vinuesa, Superior de la Residencia de la Compañía de jesús, ha sido la tristeza, ha sido el dolor de Ja semana. Siempre se lamenta la pérdida de un sér querido, pero cuando se trata de un hombre grande, de un talento privilegiado, el desconsuelo arraiga más en las gentes .....

Hallaréis muchos sabios, pero entre ellos no encontraréis muchos prudentes. Es por una herida que causa la vanidad, compañero de la sabiduría, el pueril orgullo. Así se hacen intolerables muchos hombres superiores1 como se hacen odiosas las joyas, no cuando centellean en los escaparates, sino cuando se pavonea con ellas una necia enriquecida.

Hallar a un tiempo, juntas en un hombre mismo, sahiduría y prudencia, es fortuna. De una suerte así, tan poco frecuente, disfrutábamos acá, teniendo al frente de la Residencia de la Compaflía de Jesús ..... compañeras en un alma fuerte. la prudencia y la sabiduría.

..................................

En estos tiempos, misioneros como el P. Vinuesa son los que hacen falta. La dessparición de uno de de ellos es una desdicha que pesa sobre las gentes como un castigo.»

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La conducción de los restos mortales del Rdo. Padre Vinuesa constituyó en Santander una elocuente manifestación de duelo, según relataba el mismo periódico antes citado. Una inmensa muchedumbre llenaba las calles próximas a la Residencia de los Padres jesuítas. Seguían a la cruz alzada los jóvenes pertenecientes a la Congregación de San Estanislao, y en pos de ellos iban los de San Luis Gonzaga, unos y otros con sus medallas.

Iba de preste, asistido por los PP. Olavide y Velasco, el Rdo. P. Echarri. A continuación marchaban los salmistas de la catedral. La caja fué llevada en un modesto carruaje fúnebre. Presidió el duelo el hermano político del finado, D. Juan G. de Orue1 a quien acompañaban la junta de la Asociación de Escuelas y Círculos de Obreros, el Provisor y Vicario General del obispado y el Rdo. P. García Alcalde; la Junta de la Congregación de San Luis, con su Director el Reverendo P. Iglesias, iba a los lados del coche fúnebre, al cual seguían el señor Deán, el Clero Catedral, los Capellanes de los diversos Conventos de Santander y comisiones de las Residencias de los Padres Carmelitas, Salesianos, Agustinos y Pasionistas, los párrocos y otros muchos sacerdotes, y una multitud de gentes de todas las clases sociales, que llenaban por completo las calles por donde se verificó la conducción. En el cementerio de Tiriego se unieron a las personas que acompañaron hasta allá al cadáver, los seminaristas de Corbán.

Durante los funerales, el espacioso templo apenas era suficiente para contener a la multitud de personas de todas las clases sociales que asistieron a las exequias. Hallábase presente en los funerales el Excelentísimo Señor Obispo; el clero de la ciudad tenía allí una representación numerosísima, como la tenían también todas las clases sociales, pues el vecindario entero tomó parte en este homenaje rendido a la memoria del ilustre finado.

* * *

No pocas veces ocurre en la vida del hombre; inteligencias de primer orden, talentos esclarecidos y hasta voluntades firmes que, conociendo las más complejas cuestiones del saber humano, podrían prestar grandes servicios a la Humanidad, quedan olvidados, postergados, obscurecidos. En cambio, medianías, hombres de cultura superficial, aunque de vanidad muy honda, brillan y brillan en medio de un mundo donde todo se gradúa por la apariencia, el exterior y la forma.

Fijaos en la política, en las letras, en los altos puestos, en los honores, en las prebendas, en la dirección de los más fundamentales organismos, en los empleos altamente remunerados, en la prensa, en los negocios más o menos financieros, en los cargos, en una palabra, en todo aquello que supone elevación sobre el nivel medio. ¿Quiénes van, por lo general, a la cabeza de los negocios públicos, de la vida pública? Por lo general, medianías, nada más que medianías.

Es indudable que existen raras excepciones. Es ver- dad, pero son muy pocas; y ellas, la mayoría de las veces, aparecen esencialmente impopulares. ¿De dónde viene este fenómeno? ¿De qué depende que habiendo admirables inteligencias en la vida ordinaria de la nación, éstas no brillen como debieran? A mi entender, son tres principalmente sus causas. Primera la posición social. Segunda, la falta de orientación de los padres en la educación de sus hijos. Tercera, la injusticia ambiente. Por un fenómeno social difícil de indagar en sus verdaderas causas, la falta de posición social es patrimonio, por lo general, de las inteligencias claras. Al revés de lo que sucede con los afortunados.

Sea porque no les importa el estudio de las más fundamentales cuestiones, o porque no reúnen condiciones, es el caso que rara vez el rico aparece como investigador y escudriñador del fondo social de los problemas. No es el momento este de ahondar sobre una nueva cuestión que de suyo ocuparía múltiples páginas. Solamente apunto la idea de que en el mundo, en la vida nacional, en el ambiente social, son muy pocos, poquísimos, los que están donde en realidad debieran estar.

Una inteligencia industrial se hallará, a lo mejor aburrida bajo el peso de una labor oficinesca porque su posición humilde le obliga a semejantes menesteres. Un genio político, una vocación de apóstol, envuelve a su voluntad el tráfico de una entidad industrial, a la que tiene que dedicar lo más florido de su vida y los más grandes arrestos de su existencia. Una capacidad financiera está absorbida por la orientación militar que la vanidad o el interés de sus padres se empeñaran en conducirle por las glorias guerreras. Y hasta se da el caso, ¡triste, tristísimo caso!, de que el carácter de un temperamento alegre, bullicioso y mundano, lo estrujaron bajo los pliegues, a lo mejor, de la santa sotana del sacerdo- cio!. .... ¡Por vanidad! ¡Por ignorancia! ¡Por debilidades! No sé por qué. El caso es que esto ocurre con demasiada vulgaridad.

Y por esto, indiscutiblemente por esto, es por lo que el 75 por 100 de las inteligencias no brillan donde y como debieran brillar, sino que por orientación mal definida, por engaños que constituyen verdaderos y monstruosos crímenes morales o espirituales, talentos y cerebros de primer orden dedícanse a menesteres que repugnan a sus deseos, aptitudes y aficiones. Y he aquí la superioridad de los hombres que ingresaron en las Órdenes religiosas, sobre los que luchan en el mundo. He aquí la superioridad de los Institutos o Congregaciones religiosas sobre los organismos formados por los hombres del mundo. Allí cada individuo está como de molde en la labor a que la dirección monástica le consagró. Y hay que hacer notar que entre otras órdenes donde cumplen con verdadero rigor esta regla psicológica y espiritual, es en la Compañía de Jesús.

La Compañía de Jesús es maestra incomparable en la elección de sus miembros. Uno de los mayores motivos por el que el P. Vinuesa descolló tan extraordinariamente en la oratoria, fué éste precisamente. El haberle dedicado la Compañía a aquello que mayores aptitudes y más grande afición mostró el esclarecido jesuíta. Es verdad que también se dedicó a la enseñanza, como ya lo hemos visto antes, pero esto fué secundariamente. No porque no hiciera falta. No porque carecía de vocación para ello, sino porque desde el púlpito honraba, si cabe, con mayor relieve la cátedra del Espíritu Santo y la Compañía de Jesús. La labor fundamental del P. Vinuesa fué la oratoria.

Como hombre, el P. Vinuesa reunía condiciones envidiables, lo mismo en el orden religioso, como en el social. Tenía el don de la atracción. Su habilidad para desenvolver las más desagradables y complicadas cuestiones que el mundo le presentaba era verdaderamente maravillosa. Todos cuantos le consultaban -y era un mundo- salían, por lo general, encantados de aquel corazón tan atrayente y aquella inteligencia para la que no existía nada arduo, ni dificultoso en resolver. Si el P. Vinuesa hubiese continuado en el mundo ejerciendo la carrera que terminó antes de entrar en la Compañía, de Derecho, habría llegado a ser seguramente un abogado insigne. Esta condición de asesor, que hacía de las consultas a evacuar verdaderas conferencias donde se entreveía la ciencia profunda de aquel varón egregio, fué puesta en práctica dentro de la misma Compañía.

El P. Vinuesa era consultado en todas las cuestiones de orden interior, pero muy especialmente cuando éstas tenían relación directa con la Teología, Fílosofía, Moral o Derecho. Pero dentro de esta ciencia y este saber enorme, que subsiguientemente envolvía una superioridad intelectual sobre gran parte de sus hermanos en religión, surgía a cada momento el corazón de un niño con las virtudes de un santo. Nada le importaba el saber, si con él no encontraba los medios conducentes al fin último e inmutable de la felicidad eterna. Jamás se le vió exteriorizar el menor síntoma ni la menor señal de orgullo, tan frecuente en el mundo, sobre todo entre las medianías y los suficientes. Creía que cualquiera sabía más que él. No daba importancia a los conocimientos que adquirió, teniéndolos únicamente como instrumentos que Dios puso en sus manos para luchar en defensa de la verdad y de la Iglesia.

Tenía tal dulzura su palabra, tal encanto su conversación, tal vida su razonamiento, que se hacía imposible, o poco menos, hablar con él y abandonarle sin pena. Cuando dió las últimas conferencias en San Sebastián, multitud de amigos fueron a verle, y hubo quien lloró con abundantes lágrimas, momentos antes de estrechar su mano en señal de despedida. Pero lo que más gustaba en el esclarecido donostiarra era aquella humildad y aquel celo extraordinario por el bien de las almas.

Quería con verdadero cariño al pobre, al menesteroso, al desheredado por la fortuna; y porque le quería con entrañable amor, porque le amaba como un buen padre ama a sus hijos, le daba pena, le causaba un gran dolor que el obrero, engañado por corifeos sin conciencia y sin saber, anduviese por caminos descarriados, por lugares peligrosos, donde jamás encontraría más que su miseria y su ruina inminentes.

A ellos, a los obreros dedicó por entero sus famosísimas conferencias; ya hemos visto antes, en capítulo anterior, con qué atención y con qué respeto le escucharon, especialmente en Gijón. Si el P. Vinuesa hubiese sido un carácter organizador, si hubiese heredado de su maestro Manterola aquel don y espíritu de organización, de batalla y de acometividad, Vinuesa hubiera seguramente anulado una gran parte de la obra revolucionaria de las peligrosas sociedades sindicalistas. Pero le faltaba lo que Manterola tenía, al decir de algunos, con exceso: la condición del genio organizador, esto es, la de organizar batallando contra el enemigo. Dentro de su modalidad, fué un hombre de soberana atracción. Era el reverso de Manterola.

Aquel Manterola no atraía más que a los suyos, con delirio, con frenesí, con entusiasmo loco, eso sí; pero sólo a los suyos. Vinuesa atraía a todos; a blancos y á negros, a verdes y azules. El uno atraía por el calor, por el verbo fosforescente de su palabra, por el vigor punzante de su pluma, por la fuerza de su acometividad. Éste atraía por el imán irresistible de su valer, de su ciencia, de la sublimidad del pensamiento, de la persuasión del razonamiento, del poder doctrinal, en una palabra, puesto siempre frente al poder doctrinal de los enemigos de la Iglesia. Fué un cerebro; una inteligencia de primer orden; un hombre de ciencia.

Como orador, el P. Vinuesa era de los selectos, de los escogidos. Sus oraciones son modelos de composición oratoria. El orden, el método, sin amaneramiento, sin formas rebuscadas, era la característica de sus conferencias. Si el P. Vinuesa hubiese hablado como orador político, o en el foro; si en el mundo se hubiese dedicado a la oratoria, Vinuesa hubiera sido un Berryer, sin llegar al doctrinarismo de un Guizot, ni a la ampulosidad de un Donoso Cortés. A la claridad en el método se unía la fuerza incontrastable en la argumentación. Vinuesa en el Parlamento hubiese descollado en la contestación al enemigo, en la improvisación. Sin atacar bruscamente a su adversario, lo hubiese interesado; después, admirado; más tarde conmovido, y, por último, cogido entre las mallas irrompibles de doble nudo de su formidable argumentación, lo hubiese aprisionado fácil, ligera, someramente, para después decir a su auditorio: «Aquí lo tenéis, no puede escaparse. Está aprisionado. Pero ¿queréis que le hiera y lo ensangrente?»

No; no fué orador profano el P. Vinuesa. Honró la cátedra del Espíritu Santo, dándole relieve extraordinario. Bien puede decirse, sin temor a incurrir en exagerados elogios, que siempre que predicaba rayaba en los linderos de lo sublime; jamás en la frase vulgar ni en el período rebuscado, ni en la exaltación impropia de la serena exposición doctrinal.

Cuando hablaba de Dios, su palabra no era sublime; era más, mucho más; entonces se convertía en palabra mágica, admirablemente razonadora, irrecusablemente bella y digna.

Ni Bourdaloue, cuando atacaba los vicios de los reyes y el sensualismo de la aristocracia francesa; ni Flechier, ni Massillon, cuando hablaban en medio de una sociedad alta y escogida, que les escuchaba con un silencio solamente comparable con el silencio misterioso de la soledad y del desierto; ni Lacordaire, ni Montsabré, ni el P. Janvier recientemente, ni otros grandes oradores, como el P. Mon, le aventajaban en determinados momentos de la oratoria. El P. Vinuesa tenía rasgos inmortales en su oratoria. En sus primeros años ayudábale de tal modo su voz, que influía extraordinariamente en el ánimo de los oyentes. Y bien sabido es que la voz en el orador es como el instrumento en el artista. Sin buena voz, sin un buen instrumento, la labor resulta acaso buena, pero nunca exuberante, rica, sublime, grandiosa.

Si Castelar hubiese hablado ante el auditorio con aquella voz afeminada y raquítica con que se le escuchaba en las conversaciones particulares, jamás hubiese alcanzado el innumerable número de próselitos que consiguió. Cuando hablaba, hablaba con voz potente; no sabemos de dónde surgía, pero surgía de modo maravilloso. Cicerón, Demóstenes, Mirabeau, O'Connell, y hasta el mismo Berryer, hubiesen dejado de dominar en en las asambleas públicas y en las reuniones políticas -según dice uno de los autores contemporáneos- si a su saber y a su doctrina no hubiesen añadido la fuerza expansiva de su voz, y el poder formidable de sus pulmones. Ya en los últimos afias de su vida se le debilitó mucho al P. Vinuesa, y parecía verse a otro personaje; se escuchaba a otro orador. Sin embargo, siempre fué su oratoria grande, subyugadora, de artista sublime. Lógico, demostraba hasta la evidencia, reconocida por sus mismos adversarios, la verdad y la tesis que se proponía demostrar; narrador, su exposición era clara, terminante, diáfana como el trozo de un cielo azul; admiraba por el vigor de su pincel donde apenas quedaba trazo sin terminarlo, ni color sin reflejo, ni rostro sin expresión real y sintética; poeta, cantaba como Lamartine; patético, conmovía hasta llegar a las mismas entrañas del sentimiento, con cuadros, con enseñanzas, con sensibilidad fina y artística; y sabio, hombre de ciencia, orador de hondo saber, enseñaba sin afectación, sin pedantería, sin teorías obscuras ni doctrinarismos incomprensibles. No había en él nada afectado, ni menos todavía preparado para producir pasmo entre los oyentes. Jamás puede decirse del P. Vinuesa cuando pronunciaba sus discursos, lo que de Rossini, al terminar su «Stabat Mater». Que eran profanos.

Nada tuvo de profana su oratoria cuando su oratoria enseñaba el dogma. En cambio, nada tiene de religiosa la música de Rossini, aunque lleve por título el «Stabat Mater». Y no es que la comparación de Rossini la hago por mera erudición, no. Es que lo mismo en la música, como en la pintura, corno en la oratoria, cuando no se siente; cuando el artista no está empapado, identificado con el objeto, fin de su obra, podrá muchas veces llegar a la cima de una obra más o menos bella, podrá salir del cincel o de la pluma; del pincel o de la palabra; un trozo más o menos artístico; pero que sea justo, que sea verdadero, que no se salga de la existente realidad, eso es ya un terreno más difícil de dominar y de alcanzar. Podríamos hacer la comparación de Rossini con otros oradores sagrados, pero dejamos a un lado por respeto a esa misma oratoria, tan sublime, de fines tan elevados, tan transcendentales para la vida del pueblo católico. Por eso Rossini jamás pudo componer música religiosa; lujurioso como era, no podía expresar en el pentágrama aquella tranquilidad de espíritu, aquella limpidez en el alma, aquella serenidad en la concepción, que es y será siempre inherente a cuantos traten de hacer e identificarse con el arte religioso y con el arte religioso en la región de lo sublime.

¿De dónde procedía aquella persuasión que en el ánimo de los oyentes inculcaba el P. Vinuesa? ¿Quién le daba aquella pasmosa facilidad para tratar los asuntos mis elevados, y escudriñar las almas, tanto religiosas como alejadas de las sabias enseñanzas de la Iglesia? Nadie más que aquella íntima compenetración de su misma alma, de su mismo corazón, con la doctrina sustentada por él, con la obra desarrollada por la habilidad y arte de su oratoria. Si bien es verdad que en la mayor parte de los oradores sagrados campea en sus oraciones con bastante mayor fuerza la explicación de los misterios, el encadenamiento de pruebas históricas, las citas de Santos Padres y ejemplos, las insinuaciones de la caridad y la mansedumbre, etc., que el sostenimiento de una vigorosa argumentación y una lógica irreductible, no podremos decir esto del P. Vinuesa. Precisamente la característica de su oratoria era esta; esta precisamente. El ser un lógico y un argumentador de una fuerza temible y avasalladora.

Quien lea las conferencias dedicadas y pronunciadas por él a los obreros, se convencerá de cuanto afirmo en estos momentos. Lo sensíble es que no se hayan recopilado y divulgado todas sus oraciones, todos sus trabajos, todas sus conferencias. Unicarnente existe un tomo con algunas de ellas, editado en Madrid, pero cuando se publicaron, apenas la prensa habló de ellas, y, por lo tanto, son muy poco conocidas. Otra de las caraclerísticas de la oratoria del P. Vinuesa era la elegancia en el lenguaje, y el dominio del castellano. No queremos decir con esto que la elegancia se reducía a buscar y rebuscar imágenes y frases, con las que muchos oradores creen deslumbrar al auditorio, cuando lo que realmente hacen es profanar la cátedra sagrada y convertirla en portavoz de una vanidad que no debiera existir. No. El P. Vinuesa estaba muy lejos, lejísimo de convertir la oratoria en fuegos de artificio, que se pierden y esfuman en el aire en medio de una noche de cielo azul. El lenguaje de Vinuesa era brillante y clásico a la vez. Clásico por sus giros, clásico por sus palabras, clásico por el modo de decirlas. Y brillante, porque desenvolvía el pensamiento que quería desarrollar con tal claridad, con tal facilidad y tan adaplable a las inteligencias menos asequibles, que difícilmente se encontrará otro orador que en esto le supere.

Cuando hablaba, por ejemplo, en una asamblea de sabios, de hombres de ciencia, de figuras preclaras de la Iglesia, como en el Congreso de Lugo, allí el Padre Vinuesa dió a conocer un poco de lo mucho que sabía. Es decir, que se adaptaba al auditorio que le escuchaba. Desarrolló entonces una erudición portentosa, admirable. ¿Por qué? Porque lo mismo el tema que el auditorio era grande y sublime.

Fijaos, en cambio, en el sermón pronunciado con motivo del hundimiento del crucero Reina Regente. Si comparáis los dos discursos, veréis al momento que no puede existir comparación. Son absoluta y fatalmente distintos. Sin embargo, son los dos modelos de oratoria y erudición. Cuando hablaba a aquel auditorio de la iglesia de La Coruña, la sensibilidad del artista venció y sobrepujó a la erudición histórica. Eran allí esplendorosas las imágenes, bahía grandeza e intensidad en el sen- timiento; grandeza, sublimidad y movimiento admirable y variado en todos sus cuadros. Y es que entre el discurso que pronunció en Lugo y el que desarrolló en La Coruña, mediaba la misma diferencia que entre un discurso académico de Castelar y otro de Menéndez y Pelayo. O si queréis más todavía. La diferencia que existe entre una página de las «Meditaciones sobre el Evangelio», de Bossuet, y otra del «Dogma y el Libro-Pensamiento», de Brunetière.

En el discurso de la Coruña, el P. Vinuesa alcanzó tal libertad en aquella grandeza, tal familiaridad en lo inmenso, que parecía que, compenetrado su corazón con el alma de la idea, inculcaba y compenetraba ésta en los corazones de sus oyentes. Vibraba su corazón con aquellos períodos, desbordábase su sensibilidad por instantes, como se desbordaba por instantes el patriotismo y el sentimiento de su auditorio, al compás de aquella mágica palabra.

Nada de extraño tiene que aquel auditorio prorrumpiese en un grito de íntima admiración durante el transcurso y el final del célebre sermón. Asimismo prorrumpieron también en visibles muestras de entusiasmo admirativo las eminencias que acudieron al Congreso de Lugo. Y seguramente que el P. Vinuesa podría contestar y contestaría de hecho con estas frases a aquellos innumerables admiradores suyos: «Nosotros enseñamos lo que hemos aprendido de nuestros predecesores; y nuestros predecesores lo aprendieron de los hombres apostólicos; y éstos de los Apóstoles; y los Apóstoles de Jesucristo; y Jesucristo de su Padre». Que vienen a ser palabras o ideas parecidas a aquella grandiosa y fundamental de Tertuliano: «Ecclesia ab apostolis, apostoli a Christo, Christus a Deo tradidit.»

En esa misma elección, mejor dicho, distinción, que hacía en los asuntos a desarrollar, se ve al hombre de talento, al orador que conoce el corazón humano, el auditorio que le escucha, como muy pocos lo conocen, aunque esto parezca fácil a primera vista. Porque ocurre no pocas veces que apenas se hace diferencia en los auditorios, y las mismas ideas con distintas palabras se desarrollan, acaso, en una iglesia como en una Academia, en un auditorio de señoras como en un Círculo de obreros. Y esto, aunque sea doloroso decirlo, sucede con alguna frecuencia entre el clero y hasta entre muchos oradores pertenecientes a Órdenes religiosas.

La discreción en el asunto, en el lenguaje, en la forma, en la erudición teológica, filosófica, moral, artística o literaria, son detalles tan importantes como el mismo discurso o sermón que se va a pronunciar. Cuando Bossuet escribía su «Refutación del Catecismo de Pablo Ferri», allá por los años de 1653, es indudable que no emplearía el mismo lenguaje, ni la misma forma, ni el mismo método de exposición y erudición, que cuando escribia la «Exposición de la Doctrina Católica sobre las materias de controversia», escrito dirigido a la Conversión de Turenne y publicado en 1670. Ni tampoco el mismo en sus «Discursos sobre la Historia Universal», como en sus «Oraciones Fúnebres»; como no lo hicieron ni Montsabré, ni el P. Félix, ni ningún cerebro de fuerte complexión.

Así también, el triunfo del P. Vinuesa en los distintos auditorios que le escuchaban era este: la discreción, adaptación y elección del tema y del auditorio. Únase a esto, no tan sólo la autoridad que le daba la Orden a que pertenecía, la Compañía de Jesús, sino la gran autoridad de su saber, de su ciencia, de su erudición, unida a una soberana palabra, y tenéis completada la fisonomía moral de uno de los mejores oradores sagrados que han descollado en la segunda mitad del siglo XIX.

Si vamos realmente a analizar la oratoria del Padre Vinuesa por el fundamento ideal que sostenía, veremos que no fué un ideal de escuela particularista, ni filosófica. Defendía y sostenía siempre la doctrina pura de la Iglesia. No fué especialista. No se dedicó a tal o cual programa. Su mirada era tan genial, que lo dominaba todo, lo abarcaba con fuerza de gigante. Ahora sí; comprendía perfectamente que uno de los males más grandes de nuestra sociedad era el indiferentismo, rayano a veces en la incredulidad; comprendía que la fe del obrero se iba debilitando a consecuencia, no tan sólo de teorías peligrosas, de teorías malsanas, de teorías anárquicas, inoculadas en las inteligencias obreras con pasmosa tenacidad y constancia, sino por el abandono en que habían dejado problema tan capital las clases pudientes y las clases directoras; y a esa cuestión, a esa magna y trascendental cuestión dedicó gran parte de sus conferencias; buena parte de su vida.

Ahora bien. ¿Predicó sosteniendo que el obrero iba por el buen camino? ¿Predicó desamparando al rico, combatiéndole ante el mismo fundamento de su enemigo? ¿Marchó hacia el menesteroso diciéndole que debía rebelarse? No. El P. Vinuesa sostuvo en esto, como en toda su labor, la verdadera doctrina fundamental y pura de la Iglesia. Y por esto fué por lo que al socialismo doctrinario, al sindicalismo anarquizante no le convino ni tan siquiera meditar, estudiar y deducir la consecuencia. El P. Vinuesa, al dirigirse al obrero, no creó, a manera de Massilon en «Magdalena», una figura corpórea, precisando sus rasgos más salientes, sino un modelo o un símbolo, si queréis, del obrero cristiano, del obrero que descansa con sus herramientas sobre la Fe para estudiar su vida en el Evangelio. Y claro está que des- prendiendo el P. Vinuesa, como desprendía, las consecuencias, de principios morales absolutamente inconmovibles, no era posible que los socialistas, y con los socialistas el leader Pablo Iglesias, dijeran de él lo que Voltaire dijo de Massillon cuando hablaba de moral cristiana: que no la temían.

Pero, en cambio, el obrero no político, el obrero amamantado, desarrollado y educado en las salvadoras enseñanzas de la Iglesia, y que siente aversión hacia la glacial doctrina y la esperanza animal y materialista del Socialismo, ese veía en el P. Vinuesa un salvador del obrero, un corazón amante de él y conocedor admirable del espíritu gangrenoso que va corroyendo nuestro siglo y las épocas modernas. Y en este sentido, podemos incluir al P. Vinuesa entre los oradores sociales, entre los oradores que pusieron el dedo en la llaga moderna, entre los oradores que se ocuparon tenaz y firmemente de la cuestión social, de la cuestión obrera, o como quiera llamársele.

Bellos razonamientos sobre la religión, dice Fenelon en sus «Diálogos sobre la elocuencia», cuando se ocupa de los sermones de Massillon, como haciendo ver que los considera poco fundamentales, poco filosóficos; del mismo modo que Jules Lemaitre pone en duda no pocas veces la religiosidad sincera de Chateaubriand. Uno y otro consideran a Massillon y Chateaubriand como dos temperamentos acomodaticios, transgresores, casi abdicando de principios inconmovibles; y retóricos por excelencia. En la oratoria sagrada española, efectivamente, la retórica juega un papel principalísimo, a veces hasta demasiado palabrero; pero pocas veces, ninguna, llega a la débil argumentación y a la ausencia doctrinal de Massillon cuando habla sobre «La Verdad de la Religión». Y mucho menos podremos señalar debilidad doctrinal, ni ausencia de verdad teológica y filosófica en las conferencias y obra oratoria del P. Vinuesa.

Si bien es verdad que acude a textos socialistas para llevar al convencimiento del obrero la verdad de cuanto afirma, se dirige y entresaca en la misma forma que el minero se dirige al mineral, para arrancarlo de las entrañas donde guarda su riqueza, para encauzarlo más tarde, para lavarlo después, para convertirlo en hierro, para fabricar planchas en medio de densísímas temperaturas, y para construir más tarde esas enormes corazas que defenderán en medio del océano inmenso e insondable acaso, el destino, la integridad y la enseña flameante de la Patria.

Pero ¿quedan carbonizadas sus manos en medio de ese proceso industrial tan complicado?

No. Más fuertes, más musculosas, más atléticas aún, para el campo de la pelea.

Pues bien, esto mismo ocurre con el modo de tratar la cuestión social del P. Vinuesa. No podremos decir lo mismo de Massillon; tampoco de Chateaubriand; tampoco de otros muchos publicistas y oradores. Leed el sermón sobre «La limosna», de Massillon. ¿Queréis decirme si no existen pasajes peligrosos imposibles de colocarlos ante las inteligencias exentas de sólida preparación? ¿Queréis negarme que allí falta la debida claridad en el desarrollo del principio sustentado, poco menos que inconcuso? ¿Queréis negarme a su vez que allí existen analogías doctrinales con el enciclopedismo francés? Nadie podrá negarme seguramente esta observación espiritual que yo hago resaltar en estos momentos, así como yo tampoco puedo negar que discurriendo de un solo modo, en una sola pieza, en un sentido de abstracción, tanto en el «Contrato Social» de Rousseau, como en su «Discurso sobre la desigualdad social» y el pensamiento de Massillon, exista un fondo de verdad.

Pero ¿puede sostenerse ésta sin desentrañar debidamente, fuertemente, quirúrgicamente, los arcanos del hombre y de las sociedades por él formadas y mantenidas a través de los siglos con todo el encadenamiento inherente de hechos, vidas y sentimientos de continuadas generaciones?

¿Puede sostenerse tan solamente en las generalizaciones históricas y menos aún en las generalizaciones de una lógica, que no resiste el menor análisis en cuanto ella desciende a las amargas, a las tristes, a las incontrovertibles relaciones que necesariamente surgen y surgirán, mientras el mundo sea mundo, en la realidad viviente, en la vida corpórea, palpitante y real?

Pues de ahí viene el peligro de ciertas categóricas afirmaciones que se observan, no tan sólo en la oratoria de Massillon, sino aun también en algunos otros oradores, como, por ejemplo, el P. Didon. El P. Vinuesa, aunque para conocimiento exacto de la materia bebiera acaso en las fuentes de Rousseau, de Voltaire o de los demás enciclopedistas franceses, se cuidó muy bien en sus conferencias de exteriorizar siquiera la menor concomitancia con aquellas teorías. Veámoslo.

Rousseau, en su «Discurso sobre la desigualdad», atribuye al trabajo y especialmente al hierro y al trigo, mejor dicho, a la metalúrgica y agricultura el pecado original de toda la actual civilización y esclavitud del ciudadano. Dice así: «Para el filósofo, son el hierro y el trigo los principales civilizadores del hombre y la perdición del género humano». Y razona al momento en la siguiente forma: Desde que los hombres se hicieron necesarios para la fundición y forja del hierro, fueron necesarios desde luego otros hombres para alimentar o dar de comer a los primeros. Es decir, comenzó la era de lo Mío y lo Tuyo, o sea el Derecho y el Deber. Y por una lógica indubitable viene a surgir al momento la idea de la propiedad conducida por la idea de la justicia, principios ambos en pugna con el origen libertario individualista ipso facto de la existencia del hombre que defiende Rousseau.

Si bien es verdad que en el «Contrato Social» defiende la idea de la participación de la sociedad en los bienes individuales, fundamentando con esto el ideal colectivista moderno, también es verdad que, en cuanto a la propiedad se refiere, encuéntrase mayor claridad del pensamiento rousseauniano en el discurso antes citado en el «Artículo sobre la Economía política», en las «Consideraciones sobre el Gobierno de Polonia» y en las «Cartas sobre la virtud y la felicidad»[1], y en todas éstas afirma el hecho de propiedad, el hecho de posesión, la forma de derecho, la civilización, en una palabra, aunque él maldiga la civilización desde los mismos orígenes prehistóricos, desde el mismo instante en que la desnudez del hombre nacido le obligaba por mero instinto de conservación al ideal de la apropiación.

¿Se ha corrompido para Rousseau esta manera bárbara de adquisición?

¿Son la industria, el comercio, las riquezas, las ambiciones del hombre las que han hecho de su mismo sér un sér desgraciado, obsceno y en continuo sufrimiento, de ideal acaparador?

Esto es lo que ya no podemos analizar, por salirse de los límites trazados en nuestro trabajo. Pero en la teoría de Rousseau, en el modo de discurrir sobre el hombre y la civilización moderna, no aparecen más que derechos, siempre derechos, en cada página mayor acu- mulamiento de derechos. ¿Y los deberes? ¿No tiene deberes el hombre? ¿Se puede hacer valer el derecho, si antes no se ha cumplido ya el deber?

Este es el peligro en que se colocan, respecto al auditorio, los que por haberse asimilado, o no asimilado, las teorías incitantes de Rousseau, van, sin querer á veces, hasta donde no pueden, no deben ir, sin un buen lastre de conocimientos históricos y hechos videntes del transcurso de la civilización. El P. Vinuesa, en sus conferencias a los obreros, mantiene en verdad un criterio de marcado carácter cristiano y una exactitud real; y allí donde Rousseau encuentra el principio de la decadencia del hombre, que es en el trabajo, el P. Vinuesa lo defiende «como aplicación útil de la inteligencia, la destreza y la fuerza del hombre». Y allí donde la filosofía enciclopedista no ve más que derechos, el P. Vinuesa, asentando sus principios doctrinales sobre fuertes sillares de la filosofía y el derecho cristiano, no encuentra «otro camino para garantizar los derechos, que el de persuadir las obligaciones, como lo ha hecho siempre la predicación cristiana».

Y continúa el P. Vinuesa: Sin el trabajo no hay producción capaz de sostener al hombre multiplicado, cual es razón, sobre la tierra. Y más tarde: Siendo el hombre libre y dueño de su trabajo, suyo tiene necesariamente que ser el fruto de su trabajo, en cuanto de ese trabajo procede; de modo que el que es dueño del árbol, hace suya la fruta que brota del árbol. De lo contrario, si el hombre no hiciese suyo lo que produce, sería esclavo de los que hubieran de aprovecharse de ello; que esclavo es de hecho, séalo o no de nombre, quien forzosamente trabaja para otro, sin enajenar libremente el fruto de sus fatigas y afanes, o de su talento y habilidad. He ahí, señores, el primer derecho del que trabaja: hacer suyo lo que produce en cuanto él lo produce. He ahí juntamente el derecho de propiedad brotando de la libertad humana, como la fruta del árbol.

Ya véis que esta no es la teoría de Rousseau, ni de Voltaire, ni de Diderot, ni de ningún enciclopedista del siglo XVIII, sino la verdadera de la Iglesia, la verdadera del Evangelio, la verdadera que hace compatible el derecho con el deber, y el deber con la felicidad. Pero precisamente por esto no agradaba, como digo antes, no podía agradar a los socialistas y anarquistas que le escuchaban.

En cambio, las teorías que Massillon defendía en su oratoria gustaban a los enciclopedistas mucho más, infinitamente más que las sustentadas por Bourdaloue; las sustentadas por Bossuet. Porque no solamente se veían en ellas aproximaciones enciclopedistas, sino ni tan siquiera hacía restricciones, muy necesarias y hasta obligatorias en un orador sagrado. Por ejemplo, cuando hablaba «de los bienes que originariamente pertenecen a todos los hombres en común», cuando aplicaba o desarrollaba la teoría del «común consentimiento de los pueblos», y así en otros trozos más candentes aún de sus discursos. Y como hace observar un gran crítico francés, Massillon, parecía creer, aunque realmente no lo creía, en la bondad natural del hombre.

¡Qué diáfana y qué cristalina es la teoría sustentada por el P. Vinuesa en todos sus sermones y en todas sus conferencias! Ni un recelo, ni una duda, ni un pasaje obscuro, ni una mancha ligera en el cielo azul de la verdad católica, elocuentísimamente expuesta en sus admirables conferencias.

Si el P. Vinuesa hubiese vivido en Francia, si hubiese observado de cerca aquel período de la revolución y estudiado aquellas monstruosas debilidades de toda una sociedad que iba a perecer a pasos de gigante, con sus vicios, cobardías, incredulidades, indiferencias, abyecciones y apostasías sin cuento. Si hubiese vivido en aquella época en que todo un pueblo francés se había adormecido bajo la influencia del filosofismo enciclopédico, abandonado los ideales monárquicos, mirando con indiferencia rayana en la grosería la muerte de Luis XV y yendo más tarde del brazo incendiario y asesino de la revolución, el P. Vinuesa hubiese seguramente empleado su talento y su oratoria en combatir los vicios y concupiscencias de aquella sociedad.

El P. Vaughan lo hizo así en Londres desde el púlpito de la Inmaculada Concepción, combatiendo los vicios de la sociedad ultraelegante de Inglaterra, y presagiando para la gran potencia europea días tristes de decadencia y disolución. Parece que las predicciones del P. Vaughan con su maravillosa elocuencia se van cumpliendo de día en día, pues actualmente Inglaterra atraviesa un período de una terrible decrepitud interior.

El P. Vinuesa, en España y desde uno de los púlpitos de Madrid, podía haber combatido el mal uso, el injustificado uso que por una buena parte de la sociedad española se hace del dinero y de las riquezas; pudo haber combatido los vicios más salientes de la actual sociedad, pudo haber hecho un análisis social y psicológico de la idiosincrasia española. No lo hizo. Su labor marchó por derroteros distintos, y como hemos visto antes, se dedicó a la cuestión social bajo el punto de vista obrero. El jesuíta inglés P. Vaughan perteneció a la escuela de los excelsos patriotas que formaron los Beaconsfield, Pitt, Palmerston y otros como Chamberlain.

¡Quién sabe si el P. Vinuesa, de ser España una nación no tan perseguida, ni tan intolerante por el ideologismo avanzado, ni tan amenazada por la intransigencia del radicalismo y del socialismo, no hubiese formado una pléyade de gobernantes, hombres serios y capaces que constituirían en la actualidad como los fundamentos de la gobernación del Estado!

Pero no; no pudo ser. Su labor fué extremadamente callada, aunque soberanamente artística y culta. Los límites de este ligero estudio biográfico no nos permiten continuar en mayor número de consideraciones sobre la personalidad ilustre bajo todos aspectos del P. Vinuesa. Sólo lamentamos que aquella labor suya de artista, de orador y de apóstol, haya dejado de llegar al corazón mismo del pueblo para que, cristalizada su doctrina en en la realidad, surtiera los efectos que la propaganda realiza en las inteligencias y orientaciones de los pueblos.

Lamentamos que la Compañía de Jesús, los mismos donostiarras, paisanos suyos y entusiastas del gran orador, hayan carecido de una preocupación siquiera, en la difusión de su doctrina y en el alcance de sus trabajos como orador. De aquí a unos años sólo quedará una remotísima idea de lo que fué el P. Vinuesa, y cuando las generaciones sucesivas quieran saber el intelecto de los donostiarras y se encuentren con el fortísimo del P. Vinuesa, pero sin producciones suyas publicadas, sin su gran saber divulgado, preguntarán acaso para conocerle con el cariño remoto de la lectura y asimilación intelectual: ¿dónde está la labor del P. Vinuesa? ¿Quién responderá?

* * *

Terminaremos ya estas líneas con algunas anécdotas referentes a la infancia y vida del gran orador.

Era el P. Vinuesa alto de estatura, ojos azules y rostro de un débil sonrosado, nariz de corte aguileño, aunque redondeada, frente espaciosai y un conjunto todo él de atrayente bondad. Era hombre de gran corazón distinguiéndose desde muy niño por sus buenos sentimientos, su carácter serio, sin rayar en lo seriote ni menos en lo brusco, y por su extraordinaria aplicación al estudio. Era tal su conducta y reunía tales atractivos en lo moral y lo físico, que entre los muchachos donostiarras de aquella época, el joven Vinuesa era lo que se llama un «buen partido» . Y tanto le querían sus padres, tan entrañable era el cariño, que hasta sentían cierta predilección por él ante los demás hermanos.

En una ocasión, y ya casi terminados sus estudios, el joven Vinuesa se hallaba preocupadísimo, y hasta se exteriorizaba cierta melancolía en su rostro. Su familia que lo había notado, no atreviéndose a decirle a él directamente ante el temor de disgustarle, preguntaron a su hermano la causa de la preocupación de José.

Su madre le llamó un día a Ramón, diciéndole:

- Pero oye, Ramón, ¿qué le pasa a Pepe que le vemos tan preocupado? ¿Es que tiene novia o qué le pasa?

- No, mamá. Lo que hay es que quiere entrar en la Compañía de Jesús y no sabe cómo decírselo a ustedes. Esa es toda su preocupación.

La familia, y especialmente su madre, sintieron muchísimo la resolución de aquel hijo, en quien tenían cifradas todas sus esperanzas para que brillara en el mundo. Al poco tiempo de ocurrir esto, Vinuesa ingresaba en el noviciado de la Compañía de Jesús.

* * *

Tal concepto se tenía de Vinuesa antes de entrar en la Compañía y tanto le respetaba todo el mundo, como queríanle sus compañeros, que en cierta ocasión de su vida de estudiante ocurrió el siguiente caso cómico.

Los dos hermanos Vinuesa, José y Ramón, y sus compañeros daban clase con el célebre D. Vicente Manterola, cuando éste explicaba lecciones de latinidad y humanidades en San Sebastián. En la calle Narrica existía en aquel tiempo un hojalatero que se llamaba Ortiz. Ramón, que era de carácter más jovial, más dicharachero y amigo de dar bromas, se reunía con varios otros compañeros después de clase, y al pasar por delante de la hojalatería, no se les ocurría otra cosa más que llamar gritando «Ortiz, hojalatero de Paríss.....» a la puerta de la hojalatería, y apretar a correr.

Como esto lo hacían todos los días y el público se apercibió de aquella tomadura de pelo al pobre hojalatero, éste se amoscó y, enfureciéndose, uno de los días prometió vengarse. En efecto, calculó Ortiz la hora en que los estudiantes cometían la hazaña, y, apostándose al pie de un banco, sin que de fuera le viesen, esperó la «acometida».

Dicho y hecho. No habían transcurrido muchos minutos, cuando Ramón Vinuesa con sus compañeros dieron, al pasar frente a la hojalatería, el consabido grito de «¡Ortiz, hojalatero de París!.....» Oir esto Ortiz y echar a correr tras los estudiantes, todo fué uno. Los estudiantes, que no esperaban la emboscada, medio asustados, corrieron como alma que lleva el diablo por las calles de la actual población vieja.

Pero, en el trayecto, a Ramón se le cayeron los libros. Ortiz, que ve esto, va y los recoge, volviéndose tranquilo a su casa. «¡Ahora es la mía!», diría Ortiz para sus adentros. Y claro está que el conflicto fué para Ramón, que al día siguiente se encontraba sin libros para entrar en clase.

La solución le parecía algo difícil, aunque, por otro lado, se disponía a dar todo género de explicaciones al bromeado hojalatero. En esto, el hermano de Ramón, José, se prestó a ver a Ortiz y pedirle los libros. Tal era el concepto que tenían del que más tarde fué el P. Vinuesa, que al presentarse ante el hojalatero en demanda de los libros de su hermano, aquél contestó:

-Basta que hayas venido tú, Pepe, te los daré, porque sé que tú eres lo suficientemente serio para no hacerte solidario de la conducta de tus compañeros. He aquí los libros. Tómalos, y espero que harás cuanto de tu parte esté para que no se vuelva a repetir el espectáculo de las noches anteriores.

José Vinuesa recibió los libros y los entregó a su hermano Ramón.

Tal era el concepto que de José Vinuesa tenían las gentes, aun desde muy joven.

* * *

Una vez religioso y dentro de la Compañía de Jesús, el P. Vinuesa tenía tal fe en cuanto él predicaba y sostenía, que esa misma fe llevaba al ánimo de los oyentes la persuasión de cuanto exponía. Cuando las notabilísimas conferencias de Gijón ante la masa obrera, compuesta en su mayoría de socialistas y anarquistas, le fueron ofrecidas al P. Vinuesa por las autoridades las fuerzas de la Policía, Guardia civil y hasta del Ejército, si quería, para mayor garantía de la paz pública.

El P. Vinuesa, agradecidísirno a las atenciones de las autoridades, declinó la oferta, diciendo: «¿Para qué?»

«Llevar yo fuerzas a mis conferencias, supondría la negación de cuanto voy a exponer en ellas. Surtiría el efecto contrario. Vengo en son de paz, y no de guerra.»

Cuando las conferencias terminaron, al día siguiente, se encontró el P. Vinuesa con un paisano suyo. Su amigo le preguntó: -Y diga usted, Padre; ¿ha sacado usted huen fruto de las conferencias?

-Ninguno-contestó vivamente Vinuesa. La crítica la oí yo mismo a un grupo de mis oyentes. Salía del Instituto un grupo de obreros. De entre ellos, preguntó uno a otro:

-Y dime tú, ¿qué te ha parecido el Padre ése?

