Elogio Histórico del Conde de Floridablanca (1809)
ELOGIO HISTÓRICO
DEL SERENÍSIMO SEÑOR DON JOSÉ MOÑINO,
CONDE DE FLORIDABLANCA,
Presidente de la suprema Junta central gubernativa de
los reynos de España é Indias.
Por Don Alberto Lista y Aragón.
SEVILLA : IMPRENTA REAL : 1809.
Entre quantos hombres ilustres han producido los últimos siglos, habrá muy pocos cuyas alabanzas póstumas sean tan conformes á la voz general, como las del inmortal ministro, objeto del presente elogio y de las lágrimas de la nación. Las convulsiones políticas, tan rápidas como inesperadas, que han renovado la faz de la península, el ascendiente de la opinión pública sobre los intereses particulares, y mas que todo, el amor de la patria, sentimiento poco ha desconocido, y que ya brota de todos los pechos españoles, cierran el camino á los panegiristas aduladores ó venales. Solamente la verdad puede elogiar al mérito; y si por tantos años ha sido delito hablar con sinceridad de los hombres y de los negocios, ya, gracias á nuestra portentosa revolución, puede elevarse la voz libre de un ciudadano sobre los últimos suspiros de la extinguida tiranía. Sí, españoles: un ciudadano es el que se propone describiros las virtudes del ilustre Floridablanca: protesta, que no tendrán parte en su elogio ni el espíritu servil de adulación, ni la gratitud, ni la esperanza; sabe que las acciones de su héroe son conocidas de toda la nación, que admiró su ministerio, lloró su desgracia, y pidió casi á voces que se pusiese al frente del actual gobierno; y confía, que cada parte de su elogio resonará profundamente en los corazones patrióticos. ¡Feliz Floridablanca! á quien la providencia concedió, en próspera, y adversa fortuna, la posesión constante del amor y confianza nacional; y que, en el descanso de la tumba, goza de un nombre inmortalizado por los sufragios universales de sus conciudadanos.
Murcia, su patria [1], tiene la gloria de haberle dado la educación literaria. Concluidos sus estudios, pasó á Madrid, donde exerció muchos años la noble y laboriosa profesión de abogado; y de tal modo brillaron en ella sus luces, su elocuencia y su probidad, que esta primer reputación, adquirida á fuerza de mérito, puede considerarse como el origen de su gloriosa carrera. En efecto, los genios sublimes destinados por el cielo para grandes cosas, no pueden ocultarse ni aun en la oscuridad de los negocios privados. Sus escritos, sus alegatos , sus defensas llevaron aquel sello de originalidad grandiosa, que imprimió después á sus operaciones públicas. Su elocuencia era mas penetrante que viva: se inclinaba mas á la insinuación que á la vehemencia; y este carácter distintivo de sus producciones, fieles imágenes del alma, fué el que constantemente conservó en toda su conducta política.
El mérito, pues, que contraxo en los penosos trabajos de la abogacía, y la superioridad de su genio universalmente reconocida, le proporcionaron la entrada en la carrera de los honores , adquiriéndole el nombramiento de fiscal en el supremo consejo de Castilla. Este fué siempre el favor especial con que distinguió la fortuna á Floridablanca: jamas obtuvo puesto alguno, jamas recibió dignidades ni honores, sin que mucho antes la voz pública le hubiese aclamado por merecedor de poseerlos.
En su nuevo destino vio dilatarse la esfera de sus ocupaciones; pero estas aun no bastaron á la extraordinaria actividad de su genio. Fixar el sentido de las leyes, mantener la balanza justa entre la autoridad del monarca y las reclamaciones de los pueblos, distinguir los derechos de los diferentes poderes que componen la complicada máquina de la monarquía, examinar y dirigir los negocios mas importantes de la administración interior; y en fin, conservar el depósito sagrado de la constitución española, son las arduas y penosas obligaciones de un fiscal del supremo consejo. A todas atendió Moñino con tanta exactitud y felicidad, que atrayéndose la benevolencia y el aprecio de Carlos III, se adquirió al mismo tiempo el afecto de la nación, y la amistad de aquellos mismos á quienes justamente gravaba en sus consultas. El concluyó el expediente delicado y ruidoso de un ministro del santuario [2], que se atrevió á llamar persecución contra la iglesia la justa defensa de los derechos de la soberanía. El intervino en la corrección y reimpresión del famoso Juicio imparcial contra las pretensiones de la corte de Roma sobre los estados de Parma, moderando la vehemente elocuencia de su autor [3], y conciliando sólida y templadamente los intereses de la religión con los del trono. El fué á quien el monarca, el consejo y la nación ocurrían en todos los expedientes difíciles que se despacharon en su tiempo: él quien moderaba la fogosa actividad del sabio Campomanes con las gracias insinuantes de su estilo: él en fin quien asociado con el mismo Campomanes para la grande obra de regenerar la magistratura nacional, cooperó á todas las empresas del ínclito Carlos III, y contribuyó á crear todos los ramos de prosperidad pública, y á restituir al senado de la nación su antigua dignidad. Entonces fué quando la España, vergonzosa por hallarse atrasada en dos siglos á los demás pueblos de Europa, vio por la vez primera el establecimiento de una vigorosa policía tanto en la capital como en las provincias: entonces empezó á rayar la aurora del buen gusto en las artes y ciencias: entonces se emprendieron las grandes obras públicas, que inmortalizarán la memoria de aquel ilustrado soberano: entonces en fin, el genio nacional, por tantos años aletargado en la mas estúpida indolencia, se movió activo y vigoroso hacia todas las artes de felicidad general. Tal es el carácter que Moñino supo imprimir á la nación desde el principio de su carrera: y si á pesar del largo y doloroso despotismo que sucedió á su ministerio, conservamos algún resto de la antigua energía, algún amor á las ciencias, algunos conocimientos útiles, vestigios son de aquel grande impulso, que Carlos III y sus ilustres cooperadores dieron á la España.
Tantos y tan señalados servicios daban esperanza de otros mayores. El monarca y el pueblo opinaban de un mismo modo acerca de Moñino. La voz pública, adelantando el premio debido á su mérito, le entregaba ya en anuncio el gobernalle del estado; y el nombramiento de ministro de la corte de España en Roma fué mirado como un paso para él ministerio. Esta capital del mundo, donde tantos y tan varios intereses se han agitado; donde la religión ha asentado su trono sobre las ruinas del imperio mas vasto, ¡quan grandes ideas! ¡quan sublimes recuerdos excita con solo su nombre! La mayor prueba de la reputación que se ha grangeado un hombre público, y de la confianza que merece á su soberano, es encargarle su representación y la de su pueblo en aquel centro del orbe político, en aquella brillante escena, donde se han controvertido los negocios mas arduos del universo. La complicación de los intereses civiles con los religiosos, la funesta lucha que por tanto tiempo ha sostenido el sacerdocio contra el imperio, y la facilidad de atribuir á zelo por la religión las condescendencias con la corte romana, hacen necesario en el ministro extrangero, que resida en ella, un gran conocimiento de la historia de entrambos derechos, una atención exacta y delicada para no alterar ni en mas ni en menos la medida del santuario, y sobre todo, una extraordinaria fuerza de carácter para sostener los intereses legítimos de su nación, y arrostrar en su justa defensa los temidos rayos del Vaticano. Todas estas prendas reunía en sí nuestro héroe, y todas eran necesarias en aquel tiempo, quando á la dificultad general de una legación en la corte de Roma se añadia la delicadeza de los negocios particulares que nuestro ministerio ventilaba entonces con el sumo pontífice.
Entre estos, el mas arduo y el que hará célebre para siempre su embaxada, fué la extinción de la compañía de Jesús. A la verdad no tuvo parte como autor en aquel gran negocio. Quando empezó á brillar sobre la escena política, habian ya sido expelidos los jesuítas de Francia, Portugal y España, y su destino estaba irrevocablemente decretado. Sea pues lícito al panegirista de Floridablanca abstenerse de decidir sobre aquella memorable operación, en la qual su héroe no tuvo mas parte que la de un negociador hábil. Las cortes, que habian expelido á los jesuítas, clamaban por su entera extinción; y esta fué la comisión de Moñino en la corte de Roma: comisión difícil, tanto por el respetable partido que las virtudes y talentos y la desgracia misma le habian adquirido á la compañía, como por la repugnancia de la curia romana á la destrucción del apoyo mas fuerte que ha tenido su autoridad en los últimos siglos. Pero la firmeza suave de Moñino triunfó de todos los obstáculos. Asociado al célebre cardenal de Bernis, y poseyendo el afecto é íntima confianza de Clemente XIV, concluyó felizmente un negocio, en que las dificultades parecían insuperables y el éxito imposible.