-¡Hombre... Habla bien, bien. A mí me ha convencido.

-Pues a mí, no, chico. ¿Sabes por qué?-le contestó el otro.- Pues porque ahora, de cada huelga que hacemos nos va tan bien, que siempre sacamos alguna ventaja.....

* * *

Enrique Menéndez, a raíz de su muerte, publicó en un periódico de Santander la siguiente anécdota, que la transcribo para hacer ver al lector el buen gusto artístico del P. Vinuesa.

Fué en el Círculo Católico de Obreros, durante la velada en honor del Papa. El P. Vinuesa, después de aquel esfuerzo, de su discurso postrero de su vida, fué a recobrar su asiento, y yo quedé - por azares de la fiesta-colocado junto a él. Al sentarse aparecía animado por la tensión nerviosa del momento, y su semblante y su palabra simularon por un rato la alegre energía del hombre sano.

Parecía muy complacido oyendo la música. Tocaba la orquesta una fantasía sobre la Sonámbula, y me dijo él que había oído cantar muy bien, en sus días estudiantiles, esa ópera. Seguía con visible deleite la ejecución, comentaba cada pasaje y hacía notar el acierto de los ejecutantes..... Por su memoria ví cómo pasaba una ráfaga de aire del mundo, pero de aire limpio, que en ninguna impureza había tocado. Recordaba sus noches de teatro como recuerda un niño las tardes que en él ha estado, con el mismo abandono, con el mismo franco regocijo. La música había sido en él, como en buen bascongado, una pasión; y aun en aquel momento, tan agobiada por el mal su vida, tenía el arte poder para hacerle olvidar sus angustias físicas y atarle unos instantes a la tierra. Escuchó con fervor de artista cristiano las hermosas notas de «Tu es Petrus», de Eslava, y se dispuso a oir luego la pieza que seguía, con la atención y la calma de quien no tiene otra cosa en qué entender... La pieza que seguía era el «Angelus», de Massenet, y no la conocía el Padre.

- No me conmueve - decía. - No me dice nada... Esto es sabio, pero frío ..... Ligereza y elegancia francesas; no llega al alma.

-No suenan las campanas, ¿verdad, Padre?- dije por decir algo.

- En París- me contestó-no se oye el «Angelus». Hay mucho ruido.

Y aquel gentil espíritu de bueno y de sabio, de artista y de señor, lucía, sin pretenderlo, primores del arte de conversar, como poco antes y en voz más alta, esplendores del raciocinio y la dialéctica.



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BENITO DE LERSUNDI


Benito de Lersundi


DON Benito Palermo José de Lersundi, nacido en San Sebastián, a las doce de la mañana del día 5 de Noviembre de 1775, bautizado el día 6 en la iglesia parroquial de San Vicente Levita y Mártir, siendo sus padrinos D. Ciprián Miguel de Anduaga, Caballerizo de Campo de S. M. el Rey D. Carlos III, y D.ª Gertrudis de Abaunza, Señores de la Villa de Balviadero.

Era hijo legítimo de D. Francisco Javier de Lersundi y Albizuri, Licenciado en Leyes, Administrador general de la Real Factoria de Tabaco de la ciudad de San Sebastián, Señor de las Casas y Mayorazgos de Lersundi de Astarbe y Albizuri en Azcoitia, y de D.ª Maria Francisca Ruiz de Olabe, Señora de Ja Casa solar infanzona de Zarragoenechea, en Mendata (Vizcaya); nieto por línea paterna de D. José Ignacio de Lersundi y Elorza, IX Señor de Lersundi de Astarbe, y de D.ª María Francisca de Albizuri y Aizpuru-Otzaca, VI Señora de Albízuri y su Mayorazgo; y por la materna de D. Francisco Antonio Ruiz de Olabe y Zarragoenechea, Corregidor de la Provincia de Guipúzcoa y Abogado Consultor de ella, Señor de la Casa de Zarregoenechea e hijo de los Señores de las antiguas torres de Olabe y Albiz, en Mendata, y de D.ª Francisca de Gorostizu y Barrenechea.

Casóse por poder, por hallarse de servicio en la ciudad de Burgos, de Capitán Graduado y Subteniente del Batallón de Voluntarios de Navarra (siendo representado por D. Juan José de Cincunegui), el 8 de Julio de 1804, en la villa de Deva, con D.ª Josefa lgnacia de Ormaechea, hija legitima de D. Ventura de Ormaechea e lturbe, Señor de la torre y Mayorazgo de la Renteria de Ondarroa, y de D.ª María Ana Vicenta de Bustinzuria, hija legítima ésta de D. José Ignacio de Bustinzuria y Axpe, uno de los fundadores de la Sociedad Económica de Amigos del País, cuyo Director fué el Conde de Peñaflorida, y de D.ª Ana Isabel de Alzolaras y Lascurain, hermana de otro de los fundadores.

Fueron sus hijos:

1.º D. José de Lersundi, Jefe Superior de Administración, Caballero de Malta, Comendador de Carlos III e Isabel la Católica, XIII Señor de Lersundi y X de Albizuri.

2.º El Teniente General D. Francisco de Lersundi, Presidente del Consejo de Ministros, Ministro de la Guerra, Estado y Marina, Caballero Oran Cruz de San Fernando, San Hermencgildo, Carlos III e Isabel la Católica, etc.

3.º El Intendente general D. Bernardo de Lersundi, Caballero Oran Cruz de Isabel la Católica y de la Orden de Malta.

Fueron sus hermanos:

1.º D. Joaquín María de Lersundi y Olabe, Diputado General de Guipúzcoa de 1824, XI Señor de Lersundi y VIII de Albirnri.

2.º El Capitán de Dragones D. Ignacio Maria de Lersundi y Olabe; se halló de Porta-Estandarte del Regimiento de Abascal en la sangrienta batalla de Chacabuco (América del Sur), de la cual salieron con vida tan pocos que quedó extinguido el Regimienlo, uniéndose los supervivientes al de Dragones de la Frontera; hizo toda la campaña.

3.º El Coronel de Infantería D. Alejandro Baldomero de Lersundi y Olabe.

4.º D.ª Maria Engracia de Lersundi y Olabe, que casó con D. Federico Yoller, Coronel del Regimiento de Guadix, muerto de dos balazos en la primera guerra civil, el 17 de Abril de !837.

5.º D.ª María Josefa de Lersundi y Olabe, que casó con D. Ignacio Ubrich, Coronel del Regimiento Kaisser núm 3, en la guerra de la Independencia, Gobernador de San Sebastián en 1824; hallóse en la batalla de Bailén.

Tal es la ilustre familia y linaje de la personalidad que vamos a estudiar. Si la raza basca se ha distinguido muy especialmente por sus hazañas bélicas y sus aventureras empresas, el apellido Lersundi parece constituir patrimonio de los militares más preclaros e insignes. Bien es verdad que también han brillado los Lersundi en el foro, en la Administración pública y en las letras patrias, para gloria de su apellido y del pais en que nacieron; pero su distintivo peculiar, allí donde mayor relieve adquirieron, fué en la carrera de las armas.

Nada más elocuente en corroboración de cuanto venimos diciendo, que la historia escueta de aquel valeroso donostiarra que se llamó Excmo. Sr. D. Benito de Lersundi. Este donostiarra parecía llevar en su sangre el genio militar de aquellos antecesores suyos que triunfaron peleando gloriosos por la patria en las batallas de Las Navas de Tolosa, conquistas de Baeza y Vilches jornada del Salado y sitio de Fuenterrabía. Y apenas comienza su vida militar, toma parte en varios combates, después de declarada la guerra a Francia. El 8 de Junio de 1793 hallábase como subteniente en el ejército de Guipúzcoa y Navarra haciendo el servicio de avanzadas y descubiertas.

Tornó parte en varias acciones de guerra, y entre las que merecen citarse como las más memorables son: la del 17 de Noviembre del mismo año, en que al frente de un piquete de su cuerpo, pudo contener valerosamente el ataque de un enemigo cuatro veces superior a sus fuerzas, y el 30 del mismo mes, que nuevamente atacado por el mismo enemigo lo rechazó victoriosamente.

Pero no cesaba aquí el arrojo militar de Lersundi, sino que se distinguió mucho más al comenzar una era de luchas y triunfos, delatores de aquel temperamento eminentemente militar e inteligencia serena y vigorosa aun en los más turbulentos períodos de su historia. Encontrábase el joven militar al frente de su ejército la noche del 14 de Enero de 1794. Defendía briosamente las trincheras de la loma del paso, cuando el enemigo se dispuso pronto a deshacerlas. Inútil esfuerzo. Lersundi las defendió palmo a palmo y gracias a su táctica militar el enemigo no pudo realizar sus meditados planes. Sin embargo, quiso Lersundi dar una prueba mayor aún de su arrojo y pericia, y dispuesto a dar una buena batida al enemigo, llevola a cabo el 5 de Febrero; al mando de sus tropas atacó con ímpetu el campamento del enemigo, desalojándole de las alturas de Socoa, donde tan fuerte se creía, causándole muchas bajas y haciéndole bastantes prisioneros.

Su excesivo arrojo en este combate pudo costarle la vida, debido al furor con que atacaba el enemigo y a lo numeroso de su ejército, bastante superior al que capitaneaba el teniente Lersundi. Efectivamente, Lersundi fué gravemente herido en el brazo derecho, de bala de fusil, y el 14 de Enero de 1794, concedióle S. M. el grado de capitán.

Apenas fué curado, y sin restablecerse del todo, se incorporó al momento a su batallón, y el 18 de Mayo encontrábase de nuevo en el ataque sangriento sobre la Loma verde. Afortunadamente Lersundi no tuvo percance alguno en este combate. Pero de nuevo suena el clarín de la pelea. El bravo capitán quiere unir a sus recientes triunfos, otros más generosos y más eficaces si pudiese, por la patria que le vió nacer; y el 23 de junio vuelve a ser herido en la mano izquierda con motivo de la batalla que su ejército libró sobre el Diamante, así como también vierte su sangre en el combate de Anacoleta.

Parecía que cuanto más dolorosos eran los sacrificios de Lersundi, más y más se encariñaba con ellos, y a manera de aquellos grandes capitanes de la Edad Media, que desconocían distancias, precipicios, hambre, sed, cansancio, en fin, cualquier género de calamidades, con tal de triunfar aun en el confín del mundo por la bandera patria, así también Lersundi, herida sobre herida, batalla sobre batalla, continuaba exponiendo heroicamente su vida con tal de colocar bien alto el pabellón de la patria, pobre y combatida.

¡Valeroso Lersundi! ¡Capitán heroico de las milicias nacionales! Por dos veces le hieren con bala de fusil en dos acciones consecutivas y apenas transcurre un mes cuando ya de nuevo corre a la pelea, y su actividad militar apenas se detiene un momento. Va de campo en campo. De acción en acción. Su espada apenas se enfunda. Lo mismo resplandenciente bajo los áureos toques de los rayos de un sol de mediodía, como goteando bajo las persistentes lluvias de los temporales norteños, el acero toledano presto está a cruzarse con el de Armentieres o París.

La patria era su pensamiento. La lucha su ideal. En los campos y en las ciudades sólo un nombre pronunciaban sus labios: España. España grande y España libre. Su corazón latía siempre a compás de esta su constante idea. Y con ella no le importaba morir en el campo de batalla. Digo mal. Hubiese querido morir, deseaba morir glorioso ante el enemigo hecho trizas. Y a manera de aquel otro glorioso donostiarra, el General Echagüe, desafiaba a las balas; el correr de la sangre encendía hirviente su alma de patriota y de militar, y de todo ello no se daba cuenta, inflamado por aquel ideal suyo de su vida.

Y es que cuando el hombre lleva impreso en su alma el espíritu de la fe y del patriotismo y con ellos se identifica con penetración profunda y viva de la idea que defiende, los cañones son moles gigantescas arrojadas montaña abajo, y los fusiles defensas que quedan arrolladas ante la fuerza del espíritu, que lo mismo vuela por los aires corno penetra irresistible por los mismos subsuelos de las más ingentes montañas.

Ahí le veis al capitán Lersundi. Miradle cómo incesante pelea por la Monarquía y por la Patria con su espada.

Toma parte en la retirada del ejército desde lrún, hasta que se incorporó con su batallón en Lecumberri, pasando con él a Vergara el 2 de Diciembre del mismo año y en la descubierta general sobre Azcoitia el día 18 del mismo mes. Lersundi no nació para las oficinas ni para lucir su uniforme en los salones. Pero sí, en cambio, para los campos de batalla.

El 27 de Febrero de 1795 tomó parle en los ataques sobre Elgoibar; en los de 9 y 17 de Mayo, donde se dis- tinguió poniendo de nuevo en peligro su vida; en las acciones del 21 y 24 de junio, que rechazó con grandes bajas al enemigo; en la del 28 del mismo mes, rompiendo la línea por Sasiola, pasando por el río Deva en las retiradas de Elgoibar, Elosua y Vergara y ascendiendo las alturas de Elgueta el día 29. Continuó batallando Lersundi sin cesar contra los enemigos de la patria y traspasando los límites de Guipúzcoa, pasa a Álava, donde los días 14 y 15 de julio se encuentra en Ulibarri y Gamboa; continúa hasta Miranda de Ebro, y a pesar de sus deseos y sucesivas tentativas de pasar los vados del río, desarrollando combates y ataques continuados contra el enemigo los días 26, 27 y 28 del mismo mes, Lersundi tiene que volver de su propósito, rechazado ante la superioridad y firmeza en el ataque del enemigo.

El año de 1801 Lersundi tomó parte en la campaña de Portugal. Y continuando en un relativo descanso, durante su servicio ordinario desde el año de 1802 a 1807, acude en 1808 con su alma de guerrero y de patriota a pelear por la integridad de la patria, en la guerra de la Independencia. Toma parte en las batallas de Ríoseco, Zornoza, Bilbao, Durango y Espinosa de los Monteros, los días 14 de julio y 12, 24 y 31 de Octubre. Se encuentra en la retirada de Reinosa, los días 10 y 11 de Noviembre, y cuando marchó a La Coruña, comisionado para conducir prisioneros, entregados éstos, cayó él mismo prisionero de guerra en Pontón.

¡Pobre Lersundi! Aquella prisión debió de influir en su vida más, mucho más que los silbidos y las mismas balas que le hicieron manar sangre en los campos de batalla. Él, que era tan patriota, que deseaba mil veces morir bajo el fuego del enemigo antes de caer en sus manos, ¡prisionero de guerra! No se arredró, sin embargo. Lersundi no esperaba morir de aquel infamante modo entre sus enemigos, y seguramente buscaría un medio para volver a pelear con ellos cuerpo a cuerpo, frente a frente. Así fué.

El 9 de Mayo fugóse de aquella mísera prisión y acudió presuroso a incorporarse a su batallón, que por aquel entonces se encontraba en el Valle del Prado (Galicia). Batióse de nuevo con los suyos en la batalla de Tamames el 18 de Octubre; el 23 de Noviembre en la de Medina del Campo, sobre el Carpio; en la batalla y retirada de Alba de Tormes. El 28 del mismo mes marchó Lersundi de comandante al primer batallón de Voluntarios de Guipúzcoa. Tomó parte muy activa en la expedición cántabra, en el desembarco y toma de Gijón, tentación de Santoña y naufragio de Vivero.

Desde los años de 1810 a 1811 no cesó un momento la actividad del ya entonces comandante Lersundi, y apenas permaneció en las ciudades y cuarteles. Fué su vida de campaña, así como en 1812, en que tomó parte en una de las más heroicas acciones de guerra y de las más costosas en hombres, tiempo y dinero. El sitio y reconquista de Astorga, que duró desde 19 de Junio hasta 19 de Agosto, fecha en que rindióse ante las valerosas tropas del comandante Lersundi. Tras un breve descanso de dos meses, si descanso puede llamarse al estado en que se encontraba Lersundi con su ejército, dispuesto siempre al combate y a la pelea, el 20 de Octubre toma parte en la acción de Quintanapalla, en el castillo de Burgos y, en general, en todas las acciones militares donde fué preciso luchar por el prestigio, el honor y la independencia de la patria invadida.

Con el sexto cuerpo del Ejército se batió en la retirada que hizo desde Burgos a Ciudad Rodrigo y Reino de Galicia. De 1813 a 1823 continuó Lersundi en su regimiento, hasta fin de Enero del último año, que le fué otorgado un retiro sin él solicitarlo y teniendo en cuenta aquella vida de azares, penas y fatigas sin cuento llevada hasta entonces por el valiente militar donostiarra.

Habiendo capitulado en San Sebastián el Regimiento Provincial de Salamanca, fué comisionado el comandante Lersundi para conducirlo a su provincia el año 1823. Ya el año de 1824 Lersundi fué nombrado comandante de Armas de la plaza de Vitoria, y más tarde, desde los años 1825 a 1833, en servicio ordinario, a la de Tolosa. En ambas poblaciones, el comandante Lersundi demostró que no sólo fué un gran militar, valiente, decidido, arrojado e inteligente, sino un buen gobernante y un ilustre patricio que supo vincular a la perfección el espíritu del fuero militar con la diplomacia necesaria en sus relaciones civiles.

Que esto, no pocas veces suele ocasionar y dar lugar a incidentes nada agradables, cuando se tropieza a veces al frente del gobierno de los pueblos con personas y caracteres que mantienen la fuerza como vehículo de todo derecho y de toda ley. Lersundi era siempre carácter pacificador de los espíritus, y aun en los tiempos y períodos más agudos de la guerra, propendía a tranquilizar y allanar voluntades. Este carácter asequible, a la vez que noble y franco, hizo de él un personaje respetado por los de abajo y muy querido por los de arriba.

Dice uno de sus biógrafos «que el mismo año de 1833, hallándose en el desempeño de su cargo de Tolosa, acaeció la muerte del monarca: Lersundi decidióse al momento y con el mayor entusiasmo por la causa de su augusta hija y fué uno de los jefes que primero desenvainaron su espada en contra de las huestes carlistas. El año de 1834 fué nombrado Ayudante general de la División de Guipúzcoa y hasta el mes de febrero tomó parte en distintas acciones de guerra, en la vanguardia, retirándose poco después hasta el 3 de Julio, en cuya fecha marchó de gobernador a Salvatierra. En un artículo biográfico que se escribió el año de 1853 en Madrid, decía que el cargo de Ayudante general de la División de Guipúzcoa le fué otorgado a Lersundi por el General Castaños, con quien al parecer le unían grandes lazos de amistad.

En Salvatierra, Lersundi se encontraba con dos compañías de reclutas del Regimiento de San Fernando y algunos milicianos nacionales. No obstante, Lersundi se portó como un verdadero héroe en los sucesivos y constantes ataques de que era objeto por parte de los carlistas. Aquella guerra que asoló nuestros campos, tiñendo de sangre los alegres riachuelos y las tranquilas regatas; que con una potencia tristemente extraordinaria, desarrolló la raza euskalduna su arrojo y su fiereza inauditas, dió motivo a Lersundi para demostrar una vez más sus aptitudes y su genio militar. Y es que también Lersundi, como sus enemigos, como todos aquellos que peleaban por una bandera fundamentalmente enemiga a la que él defendía con su espada, era de la misma raza, y hervía también en sus venas la sangre noble y generosa del basco.

Lersundi fué atacado distintas veces con furia, y con aquel bélico entusiasmo que caracterizaba a las masas y ejército carlista. No se acobardó, ni capituló por ello, sin embargo. Tantas veces era acometido, otras tantas rechazaba a sus enemigos, en los que había verdadero empeño por tomar a Salvatierra. Llegó un momento bien peligroso por cierto para el valeroso donostiarra. Cansadas sus fuerzas y en algunos momentos hallándose escaso de municiones y de víveres, en peligro constante ante las embestidas carlistas, el desaliento parecía hacer presa sobre el ánimo de sus subordinados. Gracias a la actividad y a la inteligencia de Lersundi, que acudía a todos los puntos de peligro arengando a los suyos, pudo conjurarse el peligro.

Entusiasmados los soldados con su jefe, defendíanse con arrojo y valor temerarios, hasta que al fin, quintos y milicianos consiguieron rechazar a los leales del pretendiente, y con ello una de las más memorables victorias casi personales de Lersundi. La cruz de primera clase de San Fernando le fué otorgada por su comportamiento.

Ya entonces continuaba agravándose la situación social y política de la nación española. El ejército carlista, de victoria en victoria, invadía toda Cataluña y Aragón. Zumalacarregui había demostrado ser ya uno de los más grandes generales que la historia militar conoce, y había preocupado seriamente a los Gobiernos todos de la Reina. Su obra militar genial quedó como una muestra de talento extraordinario. El poder carlista llegó a ser pujante y avasallador. Logró deshacer todos cuantos planes desarrollaban los Gobiernos, y ni Córdova, ni Maroto, ni Moreno, en el Norte, pudieron anular la influencia enorme de aquella formidable insurrección.

En el orden social se preparaban también radicales reformas religiosas y militares. Y últimamente se llegó hasta el bloqueo de San Sebastián por las tropas carlistas, que sitiaron por dos veces a la ciudad insigne. En los dos se encontró Lersundí, entre los años de 1836 a 1841. Durante un largo tiempo ejerció el cargo de Gobernador y Teniente de rey, y contribuyó de un modo eficaz a la salvación de San Sebastián, juntamente con el coronel del Cuerpo de Ingenieros D. juan Bautista de Pousich. El ejército carlista, sin embargo, logró con su sitio y bombardeo destruir buen número de edificios, quemar y arrasar fincas cercanas a la población, hacer caer dentro del casco de la ciudad cientos de granadas, que causaron infinidad de muertos y heridos, y mantener, por último, a San Sebaslián en una constante intranquilidad y zozobra.

Para hacerse una idea del poder carlista basta recordar que en uno de los momentos de lucha se apoderaron de «una caserna que tenían los liberales en el convento de San Barlolomé, bajo el fuego de los muros de a plaza de San Sebastián». De grato recuerdo fué, a pesar de las inherentes calamidades al sitio y bloqueo de San Sebastián, la estancia y mando del entonces Gobernador Lersundi.

El actual muelle y las subidas del castillo deben varias de sus reformas a dicho general donostiarra, así como importantísimas obras de defensa, que las llevó a cabo en unión del antes citado coronel de Ingenieros. Cesado en el importante cargo de Gobernador y tras de una labor incesante, que llegó a debilitar en momentos su organismo, se retiró y estuvo de cuartel, desde 1842 a 1851, con el grado de coronel. Y el 29 de Octubre de 1851 ascendió a brigadier, en recompensa de sus muchos y dilatados servicios por la Patria y la Monarquía, a quienes sirvió lealísimamente durante 44 años, 4 meses y 10 días.

Falleció el 20 de Junio de 1853, en medio de una aureola de prestigio y caballerosidad, como cristiano, como militar y como cíudadano. Al morir dejó a la Patria otro ciudadano no menos ilustre y leal Su hijo, el que entonces era digno teniente general y Presidente del Consejo de Ministros por aquella época, Excelentísimo Sr. D. Francisco Lersundi, de grata e inolvidable memoria y uno de los militares más insignes de España.

Los restos del Excmo. Sr. Brigadier D. Benito de Lersundi descansan actualmente en el panteón que su familia posee en Deva (Guipúzcoa). Estaba condecorado con las siguientes distinciones, todas ellas por méritos de guerra: La cruz de San Fernando que hemos citado en este ensayo biográfico. La de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo. La cruz y placa de la misma Real Orden. Con éstas disfrutaba también las concedidas a los jefes y oficiales del Sexto Ejército, por las batallas de Ríoseco, Zornoza y Espinosa de los Monteros, «y las medallas de distinción con que se condecoró a los que se encontraron en las acciones de Medina del Campo y batalla de Tamames».

El brigadier Lersundi sirvió en los siguientes Cuerpos que citamos, según datos que nos han sido aportados por personas que nos merecen toda nuestra confianza: En el de Voluntarios de Guipúzcoa hasta 17 de Septiembre de 1804. En los de Navarra de linea y ligero hasta 20 de Mayo de 1815. En los de Rivero y cazadores del Rey hasta 5 de febrero de 1816. En el de Guadalajara hasta 14 de Septiembre de 1818. En el de Cantabria hasta 31 de Enero de 1823. Retiróse por primera vez durante 2 años, 10 meses y 22 días. Vuelto al servicio por R. O. de 23 de Diciembre del mismo año y Comandante de Armas de Tolosa, hasta 9 de Octubre de 1833. Ayudante general de la División de Guipúzcoa desde 9 de Octubre de 1833 hasta 31 de Enero de 1834.

Retiróse de nuevo desde 1º de Febrero de 1834 hasta 2 de julio del mismo año, cinco meses y dos días. En el acto, nombrado Gobernador de Salvatierra, desde 3 de Julio de 1834 hasta 13 de Septiembre del mismo año. Nuevo retiro desde 14 de Septiembre de 1834 hasta 16 de Enero de 1836, o sea un año, cuatro meses y tres días. Teniente de Rey y Gobernador interino de la plaza de San Sebastián desde 17 de Enero de 1836 hasta 12 de Febrero de 1841. Retirado ya definitivamente durante 10 años, 8 meses y 15 días, fué nombrado brigadier en situación de cuartel.

Por la guerra de la Independencia y con arreglo a Reales órdenes del 20 de Abril y 11 de junio de 1815, le fueron abonados 6 años, 4 meses y 17 días de servicios. Lo cual, y deducido el pasivo, resulta, conforme a datos que hemos acumulado para nuestro estudio, un total de servicios de 50 años, 8 meses y 27 días. Merece además hacer singular mención el hecho de que, siendo el 8 de Julio de 1793 capitán de Voluntarios de Guipúzcoa y el 23 de Marzo de 1800 subteniente de infantería, fuese ascendiendo, por méritos de guerra especialmente, hasta alcanzar el grado de brigadier el 29 de Octubre de 1851.

¡Gloria al bravo militar donostiarra y gloria también imperecedera para la gran ciudad easonense, que entre las grandes figuras que han llegado a brillar en el siglo XIX y destacar entre otras muchas, están la del citado brigadier Lersundi, el político, escritor y orador insigne D. Vicente Manterola, el gran orador y jesuíta P. Vinuesa, el general Echagüe y muchas otras que en este libro citamos!.....

* * *

En los nuevos datos que hemos podido averiguar figura el de que su madre, la señora Ruiz de Olabe, fué Señora de la Torre de su apellido en Mendata (Vizcaya), cuyo Mayorazgo, según consta en las crónicas de aquel tiempo, le fué arrebatado arbitrariamente por el Gobierno de José Bonaparte.

D. Benito de Lersundi era de gran estatura, de fuerzas hercúleas y ágil. Agilidad que conservó hasta los últimos momentos de su vida, pues a pesar de tener más de setenta años montaba a caballo con una facilidad que era el asombro de sus paisanos y convecinos.

Su paseo favorito era nada menos que el de Deva a Mondragón, distancia que la salvaba en un tiempo relativamente corto.

Era de carácter afable y sencillo. Gustábanle los gustos campestres, y vivir en la aldea mejor aún que en las grandes poblaciones. Su ilustración era poco común, y últimamente dedicóse a los estudios de agricultura.

Tenía, sin embargo, extensa cultura literaria y, sobre todo, militar, llegando a formar una escogida biblioteca, que unida a la que más tarde aumentó su ilustre hijo D. Francisco, cuenta hoy con nutridos y escogidos volúmenes.



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ANTONIO ARZÁC


Antonio Arzác


Cual niño que se duerme al dulce encanto
de monótono canto,
en el nido mi espíritu se encierra
de antigua selva que bastó a mi anhelo,
y, solo en el regazo de la tierra,
oigo al agua correr y miro al cielo.

LAMARTINE

Así nació Antonio Arzác, cantando. Porque nació para amar, nació cantando, y jamás comprendió que vivir se pudiera esquivando el canto. Fué todo corazón. Amó mucho. Y cuando su pensamiento se posaba en algo terrenal, eran flores, valles, aldeas, el amor de sus amores.

El 26 de Julio de 1855 nació este bondadosisimo donostiarra. Fué su cuna de oro y de césped, recamada con las siemprevivas de inagotable bondad.

«Baderas» se llamaba aquel hogar, donde jamás se respiró más que el bien, la fortuna, la esplendidez. El paseo de Ategorrieta, hoy residencia de poderosos, formaba digno marco de la familia Arzác. Y allí el niño Antonio pasó la niñez, la infancia, lo mejor de su vida. No vió más que flores. Las flores de aquellos amplios jardines que rodeaban «Baderas». Las flores de aquel hogar, de eterno perfume de felicidad.

Era aquel conjunto, todo un poema familiar digno de la lira del incomparable de Lamartine, que en 1835 bautizó con el nombre de «Jocelyn» aquella inmortal producción suya, de dulces y melancólicas narraciones.

De padres todo bondad, no pudo venir otro corazón más que el de Antonio Arzác, alma de poeta, como no lo he visto de más profundo sentimiento; artista delicado, bondad inagotable hasta lo indecible, sinceridad extrema, de gustos tiernos, delicados y exquisitos, de trato afable, de actos caballerosos, de cuanto más elevado puede verse en la tierra, en el mundo, en este mundo insaciable en el mal, y tan parco, tan ajeno para el bien.

Fueron sus padres D. Manuel de Arzác y D.ª Antonia Ramona Justa de Alberdi.

Sus abuelos paternos, D. Francisco Javier de Arzác y D.ª María Teresa de lzaguirre. Sus abuelos maternos, D. Antonio de Alberdi y doña María Joaquina de Egaña. Todos ellos de nobles familias y ricos propietarios. Actualmente vive una hermana de D. Antonio Arzác, D.ª Josefa Arzác y Alberdi, viuda de Enrile.

Pero a través de aquel temperamento de Antonio Arzác, de artista y de poeta, nació el basco, el basco que consagró más tarde su inspiración, su esfuerzo y su vida toda a las cosas y a los matices delicados de la vida; de su raza.

Y mientras le vemos durante su juventud coger la escopeta de caza, más que para cazar para recorrer los campos y admirar su paisaje; para disfrutar entre los robles, castaños y nogueras; para admirar cómo el sol irisa con sus rayos las verdes praderas y las faldas montañosas recamadas de flores, para sentarse en las riberas buscando el sueño plateado de las tranquilas rías; para avizorar entre luces mortecinas el arrebolado horizonte de nuestras tardes crepusculares, y para escu- char conmovido las campanadas del «Angelus» que, misteriosas, surgen de los campanarios de seculares torreones y de la soledad de nuestras humildes ermitas, Arzác inspirábase - ¿qué digo inspirábase?-inspiraba a la Naturaleza para que, en íntimo contacto con ella, pudiesen ambos cantar, cantar la vida feliz, patriarcal y honrada de la raza basca.

¿Y quién sintió más que Arzác la vida basca? ¿Quién la sintió con mayor intensidad en sus fibras y matices más delicados?

Fijaos en este detalle. Dedicáronle a estudiar a Anlonio Arzác. Por su abolengo y por las condiciones de familia, Arzác debiera haber sido un jurisconsulto, un abogado.

¡Abogado! ¡Leyes! ¡Pleitos! No. Arzác sentía demasiado; amaba mucho la felicidad, no sólo suya, sino la de todo el mundo, y le repugnaban los códigos y las leyes.

Nació en el país de sus mayores y vivió para su país. Apenas comenzó a pensar, cuando sus primeras producciones, con aquel conjunto de imágenes, de pensamientos, de concepciones tiernas y sentimentales difundidas en sus poesías, supo exteriorizarlas en su lengua nativa; en un bascuence suave, limpio y delicioso como las aguas transparentes de las regatas de nuestro paisaje.

Arzác comenzaba a escribir. Su prosa era poesía, y su poesía flor de perfume delicado. Desde sus primeras producciones, Arzác cautivó la atención de los selectos, de los escogidos. Su poesía no podía trascender a la gran masa social, a la mayoria, a pesar de tratar en ella asuntos tan familiares y simpáticos como trataba. Pero la emoción de lo tierno, en lo delicado, de lo puramente esquisito, lo llevaba siempre Arzác a los corazones de sus lectores y al ánimo de sus oyentes. Su alma llenaba una juventud selecta. Podía decirse de él muy bien lo que de Lamartine dijo L. de Rouchaud en su «Antología de los poetas franceses del siglo XIX», que era la mens divinior que inspiraba las ideas y las imágenes.

Desgraciadamente, Arzác no pudo vivir para cantar sólo. El que jamás debió haber pisado una oficina, el que debiera haber recorrido el paisaje de uno al otro polo, vivir en las montañas para inspirarse y para cantarlas con voz suave y melodiosa; acudir a los oteros y sorprender las primeras luces de la alborada; descender a los valles y admirar los reflejos que en las plateadas aguas de los ríos dibujan los últimos resplandores del sol; contemplar la suave caída de las pardas hojas otoñales, y los contrastes lucidísimos de las sombras y luces del paisaje basca; recoger los idilios campestres para cantarlos con las canciones de los campos; sentarse en los suaves declives de nuestras montañas y descansar en las praderías bajo los manzanales; llegar a las cúspides elevadas y desaparecer esfumándose entre las nieblas sombrías; escuchar la trompa del cazador y el aullido del perro, y los gritos de victoria, y los fantaseos de la caravana acompañante, y los cantos melancólicos del pastor y el cencerreo del ganado, y el silencio nocturno augusto y misterioso de las ingentes montañas bascas.

Aquel Arzác que nació para cantar todo eso y mucho más, que debiera haber idealizado la fuerza y el poder de nuestros gizones y la belleza plástica y ondulante de nuestra mujer del campo, de nuestras neskachas; que en esa vida y ese conjunto debiera haber cantado las umbrías selvas impregnadas de cantos y alegrías; el vigor de los robles centenarios; el mirarse de los sauces en los límpidos espejos de las aguas cristali- nas; el verdor de las encinas y los aromas delicados de los floridos valles, campos y selvas; el concierto unísono de los pajarillos, las brisas y las hojas, y que las mismas auras, brisas y flores hubiesen seguramente aclamado ante su paso al poeta, aquel Arzác se encerró entre cuatro paredes, media docena de pergaminos y, cual avecilla que al perder la amplia libertad que el Creador al nacer le diera, enmudece en la prisión de las varillas de una jaula, para lanzar apenas un melancólíco pío, así también Arzác puede decirse que enmudeciera al entregarse en brazos de los libros, de los librotes polvorientos de la Biblioteca Municipal.

Fué director de la Biblioteca Municipal y director también de la revista Euskal-Erria. Al fin y al cabo se encontraba entre dos cosas del país aquel corazón que por entero se dedicó a él. ¡Pero cuán distintas de las que a él le correspondían! ¡Y, sin embargo, trabajó!

Para entonces escribió ya numerosas poesías que, desperdigadas hoy, yacen en el olvido. No fueron, sin embargo, de las menos inspiradas. A la muerte del malogrado autor del «Cancionero Basco» D. José Manterola (q. e. p. d.), fundador y propietario de la veterana revista Euskal-Erria, Arzác se hizo cargo de su dirección y emprendió con vigor la labor comenzada por Manterola. Al poco tiempo de hacerse cargo de la revista Euskal·Erria, emprendió una obra patriótica, olvidada por la inmensa mayoría de los donostiarras.

Fué ésta la publicación, el año 1887, de la «Historia de San Sebastián», escrita por el Dr. Camino, que apareció por primera vez en la revista Euskal-Erria, y más tarde se hizo una edición, el año 1892, con el título de «Historia Civil Diplomática·Eclesiástica, antigua y moderna de la Ciudad de San Sebastián, por D. Joaquín Antonio de Camino y Orella, Presbítero». Innumerables son los artículos literarios allí escritos tanto en prosa castellana como en su lengua nativa; innumerables también las poesías originales que allí publicó. Su labor como director y continuador de la obra de Manterola fué intensa y sucesiva. Alma de las fiestas euskaras, a él se debe en gran parte su conservación con el carácter inherente a toda manifestación del sentimiento basco; él, con el Consistorio de Juegos Florales y con el cuadro dramático «Euskaldun-Fedea» fomentaron y cultivaron la única fiesta de carácter puramente basco que ha existido en el país hasta nuestros días.

Arzác, como poeta, publicó varios poemas en otros tantos folletos. Merecen citarse los siguientes:

El año 1894, el titulado «Zerura» (Al Cielo).
En 1897, el titulado «Joshe» (José).
En 1898, «Sufritzen» (Sufriendo), continuación y como remate de «Joshe». Y en 1900, «Amona» (La Abuela).

En todos ellos Arzác exterioriza una rica y variada fantasía, un sentimentalismo elevado, sin afeminamientos ni rebuscos, una observación de la vida y psicología bascas, muy difíciles de ser superadas por poeta ni escritor alguno.

De entre ellos destaca por su sentimiento patriótico el titulado «Sufritzen». Hay en este poema algo grandemente inspirado entre melancólico y resignado; entre valiente y heroico a la vez. Hay rasgos de psicología que solamente un Arzác, nacido en medio de nuestro paisaje tierno y risueño, de alma netamente euskalduna, podían atisbar.

¡Y qué matices tan delicados! ¡Qué detalles de tierna exquisitez! ¡Qué fluidez y finura en el decir! Los versos de Arzác en este poema recuerdan, si no la pasión de un Víctor Hugo; ni la grandeza de un Lamartine; ni cuentan las contraposiciones de ideas de los versos de un Musset; ni el decadente paradojismo de un Baudelaire; ni la fantasía tropical de un Leconte de Lisle; ni el romanticismo de un Gautier; ni el humanismo de un Sully-Prudhome; ni el lirismo de un Coppée; ni el enfermizo decadentismo de un Verlaine; ni la fecundidad de un Catulo Mendes; ni el atrevimiento de un Richepin; ni la intensidad de un Bourget; ni la brillantez lírica de un Rostand; ni el doctrinarismo de un Campoamor; ni la fuerza de un Verdaguer; ni la brillantez descriptiva de un Zorrilla; una sensibilidad insuperable, una penetración tan sutil de las orientaciones del alma basca, que nadie en el país le ha aventajado.

Y si Elizamburu, Etcheverri, el Doctor Larralde, lztueta, lturriaga, Arrese y Beitia, han hecho bellísima, admirable y hasta grandilocuente poesía en momentos, nadie ha superado a Arzác en esa sensibilidad inherente al poeta, literato y artista. Tampoco en la sutilidad y en el matiz; tampoco en la belleza narrativa.

Arzác no habla siempre y a todas horas de sí mismo; no arrancan de su alma lirismos que exterioricen un estado de ánimo, una conciencia estática, no. Arzác se acuerda por lo general de los suyos, de su raza, de sus hermanos, de sus montes y valles tan amados. Eso es lo que siente. Y en esta compenetración íntima de su sentimiento e inspiración, con la doble inspiración producida por el mundo que le rodea, surge el poeta en esos versos admirables y rítmicos; suaves, tiernos, ondulantes.

Otros han hablado de «Marichu», de «Zerura».

«Sufritzen» es algo tan bellamente original, que transcribiremos con gusto su argumento. Es la llegada del joven repatriado, son los quejidos y lamentos que exhala el soldado. Es aquel valiente, sano y robusto «Joshe», que Arzác presenta en el poema de este nombre, y que entre ilusiones, alegrías, marchó a la guerra con el corazón lleno de esperanzas; con el recuerdo bendito de su madre; con el recuerdo amoroso de su maitea; con el recuerdo santo de su humilde caserío; sus ganados; sus montañas y su patria.

En «Sufritzen», Arzác nos presenta al repatriado en su caserío, con el cuerpo enfermo y el alma envuelta en triste soledad, porque en medio de sus crueles sufrimientos ni tan siquiera tiene el consuelo de poder ver a su amada. Su «maitea» murió también mientras él peleaba en la guerra. Y ante esta soledad y sufrimiento Joshe, el valiente Joshe, resignado y creyente de veras, sucumbe y muere con la convicción de que su maitea le aguarda en el cielo. Delicadísimo e inspirado es su final.

«Aurtengo Gabonean
sukalde chokua
otz otza arkitzenda
¡nere Jaungoikua
tristiak poztutzeko
Belenen jayua.....
....................!
¡Zer litzake mundua
kendurik Zerua!.....»

Versos son estos que contrastan siniestramente con aquel otro final tan bello, en su primer poema inicial de «Sufritzen» y titulado «Joshe», que guardan la esperanza de salvación en medio de los horrores de la guerra, causantes del luto de tantos hogares; dicen asi:

«¡Au biziya guria
mundu triste ontan!
¡Zenbat ta zenbat illak
gerrak bazterretan ....
ta zenbat beragatik
Kanposantuetan!.....

¡Penak kalean eta
penak mendiyetan
kezka eta zalantza
alde guztiyetan...
tristura..... Gabonean .....
aurten..... Echietan.....
............................!
¿Eta Joshe..... ¡nork daki
oraindik bizi dan.....
.............!»

«Joshe» y «Sufritzen», son, pues, como antes decimos, dos poemas delicadísimos, donde el último es compendio del primero, y los dos, dos bellezas preclaras de la literatura que en verdad puede llamarse euskara. El lenguaje en los dos, como en toda la literatura de Arzác, es clarísimo, sencillo y a la vez elocuente. Bien puede decirse del lenguaje de Arzác, sin temor a que seamos desmentidos, que granjea a la poesía mayor dignidad intelectual, designando con una llaneza de estilo admirable todos cuantos estados de alma entrevé, así como los móviles de la voluntad.

Tiene otro carácter digno de hacerlo notar la poesía de Arzác. Es la pulcritud, la pureza. Es pura su poesía por la diafanidad de su pensamiento, inspirado en el casticismo solariego de toda su producción. Su obra poética es pura porque le ha bastado los afectos, y no la mera palabra, para expresar sin previo conocimiento anterior, el contenido de su obra y la forma de su pensamiento.

Si hay filosofía, si hay psicología en la poesía de Arzác, existen ambas ciencias en la medida suficiente de un alcance, no de una absorción, porque en este caso último, Arzác hubiese hecho lo que jamás entra en la jurisdicción poética, que es convertirla en filosofía y psicología puras. Y como hace observar muy bien uno de los autorizados publicistas contemporáneos, esta-es decir, el hacer de la poesía filosofía-ha sido la causa de que en ciertas épocas el carácter del poeta se haya confundido con el del legislador y el moralista. Que es lo que está sucediendo hoy en gran parte de la poesía moderna.

Al partir la poesía, como todas las demás artes de de objetos vivientes, sensibles y concretos y nunca de abstracciones, debe, naturalmente, fijarse el poeta en la Naturaleza toda, reproduciendo sus imágenes, que es en lo que se distingue la poesía de Arzác. Sin embargo, pudieran creer algunos que por ser poemas descriptivos en la obra fundamental de Arzác, ellos constituyen una serie de imágenes simples, exentas de inspiración y con una ilación casi inmotivada.

No; en los poemas de Arzác nótase bien claramente una cimentación bien sólida, que arranca vigorosamente en los sentimientos y en las acciones, continúa en una delicada inspiración y forma siempre el conjunto una concepción estética, base del lenguaje que emplea.

Podrán decirme algunos que tanto los asuntos como las imágenes y lenguajes que emplea Arzác en sus poemas y en su poesía toda son sencillos.

Pues precisamente en esta misma sencillez baso yo el mérito y la importancia intuitiva y poética de su obra. Ser sencillo y no ser vulgar; ser fácil y no chabacano; ser aristócrata de veras y no déspota, he ahí lo que me parece difícil en la vida y en el mundo. Pero ser sencillo; y grande, armónico, insuperable a la vez; ser familiar y mantener distinción; acordarse de los humildes sin extramurar el castillo feudal, ¿quién hay que lo haga?, ¿cuántos son los que lo practican?, ¿no es difícil, más difícil esto, diricilísimo?

¡Cuántas veces Arzác se pondría a escribir a impulsos naturales y primitivos! Y salió la verdadera poesía. Y si alguna vez cayera en la debilidad de ser lógico u oratorio-que no lo creo- ¡cuán pronto se hubiese apresurado a romper el fruto de aquel artificio gramatical!

Todo en Arzác fué intuitivo y de imaginación. Nada, absolutamente nada reflejo. He aquí el gran poeta.

¿Fué lírico? ¿Fué descriptivo?