Llegó en fin la época deseada, en que sus luces, su actividad y su genio, aplaudidos ya en Italia y en toda Europa, colmasen las esperanzas de la patria. Fué necesario satisfacer á la nación indignada por el infeliz éxito de la expedición de Argel: el duque de Grimaldi pidió su retiro, y Moñino, condecorado ya con el título de conde de Floridablanca, volvió de Roma á dirigir el gobierno de la monarquía.
La nación española, que durante los siglos bárbaros habia sabido arrojar de su territorio á los sarracenos, contener los progresos del feudalismo, y templar el poder de sus monarcas, sé halló en la época del renacimiento de las luces privada desgraciadamente de su libertad. La guerra de las comunidades afirmó el despotismo sobre el trono español: y Carlos V y Felipe II inspiraron á la nación aquel espíritu de servidumbre, que durante dos siglos ha constituido nuestro carácter político. Estos monarcas hábiles dirigieron los restos aun no extinguidos de la energía nacional hacia las conquistas exteriores; y la España, temida en ambos mundos, gemía esclava envilecida sobre las riberas del Manzanares.
Pero aquel poder, aquella gloria facticia no podia ser de larga duración. Las mismas victorias contribuían á debilitarnos. Ni los prodigios de valor que inmortalizarán para siempre el carácter militar de los españoles, ni las riquezas de la América, de que la península era entonces el único depósito, ni el maquiavelismo de nuestros ministros pudieron evitar la funesta influencia del sistema económico que nos desustanciaba, del sistema político que nos oprimía, de la servidumbre supersticiosa en que yacían todos los órdenes del estado y de la corrupción de costumbres, fruto ordinario de las conquistas y de la opulencia. Desde Felipe III hasta Carlos II descendió rápidamente la monarquía del grado mas alto de explendor á la ignominia mas vergonzosa: de modo que á la muerte de aquel débil monarca no creyeron los mas célebres políticos sostener de otra manera la independencia nacional, que uniendo á los intereses de la España los de su eterna enemiga la Francia, y buscando en su auxilio nuestra salud.
La guerra de sucesión restituyó á la España parte de su antigua energía. Toda la Europa conjurada contra Luis XIV, cuya ambición era necesario encadenar, la invasion de las provincias marítimas, la ocupación de nuestra capital, donde dos veces fué proclamado en vano el rival de Felipe V; las rápidas derrotas que sufrieron los franceses en Flandes y Alemania, y que abatieron el ánimo del monarca francés; nuestras pérdidas en América y en Italia, en fin, quantos males trae consigo una guerra larga, sangrienta y general no fueron capaces de aterrar la constancia española. Habían jurado no reconocer á otro rey que á Felipe V, y sostuvieron su determinación á pesar de toda la Europa. En un momento nacieron del suelo español talentos militares y políticos; y ¡ah! nuestra restauración se hubiera obrado entonces, si la dependencia servil de nuestro gabinete con respecto al de Versailles no hubiera cerrado todo camino al restablecimiento de la antigua gloria. El genio de Alberoni fué oprimido por la política rastrera y envidiosa de la regencia de Francia: y la España quedó reducida á ser un mero apéndice de aquella monarquía. Ella nos arrastró á sus guerras y á sus pérdidas; fuimos sacrificados en Italia al engrandecimiento de la casa de Borbon : fuimos sacrificados en el nuevo mundo á la superioridad de la marina británica. Los españoles, sometidos al pacto de familia, ó vencían sin gloria, ó eran vencidos con deshonor, donde quiera que lo exigia ó el interés ó el capricho de los franceses.
Los vicios de la administración interior contribuían en gran manera á disminuir nuestra consideración política en Europa. Quando ya las ciencias y artes habían llegado en las naciones cultas á un altísimo grado de perfección, eran casi desconocidos sus primeros principios entre nosotros. En vano fuimos los primeros en vencer las tinieblas de la barbarie: la vara del despotismo nos volvió á sumergir en la oscuridad. Habia á la verdad algunos sabios que venciendo obstáculos de todo género, hicieron respetable el genio español en el mundo culto: pero la masa general de los literatos, educada entre el polvo escolástico, era incapaz de adoptar sus conocimientos y de sufrir la superioridad de sus luces. En las bellas artes duraba á mediados del siglo XVIII la corrupción del buen gusto, que habia empezado afines del XVI. Los conocimientos políticos, tan comunes entonces en toda Europa, eran absolutamente ignorados en nuestra península.
De aquí las profundas raices que todo género de tiranía habia echado en España. De aquí la decadencia sucesiva de la agricultura y comercio. De aquí la conservación del monstruoso sistema de rentas, que por tantos años ha desolado la monarquía. De aquí en fin la nulidad de todos los poderes intermediarios entre el pueblo y el trono. Carlos III formó el arduo proyecto de disminuir tantos y tan funestos males: y si las enfermedades de las naciones, así como las del cuerpo humano, no pueden curarse sino con el tiempo y la paciencia, debemos confesar que el sistema prudente de mejoras sucesivas, adoptado por aquel monarca, fué el mas acomodado para nuestra restauración, y que ningún otro hubiera producido tan felices efectos.
Quando Floridablanca fué colocado al frente de la administración, casi todo restaba por hacer. La nación, es verdad, estaba menos sometida á la influencia monacal después de la extinción de los Jesuitas [4]: en los estudios, gracias á los desvelos de Campomanes, empezaba á reynar el buen gusto, precursor siempre de los progresos filosóficos; y el consejo de Castilla, único cuerpo intermedio en aquella época entre el monarca y la nación, había recobrado parte de su antigua influencia. Empero aun faltaba que remediar grandes abusos en la adminis- tracion de las rentas y en los ramos mas esenciales á la riqueza pública: aun faltaba recobrar el grado de potencia de primer orden que habiamos perdido por nuestra ciega adhesión al pacto de familia: faltaba, en fin, vengar la ignominia que las armas españolas habian padecido en la desgraciada guerra de siete años. Estas fueron las grandes, las arduas empresas, á que aspiró Floridablanca y las que consiguió gloriosamente.
La mejora del plan nacional de estudios fué el primer cuidado de este sabio ministro. A su voz empezó á desterrarse la envegecida barbarie de las universidades del reyno, y á introducirse en el estudio de las ciencias el método y lenguage que les es propio. Las academias, los cuerpos científicos, los establecimientos literarios, que antes presentaban un aspecto cadavérico, recibieron baxo su protección, movimiento y vida. El museo de Madrid, obra suya, destinada para la reunión de una grande academia de ciencias, probará á la posteridad la ilustración de Floridablanca y su zelo por los progresos de las luces. Pero entre todas las instituciones sabias, ninguna le mereció mas afecto y protección , que las sociedades patrióticas. Estos cuerpos tan despreciados, tan nulos durante la larga tiranía de Godoy, fueron entonces los mas protegidos. Los talentos artísticos y económicos , que estas sociedades han formado, los debe la nación al aprecio público que les adquirió Floridablanca; Al mismo tiempo se multiplicaron en la península los estudios matemáticos, que poco antes eran casi desconocidos. Aquella también fué la época en que el genio poético de la nación empezó á salir de su aletargamiento; y la lira de Anacreonte y la de Horacio volvió á resonar desde las playas del mar Cantábrico hasta las riberas del Estrecho. La lengua castellana, atormentada sucesivamente por los cultistas, los gerundios y los traductores, volvió á ser el depósito de la belleza y el órgano de la filosofía.