Arzác fué las dos cosas a la vez; lírico y descriptivo. Lírico, cuando era transportado en alas del entusiasmo y cantaba el objeto que la inspirara, como su país, sus montes, su raza toda. Descriptivo, cuando con el espectáculo de la Naturaleza nos presenta en sus poemas, ennoblecidos e idealizados los personajes de su observación. Fué un gran poeta, jamás atendido, postergado, injustamente postergado por su país, quien fué el único que apagó los entusiasmos de aquel nobilísimo corazón y le mantuvo entristecido hasta la muerte....

¡Pobre Arzác! Cuanto más a distancia contemplamos su obra, no por reducida, menos intensa, meritoria y artística, más gigantesca y ennoblecida aparece ante nuestra vista. Éramos muy jóvenes, casi niños, cuando estrechábamos con efusión aquella mano aún más efusiva. En la Biblioteca Municipal, en su casa, abierta siempre con cariño a sus amigos, nos recibía Arzác con aquel semblante señorial y noble.

Puede decirse que toda la vida la consagró a dos cosas. A la revista Euskal-Erria, que merced a su voluntad no murió, y a la Biblioteca Municipal.

Hace ya muchos años. Aquel insigne poeta catalán, Mosen Jacinto Verdaguer, autor del maravilloso poema «L'Atlantida», llegó a San Sebastián, hospedándose en la preciosa finca «Villa Zinza». Según cuentan crónicas de aquella época, Verdaguer demostró verdaderos deseos de conocer a Antonio Arzác, que sabedor de ello corrió al momento a estrechar a su vez la mano del genio de la poesía catalana. Y en «Villa Zinza», los dos poetas, los dos líricos del alma catalana y del alma basca, se abrazaron en el abrazo de dos razas y dos inspiraciones que como pocos supieron exteriorizar los afectos y los latidos de dos pueblos.

Verdaguer y Arzác conversaron largo tiempo. De aquella conversación surgió una gran poesía y aquella poesía fruto de la inspiración de Arzác fué dedicada a Verdaguer.

Verdaguer a su vez, haciendo justicia al vate euskaro y honrando la poesía euskara, la tradujo al catalán, y nosotros presintiendo que gustará su transcripción, las damos al lector como ofrenda de cariño a la memoria de ambos y como obra de arte y de inspiración poética. Dicen así:

«BI KABIAK
(ON JACINTO VERDAGUER JAUNARI)

Illunabartzen zuen
Pasarik bidia,
Ta nere inguruan
Dena zan pakia!
Ontan, bazter batian,
Untzez estalia,
Begiratutzen nuen
Arri-gurutzia,
Entzuten nuelarik
Isilcho, eztia,
Musika bezelako
Marmariz chikia:
Ta zan gurutziaren
Untzetan gordia,
Umez bete-betia.
Chorien kabia,
..................
¡Nere biotzak ere
An dauka heria!»

Traducción al catalán:

«LOS DOS NIUS

Era á entrada de fosch,
jo caminava un dia,
tot era dolsa pau
com dins l'anima mia.
Vora'l cami una creu
Sos brassos estenia,
quan arribí alli prop
murmuri dols sentía,
murmuri y remorieg
y dolsa melodia.
Los brassos de la creu
una eura los vestia
y en la eura mal penyat
un nieró hi havia.
......................
Ah! si jo fos aucell
ab ells jo cantaria,
que en brassos de la creu
també mon cor hi nia.»

La entrevista de los dos poetas y la publicación de estas dos poesías fué justamente celebrada en la prensa regional, y reproducida por la basco-americana.

Los desengaños, y las luchas sostenidas por Arzác, hasta con sus amigos, con aquellos que decían ser sus amigos, la frialdad de todo un país que, cual pueblo exótico, veía con indiferencia, cuando no con menosprecio, todos los desvelos y fatigas del inspirado vate; los desaires frecuentes y que a todas horas recibía por quienes debían haber sido sus más fundamentales cooperadores, todo ello no bastó para enfriar ni siquiera desalentar el ánimo de aquel carácter esforzado y valiente.

Arzác elevaba su pensamiento al cielo, prodigaba ejemplos dignos de imitar en la tierra, y continuaba su labor.....!!

Una mañana escuchó el canto de un humilde, de un trabajador. Prestóle oído, y al momento comprendió que se trataba de un canto bascongado. Oir aquello, sentir latir en su alma la vibración del sentimiento de toda una raza y ponerse a exteriorizar ese sentimiento, fué cuestión de minutos. Fruto de aquella inspiración es el artículo suyo «Boga, Boga, Mariñelak», que por excesiva modestia suya lo conservó inédito, hasta que a ruegos de D. Benito Jamar (q. e. p. d.) hizo que lo permitiera publicar en la «Biblioteca Selecta de Autores Bascongados» el año 1896.

Tiene este artículo todos los encantos y toda la exquisita ternura de sus producciones poéticas, y precisamente porque aun en prosa guardaba Arzác esa innata sencillez de su alma toda, lo transcribimos para solaz de nuestros lectores; dice así:

«Amanecía..... Yo soñaba entre las brumas de nuestro Cantábrico, cuando empecé a notar perezosamente acentos que poco a poco iban entregándome a un nuevo día, quizá el último (fué lo primero que se me ocurrió) de mi peregrinación por la tierra. El canto era varonil a la par que delicado y senlidísimo, y en seguida abrí los ojos. ¡Qué despertar más grato!..... Mi oración matinal se redujo a pedir a Dios la difusión de los cantos euskaldunas, como rocío benéfico para nuestras almas. ¿Y quién cantaba de aquel modo? No tardé en averiguarlo: era un albañil, honrado hijo del trabajo, hombre de familia, que adora a su mujer y a sus pequeñuelos, y que mientras éstos duermen, para proporcionarles el pan de cada día comienza sus faenas, saludando al Creador con esas notas llenas de ternura, que son una necesidad para su espíritu senci- llo y noble. Esto, aparte de ser exquisitamente bello, encierra una verdadera riqueza que todos debemos fomentar en contra de los estragos de la taberna y de la orgía. Yo quisiera saber si entre los desgraciados anarquistas ha habido uno tan sólo que haya cantado con sentimiento o cuidado de un pájaro o de una flor!»

Pensamientos tan tiernos y sencillos como los que encierra este articulo, lenguaje tan llano y virtuoso es el que campea en otros muchos artículos suyos, frases, pensamientos y líneas escritas que guarda seguramente la notable colección de la importante revista bascongada Euskal-Erria.

El mismo año de 1896, y continuando Arzác la labor iniciada por Manterola, fundó el cuadro dramático «Euskaldun-Fedea», una de las agrupaciones euskaras más meritorias del país, y a quien se debe casi en todo, el fomento y propagación del Teatro euskaro en Guipúzcoa.

Con Antonio Arzác, componían dicho cuadro dramático su presidente, el tantas veces premiado poeta y escritor basca Juan Ignacio Uranga, uno de los hombres que mejor dominan la lengua euskara; José Marino Arrieta, Felipe Casal, José Gamboa, Domingo Andonaegui, el poeta Ramón Guelbenzu, Elías Gorostidi, José Juaristi, Daniel Badiola y Pablo Altuna.

Los comienzos de este cuadro dramático no pudieron ser más afortunados. Su aparición por primera vez la hizo con motivo de las fiestas Euskaras de Mondragón el 5 de julio del mismo año de 1896. La Casa Consistorial de este pueblo guipuzcoano quedó convertida en animadísimo teatro, representándose las siguientes obras: Alkate Berriya y Abek Ishtillubak, del malogrado Marcelino Soroa; Aritzaren zarno gosua, del antes citado Ignacio Uranga, y el monólogo Prashku, de Pepe Artola.

El éxito de esta representación fué tan lisonjero, que casi todos los actores tuvieron que salir repetidas veces al palco escénico ante las reiteradas aclamaciones del público. En las mismas Fiestas Euskaras se dió a conocer el naciente Orfeón Donostiarra, hoy una de las masas corales más importates de Europa, según confesión de reputados críticos extranjeros y españoles, y que fué también fundado por Antonio Arzác.

El día 7 de julio de 1896 cantó el Orfeón Donostiarra, bajo la dirección del malogrado erriko-sheme y profcsor de gimnasia del autor de este libro, Norberto Luzuriaga (Lushu), la canción «Boga-Boga», el «Ume eder bat», de Iparraguirre, y «Charmangarriya», terminando con el himno de las libertades bascas, el «Guernikako-Arbola».

Era a la sazón Presidente de la Excma. Diputación guipuzcoana el Excmo. Sr. D. Manuel Lizariturry, para quien han sido siempre un culto la lengua y costumbres del país euskaro.

La labor de Arzác en todas estas manifestaciones del sentimiento basco, era continuada e interminable. Él era la figura más interesante, y sobre su férrea voluntad caían todos cuantos trabajos se hacían necesarios para el mayor éxito de aquellas fiestas. Muchas veces pronunciaba discursos en euskera, y era de oirle aquella dulzura en sus labios, aquella inspiración en su frase, aquella elegancia y flexibilidad de la lengua en que habiaba, aquellos conceptos tan elevados, que surgían vibrantes y sonoros, con el realce de su figura de corte netamente basca.

La sola presencia de Arzác ante el estrado o la tribuna imprimía aquella solemnidad helénica que recor- daba a los antiguos e inmortales oradores disputándose las más elevadas cuestiones políticas, ante la severidad majestuosa de las bóvedas y columnas griegas.

Los que tuvimos la dicha de conocerle y quererle, le recordamos con mayor intensidad cuanto más a distancia nos encontramos de su cariño y de su obra.

Arzác sufrió mucho en sus últimos años. Muchas penas amargaron aquellas entrañas vírgenes, no porque él las exteriorizase, sino porque las comprendíamos, y nos hubiese complacido saborearlas con él, compartirlas con él, porque- ¡quién sabe! - si acaso mitigarlas y endulzarlas hubiésemos podido.....!

Era un día de Agosto, y, al cabo de largo tiempo, encontráronse en plena calle los dos amigos de la infancia Antonio Peña y Goñi y Antonio Arzác. Los dos tocayos abrazáronse, en un abrazo fuerte, cordial, en un abrazo del alma. Apenas se cambiaron sus primeras frases de afecto, Peña y Goñi, que conocía a maravilla el carácter de Arzác, las entrecortó, diciéndole:

-Pero..... Antonio.... ¡Tú sufres! ¡Tú sufres!

Queriendo Arzác, sin duda, disimular la tristeza honda que sentía de largo tiempo ha con un nuevo giro en la conversación, y comprendiéndolo Peña y Goñi, le contestó:

-No..... Nada. Es inútil que trates de hacerme creer lo contrario. Nos conocemos, Antonio. ¡Tú sufres!.....

En efecto, para entonces eran ya muy grandes las amarguras y las tristezas del inspirado poeta.

* * *

Su alma bascongada no solamente la exteriorizó en aquella continuada y firme labor diaria, como habrá visto el lector durante la lectura de estas líneas dedicadas a su enaltecimiento, sino en detalles como el si- guiente, que si para algunos demuestra un exceso de patriotismo, un romanticismo acaso, para los que le conocíamos a Arzác, era la manifestación externa de un corazón abierto y dolorido por la pena.

Corría el año 1876, cuando en medio de un clamoreo incesante de una nación atrasada y de unas regiones envidiosas y celosas del bien ajeno, Cánovas del Castillo se vió en la necesidad de abolir los Fueros sacrosantos del país euskalduna, aquellos Fueros constitutivos de la felicidad y bienestar de toda una raza.

Arzác que vió aquello con la indignación propia de su carácter y con los ojos arrasados en lágrimas, ya que por sí mismo no pudo llevar la protesta en otra forma, perpetuó su duelo cual si se tratara de una enorme desgracia de familia, y arrancándose la corbata de color que ceñía su impecable camisa, la sustituyó por una negra; y así, con su corbata negra continuó en eterno duelo hasta el momento de su muerte.

* * *

No perdía momento ni oportunidad para exteriorizar su sentimiento de basco y hacer resaltar la felicidad de este país durante su época foral.

En cierta ocasión, el malogrado, cuanto elocuentísimo orador político y jefe de Gobierno Excmo. Sr. Don José Canalejas y Méndez, era Ministro de Fomento. Canalejas, que siempre sintió un intenso cariño por la capital donostiarra, donde posee magnífico palacio, dominando el paisaje de la bahía de la Concha, visitó la Biblioteca Municipal.

Después de recorrer la sala, fijándose con sincera atención y examinando con detenimiento el catálogo, que a la sazón se hallaba recién terminado, fijóse el Ministro en un libro viejo, pero que se hallaba muy bien cuidado y en un lugar preferente.

Al preguntarle D. José Canalejas por aquel ejemplar raro para el Ministro, Arzác con la faz risueña y como si hubiese esperado aquel solemne momento, para dar fe de su culto a los Fueros, contestó:

-Señor Ministro: ese libro viejo, pero sagrado, es el libro de este País; son los Fueros Bascongados.....

* * *

Su bondad, su lealtad para los amigos y aquel gran corazón que nació sólo para amar, lo comprueba el siguiente detalle:

Hallábase enfermo de algún cuidado el autor de este libro, que por aquellos tiempos colaboraba constantemente en la revista Euskal-Erria, y por lo tanto, su trato era frecuente con Arzác. Uno de los días en que la enfermedad se estacionó, Arzác marchaba solo, camino de Rentería.

Encontróse con otro amigo y al saludarse los dos, el amigo notó en Arzác cierta preocupación, cierta tristeza visible en su rostro.

No lo pudo evitar. Le preguntó su causa.

Y Arzác, todo cariño fraternal para los que le trataban, sin poder reprimirse y con los ojos bañados en lágrimas, contestó:

- Un amigo de mi alma; un colaborador de mi revista, a quien quiero con filial cariño, está bastante enfermo. Voy a Lezo; voy a rezar al Santo Cristo...

No pudo hablar más y despidióse del amigo. Arzác, al llegar al histórico Santuario, compró una vela, la colocó él mismo ante el altar, la encendió y se puso a orar...

* * *

A la muerte de D. José Manterola, Arzác escribió una poesía para adaptarla expresamente a la melodía fúnebre compuesta por D. Félix Ortiz:

«Zoaz, zoaz Zerura,
mundu au utzirik,
gure bizia dago
Obitik arontztik
¿Egingo sldet oraiñ
zuretzat bertzorik?
¡Ez adizkide maite
biotz nerekoa!,
belauniko dariot
lurrera malkoa
eta nere mintzoa
da orazioa.»

La muerte de Arzác sobrevino cuando nadie lo esperaba por su constitución robusta y su edad no avanzada. Y, sin embargo, una noche, tras grito desgarrador que alarmó a los suyos, murió víctima de una angina al pecho, el 11 de Octubre de 1904.

Cuando a la mañana siguiente contemplamos el cadáver de aquel corazón noble, su rostro amoratado mantenía el gesto de bondad y de dulzura características de su físico, aquel la serenidad de la que dió repetidas muestras en todos los momeulos de su vida.

¡Pobre Arzác! Parece que le estamos viendo, con la dulzura peculiar que tenía de dirigir su revista. Aquel carácter que a nadie quiso herir, continuamente tropezaba con dificultades en su publicación. Un día tratábase de publicar el notable sermón predicado por D. Resurrección María de Azkue en las Fiestas Euskaras de Villafranca. Arzác pidiólo con insistencia, pero, por no sabemos qué motivo, el caso es que las cuartillas del sermón no llegaban. El número de la revista estaba ya casi completo, el día de su aparición se echaba encima. Arzác no recibía el sermón. Fué un trance terrible.

El buen Arzác no sabía qué decir ni cómo justificar ante los lectores de la revista la no publicación del sermón. Redactó unas cuartillas dando explicaciones al público; pero, creyendo acaso que el Sr. Azkue se molestaría, llamó en consulta al entonces miembro del Consistorio de Juegos Florales D. Toribio Alzaga.

Alzaga le hizo advertencias pertinentes al caso; pero Arzác, que ya no quería perder más tiempo, publicó las cuartillas escritas, que más tarde le parecieron habían de molestar al autor del sermón. Seria seguramente el único acto de su vida que presintió había de molestar. Días más tarde expiró en su lecho, como antes lo acabamos de decir.

A su muerte, sentidísima en todo el país, pero especialmente en San Sebastián, la Prensa dedicóle numerosos artículos necrológicos. Su cadáver fué llevado en hombros por individuos de la Sociedad «Euskaldun-Fedea» y el Orfeón Donostiarra, y a sus funerales acudió el pueblo en masa. Hoy sus restos mortales descansan en el cementerio de Polloe, como descansan también los de su gran amigo Peña y Goñi, los de Vilinch, los de López Alén, colaborador suyo en la Biblioteca y en la revista.....

* * *

Arzác fué un caballero en toda la extensión de la palabra. Sus gustos eran delicados, su afán por las cosas bascas, idolátrico; su sencillez, verdaderamente admirable. En cierta ocasión se iba a poner a votación en el Centro Católico de San Sebastián el número de obras que se podían representar en castellano y en bascuence, durante el curso de invierno. Preguntado Arzác por un amigo suyo, por el número que optaba de cada lengua, respondió:

-Yo, por que todas sean en bascuence.

* * *

A pesar de su afabilísimo carácter, Arzác últimamente y aun durante casi toda su vida, no frecuentaba círculos, ni reuniones, ni menos acudía a tertulias políticas.

Su afición favorita era el campo. Su paseo, la carretera de Ayete hasta Oriamendi.

Arzác era en su físico lo que se puede llamar sin hipérbole una verdadera figura. Alto sin exageración, bien formado y de regular corpulencia; rostro que delataba la nobleza y lealtad de aquella alma, orlado de barba rubia; mirada dulce; elegante en sus modales y aristocrático en sus gustos. Arzác era un tipo ejemplar de nuestra raza. De convicciones arraigadamente religiosas, gustaba de cumplir en todo, a la antigua usanza, sin mixtificaciones ni exageraciones, que a veces redundan en menoscabo de la sinceridad en prácticas y costumbres religiosas. Así es que todos los domingos se le veía en Misa mayor, siguiendo el ritual, con su correspondiente libro.

Ser enemigo de Arzác era cosa poco menos que imposible. Y, sin embargo, ¡hubo crueles que, aun debiéndole todo, ensañáronse con aquel corazón entristecido, en momentos de cruentas amarguras! Jamás, sin embargo, salió de sus labios la más ligera murmuración. Veía cuán poco le querían los que mayores motivos tenían para ello, y con una sonrisa plácida que dibujaba en sus labios..... callaba.

Arzác, como poeta, ya hemos dicho antes que fué un lírico. Que de sus poesías, de sus poemas, encontramos el más notable, el más original y el que mejor adaptado está a la idiosincrasia bascongada, el titulado «Josecho», y «Sufritzen». Traducidos al castellano, son poemas que pueden compararse muy fácilmente y aun con ventaja en su inspiración y fantasía, a muchos que hoy gozan de prestigio en las letras castellanas. Seguramente que nada sufrirían hoy ante el análisis de la crítica moderna; antes bien, aparecerían como producciones prontas a resistir en todo tiempo el empuje de la crítica más sutíl y vigorosa.

Claro está que habría que huir de poner en práctica por el traductor aquel adagio que nació en Italia: «Traduttore nos dice traditore». Y, en cambio, recordar lo que de las traducciones decía Fray Luis de León, y suponer que lo hagan así.

«De lo que yo compuse-decía Fray Luis de León- juzgará cada uno a su voluntad; de lo que es traducido, el que quisiere ser juez pruebe primero qué cosa es traducir poesías elegantes de una lengua extraña a la suya, sin añadir ni quitar sentencia y con guardar cuanto es posible las figuras del original, y su donaire, y hacer que hablen en castellano y no como extranjeros y advenedizos, sino como nacidas en él y naturales.»

Y en este sentido hablarnos de la traducción; en el sentido de la virtualidad viviente de la poesía. Porque tal poesía encierran todos los poemas de Arzác, pero especialmente los que hemos citado, que quien domine la lengua en que se escribieron y las lea, indefectiblemente ha de pasar momentos felicísimos con su lectura. Y es que Arzác, aparte de su temperamento sensible, supo cultivar y estudiar los autores que más y mejor se adaptaban a su ternura, a su idealidad, a su fantasia, a su lirismo.

Y fueron sus poetas favoritos Alfonso de Lamartine, Alfredo de Musset, Alfredo de Vigny, la lírica de Víctor Hugo, aunque nunca con tanto cariño como los anteriores; Francisco Coppée, a cuyo «Parnaso Contemporáneo», verdadero renovador de la lírica francesa, tendía fervoroso culto, como a «El Relicario», y como a todo cuanto Coppée, el gran poeta francés, compuso en sus mejores tiempos.

Arzác leyó también a Chateauhriand, a La Rochefoucauld, a Bossuet, a De Maistre. De autores españoles gustaba de las lecturas de Fray Luis de León, de los libros de Santa Teresa de Jesús, del P. Juan de Ávila. Conocía buen número de los místicos y clásicos castellanos.

Leyó también mucho a Campoamor, a Núñez de Arce, a Espronceda, a Zorrilla, aunque ya en éstos no se solazaba tanto como en la lírica de Fray Luis de León.

En literatura basca leyó todo cuanto poseemos digno de mención, pero especialmente Eiizamburu. Era tan poeta Arzác y gozaba de tal modo, cuando inspirado, escribía poesía, que podrían justamente aplicársele aquellos de Alfonso de Lamartine:

«Tu voz, cuyo sentido quizá ignoras,
es voz de los azules horizontes,
voz de las verdes ramas cimbradoras,
voz del valle dormido entre los montes.»

Y es que Arzác jamás pensó más que en sus montañas, en sus paisajes y en el aroma entre ellos encerrado.

Arzác jamás fué político. Si lo hubiese sido, acaso hubiese realizado el milagro de unir sentimientos y voluntades, ya que en política sucede todo lo contrario. Pero fué siempre enemigo de toda tendencia de lucha y desunión. A Arzác no se le dió el valor ni la importancia que realmente tenía. El país, es indiscutible que fué injusto con él, porque de no serlo, hoy tendríamos en literatura basca una verdadera riqueza de inspiración, de detalle y de poesía. Arzác murió corno murió Soroa, como murió Manterola. Pérfidamente olvidados y postergados por el mismo país que les vió nacer.

Y antes de concluir, hemos de hacer notar que si como poeta Arzác fué de los más inspirados, como lector, tanto de las poesías como de cualquier trabajo en prosa, fué lector admirable.

La entonación, la adaptación de la voz y del gesto al trabajo objeto de la lectura, eran en Arzác condiciones naturalísimas, que, cultivadas con su ingenio, producían el gran lector. Hacía sentir el ritmo, como hacía sentir la rima, y leía una oda sin confundir su lectura con la de una fábula.

Menos todavía afeminaba la expresión, ni manoteaba poco ni mucho. Le bastaba a él un gesto para exteriorizar de modo maravilloso el sentimiento que la lectura encerraba. Era músico cuando debía serlo, y pintor cuando así lo exigía la lectura. Condiciones envidiables en un lector, según hace observar el gran maestro de la lectura Ernesto Legouve.

Ya últimamente, Arzác apenas leía en público, excepción hecha de las fiestas euskaras. Su vida se reducía a la Biblioteca Municipal y a la revista Euskal-Erria. Murió medio olvidado y así continúa, a excepción de cuatro o cinco, que le rendimos un culto de amor más intenso cuanto mayor es la distancia del tiempo que nos separa desde su muerte.



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RAFAEL ECHAGÜE


Rafael Echagüe

Conde del Serrallo


Si fuésemos a escribir y narrar la vida de este insigne militar donostiarra con todos sus actos valerosos; sus condiciones de caudillo; su fe en la idea; su arrojo inconcebible; su patriotismo y su modestia, en fin, este libro que escribimos resultaría chico, estas páginas cortas y cuanto quisiéramos decir para enaltecer su memoria, sencillamente modesto ante aquella vida gloriosa consagrada toda entera al triunfo de la bandera patria. Es más; aun intentándolo, no podríamos llegar a condensar los hechos todos de la vida del Conde del Serrallo.

Porque en España falta lo que muchas veces sobra en el extranjero. Ese patriotismo que sabe amar lo tradicional, lo pasado; falta ese amor a nuestras glorias antiguas, y porque falta, apenas nos preocupamos de ellas, ni las estudiamos, ni las presentamos, cual se debieran, como ejemplo a las futuras generaciones. Consecuencia de este olvido de lo pasado, viene la privación de documentos necesarios, de libros, de páginas críticas e históricas, que nos conduzcan al conocimiento pleno y exacto de las grandes personalidades históricas.

Repasando muchas veces libros de las vidas de extranjeros ilustres, me encuentro con páginas bellísimas que presentan ante nuestra vista la narración de los más íntimos detalles, de las más curiosas anécdotas, de trozos de vida hasta familiar que envuelven todo un poema de poesía. Y es porque las personas son estudiadas bajo múltiples y variados aspectos, leídas sus páginas y cundidas las ediciones de sus libros. Es decir, se ama y se quiere a cuantos han coadyuvado al desenvolvimiento glorioso de la historia nacional.

En medio de esas propagandas corrosivas que se han hecho y se hacen hoy en Francia, ¿qué es lo que sostiene todavía a esa gran nación sino el apego a lo pasado, el culto a sus glorias, el enaltecimiento a sus grandes hombres y hechos, el patriotismo, en fin, en una palabra?

¿Qué libro más bello no escríbiríamos en estos momentos sobre la vida del valerosísimo general Echagüe, si hubiésemos podido encontrar los manantiales donde recoger el agua pura y cristalina de sus intimidades, de sus cosas, que ante el vulgo pasan sin valor y que para nosotros lo tienen inmenso; de sus dichos, de sus detalles, en una palabra?

Vida fecunda en hechos heroicos fué la de este soldado insigne, que, como dice a maravilla mi inolvidable y respetable amigo, biógrafo suyo a la vez, el ilustre general Sr. Gómez de Arteche (q. e. p. d.), «basada en tan humildes cimientos como los de un cuerpo de voluntarios» asciende hasta donde puede apetecer la más noble ambición y el más justo deseo de llegar a lugares preeminentes. Y, sin embargo, nos vemos obligados a ceñirnos a su parte militar, en cuanto ésta constituye actos públicos, ya del dominio de la Historia, sin detenernos en detalles ni en narraciones de su vida íntima, por decirlo así, aficiones, cultura, etc., etc.

Fué precisamente una época de turbaciones sociales cuando el general Echagüe se dispuso a dar su sangre en holocausto de la patria. La nación española, que, aparte de sus páginas gloriosas, ha tenido la desgracia de ver continuamente turbada su tranquilidad, en medio de guerras, asonadas y motines que trastornaron durante una larga época su vida y paralizaron el movimiento progresivo de su existencia, hallábase durante la juventud de Echagüe abocada a una guerra cruel e interminable.

Nació Echagüe en San Sebastián el 13 de Febrero de 1815, habiéndosele impuesto el nombre de Rafael en las pilas bautismales. Sus padres, Joaquín y María, procedían «de familia ilustre del país entroncada con otra , inglesa, que las emigraciones del siglo trajeron a nuestras costas del Cantábrico». De ahí su segundo apellido Bermingham.

Era entonces San Sebastián, no población y urbe veraniega como en la actualidad, sino pueblo dedicado al engrandecimiento y reconstrucción de la capilal arrasada, dcstruída y poco menos que aniquilada totalmente durante el horroroso incendio, violación y saqueo de 1813. Parecía que aquella paz iba a ser duradera, y San Sebastián, dedicado al tráfico y a la industria pesquera, con un comercio de importancia inicial, entraba en vida próspera y sosegada.

No fué así, desgraciadamente. La guerra llamada de los siete años paralizó aquel momento de trabajo expansivo, hizo limitar las aspiraciones donostiarras, y las luchas por el trabajo, por el bienestar, por la prosperidad creciente de San Sebastián fueron sustituyéndose por luchas de sangre y por luchas de horribles y luctuosos recuerdos.

Y como dice muy certeramente el docto cuanto ilustre académico de la Historia Sr. Fernández de Bethencourt en su discurso contestación de bienvenida, a propósito de la recepción en la Academia de la Historia del también muy docto Sr. Villa-Urrutia, ilustre Marqués de Villa-Urrutia, «ya no luchamos contra el galo vanidoso, nuestro vecino y nuestro enemigo, ni contra el ambicioso britano, ni contra el teutón hereje, ni contra el venecia no siempre inquieto, ni contra el neerlandés obstinado, ni contra el turco feroz, ni contra el lusitano rebelde, ni contra el piamontés astuto, ni contra el salvaje berberisco; ni luchamos lejos de la patria por obligaciones sagradas del honor; luchamos dentro de la propia casa y del propio hogar por algo que no se sabe bien lo que es».

A los primeros chispazos de la primera guerra civil, San Sebastián, que siempre se distinguió en la defensa de las ideas liberales, se aprestó a Ja lucha, y formando un Cuerpo de Voluntarios, nacido al calor de la defensa por el ideal, la nutrió con la juventud más entusiasta y escogida que por aquel entonces vivía en la gran ciudad easonense.

Allí estaban Lersundi; allí Barcáiztcgui; allí pudo estar Urbiztondo, y allí, con todo el entusiasmo de sus convicciones, estaba Echagüe.

¡Qué juventud tan idealista luchó en aquel ejército de chapelgorris! ¡Qué servicios no prestó a la causa liberal!

Apenas Echagüe había terminado sus estudios; apenas frisaba en los veinte años aquel aguerrido barbilampiño, cuando ya lanzóse de lleno a la pelea. Nada le arredró. Ni la inexperiencia de la vida; ni la falta de ins- trucción militar fundamental; ni la cultura necesaria para poder llegar..... nada le importaba. Tenía valor y le bastó. Tuvo entusiasmo, tuvo corazón, y con ellos por bandera sorteó siempre las más serias dificultades y peligros.

Comenzó su vida en defensa del Trono de la Reina D.ª Isabel 11, siendo sargento primero del valiente batallón de Chapelgorris. Bien sabido es que esta agrupación militar se formó, no tan sólo para ayudar a la tropa en cuantos combates tomase parte contra las aspiraciones carlistas, sino para defender la plaza de San Sebastián y servir de guía al Ejército en los puntos de más peligro y caminos más desconocidos. La historia, sin embargo, de este Cuerpo de Chapelgorris está aún por escribirse.

Echagüe, como veremos a cada momento durante la lectura de este ensayo biográfico, encontrábase continuamente en las avanzadas y sitios más expuestos. El país basconavarro fué teatro de la guerra más tenaz, desde el momento que en las montañas de uno y otro lado congregóse un núcleo importantísimo de carlistas, y la topografía especial de su terreno proporcionaba ventajas inmensas a los naturales del país. Echagüe, precisamente se distinguió por esto en toda la campaña. Por el conocimiento del terreno que pisaba. Algunas veces su excesiva confianza le llevaba a lugares tan peligrosos, que pasmaba a los jefes bajo cuyo mando peleó el joven Echagüe.

Y ya desde el día 7 de Octubre de 1833 que entró en operaciones, asistió el 17 de Noviembre del mismo año a la acción de Hernani, pueblo de Guipúzcoa que puede decirse fué el más combatido y codiciado por los carlistas, y por lo mismo, sin duda, también hondamente liberal, que supo defenderse hasta un grado heroico en toda la campaña. El 14 y 15 de Diciembre, también de 1833, tomó parte activa en las acciones de Ataun y Amézqueta, prestando Echagüe grandes servicios a las tropas de la Reina por su conocimiento del país. El 16 de Marzo de 1834, en la acción de Gorriti, y en las de Oñate los días 9 y 10 de Mayo y 10 de junio, donde fué herido de bala de fusil en la parte posterior y tercio superior de la pierna derecha, que le retuvo en cama algün tiempo.

Ya repuesto, y ansioso de conquistar nuevos lauros en defensa de su bandera, tomó parte también en la acción de Lazcano el día 2 de Octubre, continuando incesante en operaciones hasta fin de año. La guerra, que en Guipúzcoa y hasta en las inmediaciones de San Sebastián continuaba con una ferocidad sin límites entre ambos combatientes, le llevó a Echagüe el 2 de Enero de 1835 a la acción de Ormáizlegui con los batallones francos de Guipúzcoa, y el 13 de Mayo del mismo año a la de Hernani.

Tanto en uno como en otro combate, Echagüe se vió en la necesidad de batirse a pecho descubierto bajo una terrible lluvia de balas que partía del campo enemigo con una precisión inconcebible. Echagüe, al frente de sus Chapelgorris, peleó con tal arrojo, que en Ormáiztegui le valió la felicitación calurosísima del general Latre y la admiración entusiasta del famoso brigadier Jáuregui. Y en la acción de Hernani cayó herido en medio de una lluvia de balas. Ya esta herida, de bastante gravedad, en la parte inferior de la región lumbar, le retuvo también en cama durante largo tiempo, hasta que el 30 de Agosto del mismo año volvió de nuevo a tomar parte en el citado Hernani.

¡Por algo hemos dicho antes que Hernani fué en Guipúzcoa el pueblo más combatido y disputado por los carlistas! En general, las inmediaciones de San Sebastián eran puntos y lugares muy codiciados por los carlistas para poder conseguir el asalto y toma de la capital guipuzcoana. Por eso Echagüe se encontraba en incesante movimiento, y así continuó desde su curación hasta fin de año, en que los carlistas no cesaban de atacar en guerrillas sueltas la ciudad codiciada.

Continuó el joven oficial Echagüe tomando parte activísíma en todo el transcurso de la guerra de los siete años. Su vocación, cada vez más ferviente y decidida por la carrera de las armas, parecía encenderse con intensidad de fuego atizado por los continuos encuentros y hechos de armas. La guerra carlista fué para él ocasión oportunísima para pelear por la Reina; e incorporado ya desde fines de 1835 al regimiento de infantería de San Fernando, fué trasladado de Guipúzcoa a los campos de Alava, donde una vez más demostró sus grandes aptitudes guerreras, su valor extraordinario y sus dotes de militar astuto y sagaz.

Los días 16 y 17 de Enero tomó parte en las acciones de Villarreal y Arlabán, dirigidas por D. Luis F. de Córdova, con la cooperación de los franceses, lugar este último que por su posición y situación estratégica resultaba de extraordinaria importancia para ambos ejércitos beligerantes. Hasta el punto que con ser tan insignificantes poblaciones, llegaron a empeñarse batallas bien sangrientas entre ambos ejércitos por su conquista.

Y, sin embargo, las crónicas militares que se escribieron el año de 1846, no daban importancia estratégica a Arlabán, según se ve por las siguientes líneas que escribía uno de aquellos cronistas:

«Hallábase el monte Arlabán -decía- en la encumbrada y escabrosa sierra que partiendo en Álava pene- tra en la provincia limítrofe, y lleva serpenteando su arrogante cuesta hasta las cercanías de Villarreal de Guipúzcoa; sin embargo, ni es punto esencialmente estratégico, ni su nombre antes del año 36, vímosle por consideraciones geográficas o de política.

Fué en este monte que allá en la guerra de la Independencia obtuvo Mina como guerrillero grandes ventajas sobre los franceses, a causa de ser frecuentado uno de los desfiladeros de esta sierra por las tropas y convoyes que de Francia llegaban a Vitoria.

Y como los recuerdos de aquellos tiempos llamasen a las tropas carlistas hacia este punto, y, por otra parte, facilitasen las espesuras y bosques de que se halla cubierta aquella eminencia, ventajosa posición para observar en atalaya las tropas acantonadas en la capital alavesa, a estos montes acudió Eguía cuando desde Guernica vino a Álava, para estar en acecho de los movimientos del General en jefe del ejército de Isabel.»

Pero algo tendría aquel monte aunque el autor de la crónica del año 1846 no le daba tanta importancia, cuando el general Fernández de Córdova, para posesionarse de aquellas alturas realizó aquel plan combinado de operaciones, en las que Echagüe tomó parte, y que consistían «en que dividido el ejército en tres columnas, se dirigiesen dos por distintas vías a atacar la posición de Arlabán, mientras que a favor de esta maniobra otras tropas se posesionasen de Villarreal de Alava y la fortificasen».

La realización de este pensamiento y plan de combate de Córdova es sumamente interesante, pero que su descripción está fuera de los límites de nuestro estudio.

No solamente el mes de Enero, sino después, en el reconocimiento sobre Guevara y acciones de Oalarreta y Aramayona, continuaron las luchas de nuevo en Arla- bán y Villarreal los dias 21, 22, 23, 24 y 25 de Mayo, donde, al mando del mismo D. Luis F. de Córdova, Echagüe se distinguió de modo extraordinario.

Córdova era un general ilustre y valiente. Sus arengas a las tropas constituían siempre modelos del buen decir. Hasta tal extremo, que soldados, fríos antes del combate, convertíanse en luchadores ardorosos bajo el influjo patriótico de las palabras de Córdova. El brigadier Goñi, el coronel Narváez, Espartero, el general Lacy Evans, Rivero y Cleonard, todos ellos militares unánimes en el pensamiento militar de Fernández de Córdova, tomaron parte con el oficial Echagüe en los combates que antes hemos citado, pero no sin que dejaran de sufrir sensibles pérdidas y una herida de consideración Narváez.

Pesimista fué siempre el general Córdova sobre aquella acción de Arlabán; pesimismo no exteriorizado en los momentos de peligro patrio, pero sí más tarde en su célebre «Memoria», cuya página 135 encierra la siguiente relación:

«Rendidas las tropas con cinco días de operaciones continuas -decía Córdova-, que sobre las veinticuatro horas de cada día habían empleado veintidós; con haber andado trepando incesantemente por las breñas del Pirineo, sin seguir camino alguno, sin el menor descanso, sin comer un solo rancho caliente; debilitadas sus fuerzas por los numerosos convoyes que hubo que escoltar, ya para llevar los heridos a Vitoria, ya para traer de esta plaza víveres y municiones, el soldado se confesase completamente rendido; y para saber con cuánta razón lo estaba era menester haber participado de los trabajos de aquella expedición.»

Sin embargo, no solamente el extraordinario valor de aquellos soldados sufridos y abnegados, sino allí se de- mostró la pericia y táctica militar de nuestros generales y oficiales. Echagüe por su heroico comportamiento en todos aquellos combates obtuvo la cruz de San Fernando de primera clase. Los días 25 y 31 de Agosto tomó parte en las acciones del valle de Carranza y alturas de Ulíbarri y Gamboa, cayendo herido el 31 de bala de fusil en el lado izquierdo de la cara y borde inferior de la mandíbula inferior.

Pero donde el oficial Echagüe se distinguió de manera que su comportamiento y valor rayaron en el heroísmo fué en el levantamiento del segundo sitio de Bilbao, el día 1.º de Noviembre de 1836; en la persecución y destrucción de las fuerzas carlistas al mando de Sanz el 9 y 10 del mismo mes; en el levantamiento del tercer sitio de Bilbao y acciones del Monte de las Cruces, y puente de Castrejana los días 27 y 28; el 5 de Octubre en las de Barandio; toma de los caseríos de Arteaga el 19 y en la memorable y terrible batalla de Luchana, la noche del 24, donde se distinguió de tan extraordinaria manera, que sobre el mismo campo de batalla obtuvo el empleo de teniente y la medalla de distinción con el dictado de BENEMÉRITO DE LA PATRIA.

Así el joven oficial Echagüe fué alcanzando lauros y victorias a costa de su valor y de su sangre generosa; que si bien llegó en momentos de peligro patrio, también supo verterla por la Patria, a quien jamás le regateó lo mejor de su vida. El nombre de Echagüe cundía no de cuartel en cuartel, porque el cuartel fué sustituído por el campo de batalla; sino de avanzada en avanzada, de guerrilla en guerrilla, de soldado en soldado, y ante aquellos continuos actos suyos, tan continuos como heroicos, un aura de respeto hacia su nombre tocaba los rostros de oficiales y soldados y aquellos corazones que latían a unísono en la defensa patria, sentían también en conjunto el amor más intenso hacia el joven oficial, héroe y valiente como ninguno.

Así caminó Echagüe; de gloria en gloria; de batalla en batalla. Sabedor el general Rendón de los méritos, condiciones y carácter de Echagüe, llamóle a su lado nombrándole Ayudante de Campo.

Pero oigamos cómo describen plumas de aquellos tiempos la toma de los caseríos Arteaga por el ejército isabelino y la batalla estupenda de Luchana:

«Por momentos la acción se generalizaba. El temporal se acrecía; el estruendo de los fusilazos y el del continuo cañoneo apenas podían confundir los ayes de los centenares de víctimas que encontraban su sepultura entre la nieve.

Por todas partes la sangre de los carlistas y la de los liberales teñía de rojo la blanca cubierta que en aquellos terribles momentos cubría el campo de batalla; por todas partes se lidiaba con saña, ya dentro de las casas, ya al pie de los cañones, ya individualmente los soldados desmandados o perdidos por aquellos ásperos contornos; y por todas partes se tropezaba también con montones de cadáveres de hombres que, unos sobre otros, habían caído, tal como se hallaban formados, al recibir el metrallazo o la descarga cerrada de alguna compañía colocada tras un elevado parapeto.

Por todas partes, en fin, el pantalón garance de los granaderos de la guardia denunciaba, al asomar ensangrentados por entre montones de nieve, cuál sería aquella noche de horrores en que el primer regimiento se cubrió de gloria. El estruendo de tan largo como reñido combate no podía menos de tener en tortura al general en jefe del ejército isabelino, pues era de tal tamaño el resultado de aquella jornada, cuando era bastante para no ser posible esperar el resultado estando lejos del lugar de la pelea.

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Espartero montó a caballo, y, seguido de su Estado Mayor, se presentó en el campo de batalla. Fué el general recibido con entusiastas vivas por todos los soldados que pudieron verle, y como si la presencia del general en jefe aumentase las fuerzas de aquellos valientes, el entusiasmo cundió por las filas de los batallones ordenados; y aun se comunicó a los grupos de aquellos soldados que a la desbandada combatían en detall.

Aprovechando aquel entusiasmo, Espartero habló a aquellos tan sufridos como intrépidos liberales, dió vivas a la Reina, y, poniéndose al frente de la segunda división y ordenando que las bandas tocasen paso de ataque, se dirigió a la alta cumbre de Banderas; pero como en aquel instante el furioso temporal acreciese a un extremo, que el agua, el granizo y la nieve hacían imposible toda operación, los soldados de ambos ejércitos suspendieron el combate para guarecerse donde mejor pudiesen de una tan furiosa borrasca.

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A la mañana siguiente, tanto Espartero como sus tropas se encontraron en la elevada cumbre de Banderas, del monte de San Pablo y del de Cabras y en casi todos los puntos donde los carlistas tenían alguna resistencia. Calada la bayoneta, con la bravura en el corazón y el oído atento al estrépito de cien tambores a la vez, cargaron de un modo inusitado a los carlistas, que, dueños de un caserío situado a la falda del monte de San Pablo, creíanse seguros y a cubierto de toda tentativa.

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Y una vez arrojados los soldados de Eguía del caserio en que se creían tan fuertes, fuéronlo también como hemos dicho, de la cumbre de Banderas.
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Despavoridos, aterrados y sin poder comprender los carlistas cómo en noche tan terrible, bajo un temporal tan tremendo y a despecho de parapetos y baterías, habían los constitucionales adquirido tan eminentísima victoria, huían acobardados por los caminos de Azúa, Erandio y Derio.

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Veintiséis cañones, la mayor parte de grueso calibre; un crecido repuesto de balas; un número considerable de carros, de brigadas, bueyes y caballerías sueltas; todos los pertrechos de sitio, almacenes y hospitales, fué el primer trofeo con que los soldados de Espartero pudieron atestiguar su gran victoria.

El fruto de las cargas de la caballería de Espartero fué el hacerles 88 prisioneros, que, reunidos a 104 soldados, siete oficiales y un comandante de artillería que se habían cogido durante la batalla, ascendian a 200. Mil hombres fuera de combate le costó al ejército isabelino la batalla de Luchana, número demasiadamente escaso -dice el cronista de aquella época- si se atiende a que el resultado de una tan sangrienta acción afirmó para siempre en las sienes de Isabel la corona de Castilla.