En calidad de primer magistrado no podia olvidar Floridablanca la reforma de nuestra legislación. No me cansaré yo en probar á mis conciudadanos la necesidad de esta reforma. Ningún hombre verdaderamente ilustrado existe en la nación, que no la conozca: ningún escritor célebre posee la España, que no la haya una y mil veces demostrado. ¿Y quien mejor que Floridablanca la conocía? ¿Quien mejor que él habia experimentado, ya en los trabajos de la abogacía, ya en las funciones de fiscal, la incoherencia de los diferentes cuerpos de que constan nuestras leyes, y la necesidad de uniformarlos? Pero esta empresa era tan vasta y difícil como necesaria; y ademas, exígia ella sola toda la vida de un grande hombre. Por eso la confió al sabio mas capaz de executarla, al ilustre Campomanes, gloria de la magistratura española, y cuya actividad por el bien público igualaba sus profundos conocimientos. Y si Floridablanca limitó su solicitud paternal por la España á la legislación civil, sin extenderla á la política, fué porque conocía la necesidad de hacer sabia la nación antes de hacerla libre; y que la libertad, bien como los manjares delicados, no debe darse sino á los estómagos robustos. En el estado que encontró la monarquía, no debió hacer mas que reformarla parcialmente, y se abstuvo de alterar la constitución entonces recibida, temiendo sabiamente el peligro de las innovaciones [5]. Así su principio político fué afirmar y vigorizar la autoridad real, dirigiéndola al mismo tiempo á la prosperidad pública.
En nada se conoció mas su constante adhesión á este principio, que en sus desvelos por la prosperidad de la agricultura y el comercio. Los mejores planes , las mejores leyes son inútiles á estos dos ramos de la felicidad pública, si están obstruidas las comunicaciones para el transporte de sus productos. Convencido de esta verdad, mientras las sociedades económicas y los sabios de la na- cion meditaban nuevas mejoras para la agricultura, nuevos aumentos para la industria, él consagró gran parte de su ministerio á la formación de caminos y canales que abriesen la comunicación interior de las provincias, y á transacciones con las potencias extrangeras que multiplicasen los puntos del comercio exterior. Los hermosos caminos de Francia, Portugal , Andalucía y Valencia, que unen con el centro los quatro extremos de la península, el canal de Aragón y otras obras importantes, hechas baxo su ministerio, manifiestan la gran falta de comunicaciones que padecía España para su comercio interior y la ilustrada vigilancia del ministro, que destruyó el mayor obstáculo para los progresos de la industria y de ia agricultura. ¡Que manantial de riquezas abrió en ellos á su nación! ¡Quantas. bendiciones derramó y derramará la España sobre su bienhechor! ¡Y que exemplo tan ilustre dexó á la imitación de sus sucesores!
¿Y quien podrá calcular la extensión é importancia que dio á nuestro comercio exterior? El humilló la altivez de los piratas berberiscos, y aseguró nuestra, navegación en el mediterráneo. El creó las relaciones políticas de España con Turquía, cerrada hasta entonces á nuestros buques. El unió por un tratado ventajoso de comercio las heladas playas de la Prusia con las herbientes olas del mar Ibero. El por gloriosos tratados de paz aumentó la extensión de nuestras costas en el Paraguay, nos restituyó las dos Floridas, hizo independiente nuestra navegación en el golfo de México, y destruyó en sus riberas orientales los establecimientos extrangeros que arruinaban el comercio de la metrópoli: él en fin, dio actividad á nuestra navegación en ambos mundos, haciendo respetable á las demás naciones, señaladamente á las marítimas, el nombre y pavellon de los españoles.
Esta es la parte mas interesante de su ministerio. En ella brilló no solo como un sabio administrador de la monarquía, sino también como el terror y el pacificador de la Europa, como el vengador y el restaurador de su patria, que la volvió á la clase de potencia de primer orden, tanto tiempo perdida, y ¡ay! por tan pocos años conservada.
La primer ocasión, en que las naciones extrangeras conocieron su firmeza y vigor, fué en las desavenencias de nuestra corte con la de Portugal sobre la demarcación de límites en el Paraguay. La prontitud con que se prepararon y dirigieron las fuerzas destinadas á aquel punto, manifestó á la Europa admirada quanta era la actividad del ministro español: y las ventajas que adquirimos en el tratado de límites, que terminó aquella corta guerra, probaron su talento en el arte de las negociaciones.
La misma actividad mostró en la guerra contra los piratas berberiscos, orgullosos por nuestras últimas desgracias. Aquellas cavernas de vandidos marítimos se estremecieron ante el genio de Floridablanca; y una gloriosa paz, producida por el terror de nuestras armas, asegurando la navegación, libró las costas de España de aquella peste importuna y desoladora. ¡Quantos años ha sufrido nuestra patria sus continuas y siempre temidas invasiones! ¡Quantas lágrimas han vertido las madres y esposas, huérfanas por el cautiverio de sus mas caras prendas! ¡Quanto oprobio han sufrido las que robadas sobre la costa y vendidas en países bárbaros, han visto amenazado su honor, su vida, su religión! Y ¡quanta ignominia ha sido para el nombre español, aun en los dias de su mayor gloria, la existencia de tan infames guaridas de piratas! Floridablanca borró la antigua afrenta y consoló la humanidad afligida, mostrando no solo el carácter sublime de un gran ministro, que liberta su patria del mas vergonzoso tributo , sino también los dulces sentimientos de un alma tierna que enjuga las lágrimas de sus semejantes. Por él pueden ya las madres amorosas, las esposas sensibles mirar la partida de los hijos y consortes, sin mas rezelos que los del inconstante mar. Por él pueden impunemente ser cultivadas las amenas playas de la Iberia. Por él podemos gozar en tranquilos paseos, ó en bullicioso júbilo las delicias de sus vergeles: por él el activo comerciante y el industrio- so pescador pueden recorrer los golfos del mediterráneo, sin ver ante sus ojos la horrible perspectiva de las cadenas y mazmorras. ¡Ah! Aun quando solo le debiéramos este beneficio, bastaba para que su nombre fuera colmado de bendiciones sempiternas.
Pero estos acontecimientos, poco importantes en el mundo político, aunque del mayor interés para nuestro comercio, solo fueron preludio de las grandes operaciones que ilustraron su ministerio. Una nueva y brillante escena, digna de su genio, estaba abierta entonces, en la guerra de Francia, y de las colonias inglesas de América contra la gran Bretaña.
Es preciso que lo confesemos. Fuimos arrebatados á aquella guerra por las sugestiones del gabinete francés, y en virtud del pacto de familia, sin ningún motivo de utilidad directa para la nación. Mas si la empezamos en calidad de potencia subordinada y como impelidos por una fuerza superior, la concluimos como arbitros del mundo, merced al ardor infatigable de nuestro ministro. Bien conocía él los males que podían amenazar en lo sucesivo á nuestras colonias por la independencia de los Estados-unidos: bien veía la conformidad de caracteres y costumbres entre españoles é ingleses, que siempre nos hará odiosa qualquier desavenencia con aquella nación: no ignoraba que la España podía perder mucho entrando en una lid, donde según las apariencias nada iba á ganar. Pero nuestras relaciones diplomáticas, que no era fácil destruir en aquel momento lo impelieron á la guerra á pesar suyo; y la guerra fué declarada. Bien sabido es su éxito. Las armas españolas triunfaban á un mismo tiempo sobre el Misisipi y en el Mediterráneo: el mar sembrado de nuestras esquadras, los ricos convoyes que apresamos al enemigo, sus costas casi invadidas y su comercio interrumpido, Mahon reconquistada y la inexpugnable Gibraltar temblando á la vista de los exércitos combinados, serán trofeos memorables de nuestra superioridad en aquella guerra. España, la misma España, que yacia en el abatimiento desde la desgraciada cam- paña de 1763, fué mirada entonces como ía primera de las potencias beligerantes. Nuestro ministerio fué el que trazó el plan, no conocido hasta aquella época en el mundo político, de una neutralidad armada entre las potencias del norte: y en el tratado de paz, cuya conclusión aceleraron las amenazas de Madrid [6], apareció Carlos III como pacificador de la Europa. La importante isla de Menorca y las dos Floridas quedaron en nuestro poder: y Floridablanca fué respetado como el mas hábil y el mas temible de los ministros. España recobró su antigua influencia en el sistema político. El gran Federico de Prusia, que hasta entonces se habia contentado con tener un ministro en Francia, para tratar los intereses relativos á la familia de Borbon, conoció la superioridad del ministerio vigoroso de España sobre el débil é incierto del gobierno francés; y con el pretexto de ajustar un tratado de comercio envió un embaxador á Madrid, para establecer relaciones directas con nuestra corte. El gabinete de Versailles conocia la misma superioridad y la miraba con envidia y temor: bien lo manifestó la misión oculta del duque de Vauguyon, cuyo objeto era derribar del ministerio á Floridablanca. Pero era ya pasado el tiempo, en que nuestra corte temblaba ante los ministros franceses. Floridablanca lo trató con la mayor urbanidad; destruyó todos los motivos de queja entre ambos gobiernos, y le envió á Francia convencido de que era tan imposible desconocer las superiores luces del ministro español, como derribarle de la gracia de un monarca ilustrado, y hacerle perder el afecto de sus conciudadanos.