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Y así terminó un sitio en el cual tenía puestos los ojos no sólo la España entera, sino la Europa toda. Y ese fué el resultado de una batalla, de la cual pendía una corona, un reino, la suerte de miles y miles de familias.»

Trasladado a Guipúzcoa al cabo de una vida ince- sante de luchas y combates, tomó de nuevo parte el 10 de Marzo de 1837 en la acción y toma del monte Ametzagaña, lugar estratégico de primer orden y donde los carlistas mantenían posiciones inexpugnables. Echagüe recibió en este combate una contusíón de bala de fusil en la parte superior y lateral del pecho. Fué de las pocas veces en que los valientes chapelgorris tuvieron que retirarse ante la bayoneta carlista.

Cerca de ocho meses estuvo Echagüe a las órdenes del general Rendón, y en este tiempo no cesó un momento su vida de campaña. Después de Ametzagaña tomó parte en la toma de la Venta de Oriamendi y retirada a San Sebastián los días 15 y 16 de Marzo, en la que también recibió otra contusión en el tercio superior y parte posterior del brazo derecho.

Batalla horrorosa, que como dice el historiador Pirala, el ejército liberal tuvo 400 muertos, 900 heridos y 137 prisioneros, incluso 8 oficiales y 90 soldados de Oviedo aprisionados en un caserío..... Más de 200 familias quedaron sin albergue por el incendio de sus hogares situados en las inmediaciones de San Sebastián, Lezo, Alza, Astigarraga y Hernani. Del ejército inglés cayeron entonces sinnúmero de cabezas bajo la persecución y carnicería espantosa de los carlistas.

El dia 14 de Mayo tornó parte Echagüe en la entrada de Hernani, en la de Oyarzun, asalto de Irún y rendición de Fuenterrabía los días 15, 17 y 18 del mismo mes de Mayo, donde los dos ejércitos pelearon de modo tan heroico que difícilmente se encontrará otro ejemplo que le supere en la historia del mundo militar y guerrero. Bien merecido, según todos los biógrafos de Echagüe, obtuvo por su señalado comportamiento en estos combates el grado de capitán.

Pero si en la pelea contra el enemigo se enardecía hasta el extremo de avanzar ciego hasta las mismas bocas de sus fusiles, en cambio cuando fué necesario mantener una energía serena y fría, Echagüe dió también pruebas de ser espíritu firme y ecuánime. Ante aquella peligrosísima insubordinación del ejército de Hernani el 4 de Julio de 1837, aquel motín militar que tan mal aspecto presentaba, Echagüe demostró tener dotes de militar a la vez que de político, y su influencia en aquel momento fué eficacísirna para el afianzamiento del orden, la disciplina y la paz necesarias. No pudo evitar, sin embargo, que entre los insubordinados saliese una bala contra el Conde de Mirasol, llegado aquella noche de San Sebastián, y que salió milagrosamente ileso, aunque con el sacrificiio de su primer ayudante Crook Ebsworth, muerto al interponerse en defensa del Conde.

Aquellos sucesos consternaron tanto a Echagüe y tanta fué su pena, como veneración hacia el brigadier O'Donnell, que seguramente el conflicto se hubiese agravado de modo casi irremediable sin la presencia y acción heroicas de este último. De aquí comenzó el gran cariño y respeto que siempre sintió Echagüe por el ilustre y más tarde caudillo de Tetuán.

El 2 de Octubre tomó parte el capitán Echagüe en la salida de Rentería; el día 4 en la expedición de Ondárroa, Motrico y Deva; el 21 y 22 en la toma de Guetaria y acción de Urnieta y en operaciones continuadas, casi sin el menor descanso hasta fines del mismo año de 1837. Desde el 27 hasta el 30 de Enero de 1838 Echagüe, ya con el brigadier O'Donnell, tomó parte en las operaciones sobre el río Oria, y el 30 de Marzo en el reconocimiento, sitio y toma de Vera (Navarra), que duró hasta 4 de Abril, y una de las operaciones más arriesgadas y hábiles, que según todos los biógrafos y comentadores de Echagüe, llevó a cabo este capitán. Y puesto que hay quien con verdadera autoridad sobre la materia, según cuenta el antes citado nombre ilustre y para mí venerado general Gómez de Arteche (q. e. g. e.) escribió sobre esta célebre operación, por ser testigo presencial de ella el general D. José Reina, vamos a transcribir sus mismas palabras, tomadas del estudio biográfico del inolvidable general Arteche:

«Era en 1838 y tratábase de la toma de Vera; se hallaban a su vista extendidas las tropas liberales, exiguas dado el número de los enemigos y las dificultades de la empresa. Había necesidad de reconocer el reducto avanzado de la fortiíicación; empresa arriesgada y de ejecución difícil. Al efecto, fué comisionado un joven oficial afecto al Cuerpo de Estado Mayor, el teniente D. Rafael Echagüe, quien condujo una pequeña guerrilla hasta el glasis, que atravesó él a caballo. A su regreso, casi milagroso, y admirados de arrojo semejante, prorrumpieron los soldados en vítores y aplausos, pidiendo para el valiente oficial la cruz laureada, que no obtuvo, considerándose satisfecho con el grado de capitán que se le concedió.»

Los días 24 y 27 de junio, Echagüe tomó parte en la salida de Hernani a Urnieta y en la sorpresa de los enemigos que bloqueaban a Oyarzun; en la acción sobre las alturas de este mismo punto y sorpresa también los días 8 y 11 de Octubre. Se distinguió también de modo extraordinario, no tan sólo como militar, sino como hombre de sentimientos nobles y elevados en la acción de Santiago-Mendi el día 22 de Noviembre, perdonando la vida del jefe de la partida carlista sorprendida por una emboscada hábilmente preparada por Echagüe.

Nuevamente el valor de Echagüe comienza a demostrarse en los sucesivos combates de su arriesgada cuanto gloriosa vida militar; nuevamente quiere demostrar su arrojo en la batalla cuando de conducirla a la gloria necesita la bandera patria; y el 27 de Abril de 1839, continuando hasta el 13 de Mayo del mismo año, toma parte en el sitio y toma de Ramales y Guardamino, y en estas operaciones cae de nuevo herido de mucha gravedad en la cabeza, hasta el extremo que ya se creía quedaría casi inutilizado para la vida activa de campaña.

Fué ascendido por tan heroico comportamiento a Comandante de Infantería sobre el mismo campo de batalla, y curado en San Sebastián, su ciudad natal, aunque no totalmente; y como si nada le hubiese ocurrido al Comandante Echagüe, toma parte en la acción de Urdax el 14 de Septiembre, con lo que terminó la guerra en las provincias del Norte.

Conviene que hagamos constar en estas páginas el patriotismo extraordinario de aquel insigne militar donostiarra, que sin llegar a su necesaria curación, debilitadas las fuerzas y expuesto más que nunca a la muerte, abandona el necesario descanso para su total restablecimiento y corre al combate de Urdax, final y puntilla de aquella triste guerra, que siempre será un baldón de ignominia para este noble solar y esta raza basca admirable, ante cuyas virtudes y merecimientos rendimos siempre y rendiremos el más profundo y sincero de nuestros homenajes y entusiasmos.

Sin embargo, continuaba todavía la lucha, aunque ya en los últimos estertores de la agonía, allá por Aragón y Cataluña, donde el general carlista Cabrera procuraba sostenerla y alargarla hasta no poder más.

Echagüe no quedó en San Sebastián; su alma guerrera le llamaba al combate, y tomando parte en el sitio y toma de Segura desde el 23 al 27 de Febrero de 1840, donde nuevamente fué premiado por méritos que contrajo con el empleo de Mayor de Batallón, continuó y luchó en la toma de Castellote los días 22 y 23 de Marzo; en el sitio y toma de la plaza de Morella desde el 20 al 30 de Mayo, y en Cataluña, en la toma de Berga, el 4 de julio, donde permaneció haciendo vida militar en marchas, hasta la completa y total pacificación de Cataluña, que coincidió con la huída de Cabrera a Francia.

Terminada totalmente con esto la guerra tremenda de los siete años, que dejó al país en un estado de anemia nacional, Echagüe, tras de herida sobre herida y combate sobre combate, llegó a alcanzar un relativo descanso. El país basco, especialmente, sufrió de un modo trascendental las consecuencias de aquella funestísima guerra, en todos los órdenes de su vida política y social.

Puede decirse que desde aquella fecha de 1839 comienza su decadencia política como país personalmente gobernado. Moralmente; sus usos, costumbres, prácticas piadosas, que de tiempo inmemorial se conservaban, y lengua, sufrieron un doloroso descenso. La invasión de toda clase de gentes que inherentemente a la guerra ocurrió en el país, contribuyó de modo inevitable a la propagación del cosmopolitismo y relajación de la personalidad basca. Aquella raza, que en seculares generaciones habíase conservado en la pureza y fraternidad de un primitivo patriarcalismo, comenzó también a mixtificarse, con uniones de hombres y mujeres de pueblos y razas distintos. Y aquellos sacrosantos Fueros, por los cuales el Duque de la Victoria, en una calurosa alocución, dijo, dirigiéndose a los bascos: «Yo os prometo que se os conservarán vuestros Fueros, y si alguno intentase despojaros de ellos, mi espada será la primera que se desenvaine para defenderos», no pasó de ser una alocución, pues aquellos Fueros reci- bían al poco tiempo el primer golletazo, que en 1876 llegó a cortar por completo la yugular del organismo político euskalduna.

En relativo descanso, Echagüe, al terminar la guerra civil, continuó de servicio ordinario hasta el 1.º de Julio de 1841, después de haber visto pelear como buenos a aquel ejército valiente y disciplinado de 250.000 hombres, capaces por sí solos de llevar a cabo una de las conquistas más asombrosas.

Y, sin embargo, nada se hizo y nada contribuyó al mayor esplendor de aquel ejército aguerrido, disciplinado y fuerte.

Echagüe, por un espíritu basco que en sí lleva siempre algo de idealismo y aventura, como queriendo continuar la tradición de la historia del pais donde nació, país de célebres marinos, guerreros y militares de primer orden, pidió traslado a la isla de Puerto Rico, entonces posesión española, embarcándose en Cádiz el 19 de Agosto y llegando a la isla el 13 de Septiembre. De servicio ordinario y a las órdenes del capitán general de aquella isla, Excmo. Sr. D. Santiago Méndez de Vigo, en el regimiento de Iberia Peninsular, el descanso aquel relativo de Echagüe contribuyó y fué causa de que el pensamiento de las armas, sin trocarlo, se uniese a su vez con el pensamiento de un amor santo y puro.

Y Echagüe lo consagró a una bellísima y distinguida señorita: a D.ª María de las Mercedes Méndez de Vigo y Ossorio, hija del antes citado capitán general de aquella isla, a quien juró en los altares eterna fidelidad.

Sucedía esto el 24 de Enero de 1842, continuando su vida de militar y de casado hasta el 28 de Abril de 1844, que se embarcó para la Peninsula, juntamente con el general Méndez Vigo, de quien fué su ayudante.

El 16 de junio llegaron a Cádiz, quedando de reem- plazo el Comandante Echagüe y desde el 15 de Diciembre en servicio de ayudante de campo. El sentimiento en la isla de Puerto Rico fué general cuando tanto Méndez Vigo como Echagüe abandonaron la isla, dejando un recuerdo gratísimo entre aquellos habitantes, de hombres rectos, militares valientes y gobernantes afables y dignos.

Echagüe continuó en la Península durante todo el año de 1845 en el mismo servicio de ayudante de campo; pero como este desgraciado país parece que jamás ha de permanecer en una paz constante, eficaz y duradera, el 22 de Abril de 1846 concurrió a sofocar la rebelión de varios cuerpos provinciales en Galicia, hallándose en la acción de Cacheira, toma de Santiago y rendición de los sublevados en dicho día, a las órdenes del mariscal de campo Gutiérrez de la Concha y en calidad de su ayudante de campo.

Por los importantísimos servicios llevados a cabo por el Comandante Echagüe, solo y personalmente, con gran peligro de su vida, tanto en Astorga como en Lugo y Orense; en las comisiones que su general le confió para Zamora y otras poblaciones; por la eficacia tan decisiva que su gestión mantuvo en el castigo y acabamiento de la insurrección, obtuvo la cruz de San Fernando de primera clase, continuando en operaciones hasta fin de Mayo, en que, pacificadas aquellas provincias, entró a servicio ordinario, quedando desde el mes de Octubre en situación de reemplazo.

La tranquilidad del hogar del Comandante Echagüe duraba poco y los disfrutes y encantos subsiguientes a un matrimonio todo ventura y felicidad, parecían estar vedados para quien tanto luchó y había de luchar aún por la Patria, tantas veces desangrada.

En efecto. Con motivo de la intervención militar de Inglaterra, Francia y España en Portugal y después de haber estado el Comandante Echagüe de reemplazo durante el comienzo del año 1847, fué llevado por sus grandes condiciones de inteligencia y ciencia militar y con grande estima de sus superiores a las operaciones de Oporto, asistiendo a la acción de Araoz; a las inmediaciones de Valença do Minho, el 3 de Junio del mismo año; tales servicios supo prestar a sus jefes y a su patria, que debido a los méritos contraídos le confirieron el empleo de Coronel, quedando ya de nuevo, de reemplazo el 8 de Octubre.

Pero pronto tiene que desenvainar de nuevo la espada, y presentar su pecho al enemigo, y darle la cara en nuevos combates, y desafiarlo, y perseguirlo, y batirlo, y acorralarlo, hasta no quedar rastro de él, ni en llano ni montaña, y sí, en cambio, flameante la enseña gloriosa de la Paz y la Monarquía.

Parecía que con el Convenio de Vergara habíase terminado para siempre con los alzamientos carlistas; parecía que aquellos años de horror y exterminio, en los que España perdió más ante Europa que con una invasión de bárbaros, habían de servir a blancos y azules para consolidar la paz interior a la sombra de la monarquía.

Y, sin embargo, el partido carlista, siempre dispuesto a invadir de bayonetas las montañas; y las ciudades de proyectiles arrojados desde aquéllas, no creyó bastara la lucha tremenda promovida durante siete años, y, guiado de ese espíritu militar que imprime a todos sus actos, surge de nuevo en Cataluña con caracteres alarmantes y peligrosos.

A los primeros chispazos marchó allí el Coronel Echagüe. Las partidas carlistas del Maestrazgo comenzaron a moverse entre las asperezas y escabrosidades de las montañas catalanas en 1848, durando hasta 1849. A las órdenes del capitán general de Cataluña se puso al momento el Coronel Echagüe, y en 30 de Septiembre, ya al mando en comisión del regimiento del Príncipe entró en operaciones contra los carlístas que vagaban por aquellos territorios.

Debido a sus brillantes campañas; a las continuas batidas que daba a los carlistas y al comportamiento, en fin, valeroso, leal e inteligente, fué nombrado Comandante general del Distrito de Berga con el mando de la 3.ª Brigada de la 5.ª División por el General en Jefe, y por Real orden del 7 de Octubre obtuvo en propiedad el mando del regimiento antes citado.

En estos importantes cargos continuó durante el resto del año. A pesar de lo accidentado de aquel terreno; del completo conocimiento que los naturales del país tenían de él, ventaja inmensa sobre las tropas liberales; de hallarse en condiciones ventajosas los carlistas sobre el ejército, el Coronel Echagüe con su valentía y serenidad pasmosas no dejó de batirse ni una sola vez.

En la Brigada de su mando atacó y batió a los carlistas en San Quirce, montañas de Vidrá y ermita de Nuestra Señora del Belmunt el 16 de Enero de 1849. En Orista, el 24 del mismo mes, y el 14 de febrero en las alturas de Requesens. El 29 de Marzo sorprende y rompe el bloqueo que los carlistas mantenían en Berga. El 21 de Abril toma parte en la acción de Matamargo contra las fuerzas del General Tristany, derrotándolas también en las alturas de Alpeus, San Quirce y Villa de Lallas hasta San juan de las Abadesas el 25 de Abril. El 28 causó grandes bajas al enemigo y pérdidas consíderables en Esquirol, por cuya brillantísima, activa y triunfante campaña S. M. la Reina le promovió al empleo de Brigadier de Infantería. Terminada aquella campaña que tan acertadamente la dirigió el Marqués del Duero, vencido el carlismo al parecer para siempre, Echagüe, ya de Brigadier, continuó durante los años de 1850 al 53 en servicio activo de guarnición en Cataluña y Castilla la Nueva.

En 1854 estuvo en Madrid de servicio ordinario hasta el 28 de Junio, fecha en que con el primer batallón de su Regimiento del Príncipe, y por aquella especie de idolatría que siempre sintió Echagüe por el entonces Teniente General O'Donnell, emprendió aquel movimiento sobre el que no cabe formular categórica afirmación ni comentario. Solamente puede decirse y asegurar desde luego, que el Brigadier Echagüe no marchó allí con miras bastardas ni particularistas; Echagüe amaba demasiado la Patria y el Trono para que sobre él pudiera ni siquiera delinearse en sombras la más débil figura de la insubordinación.

Aquel valiente donostiarra que en cien combates despreció la vida y en otros tantos la daría seguramente por la Monarquía y la Patria, como ya pronto veremos, no era posible que un impulsivo amor propio fuese a borrar páginas gloriosas escritas con sangre y orladas con hechos de gloria inmarcesible.

El Brigadier Echagüe fué al campo de Vicálvaro patriótica, valiente y serenamente. Fuerza es reconocerlo.

Capitán general del Ejército O'Donnell y Presidente del Consejo de Ministros, habiendo visto muy de cerca los méritos de verdad que contrajo el Brigadier Echagüe, fué promovido a Mariscal de Campo, continuando desde Junio hasta fines de año en el mismo servicio de su destino. En 1855, ejerció de Comandante general del Real Sitio de Aranjuez durante la permanencia de SS. MM. Y así continuó en el mismo servicio hasta fines de julio, que debido a las insurrecciones y sublevaciones militares en la plaza de Zaragoza, tuvo que marchar sobre ella al frente de una división expedicionaria del Norte y allí prestó grandes y señalados servicios al frente de sus tropas, hasta que los insubordinados se sometieron al Gobierno de S. M.

El Mariscal Echagüe y el General Dulce encontráronse en Zaragoza con sus respectivas expediciones, haciendo huir a Falcón a Francia por el camino de Canfranc.

Lamentable fué aquella crisis militar por la que España atravesó, de continuas sublevaciones y pronunciamientos, aunque al fin, y gracias a jefes pundonorosos del Ejército, se impuso la razón y el buen sentido, unas veces voluntariamente y otras ante la fuerza del poder y del número.

Terminada aquella era de movimientos revolucionarios, Echagüe continuó en su destino, y por Real orden de 5 de Agosto se le otorgó la Gran Cruz de la Real y distinguida Orden Española de Carlos III. Durante los años de 1854 y 55 representó en Cortes el distrito de Huelva, por cuyos intereses trabajó con gran interés. En 1857, permaneció el Mariscal Echagüe de cuartel hasta el año de 1858, que con aplauso unánime de toda la Nación fué nombrado Capitán general de Valencia en 1.º de Julio.

Poco tiempo duró para Echagüe aquel honroso cuanto elevado cargo, donde parecía poder descansar algún tiempo de tanta fatiga y tanto ajetreo de su continuada vida de campaña. No fué así. Porque el 2 de Septiembre de 1859 y por Real orden, fué nombrado Comandante general del Cuerpo de Ejército de observación sobre la Costa de África, aunque por entonces pudo, sin embargo, conservar el mando de la Capitanía General de Valencia. De nuevo comienza una campaña militar glo- riosísima para el basco ilustre, para quien jamás existieron peligros ni dificultades, ni enemigos insuperables, ni nada que arredrase en lo más mínimo su valor y su tenacidad verdaderamente bascongada.

La guerra de África fué para Echagüe arena donde habían de cruzarse en irreconciliable combate el acero español empuñado por un basco, y el alfanje moro, traidor y bárbaro.

Por coincidencia gloriosa en la historia de España, y así lo atestigua también el inolvidable General Gómez de Arteche (q. e. g. e.), fué un basco como Echagüe quien del mismo modo que en Las Navas de Tolosa, había de iniciar e inició aquella campaña de África.

El 12 de Septiembre de 1859 embarcó para Algeciras, desembarcando el día 15. Permaneció en aquella plaza al frente del Ejército de Observación, que lo organizó el Comandante general Echagüe.

Habiéndosele confiado por Real orden del 22 de Octubre el mando del primer Cuerpo de Ejército del de África, embarcóse el 18 de Noviembre para Ceuta, y el 9 del mismo salió para el campo moro.

El General Echagüe se posesionó el mismo día del Serrallo y de las alturas inmediatas. Bastó este acto valiente de Echagüe para que del campo moro, perfectamente equipados y preparados, comenzasen a asaltar consecutivamente las alturas y el Serrallo, con un denuedo y arrojo que en momentos peligraban las tropas españolas.

El furor del moro fué acrecentándose de día en día, convencido de que la bandera española había de ondear ya para siempre en aquellas alturas. Y efectivamente.

El día 20 el General Echagüe sostuvo una acción contra los moros, que atacaron el reducto de Isabel II, en construcción. Viendo la infructuosidad del ataque el día 22, y convenientemente reforzados, volvieron a atacar los moros con ímpetu avasallador el mismo fuerte, pero de nuevo fueron rechazados por las tropas del General Echagüe.

No se dieron por vencidos todavía, y los días 24 y 25 continuaron los ataques por distintos puntos y con un arrojo increíble de los moros, que en ocasiones llegaban hasta las mismas piedras de los fuertes.

Sobre todo, el combate del día 25 fué gloriosísimo para las tropas españolas y el insigne caudillo donostiarra; pues a pesar de haber ido a la desesperada los moros con fuerzas mucho más superiores que las españolas, y atacando toda la línea militar que aun se encontraba no muy bien defendida, el triunfo del General Echagüe fué completo y glorioso.

Hubo momentos de ataque tan encarnizado que Echagüe se vió materialmente envuelto por el moro, batiéndose personalmente cuerpo a cuerpo, perdido el caballo, herido en una mano, y, sin embargo, continuó batiéndose sin descanso hasta llegar a rechazar a las tropas moras, que no podían soportar por más tiempo el imperio de las tropas españolas.

Como digo, Echagüe recibió en aquel combate una herida de bala en el dedo índice de la mano derecha. Pero dejemos que hable el Cuerpo de Estado Mayor en su «Extracto del Diario de Operaciones del Ejército de África», con el laconismo de la técnica descriptiva militar, que dice así:

«Daban en este día (el 25 de Noviembre) el servicio avanzado del primer Cuerpo de Ejército, que continuaba acampando en el Serrallo, los batallones Cazadores de Cataluña y Madrid, guarneciendo además aquél el fuerte de lsabel II, y estando el otro situado a la izquierda sobre el camino de Anghera. A las diez de la mañana se presentó el enemigo en fuerza ya considerable a la vista de estos batallones, que sucesivamente tuvieron que empeñar en acción todas sus campañas para conservar las posiciones y contener a los moros, que intentaron envolverlas por la izquierda, extendiéndose por la derecha hasta la casa del Renegado.

Para oponerse a este ataque, más importante que el de los días anteriores, envió por la derecha el Comandante en jefe del primer Cuerpo al Brigadier Sandoval con los dos batallones del Regimiento de Borbón y la segunda compañía de artillería de montaña, apoyándolos con el de Cazadores de Simancas, habiendo situado antes a la izquierda en el boquete de Anghera, el de Alcántara, que fué después apoyado con el segundo del Regimiento de Granada.

El Regimiento de Borbón desplegó en guerrilla dos de sus compañías para cubrir su flanco izquierdo, y avanzaba combatiendo sobre un terreno cortado y escabroso, que el enemigo defendía tenazmente, a fin de ocupar la parte superior del bosque y casa del Renegado, situada a la derecha, consiguiendo dominar el terreno de la acción después de cargar a la bayoneta con la fuerza que no había desplegado.

Protegidos siempre los moros por el terreno y cubiertos con el espeso arbolado, habían entretanto logrado rebasar nuestra línea por la izquierda y acometieron impetuosamente a los cazadores de Madrid y Alcántara, y aunque se vieron éstos rodeados por crecido número de enemigos, no sólo sostuvieron sus puestos sin cejar, sino que, cargando varias de sus compañías repetidas veces a la bayoneta, hicieron conocer su superioridad a los marroquíes, cuyo arrojo y persistencia en el ataque dieron lugar a una lucha en la que se tiraba a quemarropa o se empleaba la bayoneta. El brigadier Lasaussaye, que mandaba el centro y la izquierda, reforzó al punto estos batallones con los de Mérida y Talavera, y fué tan eficaz su cooperación, que, después de haber cargado también a la bayoneta algunas de sus compañías, empezó a ceder el enemigo por la izquierda.

En aquel momento fué herido el General Echagüe, Comandante en Jefe del primer Cuerpo, tomando el mando el general Gasset, jefe de la primera división, el que avanzó a la primera línea con el segundo batallón de Granada, dejando en reserva el de cazadores de Barbastro, para precipitar la retirada de los marroquíes, que en ella fueron perseguidos de cerca por las tropas y cañoneados por la compañía de artillería de montaña que avanzó por la derecha y la situada en el fuerte Isabel II, centro de la acción. El regimiento de Borbón siguió igualmente avanzando con sus guerrillas y masas, haciendo huir siempre al enemigo, que dejó el campo sembrado de armas y cadáveres.

Las tropas se retiraron cerca del anochecer al campamento del Serrallo, habiendo tenido en este combate 399 bajas de todas clases.»

Solamente este número de bajas nos dará una idea de la violencia y furor con que unos y otros se atacaban, y, sobre todo, la estima en que los moros tenían aquellas alturas del Serrallo, conquistadas por el General Echagüe, cuando de tal manera se echaban sobre las tropas, subiendo en ocasiones hasta la contraescarpa del foso. Nada les detenía en su ataque ni en su avance. Había momentos en que la metralla de la artillería era insuficiente para contener a aquellos salvajes, que, en medio de alaridos espantosos, parecían tragarse a las tropas, para quienes eran los moros formidables enemigos por su número y su fuerza física. Oigamos, sin embargo, una vez más a uno de los escritores más célebres de España, que con inimitable y admirable prosa nos habla brillantemente de la situación y momentos peligrosísimos del General Echagüe. Don Pedro Antonio de Alarcón, que en su libro «Diario de un testigo de la Guerra de Africa» dice así:

«No sé cómo Echagüe no cayó en poder de los moros! ¡No se sabe cómo no le mataron! La descarga de que resultaron herido él y muerto su caballo se la hicieron a quemarropa. Los moros estaban encima; sus alaridos feroces atronaban los oídos. La herida del general fué en el índice de la mano derecha, y se le cayó la espada; uno de los ayudantes la cogió y se la entregó enfrente de los enemigos.

A cuatro pasos de distancia hallábanse éstos entretenidos en cortar la cincha del caballo, para recoger la hermosa silla, de la que se había desmontado Echagüe, cuando llegaron refuerzos y se rechazó a aquellas fieras.»

Por este comportamiento tan valeroso y por méritos que contrajo en el comienzo de aquella peligrosísima campaña, fué promovido al empleo de Teniente General por Real decreto del 16 de Diciembre, concurriendo más tarde a las acciones del 15 y 20 del mismo mes de Diciembre.

Pronto se vió que aquella campaña necesitaba un número mayor de refuerzos. No tan sólo por la enorme superioridad del número del enemigo, sino por la extensión incalculable de aquel territorio, todo él en un estado del más abrupto salvajismo, sin vías de comunicación, expuesto el ejército a enfermedades peligrosas y contagiosas, debido a lo insalubre de aquellas extensiones húmedas e inhabitadas, y sin medios de transporte para la debida organización del ejército. Los sa- crificios que España iba a realizar, desde Juego se vió que habían de ser cuantiosos. Las penalidades del ejército, muy fuertes. Y la lucha toda ella, desigual, heroica y espantosa en momentos.

Pero nos metimos en aquella aventura - valiéndome de una frase vulgar-y había que salir airoso de ella. ¡Lástima que todo dio fué a costa de mucha sangre, dinero y grandes pérdidas! Y, lo que fué peor, sin la ventaja relacionada con el sacrificio.

Seguimos avanzando y había que continuar las operaciones sobre Tánger y Tetuán. El 27 de Febrero llegaron al Africa los Tercios Vascongados con una fuerza de 2.872 hombres, que fueron los que reemplazaron en la Aduana y Fuerte-Martín a la primera división del cuerpo de reserva, que pasó a establecer su campo cerca del tercer Cuerpo.

El Teniente General Echagüe permaneció en el campamento del Serrallo, hasta que comenzó la marcha sobre Tánger. Y el día 4 de Marzo de 18ó0, a las ocho de la mañana salió el General Echagüe del Serrallo con ocho batallones, dos compañías de artillería de montaña, dos de ingenieros y un escuadrón de Albuera, cuyo ejército acampó sin el menor contratiempo en el río Asmir, donde pernoctó. Entretanto, el general Gasset, con seis batallones y dos compañías del primer regimiento montado de artillería, quedó guarneciendo el Serrallo con sus reductos. El día 17 y después que el día anterior el Comandante en jefe había efectuado un movimiento sobre el pueblo de Samsa, comienza el combate, donde toma parte muy activa el General Echagüe.

Reforzadas nuestras tropas con el sexto batallón de Marina y más del ejército, no fué nunca excesivo, sin embargo, dada la forma en que se hallaba el enemigo, dominando todas las alturas que rodeaban al pueblo de Samsa y escondido entre los matorrales y arboledas de la derecha del río.

El General Echagüe, para quien parecía se quedaban siempre los puntos de mayor peligro, advirtió al momento que los marroquíes en sus movimientos pretendían atacar la parte derecha de nuestro ejército, que era donde ellos tenían su infantería, a todo lo largo de las cimas de Sierra Bermeja. Y, en efecto, la visión del insigne general donostiarra no pudo ser más acertada. Pero, como veremos, ante el valor, la táctica y el denuedo del General Echagüe, los moros, con todas sus considerables fuerzas, se vieron obligados aabandonar las mejores posiciones.

El valiente general donostiarra, al mando de tres batallones y la segunda compañía de artillería de montaña, comenzó a trepar las alturas tan tenazmente defendidas por la fuerza mora. Y comienza el movimiento envolvente de todo nuestro ejército. El general Paredes, con los dos batallones de Castilla y el de cazadores de Figueras, que se encontraba ya en el sitio del combate, avanzó para cortarles la retirada por los montes de Wad-Ras; la división O'Donnell cubría su izquierda, marchando con tres batallones por las faldas de las montañas; el resto del ejército se quedó a vanguardia del campamento, con dos compañías de artillería de mantaña y los escuadrones de coraceros Reina y Príncipe.

Llegó el momento culminante de la batalla. Había que arrojar al enemigo de aquellas alturas con un golpe decisivo, que, por lo mismo que era de trascendencia, abarcaba un peligro mayor. Pero Echagüe, que había calculado perfectamente la situación de ambos ejércitos, fiado en su valor y arrojo, especialmente, hizo ocupar la parte culminante de Sierra Bermeja por el primer batallón de Borbón; y, por medio de un golpe atrevido, arrojó a los moros de todas las posiciones que ocupaban delante de Samsa, obligándolas a trepar a una escarpada peña para evitar ser cortados en la retirada, contribuyendo por este golpe del general Echagüe al aumento de las pérdidas moras.

Siguió nuestro ejército en operaciones bajo las órdenes del General en Jefe, que a todo trance quería arrojar a los moros de sus posiciones, y por movimientos combinados con las tropas del general Ríos, Mac-kena y Galiana, los generales Orozco, Prim y García Paredes consiguieron arrojar a los moros de sus alturas respectivas, que ocupaban extensiones y montañas casi Inexpugnables.

Mientras dichos generales cumplían a maravilla las órdenes emanadas del General en Jefe, el General Echagúe arrojaba al enemigo de las alturas de Samsa. Dejando ocupado este aduar con fuerza del segundo batallón de Borbón, continuó su movimiento de avance en apoyo del general Paredes, que con su brigada se dirigía a la izquierda, cruzaba el arroyo de Samsa y ocupaba las alturas del otro lado. Allí encontró el primer batallón de Navarra y algunas compañías de Chiclana, con cuyos refuerzos y la pericia de Echagüe y su General en Jefe, llegaron al éxito completo, arrojando al enemigo de todas sus fuertes posiciones mediante un ataque funestísimo para Los marroquíes.

Las tropas españolas llegaron al anochecer a cinco kilómetros de Tetuán, y clavaron en el pico más elevado de la sierra la enseña patria, coronando aquella triunfal expedición con el grito de ¡Viva la Reina!

Continuó aquella campaña, gloriosísima para nuestras tropas. Tomaron parte en varios importantes combates los Tercios de Guipúzcoa y Vizcaya al mando del general Latorre, que supieron rechazar a los marro- quíes hacia el valle de Wad-Ras; los Voluntarios Catalanes, y generales tan valientes y arriesgados como Prim, Orozco, Galiana, Ríos y otros muchos. El día 23 de Marzo fué también, no sólo para el General Echagüe, sino para los Tercios Vascongados, día de gloria en la batalla de Wad-Ras que cito. Sin detenerme en su descripción, que sería larguísima, puesto que tomaron parte fuerzas numerosísimas de nuestro ejército al mando del general O'Donnell, voy a ceñirme solamente a la retirada de los marroquíes, dirigida personalmente por los generales O'Donnell y Echagüe, con la cooperación de los Tercios, retirada sangrienta y terrible en la que el arma blanca jugó importante y tremendo papel.

Para efectuar aquel movimiento de amenazar la retirada del enemigo, O' Donnell, con cuatro batallones, descendió al llano nos ajustamos exactamente a la narración del Estado Mayor, en su «Atlas Histórico» de aquella guerra situado a la derecha de Busceja, donde se hallaba parte de la caballería contraria.

El General Echagüe, corriéndose por la cresta de las posiciones, cruzó el río, por el puente, y vadeándolo el General en Jefe con su escolta, e incorporándosele después el batallón de Barcelona, de la segunda brigada de la segunda división del tercer cuerpo, una compañía de montaña, dos del segundo regimiento montado y dos escuadrones, avanzó por el centro, llevando por su derecha al general Quesada, con tres batallones de su división Este resuelto ataque, asi como los nuevos esfuerzos hechos en la izquierda, decidió la acción y desconcertó a los marroquíes, que empezaron a huir en todas direcciones, estableciéndose el ejército, a las cinco de la tarde, en las posiciones en que tenían su campamento, que levantaron precipitadamente.

La segunda división de reserva, con los Tercios Vascongados, acabó de descender de las alturas y se situó en el último período de la batalla sobre el puente Busceja, formando la segunda línea con algunos otros batallones que allí quedaron en posición para proteger la comunicación con Tetuán.

Como antes hemos dicho, la batalla de este día, donde tanto el General Echagüe como los Tercios Vascongados jugaron papel muy irnportaute y decisivo, particularmente en varios de los ataques, fué sangrientísima, pues los marroquíes redoblaron todos sus esfuerzos para poder recuperar cuantas posiciones fueron perdiendo sobre el camino que conduce a Tánger y a la capital del Imperio. Hubo momentos en que españoles y marroquíes se batían a cuchillo como recurso último y decisivo de la lucha.

Baste decir que el ejército marroquí, dirigido por sus principales jefes, tenía sobre el campo de batalla de 45 a 50.000 hombres, y que los españoles llegamos a perder 1.268 hombres entre muertos y heridos. Ya el día 24 de Marzo, pedida la paz por segunda vez por el enemigo y después de ratificada, volvieron a la península parte de las tropas combatientes y el Teniente General donostiarra Echagüe, después de aquella gloriosísima campaña, que si bien mermó nuestro ejército con bajas sensibles por enfermedad y por campaña, también demostró a la faz del mundo, que España contaba con generales tan valientes, heroicos e ilustres como Echagüe, y con un ejército tan disciplinado y aguerrido como puede serlo el primero.

De los Tercios Vascongados murieron D. Anselmo Rezola, abanderado del segundo Tercio, de enfermedad, en el hospital de la Aduana, y D. Miguel Jáuregui, subteniente del segundo Tercio, de enfermedad también, en el hospital de San Fernando. El 23 de Abril embarcóse el General Echagüe para Valencia, y el 26 del mismo mes llegó a aquella hermosa capital, en medio de un recibimiento entusiasta, aclamado por inmenso gentío. El pueblo valenciano regalóle una soberbia espada en recuerdo de la gloriosa campaña de Africa. Echagüe no nació para vivir vida muelle en lado alguno. Apenas llegó a Valencia, fatigado por la vida de campaña y debilitado por las inclemencias de aquel país, no pasaron muchos meses sin que su actividad dejase de moverse.

Fué nombrado Capitán General de Puerto Rico, el mismo cargo que antes tuvo su padre político el ilustre general Méndez Vigo, por Real orden del 20 de Junio, y en su virtud Gobernador Superior P.º, Presidente de la Audiencia y Superintendente General de Hacienda.

El General Echagüe, abandonando aquel pueblo valenciano que tantas pruebas de afecto, consideración y respeto le había dado, donde tan gratos recuerdos dejó y que al correr de los años hemos visto cómo un ilustre hijo suyo también, nuestro respetable amigo el Excelentísimo Sr. D. Ramón Echagüe, Conde del Serrallo, tan digna y brillantemente ha ejercido el mando supremo de aquella capital, como su inolvidable padre, embarcóse en Cádiz el 28 de Julio a bordo de la fragata Blanca, y llegó a aquella isla el 19 de Agosto siguiente. El mismo día encargóse del mando superior de la misma hasta fin de año.

Pero cuando ya los habitantes de aquella isla comenzaban de nuevo a encariñarse con aquel General donostiarra, por sus dotes de gobierno, por su carácter recto y a la vez afable, por su caballerosidad, en una palabra, otra vez tiene que abandonar la isla por su nuevo nombramiento para igual cargo de las islas Filipinas, esto es, Gobernador Capitán General, Presidente de la Real Audiencia y Superintendente. Nombrósele por Real decreto de 6 de febrero de 1861, y antes de hacerse cargo y sentar pie en aquellas islas, quiso permanecer unos días en su patria querida y por la que tantos actos de heroísmo llevó siempre a cabo el valiente general.

Para hacerse una idea de la rectitud y señalados servicios prestados por el General donostiarra en el gobierno y mando de la isla de Puerto Rico, transcribiremos aquí tal y como lo dice su brillante hoja de servicios, la sentencia dictada por la Sala del Tribunal Supremo de Justicia en la residencia, tomada por el tiempo que sirvió el Gobierno Superior Civil y Capitán general de la isla de Puerto Rico y Presidente de su Real Audiencia «declarando no resultar cargo alguno y que antes bien se había justificado plenamente que durante su mando llevó de la manera más cumplida y satisfactoria los deberes todos que le imponían las leyes, haciéndose acreedor a que S. M. la Reina se dignase contarle en el número de sus más buenos y leales servidores y tener presentes sus relevantes méritos y servicios.»

Llegó el 14 de Abril a la Península y el 24 de Mayo embarcábase para el Archipiélago Filipino, archipiélago que le recordaba al General donostiarra glorias marinas, glorias militares y glorias guipuzcoanas y donostiarras.

¡Urdaneta!, el gran Urdaneta, genio portentoso de la civilización y del saber. ¡Legazpi! y más tarde Urbiztondo..... Blanco.....! ¡La civilización del Archipiélago Filipino puede decirse que fué eminentemente bascongada y genialmente española. A un basco se le debe su conquista. A muchos bascos su civilización aunque de poco sirvieron, desgraciadamente, sus sacrificios, su patriotismo, su saber y su heroísmo.

El 24 de Mayo de 1862 embarcóse el General Echa- güe en el puerto de Alicante, a bordo del buque de guerra Vulcano, y el 9 de julio llegaba a la isla y se hacía cargo del mando superior de ella. Echagüe, que deseaba conocer personalmente el estado social, administrativo y político de aquel país, apenas descansó unos días; el 22 del mismo mes de Julio giró una visita de inspección, en un viaje que realizó al interior de la isla, deteniéndose para estudiar en todo aquello cuyo especial interés lo requería, y documentándose de cuanto más importante pareció a la ilustración del General Echagüe.

¡Terrible fué para el General Echagüe su estancia en Filipinas durante el año 1863-64!

El 3 de Junio acaeció el terrible terremoto y con él la destrucción de gran parte de la capital; el derrumbamiento de los edificios públicos más importantes; la destrucción de las iglesias; el amontonamiento de centenares de casas que vinieron abajo; cadáveres por las calles; el desaliento; el dolor inmenso, y la huida de gentes que, despavoridas, corrían en distintas direcciones, más como locas y desesperadas que como personas en uso de razón, daban a aquel macabro espectáculo un sello de profunda tristeza y dolor. Gritos por un lado; ayes desgarradores por donde quiera que los que se habían salvado pasasen¡ madres en desesperación llamando a los hijos de sus entrañas; mujeres a sus esposos; niños a sus padres..... En una palabra. Un cuadro horrible de tristezas y dolor, y a cuya vista el corazón generoso del General donostiarra debió sufrir los dolores más cruentos de su vida.

Afortunadamente, salvóse la vida del General y de gran parte del personal a sus órdenes. Apenas se dió cuenta el General Echagüe de lo ocurrido, y aun estando en momentos de verdadero peligro, movióse como instantáneamente en todas direcciones y, organizando una importantísima red de servicios con personal a sus órdenes, comenzaron los primeros trabajos de salvamento y rescate de las personas que yacían, cadáveres los unos, medio muertos los más, entre escombros.

Fueron tan acertadas las medidas tomadas por el General Echagüe, que no sólo merecieron la aprobación del Gobierno de S. M., el aplauso general de los supervivientes de la capital y la isla, sino que en distintas Reates órdenes hízole saber el Gobierno «la satisfacción con que había visto los relevantes servicios prestados en aquellas apartadas regiones, autorizándole al mismo tiempo para formalizar una propuesta de gracias en favor de los empleados civiles y militares y demás personas que más se distinguieron por su abnegación y patriotismo».

Y para formarse una idea del interés con que el General Echagüe tomaba todo cuanto afectaba a la isla, al poco tiempo de terminar la catástrofe, de nuevo recorrió en persona las provincias limítrofes a la capital para enterarse de las necesidades inherentes a cada provincia, cada pueblo y cada villa.

Ante conducta tan leal y patriótica, realmente no sabían qué hacer los habitantes de aquellas islas para pagar en cierto modo los servicios importantísimos llevados a cabo por el General donostiarra. Pero una vez más iba a demostrar Echagüe su amor a la Patria, a los filipinos, a la Reina y a las instituciones; una vez más iba a pasar aquel corazón, dolorido por tanta desgracia acaecida, nuevas tristezas y sinsabores. Nuevas calamidades se preparaban, sin duda para amargar aquel espiritu elevado, todo bondad y corazón para los suyos.

Presentóse el año de 1864, y con caracteres alarmantes, el cólera morbo, haciendo verdaderos estragos en la capital. Aquel terrible azote, antes de entibiar el corazón de Echagüe, sirvió para desplegar una vez más sus energías y sus acertados planes de higiene y organización.

Pero ¡pobre Echagüe! Las calamidades que allí se iban sucediendo coronaron macabramente su obra, arrancando para siempre de su corazón y de sus cariños de esposo fidelísimo aquella mujer santa y buena, dulce y bella, que con talento singular y preclaro compartió también con él todos los infortunios y desgracias. Tipo de distinción y de bondad, como dice el ya varias veces citado general Arteche, dama incomparable, pedimos al lector en estas líneas una plegaria y un recuerdo piadoso para aquella ilustre dama y aquel insigne caballero.

¡Pensemos piadosamente que el Cielo habrá premiado ya las excelsas virtudes del egregio matrimonio!

Gracias a las acertadas gestiones del General Echagüe, pudo llegarse a aminorar la catástrofe que amenazaba a la isla entera, con ra propagación del cólera morbo de 1864, y el ejercicio de su mando, ser pródigo en leyes, órdenes y actos favorabilísimos al buen gobierno de la isla. Sin embargo, cansado ya su organismo y cuando casi agotadas sus fuerzas de un trabajo continuo y pesado, más la terrible desgracia de la pérdida de su esposa, que acabamos de citar, presentó la dimisión el 8 de Octubre, fundándose en el mal estado de su salud. El 24 de Diciembre le fué aceptada por el Gobierno de S. M., pero continuó mandando aquellas islas hasta el 23 de Marzo de 1865, fecha en que se embarcó para la Península, llegando a Madrid el 8 de Mayo. Entre los actos más generosos durante su estancia en Filipinas, merece citarse el siguiente, que demuestra el desinterés de aquel ilustre general. Para aliviar en cierto modo las cargas y la situación económica de la isla, propuso al Gobierno la disminución de su sueldo con estas o parecidas palabras: «Comprenderá V. E: si mi convicción será grande y mi voluntad decidida, cuando la reforma me priva nada menos que de 15.000 pesos anuales en el sueldo que gozo, después de arrostrar tantos trabajos y conflictos, nivelándolo con los mandos de las Antillas de menor importancia.»

Vamos a relatar otro episodio que acaeció durante el mando del General Echagüe en Filipinas.

Lo hemos oído referir a persona que trató mucho y quiso al insigne General. Su hoja de servicios no hace más que apuntar de pasada con motivo de la condecoración que le otorgó el Gobierno francés. Pero puesto que, ya escrito, se ha relatado dicho episodio por el ilustre general Arteche, lo reproduciremos tal como él lo escribe en su estudio biográfico sobre el General Echagüe. Dice así:

«Un día de los primeros del año 1863, apareció en las aguas de Manila un vapor francés, y luego desembarcaba un Almirante, de su misma nación, solicitando inmediatamente una audiencia con el Capitán General. En ella le manifestó que la nueva colonia francesa pasaba por crisis dificilísima y que las autoridades temían verse muy pronto en el caso de tener que abandonar unas posesiones cuya conquista y ocupación tantos sacrificios había costado al Imperio.

Los cochinchinos, comprendiendo la debilidad de los franceses desde que los batallones españoles, que tantos laureles recogieron allí, habían regresado a Filipinas, estrechaban a los invasores con tantas fuerzas y tal furia, que sería imposible resistirlos el tiempo indispensable para que llegasen de Europa los refuerzos que se habían pedido. El Almirante, pues, solicitaba el envío inmediato de algunos batallones en auxilio de los franceses.

Pero el Capitán General de Filipinas tenía órdenes terminantes del Gobierno para no distraer un solo soldado de las atenciones de las islas. El Almirante, que no ignoraba la existencia de aquellas órdenes, rogaba, sin embargo, al General Echagüe que le sacara de situación tan apurada como en la que se veía, compromiso de honor de que iba a resultar se echase sobre el Gobernador de la colonia en primer lugar, la marina después, y, por fin, el Emperador, la responsabilidad de un abandono que realmente sería un baldón para la Francia. El Almirante llegó a hacer al General Echaglie responsable a su vez ante aliado tan sincero como Napoleón, de fracaso tan grave, de una desgracia de consecuencias tan trascendentales.

A tal punto llevó el marino francés su insistencia, que el General español se creyó en el caso de consultarlo a la Junta de Autoridades, y, no mostrándose acordes los que la componían de cargar con el compromiso de dirigir a Cochinchina con la mayor rapidez posible un batallón de hasta 1.000 hombres. Estos, en su totalidad filipinos, guiados por jefes y oficiales castillas, como ellos dicen, soportaron como siempre, con tal bizarría, que en una corta campaña desbarataron a los sublevados de Cochinchina y los redujeron a acogerse a los montes y pantanos, su abrigo favorito.

Las aptitudes marciales de nuestros isleños, la de resistir los efectos de un clima insalubre tan semejante al de su país, su sobriedad y el valor que les distingue, les proporcionaron triunfo igual al que en unión con los franceses habían conseguido en la campaña anterior, con gloria propia y de su patria España. Luego regresa- ron a Filipinas, donde les esperaba una gran ovación del pueblo, del ejército y de su Capitán general, que al obtener de su Gobierno la aprobación de su conducta, recibió del Emperador Napoleón la placa de Grande Oficial de la Legión de Honor.»

La despedida que se le tributó al General Echagüe al embarcarse para la Península fué de las muy pocas que se conocen en la historia civil y militar de aquellas islas. El elemento oficial era lo de menos en aquellos instantes. Lo que dió nota de un sincero entusiasmo y del gran cariño que aquel pueblo sentía por el General donostiarra, fué la explosión del sentimiento popular que unánimemente se exteriorizó de modo formidable en el muelle de despedida.

No sólo de la capital, sino de casi todas las provincias, acudieron representaciones para saludar y despedir al insigne General. Las lágrimas de la pena que en aquellas almas embargaba se confundían con los gritos de entusiasmo y las salvas de artillería. Fué una manifestación popular como nunca se vió, y de la que, tanto el pueblo filipino como el General Echagüe, guardaron recuerdo imborrable.

Embarcado el 23 de Marzo de 1865, llegó a Madrid el 8 de Mayo, con una salud harto resentida, efecto de los continuos disgustos y el clima de las islas Filipinas; y, sin embargo, ya para el 21 de Junio se encargaba del mando de una Capitanía tan importante como la de Cataluña, habiendo tomado posesión el 24 del mismo mes.

No pasó mucho tiempo en Barcelona, porque el 21 de Octubre fué nombrado Director General de lngenieros y, trasladado a Madrid, encargóse de su nuevo destino el 6 de Noviembre. Tristes sucesos obligaron de nuevo a Echagüe a desenvainar la espada en defensa de la Patria. Menudearon las insurrecciones y pronuncia- mientos. La indisciplina militar, que llegó a discutir y desobedecer aun los prestigios más sólidamente asentados, se reveló de modo alarmante, y batallones enteros salieron a la calle apostatando de sus principios y convirtiendo de nuevo esta triste e ingobernable nación en semillero de discordias y luchas intestinas.

Nombrado el General Echagüe el 4 de Enero de 1866 Comandante General de la división organizada para operar en las márgenes del Tajo contra los regimientos de Bailén y Calatrava, que al mando del general Castillejos habían levantado la bandera de rebelión, los persiguió y batió, obligándoles a refugiarse en Portugal. Esta campaña la hizo el General Echagüe juntamente con el general O ' Donnell, que por la Mancha operó contra las tropas rebeldes, superiores en número a las del Marqués de Duero, llegando, sin embargo, a un resultado feliz y, como acabamos de decir, la huída de los rebeldes a Portugal.

Aquí se vió claramente las profundas raíces que tenía aquella formidable rebelión, que si fué dominada por generales de tanto prestigio como O'Donnell y Echagüe, también fué a costa de esos mismos prestigios, que con aquellos sucesos quedaron muy quebrantados.

Echagüe, quien parecía había de constituir en todas las campañas el auxiliar más poderoso de O'Donnell, se prestó a este gran general para ayudarle en la terminación de aquella nefanda campaña, en que los cuarteles constituían centros y focos de insubordinación; y lo hizo eficazmente en la represión de San Gil, en las barricadas y en los pronunciamientos de Madrid y en toda aquella atmósfera revolucionaria que ahogaba por instantes guarniciones enteras con sus jefes a la cabeza.

Desde que O'Donnell recibió aquel famoso anónimo, precursor por lo general de actos viles y nefandos, la la revolución se hizo dueña de las calles y plazas de la corte. Decía así el anónimo: «Esta noche la revolución os dará la batalla y saldréis vencido». Pero O'Donnell no se intimidaba tan fácilmente.

Tanto él como Echagüe, eran espíritus serenos y fríos que jamás les arredró el peligro, y todo lo veían siempre con la misma serena tranquilidad de quien cumple con su deber y por nada y a nada teme. Realmente las calles y casas de Madrid parecían estar aquellas noches como en tinieblas, a causa de la poca luz que se veía en todas las viviendas.

Por los servicios que el General Echagüe prestó a la Monarquía con motivo de aquellos gravísimos sucesos de 22 de Junio, el Duque de Tetuán, siendo ya Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de la Guerra a su vez, le hizo saber en carta autógrafa que el Gobierno había acordado proponerle y la Reina aprobado que se le concediese un título de Castilla, que fué el de Conde del Serrallo.

Su hoja de servicios dice, sin embargo, que por Real decreto del 21 de Marzo tuvo a bien S. M. hacerle merced de título de Castilla con la denominación de Conde del Serrallo, para sí, sus hijos y sucesores legítimos, libre de gastos, por el mérito que contrajo en la campaña de Africa y especialmente en los combates sostenidos con su Cuerpo de ejército contra los marroquíes en los días 19, 20, 22, 24 y 25 de Noviembre de 1869, cuyos hechos de armas dieron por resultado la toma del Serrallo y las posiciones avanzadas que desde entonces formaron el territorio del campo de Ceuta.

El General Echagüe continuó en el mismo cargo de Ingeniero General hasta el 11 de Julio de 1866, que por su mal estado presentó la dimisión, quedando en situación de cuartel hasta fin del mismo año. Así continuó durante todo el año de 1867. Ya la revolución comenzó a cristalizar en hechos lo que años ha se estaba copiando en ideas; y aprovechando el momento de la debilidad del Trono, por la falta de hombres de acción y autoridad, comenzó a llevar a cabo los hechos más repugnantes que la historia recuerda. En aquella revolución estaban comprometidos gran número de militares de alta graduación, marinos y dotaciones de buques enteros.

El estado social que España presentaba se hallaba totalmente infeccionado por ideas destructoras del orden social. Las más nefandas teorías; los crímenes políticos más viles; las persecuciones más injustas y tenaces, todo lo encontraba justificada la revolución. Sin embargo, como dicen dos escritores de la «Historia de la Revolución», los Sres. Villarrasa y Gatell, la «revolución de Septiembre no ha sido en el fondo más que una lucha de hombres, de intereses, choque de ambiciones, rivalidad de miras puramente particularistas, presentado todo esto ante el país con el aparato de lucha de ideas y de principios.

En el gran circo de la política hemos visto por el espacio de seis largos años a estos gladiadores desgarrarse mutuamente, hasta que después débiles, desangrados, casi muertos se agarraban juntos al poder para repartírselo en pedazos.» En efecto, nada más exacto ni nada más triste que esta pintura de los historiadores Villarrasa y Gatell.

Porque hemos de declarar con la sinceridad de honrados trabajadores de la pluma, que si comparamos la revolución española con la francesa, de la que quiso ser la primera una imitación, al momento reconoceremos la enorme grandiosidad de la segunda sobre la primera. La revolución francesa, en medio de aquel mar inmenso de sangre y exterminio, mantuvo en todo su macabro desarrollo los chispazos del genio francés, chispazos que hicieron fulgurar en el inmenso espacio de la civilización moderna llamas y resplandores de principios que en la actualidad estamos en la necesidad de defenderlos.

De la revolución española ¿qué quedó?

Un trono derrumbado por debilidades y ambiciones egoístas; una nación paralizada en las vías de una paz progresiva, y al fin, nada duradero y estable. Serrano, Dulce, Caballero de Rodas, Prim, Topete, ¿quién más?

Casi podríamos incluir aquí a aquel González Bravo, a quien se le anunciaba, se le decía con todo género de pelos y señales los trabajos de los conspiradores, y, sin embargo, contestaba con razonamientos infantiles.

El General Echagüe no fué de los sublevados, ni de los revolucionarios, para honra y prez de su apellido y para gloria de su pueblo natal, San Sebastián. Durante la época en que se conspiraba de la manera más escandalosa desde Londres a Canarias y desde Cádiz a Madrid, Echagüe estaba de residencia en San Sebastián con el fin de abrazar a su familia, de la que tantísimos años estuvo separado en medio de un batallar sin descanso, como el lector lo habrá visto ya.

Y aunque el General Echagüe hubiese tenido noticias del levantamiento que se tramaba, nada ni nadie le hubiese hecho variar de su actitud, por convicción propia y por estar siempre aliado material y espiritualmente al Duque de Tetuán.

Así, que estando en San Sebastián como estaba descansando, se le trasladó su cuartel a las Baleares, y el 4 de Octubre fué nombrado Capitán General de aquellas islas, habiendo dirigido al pueblo balear una alocución en la que hacía pública protesta de su adhesión al trono, y su ausencia absoluta de los planes de la conspiración y del movimiento revolucionario. Con este acto de soberana independencia, que debió de ser aplaudido hasta por los mismos revolucionarios, por la lealtad y sinceridad, demostró Echagüe que aunque triunfante la revolución, él no abdicaba de las ideas sustentadas y defendidas siempre con las armas en la mano. ¡Rasgo admirabie de consecuencia y amor a las instituciones!

Sabía demasiado del mundo y de las cosas para que Echagüe se lanzara a aventuras, que nunca tuvieron otra finalidad que desangrar de nuevo la nación española. Hubiera podido hacerlo y, sin disputa, con tanto o mayor prestigio como cualquiera de aquellos corifeos de la sublevación. Su vida de sacrificios en aras de la Patria otorgaban al valiente general el éxito de cualquier movimiento que quisiese llevarlo a la calle.

Pero Echagüe tenía una conciencia. Aquella conciencia era patriótica, y ella demandaba de consuno el mayor y más leal de los sacrificios. Mantenerse a pie firme con su espada, viniese lo que viniere, antes que lanzarse él por un despeñadero. Que no otra cosa más que esto último fué lo que hicieron sus compañeros de armas, ante Europa y ante España.

Fué Echagüe, en esto, un basco en toda la extensión de la palabra. Su carácter sereno y la observación que hizo de la vida durante los momentos más aciagos de la historia de España convivieron con él de manera que pudiera huir siempre de los delirios teóricos, de las utopías y de las ideologías que, ni en Francia ni en España, sirvieron siempre, más que para ensangrentar sus patrias respectivas.

Siendo él un carácter progresivo, y amigo entusiasta de cuanto positivamente, en todos los órdenes, se limitase a engrandecer su Patria, jamás, sin embargo, llegó ni le hubiesen llevado a la claudicación y al abandono de unos deberes, que el juramento que hizo a la bandera lo demandaban.

Nada de progreso aparente. Nada de empresas suicidas. Nada de ir a la abyección y al desorden.

Valía mil veces más, ante el fuerte y concienzudo criterio de Echagüe, defender lo bueno que entonces tenían, para ir mejorando dia por día y hora por hora. Valía más no quedarse con el statu quo, que eso nunca se puede hacer ni se hace de hecho en la escala sucesiva de las generaciones, con sus usos, costumbres y legislación, sino contribuir ante el derecho y la vida constituída a un mejoramiento de continuidad moral y de reforma conveniente.

Siendo el General Echagüe, por su ilustración, por su excesiva modestia, por aquella sencillez que sólo va inherente a las almas grandes y nobles como él, un carácter eminentemente popular, no fiaba de los nombres y de las etiquetas que cuatro ideólogos pudiesen colocar sobre fórmulas más o menos pregonadas de sus elucubraciones de gabinete, con el nombre de progreso.

Amante del pueblo y de su bienestar, huyó siempre de la demagogia y de la agitación sin conciencia. Su espada envainada, acompañada iba siempre de aquel sentido realista de los hombres y de las cosas. Cuando resplandecía fulgurante bajo los rayos del sol y ante el enemigo, ansioso de arrebatársela de las manos, aquella espada era la evocación constante de un patriotismo hermanado siempre con el deber y la conciencia de todo un carácter.

Sobre aquellos ríos de sangre, que las sublevaciones, los pronunciamientos, las guerras civiles, hicieron correr por las vías paralizadas al progreso efectivo de toda la nación, y con la responsabilidad terrible y eterna de aquellos descabellados neurasténicos, flota un signo; ese signo es el perdón de la nación. Sobre la frente de Echagüe, rodeada de una aureola de intenso patriotismo, fulgura la eterna luz del deber cumplido.

Pero no continuaremos en esta pequeña digresión, que nos ha traído el comentario que indefectiblemente a los hechos que relatamos había de seguir. Y justo era que en este curso de su vida hiciésemos constar la honorabilidad y la pureza de sus intenciones y de sus actos, que si siempre amaron el progreso, siempre también maldijeron la revolución.

Muerto ya el general O'Donnell, aquel hombre para quien Echagüe tuvo toda su más acrisolada lealtad, Echagüe fué trasladado a la Dirección General de lngenieros, y por Real orden de 4 de Diciembre de 1859 fué nombrado Vocal de la Comisión Consultiva de las reformas que debían introducirse en el régimen gubernativo y económico de las islas Filipinas, cuya Comisión desempeñó hasta que aquélla fué sustituída por el Consejo de las mismas creado en el Ministerio de Ultramar.

Hasta el 30 de Mayo continuó el General Echagüe en su destino de Director General de Ingenieros, que por orden de la misma fecha fué destinado al ejército de operaciones del Norte para sustituir al General en Jefe del mismo, Duque de la Torre. Por decreto del 5 de Junio fué nombrado General en Jefe del ejército del Norte, conservando, sin embargo, el cargo de Ingeniero General. En la misma fecha y en certificado de la Secretaría de! Senado, le fué notificado el nombramiento de Senador por Puerto Rico, y el 11 del mismo mes otro certificado de haber obtenido el número 4 para ser reemplazado.

Los días 17 y 19 de Junio le fueron admitidas las dimisiones que presentó de General en Jefe del ejército, del Norte y del cargo de Director General de Ingenieros respectivamente, y por orden del día 20 fué autorizado para fijar su residencia en Madrid, en situación de cuartel. Así permaneció durante todo el año de 1873, hasta que por decreto de 5 de Enero de 1874 fué nombrado Director General de Artilleria, continuando en dicho elevado cargo hasta que, el 6 de Abril, fué destinado a las órdenes del Comandante Jefe del tercer Cuerpo del ejército del Norte, D. Manuel Gutiérrez de la Concha, para el mando de una división, sin renunciar, no obstante, al cargo de Director de Artillería.

La nueva guerra que se había encendido en España, guerra fratricida y espantosa, provocada en parte por los elementos revolucionarios, que a toda costa querían imponer sus ideologismos, adquiría caracteres de tanta o mayor alarma que la primera. Si los elementos revolucionarios cometieron y cometían desmanes de todo género en Madrid, la respuesta dada por los partidarios de D. Carlos fué extremadamente sangrienta. ¡Difícilmente hubiera podido sostenerse otra nación, y, sobre sostenerse, vivir progresivamente, ante toda aquella serie de catástrofes que fueron sucediéndose desde la muerte de Fernando VII!

Causa espanto contemplar toda aquella, al parecer, inacabable continuidad de calamidades. Y, sin embargo, ante ei pendón levantado por los partidarios de D. Carlos, tenía que colocarse enfrente la bandera de la Monarquía y de la Reina. Ante los generales carlistas, los generales del Ejército español.

De nuevo, pues, Echagüe acudió al campo de batalla con la espada desenvainada; de nuevo hemos de presenciarle enfermo y herido y batallando, sin embargo, por su bandera, por los principios, por su fe. Ante aquella continuada gravedad de los sucesos, Echagüe, que había alcanzado ya los primeros puestos de la mili- cía, ofrecióse, sin embargo, en holocausto de la Patria, a servirla sin condiciones, y, poniéndose a las órdenes del general Concha, tomó el mando, como Comandante General, de la primera división del Norte.

Rodeado el Marqués del Duero de generales de gran prestigio, no titubeó un momento en aconsejarse del General Echagüe para los planes de la nueva campaña, pues a una larga práctica y experiencia unía el general donostiarra antigua amistad con el Marqués del Duero.

El primer hecho de armas que se cuenta como los preliminares del levantamiento del sitio de Bilbao, es la acción de Otañez, el día 27, y la de Muñecaz, el día 28, al frente del costado derecho del ejército. Batalla tenaz y dura esta última, en la que Echagüe tomó parte muy activa, llegando a tomar a las cuatro de la tarde todas las trincheras enemigas, excepción hecha de una cuya altura colosal le hacía poco menos que inexpugnable y donde el enemigo se defendía con mayor tenacidad.

Pero el día 6, habiéndose puesto al frente de la división de su mando en una brillantísima carga a la bayoneta, según hizo constar el Marqués del Duero en su parte oficial, consiguió hacer huir al enemigo.

El día 29 comienza aquella serie de brillantísimas operaciones por la acción de Galdames, marchando el General Echagüe con doce batallones por la cresta de la cordillera que domina todo el valle, envolviendo de ese modo la linea enemiga. El 30 protege la marcha del resto del ejército por un desfiladero que conduce a San Pedro de Galdames, y cuyo paso dura por lo menos tres horas. Esta operación, costosísima de suyo y a hora avanzada de la noche, como la llevó a cabo el General Echagüe, bajo un temporal de lluvias y vientos que al fin quedó convertido en una espesísima niebla, quedó felizmente terminada a las doce de la noche misma. Para que se vea una vez más la confianza que el General Echagüe inspiraba a sus compañeros de armas, el Marqués del Duero, que había tomado el mando del ejército, dispuso en la orden general del 5 de Mayo que el General Echagüe se encargase del mando del tercer Cuerpo, que él dejaba vacante. Prueba inequivoca de las grandes dotes, del valer, ilustración y condiciones del caudillo donostiarra.

Ya en este cargo, tan dificil como importante, debía dedicar sus esfuerzos y todo su talento a él, y por decreto del 16 de Mayo cesó en el cargo de Director General de Artillería.

En estos momentos, Navarra era la provincia que más cuidado inspiraba al Gobierno, por haberse convertido este país en el núcleo principal y más importante de las huestes del pretendiente. Y Echagüe, que en todas las guerras era llevado a los puntos de más peligro y responsabilidad, fué también en esta ocasión nombrado Jefe de las fuerzas de aquel territorio el 25 de Mayo, restablecida ya para entonces la Capitanía General de Navarra, mando que se le confirió por decreto de 1.º de Junio. Continúa Echagüe su brillante expedición guerrera, sin que ni la edad, ni los achaques que ya empezaba a sufrir, consecuencia de su estancia en Filipipinas, arredraran en lo más mínimo su carácter y su valor.

Hace un reconocimiento general de las posiciones de Villarreal y Arlabán, y desde Ulibarri-Gamboa marcha a través de Navarra, con la brigada Espina, dos baterías montadas y dos batallones de Infantería, y lleva a cabo aquella memorable expedición que se dirigía a impedir la expedición militar que el enemigo realizaba con el nombre de Aragonesa, a las órdenes de Lizárraga.

Realizada aquella gran operación militar con el éxito que a todas las empresas imprimía el General Echagüe, concurrió los días 25, 26, 27 y 28 a los combates de Estella, donde cayó muerto su jefe, el Marqués del Duero, en Montemuro. Echagüe, que se había ya indispuesto de modo alarmante en el curso de esta campaña, no abandonó, sin embargo, el campo de batalla, y asediado por calenturas, bajo la acción de una fiebre que parecía llevarle por momentos a la muerte, seguía el curso de las batallas, dando órdenes desde el mismo lecho donde descansaba.

Las gravísimas circunstancias que concurrieron con la muerte del Marqués del Duero; la división en el Ejército, que cada día se acentuaba más y más; la duración interminable de aquella tremenda campaña, fueron causa suficiente de una honda preocupación por parte del Gobierno y los elementos monárquicos del país. Sólo una esperanza quedaba, y bien fundada, por cierto. La del General Echagüe.

Y, en efecto, enfermo y todo, asumió después de la catástrofe del Marqués del Duero la responsabilidad del mando en jefe del ejército, con cuya investidura continuó aquella memorable retirada tan admirablemente dirigida por el caudillo insigne General Echagüe y que tenía en aquellos peligrosísimos momentos una doble y transcendental importancia. De tal modo fué importante y en preciso momento aquella retirada, después de empeñadísimos y sangrientos combates, que, juzgada por todos los oficiales generales allí presentes, se consideró indispensable, dadas las condiciones morales y materiales en que había quedado aquella fuerza después de las citadas jornadas.

Después de la muerte del Marqués del Duero, sin una voluntad firme y una certera y pronta resolución como la llevada a cabo por el General Echagüe, el ejér- cito hubiera sido llevado a tan horrorosa catástrofe, que no es posible predecir lo que hubiese podido ocurrir después. Prueba evidente del talento militar de Echagüe y la serenidad y sangre fría que mantuvo al ordenar la retirada, llevada a cabo con orden y disciplina, que en la orden superior que recayó el 7 de Julio se lee el siguiente párrafo honrosísimo para el ilustre General Echagüe, y que lo tomamos íntegro de su hoja de servicios.

Dice así: «Las dificiles circunstancias en que vuecencia se hizo cargo del mando del ejército del Norte, verificando con hábil pericia y dotes nada comunes la retirada de las tropas, que se ejecutó merced a sus acertadas disposiciones sin perder un solo cañón, ni un carro, ni una acémila de las muchas que acompañaban al ejército, lográndose tan ventajosos resultados por el tacto, respetabilidad y energía de V. E., que al sobreponerse a aquellas difíciles circunstancias, ha añadido nuevos timbres a los muchos que tiene adquiridos en su dilatada carrera. Esta es la expresión de la justicia que se debe a sus altos merecimientos, reconocidos y apreciados por el Presidente del Poder Ejecutivo y su Gobierno...., etc.»

Minada ya la salud del General Echagüe por aquella continuada vida de agitación y de continuas campañas militares, y dolorido por los sucesos acaecidos en España durante aquellos últimos aiios, presentó la dimisión por motivos de salud, que le fué admitida por decreto del 10 de Julio, concediéndosele el cuartel con residencia en Madrid. Así continuó hasta el 19 de Septiembre, que fué de nuevo nombrado Director General de Artillería, desempeñando dicho cargo hasta fin de año.

Nada se consiguió, sín embargo, para la pacificación de los espíritus, y aquellos momentos de turbación republicana apenas sirvieron más que para convertir la nación en unos períodos de anarquía espantosa, que a todo trance había que corregir. Ni la fuerte acumulación del ejército en el Norte, ni la ampliación de los planes de campaña, ni el deseo firmísimo que había en el Gobierno de acabar con la guerra, costara lo que costase, dieron resultado alguno. La nación iba de mal en peor, hasta el momento feliz de la Restauración, a cuya sombra la paz fué un hecho y España parecía comenzar a vivir vida de paz y sosiego.

Ya para entonces Echagüe, el 29 de Diciembre del año anterior, presentó, por delicadeza y caballerosidad excesivas, la dimisión del cargo de Director de Artillería, dimisión que no le fué aceptada por el Gobierno de la Regencia el 8 de Enero de 1875. Por Real orden de 30 del mismo mes le fué concedida la pensión de 1.500 pesetas anuales por la gran cruz de San Hermenegildo y abonable desde el 4 de Diciembre anterior, en que por antigüedad le correspondió.

Eran entonces deseos vehementísimos del Gobierno comenzar por las provincias del centro de España la terminación de la guerra, y al efecto se propuso reconcentrar allí un núcleo poderoso de refuerzos, nombrando al General Echagüe, por Real orden del 19 de Febrero de 1875, General en Jefe del ejército del Centro, pero reteniéndole a su vez en el importante cargo de la Dirección General de Artillería.

La situación era en aquellos momentos de lo más apurado y grave. El ejército carlista podía decirse que era dueño de casi toda España. Un golpe de audacia, y la capital de España era de los carlistas. Estaban las vías rústicas conducentes a la capital como monopolizadas por el ejército carlista. Comprendieron esta situación en Madrid, y buscaron la paz por todos los medios, y aprovechándose de la buena disposición en que para ella se hallaban algunos jefes de la insurrección.

Claro es que enviaron a Echagüe para que operase en el Centro, pero como el Gobierno veía que Cataluña demandaba más fuerzas porque seguramente no se encontraría en mejor disposición que el Centro, distrajo de alli 4.000 hombres. Esto disgustó mucho a Echagüe por la tremenda responsabilidad que envolvía para el éxito de las operaciones a él encomendadas. Y, sin embargo, a pesar de todo, el 22 de Febrero de 1875 atacó en un combate con denuedo las posiciones que los carlistas creían tener inexpugnables, en Cervera del Maestre, y desde las cuales eran dueños de una inmensidad de terrenos.

Hubiera seguramente Echagüe castigado con dureza a cuantos facciosos se hallaban en aquellos lugares, y acaso conseguir desalojarlos de sus posiciones todas. Pero le faltaba gente. A las continuas reclamaciones que hacia a Madrid, nada le contestaban, hasta que, ya cansado de esperar, y convencido de que en aquella forma no podría ir más que a comprometer el ejército, llevándole a una carnicería, optó por lo más decoroso y digno, dimitiendo el cargo de General en jefe de operaciones del ejército del Centro el 22 de Mayo. Hasta esta fecha estuvo al frente de sus tropas. Despidióse de ellas con una sentidísima orden general, y, regresado a Madrid, se hizo cargo de la Dirección General de Artillería, en cuyo desempeño llegó hasta finalizar el año.

Había llegado el momento culminante de la paz, por decirlo así; en uno y otro ejército, en toda la nación, en las aldeas y en las ciudades, era unánime el sentimiento que embargaba a todas las almas por la paz, ante el triunfo de la Restauración. Nadie esperaba ya el triunfo de D. Carlos, sobre todo después que se hicieron públicas las gestiones que sobre el pretendiente realizaban sus mismos defensores. Costó mucho, sin embargo, convencer a las masas, especialmente del Norte; hacerles abandonar aquellas bayonetas que aun parecían estar manando gotas de sangre, de batallas recientes. Estaban vivas y fuertes todavía aquellas tropas, disciplinadas y entusiastas, para dejarse vencer. Prueba de esto fué el esfuerzo grandísimo que sus jefes se vieron obligados a hacer cerca de ellas, con temores de insubordinación. Y aunque al fin cedieron, no fué cesión incondicional, sino bajo juramento de que se habían de respetar los Fueros del País Basco-Navarro.

Echagüe continuó en su cargo de Director General de Artillería hasta el 16 de febrero de 1876, que se dispuso por Real orden se incorporase al Cuartel Real para ser de nuevo empleado en el ejército del Norte. Por una nueva Real orden del 24 del mismo mes, fué nombrado Comandante General de Artillería de los ejércitos reunidos bajo el mando de S. M., en cuyo puesto continuó las operaciones de campaña hasta la feliz terminación de aquella guerra, regresando a Madrid y haciéndose de nuevo cargo de la Dirección de Artillería, en cuyo destino continuó hasta fin de año.

Ya el 27 de Marzo juró el cargo de Senador por la provincia de Guipúzcoa, a la que profesaba culto idolátrico, habiendo sido admitido en tal cargo el 22 de febrero anterior. Y aquel mismo año de 1876 fué cuando Echagüe recibió una de esas distinciones que, si por sí solas honran en grado altísimo a una persona, después de lo que hizo Echagüe por su Patria, con aquella historia tan brillante y tan heroica, tan honorable y llena de extraordinarios merecimientos, la elevan a un nivel cuya cúspide piérdese en horizontes de intensas luminarias. Por Real decreto del 12 de Abril se le hizo la merced de Grandeza de España, cuyo documento dice así: «Tomando en consideración los muchos servicios prestados por el Teniente General D. Rafael Echagüe y Bermingham, desde que empezó hasta que ha terminado felizmente la pasada guerra civil, durante la cual ha mandado en jefe los ejércitos del Norte y del Centro, distinguiéndose extraordinariamente en la toma de las alturas de las Muñecaz, que tanto contribuyó al levantamiento del sitio de Bilbao, quebrantando luego con escasísimas fuerzas a las facciones del Centro, y sorprendiendo y batiendo el grueso de ellas en Cervera del Maestre, sin contar otros varios hechos distinguidos y dignos de recompensa, que ninguna han obtenido todavia; a propuesta del Ministro de la Guerra y de acuerdo con el Consejo de Ministros, vengo en hacerle merced de Grandeza de España, para sí, sus hijos y sucesores legítimos, unida al título de Conde del Serrallo, que obtuvo por sus merecímientas en a guerra de Africa.»

Por Reales órdenes de 17 de Mayo, se le concedió el uso de las medallas de Alfonso XII con el pasador de Oria, y de Bilbao con el pasador de Muñecaz y Galdames. Por otra Real orden del 27 de julio se le concedió el uso de la medalla de la Guerra civil con el pasador de Muro. En 30 de Noviembre se cubrió de Grande, según consta en certificación de igual fecha, expedida por el Secretario de la Real Estampilla, y ya en plena paz, a la sombra de la Restauración, vamos a ver de nuevo al glorioso General donostiarra ocupando los más elevados puestos de la milicia, y al lado siempre de aquel Rey esforzado y valiente; de ilustración y gran talento; generoso y patriota corno el que más, que se llamó Alfonso XII.

* * *

Nos permitiremos, sin embargo, hacer algunas ligeras reflexiones. Llegó, por fin, la tan ansiada paz; es verdad. Toda la nación gritaba unánime: ¡Viva Alfonso XII! ¡Viva la Restauración! Pero como una región por su importancia y su situación política jugó importantísimo papel, a ella vamos a dedicar este capítulo a modo de continuación histórica.

Extraordinarios fueron los esfuerzos del Gobierno para llegar a conseguir la paz. El carlismo se hallaba enseñoreado de España; y las regiones más importantes, como Cataluña, Navarra y las Vascongadas, constituían regiones de un poder formidable. Sin embargo, existía un medio de conseguir, si no acabar en el acto, por lo menos dividir mucho las fuerzas carlistas. Si el país basco se levantó en armas porque le dijeron que peligraban su Religión y sus Fueros principalmente, el medio conducente a la pacificación era el de prometerle sus venerandos Fueros, a cambio de que depusiera su actitud belicosa.

Cansadas, según decían, de tanto batallar las fuerzas carlistas, deseosos de acabar con la guerra algunos jefes de la insurrección, el Gobierno se aprovechó de estas circunstancias y prometió el mantenimiento de los Fueros. La promesa excitaba codicia a aquellos batallones bascongados, que si dieron su sangre por D. Carlos, es porque D. Carlos les había prometido y hasta jurado guardar sus Fueros.

Era el momento tan culminante a la vez que trascendental; se había hecho ya tal publicidad sobre la traición de algunos jefes carlistas, que al fin, y no con pocas dificultades, las masas se colocaron en una actitud de cierta transigencia. Pero no estaba la empresa aún terminada, ni mucho menos.

La campaña de pacificación comenzó subrepticia- mente allá por el año de 1875, y la guerra no terminó hasta el 1876. Fueron necesarios grandes sacrificios de dinero y de diplomacia; de reflexiones muy hondas acerca de la suerte del país si aquella guerra continuaba; la enorme responsabilidad que caería sobre aquellos que aun se empeñaban en demorarla, y así sucesívamente. Hasta que tras una labor consecutiva, enorme y tenaz, consiguióse destacar un cuerpo de ejército carlista al grito de Paz y Fueros, rindiendo al poco tiempo homenaje a este glorioso lema aquellos valientes e incansables batallones que hasta entonces pelearon como leones en los campos de batalla.

La retirada del ejército carlista fué el principio de la paz. Pero también el derrumbamiento de todo un régimen político social. Apenas el resto de la nación se había dado cuenta de la pacificación de nuestro país. Apenas había huído el temor de nuevo levantamiento y de guerra carlista, cuando una campaña violentísima por parte del pueblo y de la prensa comenzó contra las seculares instituciones del país basco.

Como hemos dicho en otro anterior capítulo, el primer golletazo lo recibieron después de la guerra de los siete años. Y ahora, el año 1876, comenzaba la campaña de difamación contra este solar, hasta la destrucción total del régimen foral. Era evidente que en aquellos momentos aciagos para este país, con multitud de familias arruinadas, fortunas acabadas, paralizada la industria y el comercio; sin agricultura, y desangrado el país totalmente, se hacia poco menos que imposible un nuevo levantamiento en defensa de los Fueros. No, sin embargo, porque faltasen ganas a muchos hijos del país, que, sin ser carlistas, sentían correr por sus venas sangre bascongada. Llegando hasta el extremo de que muchos que habían figurado en los batallones de voluntarios, muchos liberales que hasta entonces habían derramado generosamente su sangre por la Reina y por el Gobierno, se preparaban a un levantamiento contra la supresión del régimen foral.

La campaña de la prensa continuaba incesante de insultos y de calumnias. Una ignorancia supina del régimen foral y de este país campeaba en toda aquella extemporánea cruzada. Los momentos eran solemnes y en el país basco se defendían sus instituciones con tenacidad.

La suerte deparó a aquel estadista, D. Antonio Cánovas del Castillo, para colocarse poco menos que al frente de aquel movimiento injusto contra este país y ser el instrumento eficaz para la anulación del régimen foral. Pero antes de hacer comentario alguno por nuestra parte, hemos de exponer aquí el criterio y opinión del Sr. Cánovas del Castillo sobre aquellas inolvidables instituciones bascas. Así el público lector podrá analizar mejor que con nuestro modesto comentario, si el estadista ilustre se mantuvo en tan memorable ocasión a la altura de su reputación y de su saber.

Et Sr. Cánovas del Castillo, en el prólogo de la obra de Rodríguez Ferrer «Los Vascongados», dice así en uno de sus más salientes párrafos:

«Las libertades locales de los vascongados, como todas las que engendra y cría la Historia, aprovechan a los que las disfrutan, y a nadie dañan.»

Y después, en la discusión del Congreso, decía; que «sin la sangre que han derramado los miqueletes, sin la defensa heroica de sus más importantes capitales, ¿qué hubiera sido, no de nosotros, sino del liberalismo español y de los enemigos de sus Fueros?»

Es decir, que por un lado se presenta como partidario de los Fueros, puesto que, según dijo en el libro «Los Vascongados», a nadie dañaban. Más tarde, en pleno Congreso, ensalza la heroicidad de los valientes miqueletes, en lucha contra las huestes carlistas, probando una vez más con este criterio que el país bascongado, si bien fué foco importantísimo de la insurrección, también supo defender con ríos de sangre a la Reina y al régimen constitucional.

Y cuando llega el momento que la serena frente del estadista debe mirar justicieramente la avalancha de los sucesos que ante su vista se presentan; hacer valer su criterio, y oponerse a todo cuanto suponía coacción y presión, despotismo y malquerencia, en aquellos días de 1876; entonces el estadista que se decía ser enérgico, desmintiéndose a si mismo y desmintiendo cuanto de víspera dijo en libro y discurso, borra toda una brillante, brillantísima historia estampando aquella despótica frase: «Cuando la fuerza causa estado, la fuerza constituye derecho, y es fuente de derecho en la Historia».

Cánovas del Castillo, entonces, lo olvidó todo.

Olvidó a Lersundi y a Echagüe, a aquellos valientes y heroicos generales a quienes tanto debe la Restauración y la Monarquia; olvidó a los voluntarios bascongados; olvidó a aquellos Tercios que también fueron a Africa a defender los derechos de España; olvidó toda la historia de un país cuyos servicios a la Corona espaiiola son incontables y gloriosos; olvidó, en fin -y aquí está la tremenda injusticia-, que si el país basco fué foco de insurrección carlista, también lo fueron Aragón y Castilla; también lo fué Cataluña; también lo fué Valencia; en una palabra, lo fué España entera, porque en toda la nación contaba D. Carlos con fervorosos partidarios.

¿Cuál fué el motivo de la supresión del régimen foral en nuestro pais? Sería demasiado extensa la respuesta para que nosotros tuviéramos que darla en este estudio biográfico; pero no podemos menos de ver, doloridos en nuestra fe y en nuestros sentimientos de bascongados, aquella campaña calumniosa de la Prensa de casi toda España, y la debilidad con que Cánovas del Castillo procedió en un problema de tal magnitud. El 21 de Julio de 1876, tras un clamoreo incesante de la ignorancia y la envidia, Cánovas del Castillo firmó aquel decreto contra el régimen foral.

La defensa que en las Cortes españolas hicieron los representantes del País Basco, si no de tanta verborrea como los discursos de sus enemigos, fueron por lo menos bastante más sinceros, sin que por ello cediera lo más mínimo la intransigencia antiforal con Cánovas del Castillo a la cabeza.

Merece que hagamos mención especial en estas líneas del general Lersundi (D. Francisco); de aquel insigne orador; de aquel ilustre hombre público asturiano que se llama D. Alejandro Pidal y Mon, cuya defensa y discurso elocuentisimos probaron una vez más en aquel honrado político su patriotismo, elocuencia y conocimiento extenso y verdadero de la historia del país bascongado. Decía así: «.....Aquí, en todos los que han intervenido en contra de los Fueros, parece que no tienen otro ideal que el estrecho egoísmo de Sancho Panza..... Para llevar a cabo el propósito, hay que violar el derecho..... Un solo derecho podría alegarse para llevarse a cabo el proyecto de que se trata: el derecho terrible de conquista».

Otro hombre eminente también y publicista insigne dió la simpática nota de adhesión y entusiasmo por el régimen foral, rechazando desde las columnas del Diario de Barcelona, primero, las malévolas campañas que se hacían contra el país bascongado, y publicando en fonna de folleto, más tarde, estudios acabados de derecho foral y, sobre todo, de sentido común. Este gran publicista fué Mañé y Flaquer, a quien también el país basca le tiene en el más lamentable de los olvidos. Mañé y Flaquer no solamenle defendió al país basco y combatió aquel insigne error de D. Antonio Cánovas del Castillo, sino que, adelantándose a éste, en la visión de futuros sucesos políticos y sociales, terminaba con estas fatídicas palabra> uno de los capítulos del folleto que dió a luz, diciendo: «Un contrato se modifica o se rescinde, pero no se rasga. Vean los antifueristas si, dada la situación actual, le conviene a España tener un ángulo de sus fronteras convertido en una Alsacia-Lorena».

El resultado de aquella desastrada y segunda guerra fué la pérdida total de las libertades bascongadas, acentuada cada día más con la indiferencia del país, preocupado en empresas industriales, invadido por el espíritu cosmopolita y con ausencia casi absoluta de un ideal y de una doctrina característica. Bajo su aspecto social, el país quedó total y absolutamente destruido en sus campos y en sus ciudades, en sus villas y en sus aldeas. Y, sin embargo, tan fuerte ha sido la energía de la raza, que, desde el 76 para acá, todo el país se ha convertido en inmensa urbe progresiva, floreciente y trabajadora, teniendo convertidos sus capitales, pueblos y provincias en lugares donde el trabajo constituye patrimonio de bienestar y paz fecunda.

Fué la sombra de la Restauración la que contribuyó a que el país basco desarrollara sus facultades morales e intelectuales del mismo pujante modo que años antes desarrolló sus facultades guerreras. Y así sucede en la actualidad, que no sólo industrial y materialmente va demostrando el país basco lo que es y vale, sino que con idénticos bríos en las luchas de la inteligencia; literatura, arte, ciencias y las múltiples ramas del saber humano, los hijos de este solar triunfan en ruidosos certámenes de España y el Extranjero.

* * *

Pasado aquel año luctuoso para el país basco de 1876 y restablecida la paz, después de la célebre discusión sobre los Fueros, nuestro biografiado el General Echagüe continuó de Director de Artillería el año 1877, hasta que, por Real decreto de 15 de Enero, fué elevado al importantísimo cargo de Comandante General Director del Real Cuerpo de Guardias Alabarderos, cargo ejercido anteriormente por las más prestigiosas personalidades de la milicia y considerado siempre como uno de los más altos y codiciados puestos a que en la carrera de las armas se puede aspirar.

Así continuó Echagüe durante todo el año, acompañando a S. M. el Rey D. Alfonso XII en los viajes que efectuó a Cartagena, Andalucía, Baleares, Asturias, Galicia, Salamanca, Zamora y Sevilla, en cuyas capitales, y efectuando actos nobilísimos de abnegación y patriotismo distinguióse de modo extraordinario el Rey D. Alfonso XII, que si el Cielo no quiso continuara siendo Rey de una nación como la española, en cambio permitióle en el poco tiempo que vivió, dar muestras de una generosidad y sentimientos cristianos como ningún soberano ha podido superarle.

Alfonso XII lo mismo en las inundaciones de Murcia, como en los terremotos de Andalucía, como en los hospitales de Aranjuez, como en los naufragios de las costas cantábricas, como en toda aquella situación desgraciada que sospechaba hallábase su país, acudía presto a mitigar el dolor con su poderoso influjo, cuando no personalmente, despojándose de todo boato y esplendor, inherentes a su regia alcurnia. Fué un gran Rey; un Rey de bondad extrema y de nobilísimos sentimientos, no tan enaltecidos como debieran serlo por esta despreocupada nación española, que tan pronto sabe olvidar a los que sacrificaron por ella en más de una ocasión, comodidades, y la propia vida, expuestas inminentemente en aras de sus súbditos.