Hemos visto hasta aquí en Floridablanca el hombre público, el alma del gobierno, el restaurador de la monarquía: resta que consideremos su conducta privada, y completemos el glorioso quadro de su ministerio con la descripción de sus virtudes domésticas. Esta parte del carácter de los héroes es mas importante de lo que aparece á primera vista: porque es la que da el verdadero mérito á sus acciones públicas. El hombre se oculta entre los esplendores del trono, ó en el bullicio de los negocios, o baxo los laureles de la victoria; y despojado de esta grandeza exterior, el monarca, el ministro ó el héroe valdrá acaso muy poco a los ojos de la filosofía. A esta razón general se añade otra que es propia de Floridablanca. Así como la administración de Godoy formó un contraste horrible con la suya, así también lo formaron sus costumbres: y la corte y el pueblo, que por gradaciones imperceptibles se dexan siempre dirigir por el exemplo de sus monarcas y ministros, experimentaron en la moral pública la oposición de sus caracteres.
Las costumbres de Floridablanca eran las de un verdadero español. Grave sin afectación, severo sin dureza, afable sin familiaridad, religioso sin superstición, zeloso del bien de su patria, entregado enteramente á la gloriosa empresa de regenerarla, inaccesible á las seducciones del placer y del interés; he aquí las virtudes que le grangearon el aprecio público, he aquí las disposiciones interiores de su grande alma, quando se sacrificó al servicio de la monarquía. Su desinterés, virtud que equivale á muchas en un ministro, está evidentemente demostrado por la constante medianía de sus riquezas, y por la precisión en que se vio de recurrir á la generosidad agena en el momento mismo de su desgracia [7]. Su casa pareció siempre la de un filósofo cristiano. Una mesa frugal y quantiosas limosnas consumieron constantemente todas sus rentas. ¡Ah! comparen los españoles esta conducta decorosa y sostenida con la infame avaricia y la desenfrenada liviandad de su sucesor; comparen el genio y las virtudes con la imbecilidad y la tiranía y todos los vicios, y derramen llanto eterno de indignación y de vergüenza por haber sufrido pacientemente tan funesta mudanza.
En fin, después de tantos años de prosperidad, precursores de otros aun mas felices, volaban rápidamente sobre la España los dias del infortunio. Carlos III muere; y queriendo, aun mas allá del sepulcro, conservar á sus españoles la felicidad que les habia dado, recomienda al morir á su hijo en los términos mas enérgicos, que jamas separe á Floridablanca del gobierno de la monarquía. La nación llorosa aplaude las últimas palabras de su rey moribundo: el nuevo monarca recibe dócil los consejos de su padre: y Floridablanca en aquel momento doloroso vio coronados sus servicios con el premio mas apreciable para un alma sublime, el testimonio de la gratitud y afecto universal. Carlos IV se entregó enteramente á sus consejos: y apenas pasó un dia en los principios de su reynado, sin que le diese nuevas pruebas de su deferencia y aprecio. Mas ningunas fueron ni mas sinceras, ni mas públicas, que quando fué herido en las mismas salas de Aranjuez, donde después la providencia le volvió á colocar al frente de la monarquía. Entonces llegó á su extremo la tierna solicitud del monarca. ¡Ah! ¿por que la docilidad de Carlos IV, de que al principio esperó tanto la nación, vino á ser la causa de nuestra ruina?