En la jornada de San lldefonso y del Pardo acompañó también el General Echagüe a S. M., desempeñando en este último punto el cargo de Comandante General, continuando a su regreso a Madrid en el de Comandante General de Alabarderos. Otro nuevo y elevado cargo le fué otorgado al ilustre General Echagüe. fué éste el de Senador vitalicio por Real decreto de 10 de Abril de 1877, cargo que le fué admitido por el Senado en la sesión del 30, prestando Echagüe juramento el 1.º de Mayo. Durante todo el año de 1878 continuó en el cargo de Comandante General de Alabarderos, acompañando también a S.M. el Rey en la jornada de los Reales Sitios del Pardo y de San Lorenzo, desempeñando también el cargo de Comandante General.

Cuando el Rey D. Alfonso XII hizo aquel viaje tan memorable con objeto de visitar el ejército del Norte, Echagüe acompañó también a S. M. Y por Real orden del 11 de Mayo de 1878, y ante el magno suceso que se avecinaba en España de los esponsales del Rey, Echagüe fué nombrado para asistir como testigo a las capitulaciones matrimoniales que habían de celebrarse con motivo del regio enlace con la que hoy es Madre Augusta de nuestro amado Monarca S.M. el Rey D. Alfonso XIII, la Reina D.ª María Cristina de Hapsburgo; egregia dama que como esposa demostró un cariño y talento incomparables al lado de aquel malogrado Rey; y una resignación de heroica cristiana más tarde en los fatales momentos de la acerba enfermedad que poco a poco, hasta la muerte fué corroyendo el organismo de D. Alfonso XII. Durante el triste período de su Regencia especialmente, dió pruebas de ser Reina esclarecida por sus virtudes y por su talento; madre modelo de mujeres, cuyo ejemplo fué asombro de todos los espafioles. Sean estas líneas como tributo de respeto y admiración que rendirnos a la Reina Augusta, nobilísima y sapientisima, en el año conmemorativo del Centenario de la quema y reedificación de San Sebastián, ciudad para la que tan singulares distinciones hubo siempre otorgado.

Continuando a su vez en el mismo destino el General Echagüe, acompañó a S. M. en el viaje que hizo al vecino reino de Portugal y el que efectuó también a Sevilla, Murcia y Cartagena, permaneciendo durante algún tiempo de jornada en el Real Sitio de San lldefonso, donde también ejerció el cargo de Comandante General. Y ya el 11 de Junio de 1870 y por Real orden se le concedió el uso de la gran cruz de la Orden de la Concepción, otorgada por S. M. el Rey de Portugal.

Continuamente al lado de S. M. el Rey D. Alfonso Xll, para quien el General donostiarra sentía un respeto y un entusiasmo rayanos en la idolatría, le veremos al ilustre General donostiarra acompañar al regio matrimonio de D. Alfonso XII y D.ª María Cristina, al Real Sitio de Aranjuez, y posteriormente al de San lldefonso de Comandante General el año 1880. Prueba evidente y testimonio insigne de la gran estima y consideración que siempre sentían hacia el General Echagüe las Reales personas.

Continuó el año 1881 en igual destino estando de jornada en el Real Sitio de San lldefonso, Galicia y Co- millas, acompañando a S. M. en su expedición a Valencia de Alcántara y Cáceres y en su regreso a Madrid. Tanto en una como en otra expedición fué Echagüe de Comandante General de Alabarderos. De nuevo acompañó, ejerciendo el mismo elevado cargo, a S. M. el Rey D. Alfonso XII al reino de Portugal y provincias andaluzas el año de 1882, permaneciendo posteriormente en el Real Sitio de San Ildefonso, también de Comandante General.

Por méritos contraidos en el último viaje a Portugal le fué concedida por, S. M. el Rey de la citada nación la gran cruz de San Benito de Abís el 7 de Febrero, habíéndosele autorizado su uso por Real orden de 15 de Febrero, lambién de 1882. El año 1883, continuando en el mismo destino, nada memorable recordamos que valga la pena de citar, fuera de la jornada con SS. MM. en el Real Sitio de San lldefonso, en la forma y cargo de ocasiones anteriores. Así continuó el General Echagüe los años de 1884, 85 y 86; año esle último que por última vez también, desempeñó, desde el 12 de Julio hasta el 25 de Septiembre el cargo de Comandante General del Real Sitio de San lldefonso.

Llegando ya al final de aquella preclara vida tan llena de merecimientos y servicios extraordinarios, llevados a cabo en aras de la Patria y de la Monarquía. Echagüe que tanto amor sentía hacia el país donde nació; que tan intensa era su convicción de bascongado, por obligaciones inherentes a su carrera y a la multitud de cargos que ejerció, vióse obligado no sólo a permanecer fuera de su querido país, sino también a dar el postrer aliento de su vida.

El año de 1887 y continuando en el mismo destino de Comandante General del Real Cuerpo de Guardias Alabarderos, por Real decreto del 16 de Febrero se dis- puso que cesase en él y pasase a la sección de Reserva del Estado Mayor General del Ejército, habiendo cumplido ya la edad reglamentaria; y, autorizada su residencia en Madrid, también por Real orden del día 28, disfrutó bien poco de aquel descanso imperiosamente exigido, hacía años ya, por su organismo cansado, en aquella vida de batallar incesante, por aquella formidable naturaleza, que jamás conoció el abatimiento ni la tregua.

El 23 de Noviembre de 1887, falleció en Madrid el insigne general donostiarra, en medio de la consideración universal y del duelo general de la nación, que veía con el fallecimiento del General Echagüe la extinción de un gran patriota y un nobilísimo corazón, que sacrificó siempre y en todos momentos su vida en aras de la Patria.

Fué en todos sus actos un cristiano y un caballero. Además de la multitud de cargos militares que ejerció y cuya enumeración sería interminable, fué el General Echagüe Diputado a Cortes por Huelva y por el distrito de Córdoba, Senador del Reino y Senador vitalicio, Gentilhombre de S. M. con ejercicio, y las numerosas condecoraciones, ganadas en incontables batallas, que orlaban enalteciendo el pecho de aquel valiente caudillo, llenarían páginas enteras de este libro.

Y si no ostentó los galones de la primera jerarquía del Ejército, no fué debido a falta de merecimientos, sino a su excesiva modestia, que siempre le llevó a lugares aun menos encumbrados de los que Echagüce en realidad, tenía derecho.

Nadie creía, sin embargo, que aquella robusta constitución, llegada como llegó al período de la vida de descanso y de tranquilidad tras del incesante luchar y pelear, había de acabarse, puede decirse, tan prematura- mente. Acaso fué este el motivo por el que no llegó adonde por justicia indiscutible tenía derecho.

En la actualidad vive un hijo del inolvidable General donostiarra: el Excmo. Sr. D. Ramón Echagüe, Conde del Serrallo, Teniente General y Director General de la Guardia Civil. Ilustrado, sencillo y modesto, como su ilustre padre, parece que en toda su carrera militar y en su vida social y particular lleva su característica y su sello inconfundible. Pruebas de militar sereno y valiente las ha dado también en diferentes ocasiones, y últimamente ejerciendo el cargo de Capitán General de Valencia, con motivo de los sucesos demagógicos y revolucionarios allí desarrollados.

El primer Conde del Serrallo y Teniente General Excmo. Sr. D. Rafael Echagüe sentía un profundo cariño por su país, y era un donostiarra de los más entusiasfas. Prestó servicios importantes a la provincia y a Ja ciudad, y en sus archivos se conservan documentos que son testimonio de agradecimiento al insigne general.

* * *

El Excmo. Sr. D. Rafael Echagüe, Teniente General, Conde del Serrallo, se había distinguido en vida -como ya antes hemos dicho- por su extremada sencillez, pero también por esa sabiduría práctica sobre los problemas y las cosas de este mundo. hizo su brillante carrera a costa de aquella sangre vertida en cien combates por la Reina y por la Patria.

Su vida pasó por los momentos más aciagos de la Patria. La guerra llamada de los siete años; las insubordinaciones, revoluciones y pronunciamientos; la última guerra civil, y la paz con la Restauración. En esta trayectoria, gloriosamente por él recorrida, vió muy de cerca el General Echagüe que las ideas en los pueblos son algo tan sutil y delicado, que tocarlas para subvertirlas es peligro cuya responsabilidad ante la Historia se depura. Por eso él, cuando preveía el acercamiento de esos tremendos huracanes sociales que, sin construir nada, todo lo destrozan y aniquilan, lo quiebran y rompen hasta reducirlo no pocas veces a polvo y a la nada, procuraba mantenerse en aquella serenidad de criterio que siempre es ordenadora de los actos más elevados de la vida. Y antes de lanzarse a la epopeya o a la tragedia, pesaba en la balanza fiel de su conciencia el deber demandado ante la bandera jurada, que era juramento ante Dios y ante la Patria.

Echagüe tendría algún error en la vida, acaso por exceso de ese mismo cumplimiento del deber; llevaría en su alma algo indeclinable que sólo ante Dios podría responder, porque los hombres jamás tuvieron a ello derecho, dentro de la justicia y del honor. Pero cuando el error va seguido de un acto generoso en la vida de los hombres y en la vida de los pueblos, deber es de éstos, no perdonarlo, sino enaltecerlo por la virtualidad que en sí el mismo hecho encierra.

El buen sentido de las cosas, la experiencia de la vida y su misma conciencia, dió a Echagüe el suficiente criterio, para no convertir su espada en vehiculo de desórdenes y en transporte de sangrientas cabalgatas.

Dos poderes son temibles en la vida de toda la humanidad. El poder de la palabra y el poder de la espada. Los dos, unidos, son invencibles1 porque su resistencia y su poder avasallan todo cuanto por delante colocarse osara.

Pero al convertir ese poder en una fuerza bruta, animal, en amenaza constante de la humanidad, en destructora del derecho, de la paz, del orden, de la tranquilidad pública; en fomentadora de desórdenes y sembra- dora de discordias; en fautora y encubridora de las más nefandas acciones; en cerrar paso al honor y a la verdad; en verdugo de la justicia; en canallería, vileza, abyección y escándalo miserable. ¿Qué queda?

Una máquina infernal de destrucción en lugar de un límite, una esperanza, una salvación, una defensa insigne del derecho y de la vida.

Nunca el General Echagüe pensó así. Su espada, ante el prestigio enorme que de ella emanaba, pudo en momentos de turbulencia aumentar aquellos ríos de sangre que corrieron por las calles de Madrid, Zaragoza, Barcelona y Valencia, pero tenía un concepto fijo en las ideas y en la marcha de las sociedades. Este concepto era el mantenimiento del bien actual, sin comprometerlo por ulteriores promesas de mejoramientos.

Los nombres le importaban poco. Lo que él necesitaba y quería ver siempre en la vida eran hechos. No pocas veces estaría él más cerca de algunos que se llamaban enemigos suyos, que los corifeos de éstos, de sus masas. Y al contrario. Resultaría más fácil un aproximamiento de algunas conciencias de sus enemigos con Ja de Echagüe que la de éste con no pocos de sus subordinados y compañeros. No suele ser esta de la conciencia y del espíritu cuestión de bandos, de ejércitos, ni de partidos, sino de ese algo más superior y fijo que se llama a veces idea, otras conciencia, otras patriotismo, y casi siempre honor y deber.

¿Hubiera sido tan difícil que Echagüe, del mismo modo que los revolucionarios convierten las ideas de gabinete en amenazas callejeras, hubiese él también convertido la espada del honor en espada de proselitismo, irresistible acaso?

No. Como digo antes, jamás quiso corromper multitudes, ni indisciplinar el Ejército, ni menos llegar a la claudicación por lo que cuatro agitadores prometieran al pueblo. Que esa promesa, después fantástica e ideológica, quedaba y quedaría siempre incumplida. Amó como el primero el sentido y la progresión ascendente de las naciones. Mayormente había de amar ese mismo sentido para su nación y para su pueblo.

Tipo perfecto de caballero, grabado tenía siempre en su alma el sentido de la responsabilidad y el deber del patriotismo. Y en su mente, el respeto, la subordinación, el entusiasmo, que a veces se traducía en verdadera idolatría, por aquellos que le guiaron primero y le enseñaron más tarde a la generosidad y a la sencillez: O'Donnell y Alfonso XII. Ellos fueron sus dos compañeros, a quienes admiró en vida; más que admirar, los idolatró, como digo.

Y, acaso, precisamente de este mismo trato con aquellos dos egregios personajes, aparte de su natural e innata sencillez, resultaría aquella llaneza en el trato del General Echagüe; aquella sencilla amabilidad que ni confunde ni adula. Natural, noble, elevada y atrayente. Cualquiera hubiese dicho que aquel hombre, nacido para escalar los puestos más elevados; que durante largos años fué acompañante inseparable de los hombres de más poder en España, de los caudillos más insignes y, tíltimamente, del Rey D. Alfonso XII, habría de darse a sí mismo lo que es general y vistoso. La aureola y el envoltorio historiado del influjo de la preponderancia.

Cualquiera querrá recordar al General evocando sus voces de la imperiosa disciplina militar; aquellos sus vistosos uniformes; aquellas alturas donde él siempre se encontró. En fin, el hacer valer -como en lenguaje vulgar se dice- el peso de su autoridad y de su prestigio, aun fuera del ejercicio de esa autoridad. ¡Qué equivocación! Por lo mismo que amó la vida, saboreando con ella disgustos, peligros y hasta casi la muerte, justipreció también lo que ella valía, y con ella sus luchas y sus encantos. Tenía el concepto verdadero de la gloria y de la ambición; del dolor, de la amargura y de la esperanza. Sabía que todo esto no puede contemplarse en la alquitara de la felicidad y de la serena conciencia, sin un gran corazón, manantial fecundo de los grandes pensamientos y de las sublimes acciones.

Y porque sabía todo esto, conocía también su único valor y su peso específico en la actuación de la sociedad. Y sabía que nada pueden la altivez y el orgullo humano, mientras una capa de tierra ha de cubrir por igual a todos y cada uno de los hombres, tras la hora suprema, de la suprema voluntad. De aquí surgía en el valiente general aquella como sabiduría social, complemento de los grandes hombres y de las figuras superiores. Yo no lo veo al General Echagüe como un temperamento trivial y ordinario cuyo éxito sólo lo debió a la rutina y al escalafón, sino como a un hombre cuya acción y cuyo movimiento fué siempre mayor a sus palabras y a sus arengas. Y quizás por esto no llegaría a figurar en el tablado político, a lo menos con nota; porque su característica fué siempre la acción y el pensamiento en desarrollo. Patriótico distintivo de Echagüe que con tal mérito le llevó a la gloria enfrente de tanto charlatanismo que en su tiempo lo subvertió todo, aun las necesidades más perentorias.

Seguramente que en la política hubiese fracasado; seguramente que aquella convicción suya de la salvación nacional hubiese muerto en sus mismas manos, cuando, al intentar acometerla, hubiese cambiado también la espada por la pluma, el campo de batalla por la tribuna del Congreso. Porque no cabe la menor duda que Echagüe, al poner la misma cantidad de energía en su alma política como en su alma militar, conocida la historia de los partidos y de sus hombres políticos, la arbitrariedad, que es y ha sido siempre vehículo de multitud de empresas, políticonacionales, cerraría el paso a las suyas, nobles y patrióticas, anulando por completo su personalidad y, sobre todo, su fe.

No. Echagüe fué siempre militar; de espíritu, de acción y de uniforme. Ni lo cambió, ni lo abandonó por un solo momento.

Juzgado como hombre de mundo y de visión gubernamental, tuvo siempre el sentido real de Ja vida. Jamás se metió en atolladeros sin salida, ni aconsejó al Rey D. Alfonso XII más que todo aquello que siempre pudo llevar, con los más sólidos cimientos de la seguridad, a las torres y cúspides más altas del éxito y de la gloria.

¿Con quién compararemos al insigne general donostiarra?

Con nadie. No nos gustan las comparaciones. Fué siempre de los primeros y por sus méritos exclusivos llegó también a los primeros puestos. Causa asombro cómo aquel hombre no pereció en medio de aquella agitada vida nacional. De batalla en batalla en la guerra de los siete años; rodeado de calamidades terribles cuando ejerció el mando de Gobernador militar de las islas Filipinas; reprimiendo sublevaciones en el período de los pronunciamientos, y, por último, en la segunda guerra civil, al frente de cuerpos enteros de ejército y en frecuentes y peligrosísimas operaciones.

Abarcó el momento más agitado de la historia de España de nuestros últimos tiempos. Y, sin embargo, su vida nunca pudo haber nacido con más oportunidad para servir a la Patria. ¡Serrallo!, ¡Luchana!, ¡Oriamendi! Son nombres gloriosos para Echagüe, que demostró ser a la vez soldado, amigo y diplomático. Parecía que aquellos horrores que durante las guerras civiles habían aparecido como algo macabro y fantástico, Echagüe los quería desmentir con sus actos y con sus procedimientos; no mandando que el odio fuese señor fuera de los campos de batalla, en los que se hacía inevitable la saña y el coraje de bandos, sino aquella generosidad que nunca lleva a cabo, truculencias y ferocidades, y sí en cambio desquites y defensas necesarias y debidas en el desorden revolucionario de las guerras. Más todavía si éstas adquieren el carácter de civiles.

Quien haya leído atentamente el anterior estudio que hemos dedicado a este ilustre general donostiarra, se habrá fácilmente percatado de este detalle que ahora señalo. No creo que pecaría de excesivamente benévolo, y sí en cambio de justiciero, al afirmar que si Echagüe en las postrimerías de su vida, envainada la gloriosa espada, hubiese dedicado su actividad a la pluma, sus producciones al recorrer aquellas otras páginas vivientes de su historia, llegarían a aparecer ungidas de aquel espíritu de amor y de bondad, que a eminentes apologistas franceses los hizo sentir y publicar las siguientes palabras: «Hay tanto que hacer en esta dirección y nuestra vida es tan corta, que no tenemos tiempo para indignarnos».

Y aquel hombre valiente, al mojar su pluma en la tinta azul y límpida que transcribiera al papel, no palabras ni signos gráficos, sino el estado de una conciencia que vió mucho; la expresión de un sentimiento y una acción que jamás abdicó; la realidad viviente que sus ojos de mirada noble y serena avizoraran, habría prestado seguramente un doble servicio a la Patria, de militar y pensador. Calcular el influjo poderoso que entre los hombres hubieran realizado las producciones de aquel corazón de aguda sensibilidad, se hace imposible a nuestra visión de comentaristas. Pero aquellas plumas que se mueven siempre no para lucir primores de estilo; ni bajo el peso de la esclavitud de la obligación diaria; ni para conseguir premios, lauros y prebendas, sino para realizar una acción o exteriorizar pensamientos hondamente sentidos que pugnan por salir al cumplimiento de un apostolado, son y serán siempre las plumas nobles y verdaderas, que enardecen y hacen inflamar en el amor hacia un ideal.

Un hombre sintiendo con profunda intensidad el amor más puro, vale y hace más por conducir a Dios a los demás hombres, que toda una civilización. Una verdad dicha con el corazón antes que con las palabras y con los libros, refleja más rápidamente en el hombre la imagen de su Creador, que el contenido de todos los anaqueles de las librerías pedagógicas.

Y aquellas palabras de Charles Chesnelong: «Un gran país no está asegurado jamás en la paz si no mantiene tras de sus palabras la fuerza suficiente para apoyarlas», podrían seguramente sustituirse por estas otras: Mientras los pueblos no estén formados por corazones inflamados en un ideal, ni las armas ni los cañones por inuy poderosos que éstos sean, lograrán jamás preservarlos de la invasión enemiga; ni de la decadencia; ni de la muerte.

Pero notamos que nuestra atención nos conduce a regiones más lejanas que las del presente estudio. Las continuadas Memorias que en el extranjero se escriben nos han dado pie para recordar a Echagüe y recordar su obra, inmanente pero casi inédita.

Bien es verdad que las acciones militares y las grandes acciones sociales requieren en el escritor un profun- do sentido de la realidad y un gran espíritu de verdad. Pues continuamente estamos viendo que cuando aquéllas desaparecen del margen de los libros, todo se falsea y todo se hace bastardo, con perjuicio evidente de la historia y de la exacta realidad.

De aquí aquella pereza que se apoderó del Conde de Moltke cuando al instigarle que escribiese sus Memorias sobre la guerra francoprusiana, contestó: «Todo cuanto he tenido ocasión de escribir oficialmente, o que es digno de recordar, se puede ver en los archivos del Estado Mayor. Prefiero llevar a la tumba mi experiencia personal. Y como dice un comentarista suyo, generalmente le disgustaban las Memorias y no trataba de ocultarlo, diciendo que solamente servían para lisonjear la vanidad del escritor y que éste contribuía a menudo a desfigurar importantes acontecimíentos históricos imprimiendo en éstos un carácter sobradamente subjetivo e introduciendo en ellos detalles triviales».

¿Seria acaso por esto por lo que Echagüe no escribió las Memorias, como el general Fernández de Córdoba, como en los tiempos actuales lo ha hecho el general Weyler sobre la guerra de Cuba; como el general Polavieja sus próximas «Memorias Íntimas», que, según el ilustre académico J. Becquer, han de depositarse en su día en la Academia de la Historia; como lo han llevado a cabo otros muchos pundonorosos militares?

Quien comenzó de chico dando pruebas de un valor y un patriotismo como el de Echagüe¡ quien durante tantos años anduvo aprisionado en la red de los ensueños, dolores y pesadumbres de una nación como la española, bien pudo haber volado con la pluma por las regiones de la verdad, una vez rotas por la Restauración aquellas sangrientas y vindicativas mallas. Que no serían seguramente las páginas de Echagüe para pasarlas dis- traídas, sino para apasionarse con ellas, para levantarse conmovido bajo las bóvedas serenas de la verdad histórica; para contemplarlas muy de cerca; pues no están iampoco tan lejanos todavía aquellos tumultos de guerra y de sangre que durante años casi inacabables entristecieron el alma española.

Yo no sé si la actual juventud gustará de esas lecturas que recuerdan nuestras glorias y nuestras tristezas, nuestros lauros y nuestras ignominias. Lo que sí es un hecho de triste realidad que cuando ya todos creíamos que pará siempre terminó la hora de las guerras y calamidades, en aquel mismo paraje, en aquellas mismas alturas que cubrieron de gloria al General Echagüe y al Ejército español, hoy de nuevo surge bélico el alfanje moro, contestado valientemente por el maüser español.

Bien es verdad que, ante las cosas pasadas en estos últimos años, difícil encuentro que haya nada que conmueva a la nación y conciencia españolas, porque el patriotismo del que tanto se blasona y que no se traduce en himnos, ni en músicas, ni en signos, ni en líneas exteriores, sino en aquella vibración del alma que lo mismo se conmueve ante la página de un clásico, como ante un recóndito objeto de arte, como ante el rumor de los caballos en el campo de batalla; ese patriotismo que ha de traducirse siempre en hechos, ese muy pocas veces lo he visto ni lo veo por parte alguna. Y como no lo veo, tampoco puedo pretender que ni la juventud ni la ancianidad se interesen por páginas ni libros que son la misma alma nacional, sangre de su sangre, vida de su misma vida.

Pero ¡qué remedio cabe ante una tan triste realidad! Ceñirse siempre a lo que somos y a lo que estamos. Cuando no veamos pasiones, cuando no veamos calor que exalta el alma nacional, vayamos a sondear sus misterios y sus pliegues más recónditos, del mismo modo que cuando en una obra de arte advirtamos ausencia de plasticidad, vernos, sin embargo, hondos sentimientos y ricas armonías.

El recuerdo del General Echagüe, con su historia y su vida, aparece ante nuestra vista, no como algo material y brusco, sino como un tenue rocío que refresca y empapa nuestra alma de patriota y de basca. El que lo fué tanto, llegó a despertar en esta preocupación que sentimos por nuestras glorias aquel singular encanto que un rico licor, encerrado en finísimo y transparente cristal, despierta también al sentido de la vista.

Al final casi de nuestro trabajo, no hemos de olvidar aquel espíritu suyo de tolerancia que encarnaban los actos todos del General Echagüe que del mismo modo que los ríos al bañar las márgenes de sus cauces floridos, no rompen ni destrozan la belleza de los campos, antes bien la fecundan, así también las ideas políticas del General Echagüe, al chocar en el curso natural de los sucesos históricos con las contrarias a su modo de sentir, no destrozaban ni rompían, sino las vivificaban, siempre que subsistiese en ellas una sola partícula de redención y salvación patria.

Esta tolerancia del General Echagüe no fué jamás convencional y política, sino que estaba dentro de su mismo carácter. Carácter, persona y actos eran una misma cosa. Separarlas, era separar el todo, anulado. Lo cordial sobrepasaba siempre a lo abstracto, a lo doctrinario.

Y, sin duda, de aquel espíritu innato de tolerancia suyo surgió aquel carácter también conciliador y amigo de agotar el último cartucho en el terreno de la paz y la concordia, antes de tomar las cuestiones por la tremenda, con todas sus terribles consecuencias. Como que en este aspecto, que era precisamente el distintivo de Echagüe, no fué militar en el sentido ordenancista y de mando que a esta palabra pudiéramos darle. De ahí aquellas sus grandes simpatías, el general aprecio y hasta cariño con que la nación entera le distinguía.

Echagüe, en unos momentos de horrores, de sangre y de exterminio, optó siempre, si no por el perdón, por lo menos por la misericordia. Su serenidad, su continencia en el mando, sus intuiciones todas, eran siempre generosas. Claro está que ello no quiere decir que Echagüe eludía la ley del castigo, ni el cumplimiento de la ley, ni la misma enérgica represión, cuando era necesaria y así lo demandaban las necesidades sociales.

Pero así como el escepticismo de un poeta puede muy bien rimar, con filamentos de oro, un amor profundo y luminoso, así también el temperamento suave y tolerante de un militar puede llegar con la misma facilidad a atizar la hoguera llameante de los fusiles de un consejo de guerra. Y en esto no hay abdicaciones ni rebeldías, sino simplemente el reflejo de la ilación entre la causa y el efecto.

Glorifiquemos, por lo 1anto, la memoria de tan insigne general; proclamémosle como a uno de los militares más valientes, más patriotas y de mayor espíritu de tolerancia. Su memoria no debe quedar como uno de tantos recuerdos arqueológicos, sino como algo vivo y personal de este país basca, que sobrenade sobre el mar inmenso de la inmensa indiferencia.

Echagüe fisicamente considerado, fué sencillamente una figura. Nada de arrogancias¡ nada de postizos. Alto, erguido, de mirada noble y frente serena. Respondía a maravilla su físico a aquella alma suya nobilísima tamhién, austera y límpida.

Bajo aquel espléndido y luminoso uniforme de Jefe de Alabarderos, no existió jamás la falsedad y el oropel con que no pocas veces se cubren lánguidos y ajenos prestigios. Su vida y sus hechos resistirán fácilmente, en todo tiempo, el empuje avasallador de la critica. Y en esta depuración suya se extenderán, con mayor fuerza todavía, las raíces que surgieron siempre de aquellas fuertes vibraciones de su carácter, de su fe y de su patriotismo. Echagüe vive hoy y vivirá siempre, en la memoria de los buenos, con los mismos rasgos e idénticos sentimientos que tanto cnoblecieron su figura de hombre prudente, hombre militar y hombre sabio.

Y terminaremos este ensayo recordando un suceso que, si fué triste, tristísimo para el ilustre militar, encierra, sin embargo, una lección de honda filosofía social, precisamente encarnada ante aquel corazón de Echagüe, maestro consumado en la vida y deberes sociales. Vamos a referirlo con la exactitud que alcanzó nuestra inteligencia en el momento que pudimos escuchar el relato de labios de una persona ilustrada.

Había ya concluído la guerra de los siete años, y en la capital de la nación vivía un matrimonio cuya consorte era prototipo de belleza femenina. Hija de un título de Castilla, su amenísimo trato producía en los salones de la alta sociedad madrileña el encanto de un atractivo singular. frecuentó durante su vida una amistad casi familiar con la que fué digna y bella esposa del General Echagüe, D.ª María de las Mercedes Méndez de Vigo y Ossorio.

Pero tuvo la desgracia de perder a su marido, con tan honda tristeza y desconsuelo, que decidióse a entrar en Religión como Hermana de la Caridad. Sin embargo, pasó algún tiempo, y aquella señora viuda comenzó a frecuentar la sociedad y hasta alguno que otro espectáculo público. La maledicencia, que en todos los pueblos y países se presenta con idénticas formas y caracteres, comentaba aquella decisión de la distinguida señora a raíz de la muerte de su esposo. Y sus íntimas, hasta llegaron a decirle algo en ese sentido.

Ella, sin embargo, continuó la vida de costumbre, pero al vencerse el plazo fijado a sí misma para entrar en Religión, ingresó en ella, siendo al poco tiempo destinada a Filipinas y nombrada como Superiora de una de las casas de la Orden.

Los lectores de este libro habrán visto cómo acaeció al General Echagüe la desgracia de su esposa, que, según, acabamos de decir, era íntima en su trato de la que más tarde fué Hermana de la Caridad. Pues bien; por fatales y tremendas coincidencias de la vida, la señora del General Echagüe, atacada del cólera cuando el General se encontraba de mando en Filipinas, tuvo la suerte de morir en brazos tan cariñosos como los de aquella amiga suya que en el mundo la demostró ser leal, fiel y cariñosísima.

Y aquí, con este simple relato en su forma, elocuente en el hecho, terminaremos este ensayo del estudio de la vida del ilustre general donostiarra, a quien siempre recordaremos como a uno de los caracteres más sencillos y nobles, cuya nobleza y sencillez diéronle aquella innata sabiduría social, que sólo es patrimonio de espíritus superiores.



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VENANCIO MINTEGUIAGA



Venancio Minteguiaga



NACÍA Minteguiaga en una época en que las pasiones, agitadas por mal digeridas lecturas, continuaban, hacía ya más de un cuarto de siglo, pretendiendo demoler las doctrinas y costumbres tradicionales que en España existían. Parecía que la Providencia traía al mundo a aquella criatura, para forjarse en las fraguas de un empeñado combate espiritual, precisamente en el momento álgido y culminante de la batalla.

Era el 1.º de Abril de 1838 cuando Minteguiaga venía al mundo, y San Sebastián, esa gran ciudad, admirada por su energía y admirable por su actividad, la cuna del que más tarde había de ser, como su pueblo, admirado también por su talento. Ya para entonces; ya para el año 38, la ideología que comenzó a infiltrarse en España mediante la forma legal de las Cortes de Cádiz, aquella ideología de la que decía Napoleón que había de convertir a Francia en ruinas y en sangre, sacudió lo que los ideólogos llamaban formas rancias de la política y nación españolas, y corriendo cual furioso vendaval los cuatro ámbitos de la península, logró cristalizarse en los múltiples organismos sociales, planteando, ipso facto, una lucha cruel y tenaz. entre los espíritus, lucha que continúa abierta y despiadada en nuestros días.

Es fenómeno inherente a los pueblos y naciones decadentes el apropiarse, plagiando, cosas e ideas de las naciones o pueblos vecinos, no asimilándolas para formar más tarde un cuerpo homogéneo, sino copiándolas. De cuya copia resulta vencida una personalidad, en general, por otra más fuerte. Es decir, que la personalidad española, en lugar de formar un cuerpo espiritual homogéneo, con idealismos que necesariamente habían de influir sobre ella, claudicó y dejóse vencer por el extranjero.

De ahí vino la heterogeneidad de su formación, causa esencial de los grandes males, de las grandes luchas y de los trastornos sociales que, desde las Cortes de Cádiz para acá, vamos presenciando los españoles.

Aquella heterodoxia afrancesada, a las claras defendida y descubierta en gran parte de la prensa; aquellos pseudofilósofos españoles, traductores al menudeo de toda una filosofía francesa que ni aun en Francia pudieron hacerla prosperar; aquellas campañas de difamación, de calumnias, de aniquilamiento, en una palabra, de cuantos derechos de la Iglesia fueron hasta el día respetados; aquel estado social de continuado socavamiento y destrncción, comenzado con la libertad de imprenta y terminado -digo mal- y continuado con cuantas arbitrariedades se pueden ver aún hoy en nuestros días, trajo, como consecuencia, persecuciones sin cuento, coronadas fielmente con la estéril y famosa revolución de Septiembre.

Aquella época turbulenta fué la que Minteguiaga vió en su niñez, y aún más tarde, cuando ya vestía la sotana de jesuíta. Si al nacer se encontró con la riente primavera que presenta vigoroso y fresco el paisaje basco; que deja escuchar el tenue murmurio de las regatas; que al morir el Día, y entre un cuadro de arreboles, oye el sonido armonioso del metálico lenguaje de las campanadas del Angelus; en su juventud, cuando iniciaba fuerte todo el vigor de su talento, contempló, entristecido, el cuadro negro de una revolución que, sin detenerse ante el Trono ni el Altar, ante Dios ni ante la sociedad; rompe velos, despedaza coronas, mina y hace explotar instituciones que siempre fueron y para siempre serán glorias inacabables de la Patria y de la Ciencia; heraldos insignes de un pueblo grande y creyente.

Fueron los padres de Venancio de Minteguiaga don José María de Minteguiaga, natural de Garcelu, pueblecillo de Guipúzcoa, y D.ª Maria Antonia Echanique y Elorza, natural de San Sebastián.

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¿De quién heredaría aquél su talento clarísimo como la transparencia de un cristal de roca? ¿De quién aquellas firmísimas convicciones suyas? Su padre fué siempre un hombre estudioso y observador. Amante de las tradiciones, buen cristiano, excelente caballero y, sobre todo ello, una inteligencia muy clara, que seguía con interés los sucesos de la vida. Su madre, una perfecta mujer vascongada. Modesta, sencilla y de un trato muy agradable.

Es lo cierto que a Minteguiaga nada le importó aquel estado social del pueblo español, tan amenazado en sus creencias por los directores de la politica, tan perseguido en sus religiosas instituciones. No parece sino que la misma continuada propaganda protestante que en España se hacía aún en el reinado de D.ª Isabel II; aquella indiferencia ante el mal de muchas capita- les de España, aquel espíritu liberal que siempre campeó también en su ciudad natal, le servían, haciendo para su alma de creyente, veces de acicate y punzón formidable. ¡Tales eran sus convicciones!

Pasó su niñez educado al calor de un cariño paternal tan intenso, tan verdadero y tan cristianamente sentido, que aquel corazón suspiraba siempre por algo que pudiese ser más perfecto de lo que aún a él le habían dicho y enseñado. Y con ser tan cristiana su educación, de tal modo que, hombre de mundo, pudo haber brillado con luz propia lo mismo en la región de las ideas, como en la de las creencias, como en la de las diversas actividades del ingenio humano; el manteo de sacerdote primero, y la sotana de jesuíta después, llamaron a las puertas de su corazón, como algo formidable y trascendental. Bueno, sencillo, modesto, le veréis de estudiante en el Seminario de Pamplona, y, continuada, esa bondad innata cuando entró en la Compañía de Jesús, hasta los últimos momentos de su laboriosa y santa vida.

Venancio de Minteguiaga hizo sus primeros estudios, como decimos, en Pamplona, continuando la carrera eclesiástica en el Seminario Central de Valencia, donde recibió los grados de Teología y las Órdenes del Subdiaconado. Ya desde entonces comenzaron a brillar en Minteguiaga los distintivos que siempre descollaron en su larga carrera intelectual.

Claridad en la exposición de las ideas. Lógico razonamiento en el desarrollo de la argumentación. Y visualidad certera ante las más complicadas cuestiones. Eso fué de estudiante, y eso fué de maestro, sin que los años, la multiplicidad de asuntos que trató, ni su gigantesca labor, empañaran ni con la más mínima nube el cielo diáfano y azul de su poderosa inteligencia.

Continuaba España en eternas disputas, discutiendo lo indiscutible; la filosofía alemana, importada; las teorías más estupendas en el arte, en la literatura, en las ciencias históricas y políticas.

Tubí, Mata, Pí y Margal!, Castelar, Sanz del Río. Teorías de Hegel, Krausse y otras más, por un lado; por el otro, Donoso Cortés y Salmes. Brillantes impugnaciones de materialismo y formidables polémicas sobre los puntos y las doctrinas más complicados de la filosofía. Se hablaba del hegelianismo histórico.

Lo que en Francia había sido ya desechado por inservible, en España se adquiría como última novedad a precio fabuloso. Y en medio de aquella contienda, en medio de aquel linaje de doctrinarios que parecían iban a acabar con las creencias españolas, fué cuando Mínteguiaga creyóse con fuerzas suficientes para una vida de mayor perfección en el servicio divino, fuerzas que, como verá el lector más tarde, fueron empleadas en la impugnación de los errores más trascendentales y en la defensa de principios sacrosantos.

Era el 15 de Septiembre de 1860. Minteguiaga medita. Minteguiaga conoce, con la prioridad de un alma escogida, lo efímero de esta vida: Dirige una mirada de águila a cuantos elementos le rodean. Y sólo a Dios y para Dios quiere vivir, consagrándoscla por entero. Le parece todo tan insignificante mientras no se dirija a su fin último, que para conseguir la mayor perfección decide cambiar el hábito de sacerdote por la sotana de jesuíta, y entra de novicio en la Compañía de Jesús.

Llevaba allí toda su fe, todo su entusiasmo y toda aquella ciencia adquirida con una disciplina de estudiante modesto y aplicado. Entre aquellos muros y bajo aquellas bóvedas del Colegio de Loyola, en aquella Casa donde nació el primer guipuzcoano Íñigo de Loyola y uno de los genios más estupendos que conoce la historia de la Humanidad, allí es donde comenzó Minteguiaga su noviciado. Parecía que le debía costar vencer bastante a aquel licenciado en Teología las humillaciones por las que un hijo de San Ignacio necesita pasar desde el día que entra en la Compañía, hasta que fallece o sale de ella.

Y, sin embargo, fué siempre tan modesto, dió tan poca importancia a su misma persona, con todo lo que sabía y con aquellas aptitudes inherentes al más tarde fecundo publicista donostiarra, que aun los ministerios y oficios más humildes los llevaba a cabo con verdadero gozo y alegría. A los estudios de su carrera comenzó por aumentar nuevos conocimientos de Literatura y Humanidades en el mismo Colegio de Loyola.

Más tarde, en León, completó con nuevos y más amplios estudios de Teología cuanto de esta ciencia aprendió en su carrera eclesiástica. El año de 1864 ordenóse de presbítero, y, al mismo tiempo, perfeccionando de modo admirable su preparación sólida y su brillante carrera, que le había de servir para sus próximas luchas en defensa de la verdad, tomó el grado de licenciado en Derecho Civil, en la Universidad de Santiago (Galicia). Y ya el P. Minteguiaga dispuesto a cumplir la voluntad de Dios, vuelve de Santiago y de León a Loyola, para enseñar Humanidades a los jóvenes jesuitas de Loyola.

Pero aquel ministerio no era para el P. Minteguiaga más que el principio de su labor y de sus extraordinarios méritos como hombre insigne en el campo de la inteligencia. Y sabiendo la Compañía lo mucho de su valer y lo extraordinario de su cultura, le traslada de nuevo a León, para que en el Colegio máximo de San Marcos desempeñe la importante cátedra de la Sagrada Escritura. Por aquellas fechas estalla la Revolución de Septiembre, consecuencia del doctrinarismo de que antes hemos hablado, y contra el que le veremos luchar brillantemente al P. Minteguiaga, normalizada Ja situación en España. No quedaba otro recurso más que huir de la nación española.

El P. Minteguiaga, con sus hermanos en Religión, marchó el año de 1870 a Poyanne (Francia) y allí continuó de nuevo el magisterio1explicando Filosofía durante siete años a los estudiantes de la Compañía. Durante aquel período, la nación española sufrió una era de trastornos, guerras civiles y agitaciones interiores, que solamente su recuerdo produce una sensación de profunda tristeza en el ánimo de todo ciudadano nacido en España. La revolución, desoyendo por completo los latidos del alma española, que en su inmensa mayoría era tradicional o conservadora, lanzóse, no solamente a explorar, sino a conquistar ciudadelas que jamás debieron haberse tocado. Y aquel choque produjo una perturbación interior de la que todavía no nos hemos tranquilizado.

No perdió, sin embargo, su tiempo, el P. Minteguiaga, y continuamente se le veía estudiando y leyendo durante las horas de descanso que le dejaba el magisterio. Siempre se preocupaba de adquirir una suma mayor de conocimientos. Nunca le parecía que sabía mucho. Todo lo contrario. Tantos más conocimíentos asimilaba, cuanto mayor era su deseo en adquirirlos.

En los pasillos, en su cuarto, en la huerta del Colegio de la Compañía, en todas partes donde se hallara, siempre se le encontraba con algún libro, revista o folleto.

Afortunadamente, y para bien de España, terminóse la guerra civil. Parecía que entrábamos ya en una era de paz y sosiego espirituales y materiales. El país basco perdió su tan preciada libertad foral; la Iglesia, no pocas de sus prerrogativas y derechos, y el pueblo español, intereses de una enorme trascendencia. Pero, en fin, vino la paz, y con ella, por el año de 1878, la vuelta de la Compañía de Jesús a España. Volvió también con ella el P. Minteguiaga, e inmediatamente fué destinado a la Residencia de Santiago de Compostela, donde pasó un año. Aquel mismo año de 1878 comenzó su vida de publicista muy notable, con una admirable traducción del italiano del libro «El Comunismo, sus causas, efectos y remedios» al que añadió un prólogo suyo.

De esta publicación importantísima y de lectura copiosa, abundante e interesante en grado sumo, hizo una crítica autorizada y concienzuda, como todos los trabajos que salen de pluma y cerebro tan privilegiados, el doctor y publicista insigne Excmo. Sr. D. Eduardo de Hinojosa. Esta crítica publicóse en la notable revista dirigida por el no menos insigne y malogrado escritor Sr. Ortí y Lara, titulada Ciencia Cristiana.

La Compañia de Jesús creó el año de 1879 un Colegio de Estudios Superiores en La Guardia (Galicia), y considerando al P. Minteguiaga como una de las doctas mentalidades que podría ocupar brillantemente alguna de las cátedras, le designó para que explicase Derecho en aquel Centro docente.

En efecto, el insigne donostiarra explicó cuatro cursos de Derecho Romano, dos cursos de Derecho Civil y un curso de Derecho Penal.

Trasladado el Colegio de Estudios Superiores de La Guardia a Valladolid, allí se dirigió el P. Minteguiaga el año de 1884, explicando la cátedra de Derecho Natural en el nuevo Colegio de San José. Alternando con la cátedra su vocación de publicista, escribía asiduamente en la revista antes citada Ciencia Cristiana sobre los temas más palpitantes y de más trascendencia en aquella época.

Los estudios sobre la «Moral Independiente y los Principios del Derecho Nuevo» los escribió allí en diversas épocas. fueron tan comentados estos artículos del P. Minteguiaga, llamaron tanto la atención, singularmente entre la gente docta, que era la que principalmente leía aquella cultísima publicación, tanto por la lógica ordenación de los razonamientos que exponía el P. Minteguiaga, como por la trascendencia social que sus estudios suponían, como por la base cultural que delataban, que, a petición de un gran número de lectores, el P. Minteguiaga se vió obligado a publicar un volumen, cuya primera aparición la hizo en Madrid el año de 1886.

Una segunda edición, revisada y aumentada por su mismo autor, se publicó el año de 1906. Y también de este libro hizo un elogio digno de su autor el antes citado D. Juan Manuel Ortí y Lara, catedrático de Metafísica de la Universidad de Madrid y miembro de la Academia Romana de Santo Tomás de Aquino.

Suyas son las siguientes palabras, que las reproducimos en este libro, no solamente porque ellas constituyen a manera de compendio doctrinal de cuanto el P. Minteguiaga sostiene en su libro, sino porque la autoridad del Sr. Orti y Lara, uno de los publicistas más ilustres que ha dado la mentalidad española, Corrobora en cierto modo la importancia de la publicación y la esclarecida personalidad filosófica del P. Minteguiaga.

«Hemos querido señalar el origen y la naturaleza de las falsas y perniciosas doctrinas morales y políticas, fundadas estas últimas en el derecho nuevo, y origina- das todas ellas juntamente con este derecho de la refornia protestante, y del racionalismo contenido virtual, y aun formalmente, en la misma [2] antes de hablar expresamente de la presente obra, DONDE HAN SIDO MAGISTRAL y VICTORIOSAMENTE COMBATIDAS, porque de esta suerte se echa más fácilmente de ver la suma trascendencia y la utilidad y aun necesidad de ella.

Antes, en dedo, de ponderar la bondad y eficacia del bálsamo, convenía declarar la extensión y malignidad de la llaga. Dichosamente, nuestra España, TAN DIGNAMENTE REPRESENTADA EN ESTE PUNTO POR EL SABIO AUTOR DE ESTE LIBRO, ha correspondido, como era de esperar, a su especial vocación y al glorioso nombre con que es conocida en la historia de la sabiduría cristiana. Después de recordar el ilustre Meyer en la obra clásica y monumental donde consta con mayor amplitud lo que sólo hemos apuntado en el presente escrito, con las citas y testimonios referidos en él, las varias fuentes en que hoy se apacienta el espíritu público heterodoxo en los diferentes Estados de Europa, conviene a saber las ideas pseudofilosóficas y pseudopolíticas del siglo XVIII, el realismo o utilitarismo inglés, el idealismo panteístico germánico y el positivismo moderno, recréase noblemente su ánimo, considerando que en las naciones católicas, sobre todo en Italia, en Francia y en España, una filosofía verdaderamente indígena en la ciencia del Derecho no dejó nunca de conservar incólumes los documentos de la Escuela Cristiana ni de hacer frente con ellos a las novedades y falacias extranjeras.

El mismo insigne jesuíta, hablando de la regene- ración católica de toda la filosofía, incluso, por consiguiente, la ética, la filosofía del derecho y la política, y de los autores y publicaciones que han concurrido y concurren en esta obra, cuenta benévolamente entre las últimas a la Ciencia Cristiana, donde precisamente ha sido publicada por vez primera, con singular honor de esta revista, el clásico tratado del P. Minteguiaga sobre «La Moral Independiente y los Principios de la Política Moderna».

No era fácil, en efecto, que España respondiese mejor a sus gloriosas tradiciones filosóficocatólicas en la defensa de las más puras doctrinas morales, jurídicas y políticas y en la lucha contra los errores nacidos en países dominados por espacio de largos siglos del protestantismo y de la filosofía incrédula, que del mudo que responde a esta especie de llamamiento. dando a luz ESTA HERMOSA OBRA MONUMENTO TAMBIÉN DE SABIDURÍA DIVINA Y HUMANA.

Los tesoros de esta sabiduría, escondidos con las obras de nuestros antiguos teólogos y las dotes del ingenio español, profundo y perspicaz, claro como la luz y sencillo en sus instintos, déjanse ver en este luminoso tratado, donde no se sabe qué celebrar más, si la riqueza y precisión de los conceptos y teorías, o el vigor de sus invictos argumentos contra los falaciosos discursos del racionalismo y del liberalismo, que quieren mudar el orden inmutable de la honestidad y la justicia, sublevando a los hombres contra Dios, en nombre ¡quién lo creyera! - de la moral y del derecho, que ni siquiera pueden concebirse sin la humilde sujeción de la criatura racional al que es Señor de todas las cosas, cuya adorable

..... volonta, che e per se huona
Da sè che è sommo ben mai non si mosse
Tanto è giusto, quanto à lei consuona [3].

No conocemos, dentro ni aun fuera de España, antes de la presente obra, ninguna otra consagrada especialmente a combatir este dragón de la moral independiente, nombre que ha tomado en nuestros días la ética racionalista, no porque deje también de ser independiente o autónomo todo sistema de filosofía moral emancipada de Dios, singularmente el estoicismo y, en general, toda doctrina en que se manifieste el espíritu de soberbia que está en el fondo de la ética kantiana y del derecho hermanado con ella, sino porque, acaso nunca como en estos tiempos, se ha atrevido el racionalismo a hacer alarde de independencia y orgullo, en el punto de echar los fundamentos de la moral pretendiendo juntar en uno la honestidad con la soberbia, la libertad exlex con la justicia, la condición de legislador con la de súbdito, la de señor de sí mismo con la condición de criatura, dependiente y finita.

El espíritu moderno, sin embargo, se engríe neciamente de sí mismo al hacer cínica profesión de tamaños absurdos, considerándolos como otras tantas columnas de Hércules, más allá de las cuales nada resta que descubrir en orden a la honestidad y perfección de la vida humana.

Para refutar tales delirios-harto peligrosos, por desdicha, pues lisonjean sobremanera el orgullo y favorecen las pasiones y el interés1 en que viene a morir toda moral separada de Dios,- y para mostrar los tesoros de luz y verdad que hay en la ley eterna, convenía una obra especial donde brillase en toda su fuerza y amplitud el genio de la filosofía cristiana, ilustrada con el conocimiento de las escuelas modernas que más han contribuído a falsificar los conceptos relativos al ordemoral.

Esta obra -no vacilamos en decirlo- es la que aquí se ofrece ante los ojos del discreto lector. Con mucha razón ha querido su autor completarla con la exposición y examen crítico de los principios del Derecho y de la Política Moderna, pues ya hemos visto que estos tres términos están unidos entre sí con indisoluble lazada, que muchos, sin embargo, tienen el va no empeño de desatar. Proclamada, en efecto, la independencia de la moral en las escuelas filosóficoliberales que privan en el siglo, el derecho deja de ser parte del plan divino, entrando en su lugar la simple «legalidad» con que hoy es reemplazada la justicia intrínseca de la ley antigua.

A su vez, la política privada de fundamentos jurídicos y religiosos tiéncse a sí misma, en el sujeto donde se fija y concreta, por causa absolutamente primera de acción, sin otros límites que la imposibilidad física y material y sin otro fin que la realización fatal del progreso masónico bajo la dirección de ia libertad que pretende conducir íntegros al hombre y sus obras por la sendas de la vida, con lo cual ha de progresar forzosamente siempre, y no ha de retroceder verdaderamente jamás [4]

Excusado es decir que la libertad en que consideran los apóstoles del nuevo evangelio la stella directrix del progreso moderno es, sin duda alguna, la libertad liberal, engendrada del protestantismo y de la filosofía incrédula, y escrita en la tabla de los derechos del hombre y del ciudadano, y en todas las constituciones modernas, incluso la de 1876, donde pereció desdichadamente la unidad católica hajo el influjo de tales principios.»

El Sr. Ortí y Lara termina tan profundo y modelado prólogo aludiendo al libro del P. Minteguiaga y a él mismo, a quien le otorga el título de verdadero sabio, palabra de la que hoy tanto se abusa. Y dice, terminando: «Justo es atribuirle este honor, o, para hablar conforme al uso y al espíritu de la insigne Compañía a que pertenece, justo es atribuir a Dios la gloria que se manifiesta en ESTE INSIGNE MONUMENTO de VERDADERA SABIDURÍA, adonde verdaderamente deben volver los ojos los que la amen y la busquen, prefiriendo la luz que en ella resplandece a las tinieblas formadas por los errores que en la misma se miran descubiertos y reducidos a perpetuo e ignominioso silencio».

Efectivamente, nunca podrán estar mejor expuestas ni más brillantemente condensadas, en un prólogo, las ideas que constituyen el alma mater del libro del Padre Minteguiaga. Ya dijimos, al comenzar este ensayo, que parecía haber nacido Minteguiaga en el momento histórico en que las ideas por él rebatidas comenzaban a desarrollarse en la nación, sancionadas ya por mentalidades oficiales y por políticos, enamorados del ideologismo extranjero.

Tan importante es la materia que en «La Moral Independiente» trata el P. Minteguiaga, como peligrosa la exposición a fracasar en la empresa. Pero el P. Minteguiaga no solamente evitó el fracaso, sino que llegó a la cúspide del triunfo, como polemista, como inteligencia razonadora y serena, como profundo conocedor de ciencia jurídica, filosófica y teológica. Por desgracia, la moral independiente campea hoy en casi toda la legislación europea, y si no campea, por lo menos va infiltrándose de modo paulatino y sagaz. Sin emhargo, en Francia ha llegado adonde más lejos puede llegar una legislación basada en principios francamente ateos. En España no faltan de continuo las intentonas, tanto en la enseñanza como en la legislación.

Cuando el P. Minteguiaga escribió su libro «La Moral Independiente», ni en Francia ni en España habían llegado al grado a que han llegado hoy las corrientes ateas. Fué ese libro como una especie de llamada, toque de atención o avanzada de los gritos de alarma de una conciencia católica.

Claro es que cuando a Hegel y a Kant se les glorificaba en Francia por publicistas que hoy no pasan de ser positivistas más o menos aceptables, como Taine, por ejemplo; en España apenas si a aquellos filósofos se les conocía más que de oídas, excepción hecha de unos cuantos profesores e ideólogos. Pero como cuanto en Francia penetra y se pregona, al momento comienza España a imitarla; nuestra nación se fué haciendo, poco a poco, al espíritu, si no ateo, filosóficamente hablando, por lo menos en ciertas formas políticas y en determinados organismos oficiales.

Bien es verdad que han ido en aumento las ediciones de «La Moral Independiente», del P. Minteguiaga; pero fijémonos, por otro lado, en lo que ha perdido la conciencia, el espíritu de la legislación católica y las reformas sociales, en general, desde las Cortes de Cádiz para acá.

El fundamento esencial del libro del P. Minteguiaga estriba sencillamente en que sin Dios no puede existir la moral; que esa moral ha de ser consecuentemente religiosa, y que sin este fundamento religioso no puede existir la vida de ciudadanía, haciéndose, por lo tanto, imposible la existencia de la sociedad.

Si siguiésemos paso a paso la obra del P. Minteguiaga, necesitaríamos otro volumen aún sobre el que estamos escribiendo, para corroborar con hechos cuanto ha sucedido durante la última mitad del siglo XVIII y todo el XIX hasta nuestros días, eso que tan sabiamente sostiene en la elevada región de la filosofía y del derecho el P. Minteguiaga. Pero ello supondría un trabajo tan dilatado como inoportuno en estos momentos. Sin embargo, hemos de fijarnos, aunque no sea más que un momento, en los hechos que se han derivado con la moral independiente puesta en práctica en la legislación y en la enseñanza. Tornaremos para esto un modelo. Francia es el modelo de la nación sin moral, o, lo que es lo mismo, con moral independiente.

En esta nación veremos prácticamente lo que el P. Minteguiaga sostiene como consecuencias inmediatas de los principios sostenidos con la moral sin Dios, o la moral independiente. Lógicamente obrando y elevando al ateísmo cuanto de principios fundamentales tiene toda nación, y en el caso concreto la nación francesa, todo aquello que se derive de la moral independiente, ideológica y prácticamente ha de corresponder y depender de esta misma moral, como los ríos dependen y siguen su curso, desde el momento que arrancan de sus fuentes madres.

Pues bien. Sabido es que Francia, desde que la filosofía del siglo XVIII preparó la Revolución francesa; desde que más tarde aquellos principios filosóficos se convirtieron en leyes; desde que, por último, esas leyes cambiaron en absoluto todo un estado social, el único fin que tenazmente se ha perseguido ha sido el de formar la conciencia atea del pueblo francés. Formada está. Mirad su representación en el Gobierno; y el pueblo francés, puede decirse que es un pueblo con moral independiente o sin moral.

Comenzaron ese principio de independencia con la ley de Ferry en 1880. Continuaron la misma obra de laicización cuantos Gobiernos se formaron en Francia desde Ferry hasta el año 1900, pasando por los de Waldeck Rousseau y terminando con los de Combes y Clemenceau, donde se coronó aquella obra de moral independiente, de ateísmo, de laicización.

Cuando el P. Minteguiaga escribió aquel libro suyo y preconizaba las más espantosas consecuencias, tanto en el orden social como en el moral y hasta en el físico, y delataba a la masonería como creadora, instigadora y propagadora de la moral universal, parecía a determinados elementos algo exagerada la tesis y las consecuencias que deducía el P. Minteguiaga.

Pues bien; podernos desde ahora afirmar que los conventos masónicos fueron en Francia los que impusieron y obligaron a los Gobiernos a laicizar la enseñanza como inmediata consecuencia del ateísmo gubernamental, o moral universal, y que aquello que parecía exageración en el P. Minteguiaga, no era más que una visión real, exacta y hasta casi profética, del esclarecido jesuíta.

Véase uno de los acuerdos tomados por el convento masónico de París, compuesto de republicanos, el mes de Noviembre de 1877:

Primero. Una vez el sistema de instrucción gratuita establecido, vendrá inmediatamente el laicismo de las escuelas comunales.

Segundo. Una vez laicas todas las escuelas comunales, se llegará a la supresión sucesiva y progresiva de las escuelas congregacionistas. Tercero. Una vez cerrada la última escuela congregacionista, se materializará la enseñanza en las escuelas del Estado, que serán las únicas que queden.

Todo el que siga regularmente el curso de la vida política y social francesa, verá al momento que la obra fundamentada en esos tres puntos, realizada y coronada está, hasta en sus detalles más minuciosos. La enseñanza sin Dios es un hecho consumado, y la formación de una nueva sociedad con moral independiente, consumada también. Francia laica, con su juventud laica, es la obra de aquella moral.

¿Queremos dar un vistazo, aunque no sea más que de pasada, a la obra de la moral independiente?

Helo aquí. La juventud francesa, fatal y precisamente en los mismos años de desarrollo y propagación de las escuelas laicas, acusa el siguiente resultado.

Lo tomamos de los grandes periódicos L'Eclair y L'Echo de Paris, fechas de 7 de Noviembre de 1910 y 11 de Junio del mismo año, respectívamente.

CRÍMENES

1906 1907 1908 1909
De menores de 16 años.............. 18 24 31 19
De 16 a 20 años.......................... 565 684 663 534
De 20 a 21 años.......................... 583 708 694 553
Mayores...................................... 2.545 2.692 2.865 2.570

Meditemos sobre la importancia y la relación que existe entre el total de los reos menores y el total de los reos mayores, y así se verá exactamente el valor esencial de la criminalidad de la juventud francesa.

Sobre 1.000 crímenes cometidos contra las personas, 4 constituyen la obra de menores de 16 años; 164 son obra de menores de 16 a 20 años; 832 la obra de los mayores. Sobre 1.000 crímenes cometidos contra la propiedad, 8 constituyen la obra de menores de 16 años; 178 la obra de menores de ló a 20 años; 814 constituyen la obra de los mayores.

Más aún. Puede decirse que LA CUARTA PARTE DE LOS CRÍMENES COMETIDOS EN FRANCIA DURANTE EL AÑO DE 1909, LO HAN SIDO POR MUCHACHOS MENORES DE EDAD.

Concretemos, sin embargo, tan terrible estadística. El 23 por 100 de los acusados juzgados en 1909 por robos, no habían llegado a su mayor edad.

El 15 por 100 de los incendiarios, lo constituían menores de edad.

El 17 por 100 de los acusados por crímenes violentos, eran menores de 21 años.

DELITOS

Los menores de edad juzgados por los Tribunales correccionales, acusan la siguiente estadística:

MENORES DE ló AÑOS

En 1905.... 3.805 muchachos y 566 muchachas.
En 1906.... 4.700 " y 719 "
En 1907.... 5.106 " y 760 "
En 1908.... 4.930 " y 768 "
En 1909.... 4.517 " y 708 "

Asimismo el número de menores de 16 años citados ante los Tribunales de Justicia AUMENTA DE 4.371 EN 1905 A 5.220 EN 1909, o sea un aumento de 20 por 100.

El estudio de la criminalidad de la infancia acusa un alza persistente, en los niños de menos de 16 años, en ciertos delitos como heridas, golpes y delitos contra las costumbres, cuyo aumento en seis años ha sido de 3ó por 100 los primeros y de 27 por 100 los segundos. Pero para hacerse cargo de la tremenda gravedad de la criminalidad juvenil, conviene comparar el número de los acusados y castigados en diferentes edades, con la población correspondiente y con cada categoría y edad.

Y de esta comparación resulta que EL NÚMERO DE LOS CRIMINALES O DELINCUENTES, PROPORCIONALMENTE ES MÁS ELEVADO ENTRE LOS NIÑOS V MENORES DE EDAD QUE ENTRE LOS MAYORES.

Esta proeminencia de la criminalidad infantil se distingue y señala tanto por los crímenes corno por los delitos, PARTICULARIZÁNDOSE ESPECIALMENTE EN LOS ROBOS y LOS HOMICIDIOS.

Así, por ejemplo, sobre 100.000 franceses o francesas de 16 a 20 años, 16 han sido juzgados por crímenes; 31 por homicidios; 165, por golpes y heridas; 234, por robo. De manera que sobre 100.000 franceses o francesas de más de 21 años, han sido juzgados 10 por crímenes, 2 por homicidio, 116 por golpes y heridas y 115 por robos.

SUICIDIOS

En 1900: 425; entre los que 53 eran niños menores de 16 años y 372 de 16 a 21 años. En 1906: 486; de los cuales 75 eran niños menores de 16 años y 411 de 16 a 21 años. En 1907: 408; de los cuales 80 eran niños menores de 16 años y 328 de 16 a 20 años. En 1909: 596 suicidios entre jóvenes de 21 a 24 años.

No queremos seguir en otros órdenes. No queremos dar una nueva estadística y otras nuevas aterradoras cifras sobre otro problema gravísimo para Francia, y consecuencia asimismo de la moral universal, de la moral sin Dios.

¿Puede glorificar más a un autor especulativo como el P. Minteguiaga, que contemplar en los hechos reales las tristes consecuencias que preconizaba al defender teóricamente su tesis?

¿Y hay hechos más elocuentes, tristemente elocuentes, que los que acabo de citar?

No necesitó esforzarse tanto el P. Minteguiaga en demostrar lo que al cabo de algunos años había de verse en la realidad viviente. V sobre el problema de la despoblación en Francia, la opinión recientísima de uno de sus más reputados economistas coincide precisamente con cuantos argumentos ha aducido el P. Minteguiaga sobre la moral independiente.

Paul Leroy-Beaulieu, en El Economista Europeo del 15 de Junio de 1912, hablando sobre el problema de la despoblación, dice: «La causa de la baja conslante de la natalidad en Francia es bien conocida; es UNA crisis MORAL, o MÁS BIEN INMORAL; es la voluntad de reducir la familia al mínimum».

Kant, Rousseau, Coignet, refutados por el P. Minteguiaga en su libro «La Moral Independiente» bajo su aspecto filosófico, refutados quedan ante la triste realidad de la práctica de aquellas teorías.

El mismo P. Minteguiaga, entresacando textos de Aparisi, dice: «Si no hay Dios -decía con su franca y enérgica expresión el elocuente Aparisi en sus escritos-; si no hay Dios, estoy por Bentham, por la utilidad; estoy por Hobbes, por la fuerza. Sépalo el mundo; la fuerza es el derecho; la utilidad es la moral».

Y, efectivamente, eso ha sucedido en Francia. Ladrones, criminales y egoístas, no han hecho, en la práctica, más que recordar y cumplimentar los principios de la moral universal del derecho nuevo.

¿Es que, lógicamente hablando, tienen derecho los gobernantes que pregonaron esto último defendiéndolo hasta entre las más ínfimas capas de la sociedad francesa, a castigar a cuantos llevan a la práctica sus teorías y a acabar con ellos mediante la guillotina, como ha sucedido con los apaches franceses?

Pero nos hemos extendido demasiado en esta materia de la moral independiente, más que por otra cosa, para hacer ver con hechos, que palpamos todos los días, las consecuencias de las teorías tan oportuna y cultamente refutadas por el P. Minteguiaga en su libro «La Moral Independiente». Aunque, por otro lado, ya comprenderá el lector que podíamos extendernos en muchas más consideraciones, tomando por base la criminalidad, la despoblación, el bandidaje o apachismo y los terribles males reinantes en la sociedad francesa, que es la primera que desde largos años tiene puestos en la práctica los principios del derecho nuevo.

Como queda ya dicho, las ediciones del libro del ilustre jesuíta donostiarra han sido numerosísimas.

Y ya consagrado a publicista con verdadera autoridad y vocación, decide su residencia en Deusto, mejor dicho, la Compañía le envía al monumental Colegio de Estudios Superiores de Deusto, donde, a la vez que explica la cátedra de Derecho Romano y algunas otras asignaturas, lleva a cabo una labor profunda, copiosísima también y fecunda de publicista y escritor.

A poco de comenzar la Compañía de Jesús la publicación de su autorizada revista Razón y Fe, el P. Minteguiaga consagra todas sus energías al estudio, llevando a cabo en la prensa una labor meritísima bajo todos sus aspectos. Claro está que, simultaneando con las exigencias del magisterio tan importante como el suyo; pues, como dice uno de sus hermanos en Religión en un artículo que escribió en la revista Euskal-Erria, de San Sebastian, a raíz de su muerte, «la multitud de asignaturas que enseñó, su importancia y variedad, in- dican el concepto que los superiores de la Orden tenfan formado del talento del P. Minteguiaga».

El año de 1899 publicó la primera edición de su notable libro «La punibilidad de las ideas», libro tan importante y trascendental como el de «La Moral Independiente», y que, como en éste, se ha visto en «La Punibilidad» preconizar, como por la visión de un profeta, cuántos males iba a acarrear la propagación de las ideas anarquistas a la sociedad actual.

Y, efectivamente, ciñéndonos tan sólo a España, podemos recordar el atentado contra D. Amadeo I de Saboya en la calle del Arenal, de Madrid, saliendo, afortunadamente, ilesos los Reyes, aunque muerto uno de los caballos de la carroza regia.

Contra D. Alfonso XII, en la calle Mayor, de Madrid también, y a la entrada del arco de la Armería.

Contra Martínez Campos, en la gran parada de Barcelona.

Contra la sociedad entera, en el Liceo de Barcelona.

Contra Cánovas del Castillo, en el balneario de Santa Águeda.

Contra D. Antonio Maura, dos veces, en Barcelona, por los degenerados Artal y Posá.

Contra D. Juan de Lacierva, que fué acometido, a quemarropa, en las inmediaciones de su casa, aunque, afortunadamente, sin consecuencias.

Contra D. José Canalejas, en funciones de Presidente del Consejo, y precisamente en momentos que se preparaba a emprender, y colaborar personalmente, una obra de cercenamiento de los derechos de Ja Iglesia.

Y, por último, los atentados infames y de la más repugnante cobardía cometidos contra nuestro joven Monarca, S. M. el Rey D. Alfonso XIII. En París, en 1905. En Madrid el día memorable de su desposorio, 30 de Mayo de 1906, y el del mes de Abril del corriente año en días en que se disponía, también, a firmar un decreto sobre la enseñanza del Catecismo, decreto que, atenuado al final, fué en un principio otorgación manifiesta al radicalismo contemporáneo.

Mirad, por lo tanto, la tesis que el P. Minteguiaga implantaba en su libro «La Punibilidad de las Ideas».

¿Puede haber delito en la emisión de ciertas ideas?

He aquí cómo argumenta el mismo P. Minteguiaga, y decidme si no es esto, esto mismo, exactísimo y de una marcada exactitud, lo que estarnos viendo durante el transcurso de casi toda la Restauración. Dice así:

«Quiero decir, en otros términos, que los propaladores de las ideas son cómplices de los seducidos que las realizan, si es que a veces no merecen otro calificativo, aun más criminal, cual es el de coautores.

Para poder negar esta complicidad, sería menester desconocer por completo la naturaleza humana. Y, si no, veamos el efecto que por necesidad tiene que producir la propaganda. Dada la flaqueza de la humanidad y la facilidad con que se acepta el error, sobre todo cuando se presenta rodeado de los atractivos del interés, lo regular es que el propagandista consiga tener adeptos; hasta aquí no hay dificultad alguna, y convienen en ello los adversarios.

Mas una vez ganados los entendimientos, ¿qué es lo natural que se siga? Lo natural es que la convicción de las ideas mueva a la voluntad a la acción, que aqui sería la realización de las ideas falsas y subversivas.

Podrá ser esta influencia del entendimiento más o menos lenta; podrá producir ese efecto en unos, y no en otros, según la mayor o menor fuerza con que se hayan grabado las ideas en la inteligencia, según el mayor o menor ardimiento de los caracteres, y tam- bién que se encuentren más o menos obstáculos para la ejecución; pero las ideas, y sobre todo si son ideas prácticas, tienen que producir su resultado natural de la acción en algunos individuos, a lo menos de entre la multitud que se extendió la propaganda.»

No puede ser más claro, más vidente, ni con más constancia visto en la práctica.

Lo mismo Artal que Posá, como Angiolillo o como Sancho, fueron unos de tantos que sobrepasaron en la acción a esas multitudes pregonadas de las que habla el P. Minteguiaga, y se fueron directos al hecho, al crimen teóricamente preconizado en multitud de publicaciones.

Los entendimientos de esa gente ganados están por las obras de Anatolio France, de Kropotkine, de Tolstoi, de Stirner, de multitud de folletos y libros donde se amenaza y derriba teóricamente cuanto actualmente sostiene la sociedad.

Esta propaganda, difundida está en los artículos de fondo de la mayoría o gran parte de la prensa radical, en la colaboración literaria de esa misma prensa, en millares de libros literarios y en el teatro, en los oradores de mítines, que, so pretexto de propaganda socialista, difunden las más enormes teorías.

El P. Minteguiaga combate no solamente a los propagadores de ideas subversivas, sino a los Gobiernos que toleran esas propagandas, castigadas, según él mismo lo prueba en su libro «La Punibilidad de las Ideas», por el Código penal.

Por eso dice en la página 81 del mismo citado libro que «entre las ideas punibles merecen hoy justamente el primer lugar las anarquistas, por ser las más directa y abiertamente antisociales».

Y aun entonces, cuando el insigne jesuíta publicaba «La Punibilidad de las Ideas», ya el anarquismo, según él mismo lo decía, tenía consternada a la Europa y al mundo todo, señaladamente en su parte más civilizada. El P. Minteguiaga publica en su libro infinidad de textos entresacados de publicaciones socialistas y anarquistas; rebate en su mayoría con argumentos convincentes; mira a la realidad y, después de colocar ante la vista de los Gobiernos los más nefandos crímenes que en el mundo se han cometido, exhorta, haciendo emular a los Gobiernos la necesidad imperiosa de acabar con ese género de propagandas.

Copiemos alguno de esos textos y veamos lo que decía el anarquista Ravachol «poco antes de dejar la cabeza en el patíbulo»: «No creo en Dios, decía al abate Claret; pero si creyese en Él, no hubiera hecho lo que hice

Es muy notable el libro del P. Minteguiaga; revela un estudio profundo de principios jurídicos y actual legislación; escogida y extensa lectura, de la que se aprovecha a la perfección para sus razonamientos y defensa de tesis. Esta obra se halla traducida al italiano por el sacerdote Antonio Bollani¡ impresa en Nápoles en 1906 y comentada en el prólogo de la traducción por el canónigo Pezzani, que, entre otras cosas, dice que «la tesis que desenvuelve, con su conocida maestría, el esclarecido autor, es importantísima».

Va desde el final de esta publicación, la labor del ilustre jesuíta donostiarra es fccundísima e incesante. No tan sólo lo que dió al público, sino lo que dejó inédito, como lo veremos más tarde, entre sus papeles, asciende a una cantidad enorme de páginas y volúmenes. Además, las obras del P. Minteguiaga tenían la ventaja de tratar materias que en España estaban muy poco tratadas, lo cual les daba una novedad y un interés de que carecían las de otros autores, aparte de la competencia del gran jesuíta. Porque en España abundan los escritores literarios, los novelistas, sobre todo; pero de materias trascendentales, de asuntos sociales y políticos, de ideas, eso no abunda, sino, todo lo contrario, falta. Y los que existen, apenas traspasan los límites del artículo periodístico.

Desde que, en 1901, la Compañía de jesús fundó la muy importante revista Razón y Fe, aquélla escogió al P. Minteguiaga como uno de sus principales colaboradores. Y, en efecto, apenas salía número de Razón y Fe sin que el P. Minteguiaga publicase uno de aquellos artículos tan nutridos de doctrina. Todos ellos eran sobre materias importantísimas y de trascendencia enorme para el actual estado políticosocial.

«La libertad de imprenta y la legalidad vigente de España» fué uno de los más notables y que más hicieron meditar a sus lectores sobre la necesidad de crear en España Prensa que fuese portavoz de ideas y de defensa de los derechos de la Iglesia. El nervio de este artículo consiste en que debe limitarse la libertad de imprenta; y señala a su vez la culpabilidad en que incurre una buena parte de la prensa radical cuando, al ocuparse de los asuntos religiosos, ataca sin miramiento alguno cuanto de más alto, sagrado y digno de respeto existe en Ja sociedad.

Hace un recorrido por los diversos atentados que en las publicaciones se cometen contra la fe religiosa, contra la moral pública, etc., y con una erudición portentosa, que señala profundos conocimientos de Derecho y Legislación europeas, demuestra de qué modo se castigan semejantes atentados por las leyes y los códigos europeos.

«La supremacía del Estado», «La legislación represiva de la Imprenta en España», «Estudios sociales» y otra multitud de estudios filosóficos, jurídicos y sociales aplicados maravillosamente a las actuales cir- cunstancias, fueron publicándose en los diversos números de la citada revista, llamando poderosamente la atención de los cultos, de los hombres de saber y de los lectores, en general, de la publicación Razón y Fe.

Ya la fama del jesuíta donostiarra cundía, no tan sólo entre los estudiosos y hombres de autoridad, sino aun en el pueblo. Un buen número de lectores abrían Razón y Fe deseosos de encontrarse con algún trabajo del P. Minteguiaga.

Notabilísimos fueron también los publicados el año de 1905 con el título de «La propaganda anarquista ante el Derecho». Estos artículos llamaron de tal modo la atención y despertaron tal interés, que la Compañía de Jesús, accediendo a ruegos de multitud de personas de todas las clases sociales, se vió obligada a hacer una tirada aparte.

Es, sin duda alguna, si no el mejor, uno de los mejores trabajos del P. Minteguiaga, tanto por lo admirablemente que está tratada la materia, como por lo movido y ágil de su estilo, que le distingue precisamente en esto, de todos los demás estudios hasta entonces publicados. No resistimos la tentación de entresacar algún párrafo para solaz de nuestros lectores:

«Está bien -dice el P. Minteguiaga-; mas he aquí que ahora se presenta el anarquismo provisto también de su arsenal de teorías y doctrinas, y, encarándose con los representantes de la autoridad, les dice : Me habéis llamado y allanado la entrada con el reclamo de la libertad, aquí estoy; soy la anarquía, pero no importa; soy una idea, así como es la idea de autoridad, o cualquiera otra, fruto, como yo, de la libertad de pensar. ¿Me reconocéis? ¿Reconocéis en mí la marca de casa, la marca de la libertad, y me concedéis con ella el disfrute de los derechos que otorgáis a todos los ciudadanos? ¿Me autorizáis como propagandista de acción, como asociación, como partido militante?

En cualquier otro tiempo, la respuesta, pronta, indudable, resuelta, hubiera sido una rotunda negativa, aun acompañada de gestos expresivos de la ira, de la indignación y del desprecio. Más: al atrevido que así se expresara se le hubiera echado la mano para ponerle a buen recaudo. Aun allá en los albores y candorosas ilusiones de la libertad naciente, de seguro que no hubiera sido todavía otra la respuesta[5].

¿Qué digo? No hace aún treinta años, cuando vió la primera luz el monstruo -estamos en edad para poder recordarlo y lo recordamos muy bien-; no parecía posible pensar de otra manera, aun dentro del régimen de libertad. Pero hoy hemos llegado a lo que parecía imposible; hoy el anarquismo es un partido legal como otro cualquiera; es un partido que goza de los derechos y de los honores de la beligerancia; el anarquista está en posesión de todos los derechos individuales que la Ley otorga a los demás ciudadanos.

Y no se crea que es esto sólo un predominio de hecho, una práctica abusiva, porque lo que aquí sobre todo espanta es ver que es la fuerza de la lógica, sacando las consecuencias de los principios.

Lo que pasma y justamente descorazona es la serenidad y aplomo con que, a raíz de una salvajada anarquista y cuando todavía humea Ja sangre de las víctimas, se autoriza la celebración del mitin anarquista y se da libre curso a la propaganda. Y que luego, cuando se lo ponen en cargo a la autoridad, se la oiga contestar que no puede ser de otra manera, porque hoy no existe otro sistema de gobernar, y que sin esta libertad ilimitada es imposible que desarrolle plenamente su virtud y eficacia la vida moderna.

¡La vida moderna! ¿Queríais - ¡oh, vida moderna!- libertad? Pues toma libertad. Mas esta libertad es una ejecutoria, es la muerte jurídica, es el suicidio moral de la misma libertad y, con ella, del sistema liberal.

Porque una libertad que, contando con la fuerza pública, da al anarquismo carta de naturaleza, y con ella derechos tales como los de imprenta, de reunión y de asociación; libertad que así autoriza la circulación sin trabas de los últimos extremos de la aberración antisocial, está ya con eso juzgada, es, con toda evidencia, una libertad falsa, engañosa, traidora. He aquí un argumento no apriorístico, sino según el gusto moderno, de experiencia y observación, que convence con la evidencia abrumadora del absurdo. Del caos salió esta vez la luz.»

Pero los artículos que excitaron pasionalmente los ánimos, los que encendieron violentas polémicas periodísticas en el campo católico y arrastraron tras de sí una serie inacabable de comentarios, fueron los que el P. Minteguiaga escribió en la revista Razón y Fe el año de 1905, apoyándose además de los hechos reales y que a diario estamos viendo, en textos y enseñanzas del inmortal Papa León XIII, de dulce y grata memoria; del P. Villada; de Berardi; de nuestro Santísimo Padre Pío X; del Cardenal Lugo; de varias autorizadas publicaciones, con testimonios de publicistas de gran renombre en la mentalidad católica de Europa y con un dominio extraordinario de la materia que trataba.

Con verdadero placer trataríamos este punto de enorme trascendencia social. Nos lo veda, sin embargo, el género de publicación a que este escrito se ciñe. Por otro lado, fueron tan injustas como violentas las campañas que determinada parte de la prensa enfiló contra aquel insigne varón, humilde entre los humildes, cultísimo entre los cultos, que se llamó Venancio de Minteguiaga; y tal pena causaron en nuestro ánimo ciertas actitudes, de los que al parecer debían guardar el respeto y la educación exigida por autoridades de la Iglesia; que por recuerdo sagrado a la memoria del ilustre jesuíta dejamos de comentar sus teorías. ¡Harta tristeza y escándalo llevaron a nuestro ánimo, la saña y hiel de determinadas plumas en los momentos culminantes de aquella morbosa discusión!

A propósito de ella fueron muy memorables las palabras que escribió un excelso jesuíta, a raíz de la muerte del P. Minteguíaga. fue el P. Pérez Goyena. Decía así: Cuando en 1905 cscríbió aquel artículo sobre elecciones que tanta polvareda levantó, algunos acaso cegados por ella, lanzaron contra él diversas acusaciones; pero la que hizo sonreir a cuantos conocían al esclarecido Padre fué la de que hipaba un Obispado. ¡Una mitra en la cabeza del P. Minteguiaga!..... No; otras ideas más modestas revolvía en ella; pero siempre encaminadas a extender por todas partes la gloria de Cristo y a contener el avance de la impiedad, que cual ola de cieno se desbordaba por nuestra patria............ ................................................ los insultos, desgarros, procacidades, murmuraciones rastreras, jamás mancillaron sus labios y la delicadeza de su pluma. Ni aun cuando se le trató despiadadamente en artículos y anónimos con ocasión de su famoso escrito, en que nada censurable encontró Roma, se le oyeron exhalar quejas contra sus detractores».

Notabilísimos fueron los comentarios que el mismo año de 1905 hizo el P. Minteguiaga a las cartas que me- diaron entre el señor Cardenal Casañas a S. M. el Rey, con motivo de las formas que empleaba la secta protestante para el logro de su ideal de proselitismo. En este escrito del P. Minteguiaga titulado «La Carta del Rey y la Constitución vigente», delatábase una vez más al hombre de estudio tenaz y profundo; al conocedor y dominador del derecho y legislación vigente, no tan sólo de España, sino de un buen número de naciones europeas. Cuantos males veía gangrenaban la sociedad, allí ·estaba el P. Minteguiaga delatándolos y poniendo el remedio con aquel claro talento y aquella incansable pluma.

Uno de los artículos en el que denunciaba la püblica inmoralidad que corroe la sociedad actual, fué el que publicó con los títulos «Estudio jurídico penal. La inmoralidad pública y la Legislación vigente», en la tantas veces citada revista Razón y Fe. Su estudio titulado «El artículo 11 de la Constitución», fué impreso el año de 1911 en Barcelona.

Fué enorme la labor del P. Minteguiaga. Mayor la que se conserva inédita, que la ya conocida por sus lectores. Pero tan importante es una obra como la otra. Tan trascendentales son las materias magistralmente tratadas.

Y parece increible que un hombre que con tanto fervor se dedicaba al magiterio en Deusto, que explicaba materias tan áridas y delicadas; que ya en sus últimos años, aun estando enfermo, no dejaba el confesonario ni el púlpito; que lo mismo predicaba en su lengua nativa, el euskera, como en castellano, y que cumplía hasta con exceso con todos los deberes inherentes a su cargo, pudiese aún dedicar largas horas a la labor de publicista, a esa labor insigne, a la vez que ingrata, y cuya recompensa sólo puede esperarse en la bondad infinita e inagotable de Dios. Cuál no sería su vocación que aparte de las cinco obras que dejó publicadas en vida, una traducida y cuatro originales, aparte de los artículos publicados en revistas ya olvidadas, dejó a su muerte 12 tomos inéditos que hacen un total de 9.581 páginas, en el orden de materias, cuyo índice vamos a señalar (1):

T. I. - 1 Monopolio o libertad de enseñanza...... 88 págs. - 2 En demanda del programa único.......... 32 " - 3 Sobre la segunda enseñanza........... 27 " - 4 Reforma de la segunda enseñanza........ 28 " - 5 Notas referentes a las monografías sobre segunda enseñanza.................... 20 " - 6 La neutralidad de las escuelas laicas.. 30 "

                             (Con notas) 

- 7 La propaganda de la escuela laica...... 87 " - 8 Propaganda de la Cátedra. El delito en la Cátedra.............................. 24 " - 9 Monopolio o libertad de enseñanza...... 40 "

                     (Véase el núm.1) 

-10 Rn demanda del programa único.......... 40 " - 11 Reformas de la segunda enseñanza.

                   (Véase el núm. 4.) 

T. II. - 12 Delitos electorales................... 34 " - 13 La propaganda del determinismo

                      es un delito........ 26 " 

- 14 La inmoralidad pública y las auto-

                     ridades españolas.... 80 " 
          (Véanse núms. 28, 30,17 y 60) 

- 15 Observaciones sobre el proyecto de

              reforma del Código Penal.... 55 "

- 16ª Trabajo sobre la misma materia...... 119 "

                   (Del número 15.) 

- 16ª Copia de 25 págs. del mismo traba-

      jo; y 29 págs. sobre delitos reli- 
                                 giosos... 54 "

(l) Documentos inéditos del P. Minteguiaga, que se conservan actualmente en el Archivo t1e1 Cole51in de Estudios Superiores de Deusto, rosamente ordenados por materias, por el ilustre publicista, jesuíta Padre Vallado. T. II. ~ 17 Las reformas de Gracia y Justicia.

        Derechos Penales y Reforma Pe- 
                           nitenciaria..... 40 págs.

- 18ª La propaganda anarquista ante el

                   Derecho (borrador)...... 53 "

- 18ª Más datos y borradores sobre el

                        mismo asunto....... 40 "

- 19 Artículo último sobre la legislación

       represiva de la imprenta. Dos pa-
     labras sobre las ideas antisociales... 22 "

T. III. - 20 El positivismo y el delito............ 183 " - 21ª La libertad de imprenta y la legis-

               lación vigente  en España... 40 "

- 21ª Delitos contra la Religión........... 250 " - 22ª Delitos contra el matrimonio.......... 41 " - 23 Delitos electorales (Borrador)......... 40 "

    Más borradores......................... 24 "

- 24 Addenda al Derecho Penal............... 59 " - 25 Del duelo: con motivo de la sesión

      del Congreso de 13 de Abril 1902..... 20 "
    Borrador............................... 10 "

- 26ª Algo sobre la trata de blancas........ 37 " - 26ª El Tribunal Supremo y los libros

                        pornográficos...... 23 "

- 27 La legislación represiva de la im-

                      prenta en España..... 32 "

T. IV. - 28 La inmoralidad en el teatro............ 47 " (Consideraciones sobre los sucesos de Meli- lla, Barcelona, y otros en relación con la punibilidad de las ideas.) N.-Al dorso de las págnas desde la 1.ª a la 22, empezando por esta última, está un escrito sobre «La moralidad en el teatro, y la autoridad gubernativa». A continua- ción de la 22, hasta la 21, al dorso otras 9 páginas sobre el mismo asunto. N.B.- Acompaña a este legajo el informe de varios abogados de Bilbao, acerca de las facultades de la autoridad en esta materia. 'f. JV.~!H El respeto a la autoridad U pUgs. (Véanse los núms. H, 28, H, :-.5 y 60.) 32 Hclaciones entre lu. Iglesia y el Es- tado (Véase el núm. fi5 •). 24 a La Supremacía del Estado..... 2f.I b Idem. ............... 25 33' Lo qne es la reHgión subjetiva y objetiva... 47 33b Apuntes sobre la trata de bhu1cas. 12 33° Observaciones sobre el folleto de Valle-Ameno acerca de la enseñan- za universitaria. 12 34 Papeles vt1rios ...... . 35• La Ley del Régimen local, y 35 ~ Apuntes y borradores... 35 36 g1 peligro presente. 17 (0 sea, P<.-ción @ocfaJ 1wtica!Ulica.) 37• Los móviles de la polémica católica. ::!!l 37 b Rorr.'1dores de este 1rabajo... 22 38 La cuestión social. Remedios. 45 T. V. 39a ¿Qué es ser católico en derecho po- litico'(.. ~6 39b Tfoy un derecho católico. .JO 39° La constiti;.ción de la sociedad cris- tiana. La crisis de Ja moral. 14 !lnoomvlcto) 40• La Conferencia de La Haya y la guerra de los bocrs . 22 40b Copi;i de las páginas 10 a la 102 de este trabajo. f.12 41 La acción política. de los católicos franceses (Apéndice y borrador) . 83 42 La voz del Episcopado español. 34 (Apéndice y borrador) 43 El orden SMial y el desorden moral 14 44• La beneficencia en España.. 181 44~ La secularización de la beneficencia en Espa!Ja . 87 T. VI. J5• El Decreto de Noviembre de 1907 1:;obre matrimonio y las Cortes... 22 45 b Los sucesos de Bilbao del l1 de No- viembre Al dorao de 101> antorioro~J. • . 12 18 T. VI.-46 47• 47• 48 49 50 51 52 53 54 55' 55' 55' El turno de los partidos. 20 pfígs. El articulo Il de la Constitución 62 ·(62 páginas borradores Incompletos, escri· tos 111 dorso de otros borradores, sobre ~ La inmoralidad {)1Íblic:<1 y la Le¡zialación ,-igente. Véanse J('ls nt'ims. 1~·30-47·55 yr.6) Más apuntes en igual forma sobre el mismo ... ¿Hay un derecho católi co'?. 47 (H ptig as escrllas a1 dor110 fü¡ • Apuntes so- bre fa moralidad p(tblica•.) Algo sobre elecciones municipales. 20 Las leyes pl·otcctoras de los meno- res. El trabajo. La mendicidad... 42 (8-i pliginas, sinopsis y borr1Hlor.) El derecho de reunión en España a principios del siglo XX . 21 Supremacía del Estado . . 27 (Véanse los uúmeroa ;'2 y fl.'í.) El radicalismo rojo y el radicalismo negro 2!J Provocación de los católicos.. 52 Relaciones entre la Iglesia y el E>;- tado (Vé1111&e lo& números 32 y 00) 37 El sistema liberal y el Consti.tucio- nalismo 24 Enseñanza. La memoria de Roma· nones; con notas.. 3ü 55 d Aclaraciones sobre un artículo de 1905 aceres de elecciones. El Pa· dre Muiñ.os. 551 Conferencia Internacional contrri la pornografía.. 55 1 La propaganda anárquica nntc el Derecho. La libertad de pensa- 30 miento. Refútanse las objeciones 19 {llorriulor. lneompletos.) 55' La inmorali<lad pública e:tusa de Ja pérdJda de las almas . . 22 (22 páginas suprimidas en el Lrab11jo sobre ol r.rtfc.ulo H do 111. Constituei6n.) T. VII.-56 El artículo U de la Constitución 51 ·62 t Vt"!anselos núrns.3ll, 52 y:.S.) T. VIl.- 57 Principio de. las nacionalidades do la 110 intervención del respeto a los hechos consumados. . . 58 Apuntes de Dcrocho Civil ....... . 59 Apuntes de Derecho Romano .... . 60 Apuntes de D.crecho Internacional. 61 Confesiones: a) Cuaderno núm. 1 T. V!Il. b) 2.. T. T. X. e) 3 ... d) 4 e) 5 ... Elementos de Derecho Penal según Ja filosofía cristiana y la legisla- ción española: 7 págR, 204 162 226 284 304 176 200 60 !Xr T. XI. T. XII. J.er tomo. 2.o . 2.057 . .... 2.522 Los cuadernos que se refieren a <Confesiones,. , no son confesiones del propio autor, sí no de los librepensa- dores, que de vez en cuando y siempre que la necesidad o las circunstancias los obligaba a ello¡ o en momentos de espontánea sinceridad han hecho afirmaciones, de- claraciones, o exteriorizado pensamientos contrarios a sus principios. Hay entre estas <Confesiones:. del P. Minteguiaga más de 810 notas, en el sentido que acabamos de citar, siendo una verdadera lástima que la Compañia de Jesús no se decida a darlos a la publicidad, por el valor inmen- so que de suyo tienen para la causa de la verdad, y por la nobilísima y trabajosa tarea que supone en el P. Min- teguiaga. No son notas cogidas al azar de una y otra parte, sino producto y selección de continuas y profundas lecturas. Por cuanto llevamos apuntado podrá hacerse una idea el lector de aquella vida preciosa del esclarecido jesuíta donostiarra, consagrado por entero al magisterio y al trabajo intelectual continuado, tenaz e intenso como pocos. De sus trabajos inéditos, aunque son todos de valía y de asuntos de actualidad, los que más completos se encuentran son estos de las «Confesiones» y el del Derecho Penal.

Hay infinidad de manuscritos, cuyos borradores no están completos; sin embargo, es seguro que su lectura indicara nuevos caminos en la ciencia jurídica y en las grandes cuestiones de actualidad; inspirara nuevos pensamientos y haría formar una nueva publicación de grande y trascendental importancia.

Vida tan insigne, entregada al servicio de Dios, mediante la labor de publicista, hasta el extremo de haber estado escribiendo momentos antes de su muerte, acabó su existencia en la Universidad de Deusto el 8 de Febrero de 1911.

Cuando nació el P. Minteguiaga, las ideas que hoy, en su cristalización, han realizado tantos estragos, comenzaban entonces a divulgarse, a difundirse, a minar Ja actual sociedad. No parece sino que Minteguiaga vino al mundo para lanzarse en el acto a la defensa de la Iglesia y de sus doctrinas. Que no otra cosa hizo en los cincuenta años que vivió en la religión.

A su muerte, toda la prensa de las derechas dedicóle largos y encomiásticos artículos. El autor de estas líneas publicó uno, que apareció en el fondo del importante periódico bilbaíno La Gaceta del Norte, cuyo director es en la actualidad el notable periodista D. Aureliano López Becerra.

Los funerales tributados al P. Minteguiaga se vieron concurridísimos por todo cuanto supone algo en el pueblo y la sociedad bilbaína. Tan grato era el recuerdo que había dejado el P. Minteguiaga en vida, que en la hora tremenda de la desgracia era unánime el pensamiento que predominaba en aquella admirable manifestación de duelo.

El P. Minteguiaga -decían todos- era un corazón sin hiel.

¡Qué hermosa frase y qué tranquilidad para aquella alma que se presentaba ante la suprema residencia del Altísimo!

La revista Estudios de Deusto, en el número del mes de Marzo del mismo año, dedicóle un sentido artículo con una nota bibliográfica debida a la autorizada pluma del ilustre publicista de la Compañia de Jesús el P. Félix López del Vallado, cuyas más salientes lineas dicen como sigue:

«En todos estos trabajos -los del P. Minteguiaga- resplandeció siempre aquel su espíritu claro, sereno, bien cultivado e íntimamente penetrado del amor a Dios y a su Santa Iglesia, que le hizo formular siempre con acierto sus juicios, aun en aquellas cuestiones político-religiosas en que la pasión suele ofuscar a las almas más rectas. Si no fuera esto verdad, ¿cómo le hubieran impugnado con tanto empeño en aquellos sus consejos sobre elecciones, que merecieron la explícita aprobación de la Santa Sede? Sólo la obsesión pudo negar valor a aquellas verdades de sentido común y dar lugar a que sobre ellas recayera el fallo de la Iglesia; pero ni aun entonces cesó la campaña contra sus juicios, permitiendo Dios que cosechara por ese medio no escasa corona de merecimientos para el Cielo. Porque todo lo sufrió en silencio, devorando la amargura que le causaban los reproches inmerecidos y la contienda entre católicos, todos interesados en el mismo bien que él pretendía con sus consejos.»

Cuando en la capilla de la Universidad de Deusto se celebraron los funerales y la conducción de su cadáver al cementerio de Deusto, con aquel acompañamiento tan numeroso como escogido, parecía que una tenue brisa de dolor reconcentrado aireaba aquellos rostros. El recuerdo del P. Minteguiaga era algo así como un destello de bondad y de inocencia que ni entonces se apartó, ni se apartará, de los corazones de cuantos tuvimos la dicha de conocerle y tratarle.

Y es que almas escogidas como la del P. Minteguiaga son como la blancura nítida de la s alas de una paloma¡ cuanto más se las contempla y más se las recuerda, con mayor intensidad destacan entre el resto de los demás seres.

* * *

Pero vayamos a dar un rápido vistazo sobre la figura literaria del P. Minteguiaga y veámosle como escritor y publicista.

Por la variedad de asuntos tratados; por el concurso prestado por él a cuantas cuestiones se han debatido en la prensa en estos últimos tiempos, al momento se deja ver la elasticidad de su ingenio. Era precisamente la característica que en él se destacaba esta de la elasticidad. Planteado un problema cualquiera, fuera matemático. físico, social, filosófico o literario, pocas veces lo abandonaba el P. Minteguiaga. A los pocos momentos, por lo general, y aun tropezando con las cuestiones más abstrusas, se daba cuenta de ellas con absoluta claridad; analizaba por partes, descomponiéndolas, y, llegado ya el momento de la reconstitución, no las presentaba solas, en esqueleto, sino el problema todo él entero, con carne y hueso, con sus formas bien delineadas, con detalles que a no pocos se les escaparan, con facciones, con expresión, con vida. Es verdad que la predominante en sus aficiones era la jurídica, y con sus principios y sus reglas hacía la aplicación a multitud de problemas de actualidad, de los que él tanto se ocupó.

Y aquí, que es donde la mayoría de los publicistas incurren en el defecto de cansar y aburrir al lector, bien por la obscuridad del concepto o por la inacabable enumeración de citas, el P. Minteguiaga se deja leer con interés, con un interés crescendo, desde la primera a la última página.

Dependía esto de la claridad y, en momentos, de la agilidad en su estilo. Podían compararse sus estudios todos, con la misma superioridad con que se compara un hombre genial de la Edad Media con otro hombre genial de la Grecia clásica, o la insensibilidad de los emperadores romanos. Si no era armonioso, era cristalino y reluciente. Si no era grandilocuente, era profundo como el pensamiento de un filósofo de la antigüedad.

El P. Minteguiaga, en otro ambiente, en otro medio que no hubiese sido el español, hubiese brillado, difundiéndose. Las ediciones de sus libros se hubiesen agotado, por numerosas que hubiesen sido sus tiradas. Bien es verdad también que, debido a las luchas que se han enconado con verdadero furor en estos últimos tiempos de ideologismo radical e idealismo católico, sus artículos despertaron tan grande interés como avidez en su lectura. Y así como Michelet en su «Historia de Francia», refiriéndose al estado general de la mentalidad y sociedad francesa en la Edad Media, dice: «Nosotros podemos enorgullecernos de tanto progreso realizado, y, sin embargo, el corazón se achica y entristece cuando ve que en todo ese progreso de cosas no ha aumentado la fuerza moral», nosotros también podemos decir que, siendo nuestra fuerza moral de una in- tensidad tan honda que por sí sola basta para llevar a cabo empresas bien trascendentales, no está, sin embargo, lo suficientemente encauzada, educada, refinada, como para llegar a la difusión y encarnación de las doctrinas, teorías y principios sustentados por el P. Minteguiaga en sus numerosos estudios.

Cuando las luchas por el ideal preconizaban en Francia días de peligro y de luto para las rectas conciencias, apareció un hombre como Montalembert, campeón insigne de la verdad¡ Montalembert no quedó solo) ni su acción fué individual. En correspondencia con Lacordaire, con Lammenais, con O'Connell, con Mickiewich, con Dupanloup, con Veuillot, ejerció una acción formidable y organizó núcleos de ciudadanos defensores de la religión en Francia y fuera de ella. Pero Montalembert iha acompañado en sus escritos por media nación que le seguía y le comentaba; por media nación que puede decirse alentaba a compás de sus latidos y, sin llegar a los furores democráticos de Veuillot, según frase de Julio Lemaitre, llegó a arrastrar tras de sí el estado entero de una conciencia nacional.

¿Por qué esto? ¿Por la gran figura de publicista y orador de Montalembert?

Evidente. Pero también por la educación; por esa educación 4ue identifica y compenetra las almas en el mismo ideal, en el mismo credo, en idéntica fe. Esto falta en España. La educación, que no se adquiere más que por la propaganda, de la conciencia colectiva. Si así estuviésemos, y si así fuese, sin llegar a ser gran orador el P. Minteguiaga, pero sí un gran publicista, sus escritos difundidos debieron haber estado ya en el corazón de todo un pueblo, agotadas sus ediciones y conocido su nombre, tanto por lo menos como el himno más popular. De él bien puede decirse: fué todo un corazón. Veía nuestra sociedad envuelta en un caos de ideologismo extranjero, que poco a poco enfermaba las inteligencias y los corazones de los ciudadanos. Y él, sin mirar a más, proponiéndose inculcar y difundir el idealismo salvador que emanaba del Evangelio, lo extendió en sus publicaciones, cual si fuera el benemérito enfermero que con bálsamos y óleos suaves iba a purificar y curar las llagas profundas de esta sociedad, enferma en sus órganos más delicados.

Más de una vez me recordó el P. Minteguiaga a Ozanam, al insigne Ozanam, porque Minteguiaga, como el publicista y apóstol francés, ejercía el magisterio. Y Minteguiaga, como Ozanam, era bueno, era sabio, era apóstol. El publicista francés llegó a raíz de los horrores de la Revolución. El español, cuando en su nación se tocaban las consecuencias de aquella Revolución, para la que no hubo fronteras.

Minteguiaga no enseñaba en párrafos elocuentes lo que se proponía demostrar, sino en un lenguaje claro y sencillo. Pero si a primera vista creemos y decimos que no fué elocuente, al recapacitar unos momentos diremos que sí. Su enseñanza, su doctrina, fué elocuente, como puede ser elocuente la oración de un parlamentario, o el informe de un letrado defendiendo al reo. Lo que no hubo en toda la producción del P. Minteguiaga fué retórica. Eso no. Pero como la elocuencia no está nunca en las palabras y sí siempre en Jos~ afectos, aquí tenéis la razón del por qué el P. Minteguiaga fué elocuente, elocuentísimo.

Sus publicaciones, sus escritos, respondían siempre a la abundancia de su corazón, al calor intenso de sus sentimientos. Era filósofo del corazón a la inteligencia y de ésta a sus escritos. Sus palabras delataban siempre a la emoción de su espíritu. Se transformaban con el sello del apostolado, porque había en ellas esa virtualidad que sólo el calor del corazón les otorga e imprime.

No basta tener talento. Sin el corazón, las producciones y Jos pensamientos se asemejan a figuras de cera, sin vida y sin movimiento. Un insigne gobernante D. Antonio Maura -lo ha dicho: «Hay que buscar en la tarea de instruir algo que es del espíritu, que es del sentimiento. Los mejores pedagogos han sido los hombres de corazón»· En el escéptico no hay afectos, no hay sentimientos; por lo tanto, no hay corazón. Todo lo cubre con la ironía, con la frialdad. frialdad que tanto hiela las almas como los cuerpos.

Los escritos del P. Minteguiaga, por lo mismo que obedecían siempre a la grandeza de su espíritu, sobrepasaban los términos vulgares de las definiciones, los análisis fríos, las proporciones objetivas. Hay en todas sus producciones dos grandes fundarryentos inseparables a su modalidad en el pensamiento. Son Ciencia y Amor. Los dos inseparables también a su carácter. Y en conjunto. El triunfo de lo sentido, de lo cordial, sobre lo abstracto, lo ideológico, lo puramente doctrinario.

Claro es que en toda su obra campea y existe una trabazón filosófica constitutiva del fundamento de aquélla. Pero es como en un edificio de proporciones arquitectónicas la base de sustentación que, en lugar de ocultar y destruir la obra del artista, la consolida. Pero sin quedar oscurecida la línea y la belleza del ideal artístico. Antes bien, resaltándola y haciéndola triunfar hasta en los más delicados contrastes.

La dulzura en su decir; la claridad en su exponer, sin ser extremadamente literaria, atrajo en rededor de sus escritos un núcleo extraordinario de lectores. Todo su sistema parece que constituye una viva compenetra- ción del ideal cristiano, que es un ideal de amor, así como el pagano es un ideal de egoísmo, con su mismo carácter, con su mismo pensamiento. Y ahora precisamente que en nombre de la ciencia se cometen los ma-yores crímenes y las más estupendas aberraciones del pensamiento, ahora que una locura colectiva sustituye al orden, la reflexión y la moral, los escritos y las obras del P. Minteguiaga aparecen como bañados por aquella serena hermosura que, llegando a las mismas raíces del orden psicológico y moral, sugiere a las almas un conjunto de meditaciones, capaces por sí solas de disciplinar la más obstinada rebeldía.

Hemos dicho que no basta tener talento. El talento es la base, es el principio. El talento y el corazón deben cultivarse. ¿Cómo? ¿De qué manera? Aquí está, precisamente, aquí está la eterna cuestión de la formación de las inteligencias. De un talento más o menos formado, mejor o peor formado, puede surgir un genio o una gran calamidad. Nada hay más peligroso en la sociedad que los talentos mal formados o a medio formar. Un talento a medio formar, si no llega adonde él sospecha debe llegar por lo que supone tiene títulos bastantes, o es un descontento de la sociedad o un renegado.

Las consecuencias del anarquismo, que tan admirablemente nos pinta el P. Minteguiaga, obedecen y surgen, en gran número de ocasiones, de los talentos a medio formar. Aparejadas a ese medio-talento, por decirlo así, han ido la soberbia, la ambición y ia falta de fe. ¿Por qué ellos no suben adonde han subido ya otros vulgarotes y zafios? De inteligencias que piensan así están plagadas las filas del ejército anarquista. Ahí tenéis las consecuencias de un talento mal formado.

Nada vamos a oponer a la cultura del P. Minteguiaga. Era vastísima y sobre extensa, sólida y escogida. Auto- res filosóficos y jurídicos seguramente en su cerebro bullían en número incontable. Literarios pasaron ante su vista los más grandes clásicos y más puros estilistas, desde Cervantes a Granada. Disciplinó su inteligencia con la preparación de sus estudios, nutriéndola durante toda su vida con aquella sabia cultura que siempre promueve la experiencia de toda una Congregación religiosa, y las facilidades sin cuento que para ello otorga muy especialmente la Compañía de Jesús.

No había autor ni publicista contemporáneo en la Filosofía y el Derecho que a su perspicacia y afán de de lecturas se le escapase. Ni tampoco cuestión de actualidad, por pequeña que fuese, que no cayera dentro de la alquitara de sus estudios y meditaciones. Por sus libros han pasado destrozados en sus aplicaciones y en sus resultados cuantos sofismas ha hecho pasar por verdades inconcusas la filosofia alemana; el positivismo francés; y las grandes equivocaciones del pensamiento moderno. A veces la originalidad de su idealismo nos 'raía en remembranza recuerdos de los más admirados publicistas que la mentalidad ha producido. Los sistemas, las opiniones, las teorías y las hipótesis de la filosofía moderna refutadas están en páginas que muchas de ellas constituyen poemas de apologética y de defensa de principios morales inconmovibles.

Los dogmas racionalistas con su anulación de la razón divina y la plena autonomía de la humana; las negaciones de las verdades reveladas; de la moral evangélica; del dogma católico de la moral cristiana, colocados están por el P. Minteguiaga en su lugar correspondiente, nú tan sólo en la controversia y en la region especulativa, sino en las consecuencias que en forma tangible han venido presentándonos los hechos más culminantes de la viviente realidad. Kant, Hegel, Krause, Spinoza, esos filósofos que tan tremenda perturbación han causado en los espíritus, el P. Minteguiaga los analiza y expone sus derivaciones en el orden social. Casi toda la obra del P. Minteguiaga, por por no decir toda, dedicada está a esa refutación tan necesaria como difícil. La apologética no está, sin embargo, tan cultivada en España como en Francia, aunque tampoco tiene este carácter especialista la obra del P. Minteguiaga. Ella se ciñe casi exclusivamente a los hechos en consonancia con los principios que se propagan y se han defendido.

Cuando este insigne jcsuíta escribió «La Punihilidad de las Ideas», el anarquismo iba creciendo en España. Vió lo inerme que se encontraba el derecho nuevo para la defensa de la sociedad y lo delató en su famoso libro. Fué aquel la refutación más elocuente que de las tendencias de la legislación moderna se ha hecho en nuestros últimos tiempos. Y hoy, sobre todo, que reina tal confusión en las ideas y en Ja vida práctica; hoy que de un plumazo se destruyen pensamientos de vuelo de águila, sin más autoridad que la de la letra de molde del periódico; fuentes de luz y de verdad, de simpatía y de cariño, envuelven nuestra alma cual un baílo de grata sensación, los libros admirables del P. Minteguiaga.

Tenemos y debemos de mirar con amor esos libros, porque son libros escritos tamhién con amor, con amor hacia lo alto y a lo divino; con amor que ensancha, conmueve y arde nuestros corazones. Yo los leí casi en mi niñez. Después de varias veces, ahora al delinear estas páginas Jos he vuelto a leer, y ellos me han dado una sensación tan agradable, que me ha servido de tónico espiritual en medio de este furor de producción del intelecto moderno.

Hay algo que no se explica, algo aéreo y sustancial a la vez en estos libros de sano criterio. No sabemos si la ausencia del espíritu anarquizante; no sabemos si la ausencia de la mentira insustancial y atrevida, de la que tan plagados están los libros que a menudo vernos en los escaparates de las librerías; es el caso que al refrescar nuestra memoria con el rocío matinal de verdades tan bien dichas, una brisa agradable de bienestar y de vida· acaricia nuestros rostros e invade nuestras almas, como algo luminoso y alegre. Y es que nada hay que consuele, ni que convenza, ni que tranquilice, ni que persuada, ni que atraiga ni que alegre tanto el alma de un creyente, como las verdades y doctrinas, tan claramente expuestas como las que el P. Minteguiaga expone en sus libros y en sus trabajos todos.

La claridad en el pensamiento, como la luz en el lienzo, son condiciones características de los artistas, que como frutos sazonados hacen brotar delicadamente de sus plumas y de sus pinceles. Por esto, esas cualidades son los secretos de las almas escogidas por Dios para que sirvan de admiración y ejemplo a la Humanidad.

Todos los escritores de la Compañía de Jesús, comenzando desde sus teólogos y filósofos, y terminando con los publicistas del día, se distinguen, salvo raras excepciones, por su claridad en el lenguaje. Desde el P. Suárez, con sus inmortales infolios sobre la Virgen; Rivadeneyra en su «Vida de San Ignacio de Loyola», La Puente en sus «Meditaciones»; Astrain en su «Historia de la Compañía de Jesús»; Urraburu en sus profundas obras filosóficas; el inmortal Coloma en sus novelas, y terminando con los asiduos colaboradores de las muy notables y autorizadas revistas Razón y Fe y El Mensajero del Corazón de Jesús, como Villada, Vallado, Pérez, Aicardo, Ruiz Amado, el célebre P. Vilariño y el autor de «Genialidades», P. Alarcón (Saj) y otros muchos, por no hacer interminable la lista, son claros y precisos en su lenguaje, con la misma claridad de la transparencia de un cristal de roca.

El P. Minteguiaga, además de su profundidad, era clarísimo en su lenguaje; y exteriorizaba su pensamiento en el papel con la misma sencillez y claridad con que le oímos en su conversación. Teniendo en cuenta siempre que el P. Minteguiaga era tan parco en sus palabras, que las que hablaba en su lenguaje familiar sobre un tema cualquiera, había de escuchársele e interpretársele con las mismas palabras y construcción que él daba a la frase y a la oración. Era preciso en su lenguaje algunas veces hasta la exageración; pero no si se tiene en cuenta que antes de hablar meditaba con verdadera profundidad lo que iba a decir.

Si en sus escritos se notan a veces giros no del todo castizos, no serán debidos a Ja falta del dominio en el lenguaje, sino a motivos ajenos al lenguaje, y sí en cambio inherentes a la terminología doctrinal y científica. ¡Cuántas veces le recordamos con aquella alma ingenua hasta lo indecible; con aquel rostro que delataba toda una conciencia serena, tranquila, llena de paz! Era el P. Minteguiaga uno de aquellos varones tan impregnados de bondad que sólo el espíritu de caridad y santidad que reina en la Compañía de Jesús era capaz de comprenderlo. En aquella tranquilidad del monumental edificio de Deusto; en aquella huerta tan celosamente cultivada por hermanos de la Compañía; entre aquellos infolios, libros y volúmenes sin cuento de la biblioteca, era donde se encontraba el marco adecuado para el P. Minteguiaga; donde nada había que pudiese entorpecerle, ni menos dañarle en sus largas y profundas meditaciones filosóficas.

Fué gloria de la Compañía de Jesús y gloria de su raza. Pues en medio de tantas calamidades intelectuales que pasan todos los días ante nuestros ojos, enfatuados y suficientes, orgullosos que desdeñan a diario prestigios sólidos, e inteligencias firmes; en medio de tanto malsano error, que intoxicando los cuerpos van envenenando las almas, da consuelo y alegría a nuestro espíritu la contemplación de seres cuyas producciones son como la sal de la tierra donde nacieron, según frase de Carlyle; solitarios insignes de cuya savia vivificadora, se alimenta el espíritu y la verdad de toda una raza.

No caminó mucho por el mundo el P. Minteguiaga. No fué a las misiones; ni Dios le llamó al otro lado de los mares a predicar con su palabra la luz del Evangelio; pero dentro de este gran marco de la nación española -y digo gran marco porque lo considero grande para recorrerlo minuciosamente en obras de patriotismo- desarrolló sus virtudes, aplicando a sus numerosas producciones el espíritu vivificador del catolicismo.

Estos hombres, estos varones de un mérito verdaderamente insigne, son los que llaman la atención de mi alma. Encorvados y enjutos a fuerza de vigilias, de estudios continuados, de trabajo, en fin, que lo dan a la patria1 forman todo un conjunto de gallardas energías.

De estos ejemplares también los hay en el mundo. Pero cuesta más encontrarlos. Donde abundan es en la Religión. En esas Congregacíones de hombres y mujeres, tan sañudamente combatidas y que, sin embargo, son las almas y cerebros fundamentales que con sus obras consolidan la sociedad, la familia, el hombre, el género humano, en una palabra.

Cada vez que yo entro en los pasíllos, en las celdas, en las salas de estudio, en las bibliotecas de una comunidad religiosa, y veo, y contemplo a esos varones, graves sin afectación; austeros sin el menor alarde; ama- bles y cortesanos sin adulación; humildes y varones a la vez; resignados en los contratiempos, castizos y comedidos en el lenguaje, modestos en las formas y con un aire de piedad y profunda fe que asombran, abro el corazón a las grandes emociones que todo eso me hace pasar, y, corno quien contempla un lienzo de belleza pura, me extasío, me anonado y comprendo una vez más la pequeñez, la miserable pequeñez de este mundo enviciado.

¡Loyola! ¡Deusto! Modelos de casas donde ese ambiente se respira. Casas por las que discurrió, austera, la serenidad y la robustez de pensamiento del P. Minteguiaga. Si no fuese tan grande nuestra vanidad, si no fuese tan tremendo nuestro orgullo, al fin habíamos de confesar que son ellos los que triunfan, porque son ellos los que trabajan para la verdadera gloria. Triunfó el P. Minteguiaga en vida. Al morir..... triunfó de nuevo en la eternidad. Alabémosle aquí con palabras sinceras, más que con períodos retóricos, que cuando el hombre, desposeído de la vanidad, trabaja con un desinterés santo como el del P. Minteguiaga por la salvación y la gloria de los suyos; cuando hoy que se mira tan bajo y se cata tan pequeño, ellos miran tan alto y vuelan tan lejos con el vuelo de su pensamiento, fuerza es que el tributo dedicado, si no tan grande como sus merecimientas, sea por lo menos tan sincero como su desinterés y su patriotismo.



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JOSÉ JUAN SANTESTEBAN


José Juan Santesteban

Voy a hablaros en estas líneas de un hombre humilde y grande a la vez¡ de un hombre que nació para el arte y sólo para el arte vivió; de un donostiarra tan neto y tan puro, que, acabada su peregrinación estudiantil por Europa, siendo maestro insigne, apenas salió de San Sebastián. Ese donostiarra fué José Juan Santesteban.

Por su talento, por sus condiciones artísticas, por su gran corazón, pudo brillar en los centros más autorizados y renombrados en el mundo artístico de Europa, y, sin embargo, abandonándolo todo, prefirió seguir la senda misteriosa y escondida de los buenos, de los silenciosos, de los férvidos, haciendo de su vida arte puro y delicado, arte de su misma ciudad natal. Era Santesteban uno de aquellos hombres modestos, sencillos, que haciendo cosas bellas y creadoras, jamás pensaba en ellas para darse importancia, ni para explotarlas, ni menos para emplearlas en letal mercadería.

Uno de aquellos bascos de alma generosa y abierto corazón, cuyas obras y cuyos actos iban siempre a compás de sus sentimientos. Aristócrata del buen sentido de la vida, su alma, verdaderamente activa y creadora, soñó siempre en el arte; apartado por lo común del vulgar ambiente de las gentes. Era un solitario activo que empleaba su soledad corno instrumento adaptado a sus producciones y a sus obras; y como fundamento raíz y savia de cuanto de él aprendieron dos generaciones de artistas, un pueblo entero de inteligentes y aficionados.

Rodeado siempre de un mundo de mentiras y falsías; acariciado por brisas seductoras de una sociedad egoísta; viendo escalar los más altos puestos a gentes que carecen del sentido de lo bello, del sentido moral y del ideal más rudimentario; viendo, como vemos a todas horas, que a hombres que nada fueron se eleva en discursos y hasta en mármoles a un lugar que jamás en justicia les debieron otorgar, causa honda tristeza en mi ánimo el olvido en que yacen corazón y alma tan sensibles, tan artistas corno las de José juan Santesteban.

¿Quién ha hecho más por el arte en San Sebastián que aquel claro varón? ¿Quién fué mejor, más justo y elocuente intérprete que José Juan Santesteban?

No se encuentran en todos los instantes de la vida caracteres corno el de Santesteban, ni menos almas de artista tan desinteresadas como la suya; ¡cómo las vamos a encontrar en estos días de generaciones egoístas y de individualidades ambiciosas, incapaces en su mayoria de crear nada por puro sentimiento, por puro placer, por amor, por arte, por espíritu!

Y, sin embargo, el olvido en que va envuelto su nombre, aquel nombre que mantuvo todo el nervio de las murmuraciones y preocupaciones artísticas de toda una época, hace clamar en mi alma de donostiarra acentos de justa indignación y de entristecida conciencia, no para que su eco repercuta en esas lejanías de la vulgaridad y la mayoría, pero sí por lo menos entre los escogidos, los corazones sensibles, los artistas.

Estamos tan embebidos en nuestros negocios materiales; formarnos un sentido tan bajo de la vida, que ni siquiera sabemos sentir el placer de vivirla. Por esto nos desagrada la vida del espíritu, que es la vida del bienestar y del reposo; y por eso mismo precisamente olvidamos demasiado pronto a los que supieron noble y desinteresadamente sentirla y vivirla.

Pero si no los queremos recordar por ellos, recordémosles por la obra y el arte que hicieron, por la obra y el arte que en esta vida supieron· mantener. Siquiera en ello tendremos por lo menos el sentido del buen gusto, que no ha de ser siempre utilitario, ni ramplón, ni egoísta, sino espiritual y sutil como el hilo transparente de las aguas puras de una fontana.

Suponed, sin embargo, que yo me halle equivocado; suponed que debemos olvidar a los que en buena hora se regalaron con la vida del espíritui pero ¿creéis que sin los que fomentaron las raíces de esa vida del espiritu podríamos vivir? ¿Creéis que existiríamos en felicidad olvidando a aquellos que nos hicitron sentir y vivir nuestro paisaje, sentir y vivir la perspectiva de nuestras montañas, sentir y vivir el encanto suave y melodioso del murmurio de nuestros arroyos, sentir y vivir el verdor perpetuo de nuestros prados, sentir y vivir todo nuestro pueblo con sus pasiones, su fuerza, su virilidad y las páginas todas de su historia patria?

¡Ay, engaño y seducción estupendos! ¡Cuán pronto caeríamos en el agotamiento y en la nada!

La vida del espíritu y el recuerdo santo y venerado de los que se renovaron siempre con ella, debe merecer nuestra más viva exaltación hacia su memoria bendita. Y tratándose de un carácter como el de Santesteban, tratándose de ün hombre que, puede decirse, vivió sólo para San Sebastián y para Guipúzcoa, esa memoria, ese recuerdo, hay que mirarlo como memoria y enaltecimiento del arte donostiarra, de la música donostiarra, de la que Santesteban fué su raíz, su fundamento, su sangre, su vida.

Bien sé yo que decir a la vulgar murmuración de las gentes que eleve su pensamiento, que mire durante unos momentos siquiera a esa región serena del ideal y de la fe, es algo que requiere una órbita más luminosa que la que actualmente a diario contemplamos. Pero cuando ese pensamiento ha de dirigirse a quien vivió la poesía, la pura poesía del arte y de la verdad en el arte; a quien se alimentó de la estimación y del espíritu de los suyos; a quien el hilo de su existencia fué el hilo irrompible de una eterna sinfonía, sinfonía de amores santos y puros, ¿liabrá quien selle sus labios y enmudezca su voz ante el canto de unísono homenaje que debiera brotar de tanto número de corazones donostiarras?

Debéis mirar, sin embargo, que no hay nada que dignifique al hombre más que la realización de un elevado pensamiento. Y que ese pensamiento arrastra tras de sí muchos más corazones que toda una gama de frases retóricas. Y que el hombre, pensando alto, es como el favor de Dios del que nos habla Fray Luis de León que «en las mudanzas está quedo, y entre los espantos seguro; y cuando todo a la redonda dél se arrime, él permanesce más firme y, como dijo aquel grande elocuente, luce en las tinieblas y empelido de su lugar no se mueve».

Lo que Santesteban fué en su carácter, fué también en si1 música. La misma sencillez de su vida palpitaba en las notas del pentágramai la misma hermosura de su alma; la misma moralidad de sus actos; los mismos sueños; las mismas remembranzasi la misma limpidez de su corazón. Eran sus notas espejo de sus palabras; sus composiciones, delineación de su sonrisa; sus páginas, adivino de su corazón. Sospechad lo que será todo ello, y cuánto será, si viviendo estimado muchos años, todos, sin excepción, los dedicó al divino arte, a la expansión generosa, a eso que os digo lo que fué y que ahora veréis por su vida el rastro de luz que dejó.

* * *

Nació José Juan Santesteban en la ciudad de San Sebastián el 26 de Marzo de 1809 (1). Sus padres, de posición modesta, eran, sin embargo, propietarios de algunas fincas dentro de la ciudad y en lo que se dió en llamar barrio de San Martín.

Hoy se levantan en este barrio suntuosas edificaciones, que pregonan el adelanto de San Sebastián, sus atrevidas iniciativas y la admin istración de sus corporaciones. Entre estos edificios merece señalarse el actualmente en construcción Palacio de Justicia, obra del arquitecto donostiarra Sr. Ourruchaga.

Sonreíale a Santesteban un porvenir estimable; pero, debido al horroroso sitio, incendio, saqueo y destrucción casi total que la población sufrió el año 1813 con motivo de la invasión de las tropas inglesas, la familia de Santesteban perdió, como la mayoría de los donostiarras, cuantas haciendas y propiedades tenían, viéndose obligados a enviar al niño Santesteban fuera de San _________________ (1) En toda la relación de su vida nos atenemos estrictamente a documentos inéditos de la familia del ilustre compositor, muchos de ellos escritos de su puño y letra, así como el itinerario de los viajes por Italia, especialmente. Datos que debemos a la buena amistad de un distinguido donostiarra, íntimo de Santesteban Sebastián. A la sazón existían en Escoriaza unos parientes de la familia de Santesteban, establecidos con un comercio acreditado. Eran la abuela materna y unos tíos. Y, en efecto, allí marchó el futuro compositor musical en compañía de un hermano suyo.

Sin embargo, no fué con sus parientes con quienes Santesteban vivió y se educó. D. Juan José Zaloña, cura párroco de la misma villa de Escoriaza, íntimo de la familia y quien había también años antes cuidado de la madre de Santesteban, fué el que se encargó de la educación de los dos hermanitos.

No le fué difícil a Zaloña conocer al poco tiempo la asombrosa disposición que el más joven de los hermanos señalaba para Ja música, y, siguiéndole paso a paso, no quiso desperdiciar la ocasión tan preciosa que se le presentaba para hacer de aquel muchacho un notable organista y maestro compositor, como así lo fué.

Le enseñó a oído alguna que otra misa, cánticos de novenas y otras composiciones musicales. Y ya para los cinco años cantaba algunas estrofas que había oído de la novena de San José, con tal afinación, aplomo y expresión, que cuantos le escuchaban quedaban admirados de las naturales condiciones del niño donostiarra.

Zaloña, sin más, aconsejó en seguida a sus parientes que le enviasen a la villa de Oñate a fin de que, con la acertada dirección del organista de aquella parroquia D. Manuel Garagarza, aprendiese la música y se le preparase para la carrera de organista.

¡Feliz acierto del presbítero Zaloña!

Apenas tenía ocho años Santesteban bajo la hábil dirección de Garagarza, cuando los progresos realizados por el precoz muchacho en Ja música eran verdaderamente extraordinarios, hasta el punto de que Santesteban cantaba y tocaba al órgano en las misas cantadas de los sábados. Imagínese el lector cuál no sería la sorpresa del pueblo oñatiense al contemplar a un niño de tan corta edad interpretar al órgano composiciones de música religiosa.

No parece, sin embargo, que a su profesor Garagarza le hacía mucha gracia el muchacho, porque, según leemos en documentos de origen el más autorizado, apenas llegó Santesteban a saber lo bastante para ayudarle, le abandonó en su dirección artística. Solamente le daba alguna que otra lección por semana, castigándole, en cambio, con rigor y dureza; que no solamente en el Sr. Garagarza, sino en casi todos los maestros de escuela, era corriente la dureza en el trato de los niños.

Sin embargo de esto, como aquella vocación de Santesteban por la música era tan marcada y férvida, venció cuantos obstáculos se le ponían por delante, sufrió en cuanto pudo los malos tratos de su maestro, o por lo menos sus asperezas, y siguió rindiendo culto al amor de sus amores. No olvidaba tampoco a su protector y pariente Sr. Zaloña, y cada seis meses acostumbraba a ir a verle para dar fe de los progresos realizados.

Ya en su pueblo natal había trascendido la fama del niño Santesteban. En aquella época que la vida de Donostía estaba exclusivamente reconcentrada en las familias, que el arte no conocía un núcleo exteriorizado en forma que hoy llamaríamos Bellas Artes, Teatro, Casino u otra colectividad artística, se necesitaba tener un motivo de aniversario, festividad u otra causa cualquiera para oir música escogida. Generalmente, como las festividades eran religiosas, se escuchaba música religiosa.

En algunas familias de abolengo y de posición se hacía, sin embargo, música en sus salones, donde, como era natural, en aquella época predominaba el gusto y la escuela italiana. fué precisamente en una de aquellas sesiones artisticas de San· Sebastián donde se habló mucho del joven Santesteban. Bien sabido es que San Sebastián ha sentido siempre verdadera predilección entre las bellas artes por ta música, como ya pronto veremos por varios detalles sumamente interesantes para la hístoria de la música donostiarra.

Pues bien, el año 1821, ocho años después de la total destrucción de San Sebastián, no solamente se tenían noticias de ser Santesteban un buen organista, sino un tiple de voz bien timbrada y agradable.

Se iba a celebrar el aniversario de la quema de la población. Sagasti, compositor y músico que figuró a principios de siglo en San Sebastián, que llevaba fama de ser un buen músico en toda la provincia, compuso una Misa de Requiem para ese día; al momento, los amantes de la música acordaron traerle al joven Santesteban para ese día y hacerle cantar la parte de soprano en el Oficio de Difuntos y Misa de Requiem. Desde los primeros compases, llamó poderosamente la atención de los inteligentes -que también Jos había entonces en San Sebastián -y del público en general, no tan sólo la voz bien timbrada, dulce y extensa, sino aquella difícil interpretación de la música, que sólo almas sensibles y corazones de verdaderos artistas saben imprimir.

El triunfo de Santesteban aquel día fué total. Entusiasmó a los donostiarras de tal manera, que todos se disputaban en agasajos y consideraciones al futuro maestro donostiarra. Y entonces se concibió también la idea de que fuese San Sebastián la población donde había de completar Santesteban la continuación de su educación musical.

En efecto. Era a la sazón maestro de capilla y organista de la parroquia de Santa María D. Mateo Albéniz, uno de los músicos que más quedaron prendados de las disposiciones artísticas del joven muchacho. Apenas terminó la ceremonia religiosa en cuyo canto tomó parte Santesteban, comprometióse a educarlo con el detenimiento y cariño que éste merecía. Vióse con la madre de Santestehan, consultaron el caso con la familia, y al poco tiempo Albéniz se encargaba de la educación musical de Santesteban.

Si Santesteban se entusiasmaba con la música, no lo hacía menos Albéniz con su discípulo predilecto de veras. No resultaron defraudadas las esperanzas que sobre aquel muchacho tenia puestas el maestro Albéniz. Al año siguiente, o sea en 1822, llegó Santesteban de Oñate. Albéniz tomó con verdadero e inusitado cariño la educación de Santesteban. Le hizo perfeccionar sus primeros estudios por el método de piano de Adán, que si bien lo había estudiado ya en Oñate, Albéniz no quiso dejarle sin repasar de nuevo, con sus consejos y advertencias.

Hízole también instrumentar todas las sonatas de Haydn y de Mozart, y el mes de Octubre de 1824 empezó a enseñarle el contrapunto con todo género de detalles y cuidados, no pasando de una especie a otra sin que estuviese bien impuesto en cada una de ellas. Por último, Albéniz le enseñó la fuga, a dos, tres, cuatro y ocho partes. Esta última educación duró cuatro años, sin abandonar, a pesar del trahajo que requería, los estudios de piano y órgano. Tales disposiciones presentaba Santesteban para el divino arte, que, maravillado, su profesor se levantó un día entusiasmado, dicíéndole: «Tú serás, hijo mío, el Mozart de tu maestro».

Durante los últimos cuatro años, cuál no sería la facilidad y buen gusto de Santestehan para la música, que durante las largas ausencias que Albéniz pasaba en París, aquél hacia de sustituto como organista en la parroquia de San Vicente. Hay que tener en cuenta que ya por aquel entonces el gusto artístico y la educación musical iban adquiriendo un buen relieve en San Sebastián. Por lo tanto, la plaza de un organista y cualquier ejecutante de órgano no podía pasar desapercibida, precisamente por esa afición musical que en San Sebastián iba desarrollándose. Santesteban llenó no sólo cumplidamente su misión durante las ausencias de Albéniz, sino con reconocidas muestras de entusiasmo por parte del pueblo donostiarra, que ipso facto le aclamó como a un extraordinario artista.

San Sebastián por aquella época no daba muestras de una gran actividad mercantil ni industrial. La población que antes del horroroso incendio de 1813 fué urbe dedicada a las empresas manufactureras más atrevidas e importantes, no pasaba, en la época que Santesteban se daba a conocer como una gran esperanza en el arte musical, de una población tranquila, sosegada y dedicada por lo general a un comercio reducido.

El comercio anterior, de una opulencia fabulosa, no existía; las construccicnes navales, apenas se pensaba en ellas; su puerto y sus astilleros ofrecían el espectáculo de una soledad triste y silenciosa, cual un desierto. A los ruidos de los martillazos de los calafateros, de los constructores de buques1 de las fundiciones de anclas, de los veleros y de toda aquella industria que dió a España días de gloriosos triunfos, se había sustituído por una decadencia tan grande, que apenas si nadie se cuidaba, más que algunos ricos comerciantes, de intentar volver a los tiempos anteriores de desarrollo industrial y manufacturero.

Y este estado de quietud donostiarra; aquella especie de descanso en la actividad de los hijos de San Sebastián, contribuyó, sin duda, al cultivo y fomento de las bellas artes entre lo más conocido de la sociedad easonense. Las reuniones de la mayoría de los muchachos jóvenes formábanse para cultivar durante las largas noches de invierno el arte de Orfeo; se organizaban charangas, músicas, orfeones; se presentaban proyectos de diversiones al aire libre, y, en una palabra, la juventud de San Sebastián daba siempre pruebas de ser una juventud bulliciosa y alegre. Ya para entonces, hacia el año 1826, Santesteban organizó, antes de la venida de Albéniz de París, una música de aficionados dirigida por él, y el mismo año compuso un Miserere para las monjas de Escoriaza.

Pero para que el lector se dé una ligera idea del movimiento musical de San Sebastián durante aquella época, basta señalar el caso de que para cuando Santesteban formase la música que acabamos de citar, existían ya en San Sebastián otras dos charangas. Una dirigida por un músico mayor retirado que se llamaba Sacortada. Nació esta charanga en una taberna de las inmediaciones de la parroquia de San Vicente y se la denominaba la charanga de los achúas, por ser así el nombre de la taberna.

La otra, se la distinguía por la charanga de los señoritos, y a ella pertenecían los jóvenes de las familias más conocidas de San Sebastián, jóvenes todos ellos que componían la élite musical del pueblo donostiarra, y que por su educación y por viajes que algunos de ellos habían hecho al extranjero, sabían hablar de literatura, arte y las tendencias musicales de aquella época. Esta charanga fué fundada por los Brunet y dirigida precisamente por uno de ellos, por D. José Manuel Brunet.

En opinión de Santesteban, las dos valian muy poco, y como ya este músico iba formando en su rededor un

  1. «Obras y correspondencia inéditas de J.J. Rousseau». Rodet.
  2. En la Enciclica Inmortale Dei resume con admirable concisión el Papa León XIII los principios del derecho nuevo, derivados de la Reforma luterana.
  3. Dante. Paradiso, XIX.
  4. Discurso leído por el Excmo. Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo ante la Real Academia Española al ser recibido Académico en ella el día 3 de Noviembre de 1867; pág. 50.
  5. Véase Razón y Fe: «La libertad de imprenta y la legalidad vigente de España», Enero 1904, pág. 22.