Corramos un velo sobre las vilezas y perfidias de que se valió el monstruo de la España para robar el afecto del monarca y apoderarse del gobierno. ¿Para que renovar los objetos de indignación y odio, que por tantos años han atormentado nuestros ánimos? ¿Para que exacerbar las crueles heridas, que ni el tiempo ni la venganza misma pueden sanar? Baste decir que pocos meses de seducción sobraron para borrar del corazón de Carlos IV la memoria de los servicios de Floridablanca, los últimos consejos de su padre y el voto universal de los pueblos. La pérfida y oculta mano que lo dirigía, calumnia y derriba al ministro, y entrega por un momento al conde de Aranda el gobernalle de la nación para arrebatarselo después, y agitarla á su arbitrio con todo género de males.
Nunca apareció nuestro héroe mas grande, que en el tiempo de su persecución. Preso y desterrado á Murcia, vuelto á prender y encerrado en la ciudadela de Pamplona, últimamente enviado á consumirse en los campos que lo vieron nacer, jamas desmintió la firmeza de su carácter. Superior al bárbaro favorito que lo perseguía, y al imbécil monarca que dexaba arruinar en su pérdida las esperanzas de la España, no se dignó de recurrir, para restablecer su crédito, ó sustraerse al puñal de la tiranía, ni á la tímida condescendencia, ni á las baxezas de la adulación. Hablaba á los satélites del tirano en aquel tono de dignidad, con que otras veces gobernaba á los pueblos é imponía respeto á las potencias de Europa. Fortalecido con el testimonio de una conciencia pura, apelaba de un malvado seductor y de un rey mal aconsejado á la voz pública de su nación y al tribunal siempre justo de la posteridad.
¡Su nación! ¿Y quien podrá expresar el grito de dolor y de indignación, que al saber su desgracia y la causa de ella, se exhaló de los corazones españoles? ¿Que patriota hubo que no derramase tantas lágrimas por los males que amenazaban á su patria, como por la desventura de un ministro adorado? Todos gemían, todos maldecían el doloroso destino de la España, condenada á ser casi siempre la víctima de indignos validos. ¡Y en que ocasión, gran Dios! Quando la revolución de Francia, el mayor de todos los acontecimientos políticos de la edad moderna, anunciaba los horrores de una guerra universal, larga y devastadora; quando la lucha de todas las pasiones públicas y particulares iba á empezarse sobre la infeliz Europa, entonces es quando á la España, apenas restaurada, se le arranca el ministro de su gloria, substituyéndosele el mas vil, el mas despreciable de los intrigantes. Un hombre condenado por su carácter al desprecio, y por su incapacidad a la nulidad mas com- pleta, es el que se pone al frente de la monarquía. ¡Y la nación lo vio! Sí: lo vio y lo sufrió. Sus reclamaciones no llegaron á los pies del trono donde dormia el monarca: el atroz visir ahogó las quejas de los mas audaces, y la ruina de la España fué consumada.
Dueño ya el monstruo de la monarquía, empezó á poner en exercicio todas las artes de dañar. La ignorancia mas insolente reunida á la mas sórdida avaricia, que después transformó en una ambición ridicula el tiempo y la costumbre de mandar, caracterizaron su ministerio. Desde él primer momento del atroz reynado de Godoy se dexó sentir la funesta influencia de su negra alma: desde entonces lloró la nación, que nada de Floridablanca había quedado al pie del trono. El espíritu de rapiña se apoderó repentinamente de casi todos los ramos de la administración pública. El germen de las ciencias naturales y políticas, y de las artes útiles y agradables fué sofocado en su misma raiz. A la decente gravedad de las costumbres sucedió el mas desenfrenado libertinage. Españoles, vosotros que llevasteis tantos años el yugo de su despotismo, si os dibujo, aunque en débiles rasgos, el quadro de vuestra ignominia, no es solo porque sintáis la pérdida que sufrió la España, perdiendo su ministro: es también por exaltar mas y mas en vuestros corazones el odio á la tiranía que habéis abatido. Acabe ya en nuestra península el reynado de los monstruos y de los déspotas. El espíritu español no retrogradará un punto del término glorioso á que se ha elevado. No volverá á existir entre nosotros un Godoy. Cayó el visiriato; y cayó, para no elevar mas su impura cerviz sobre las leyes y los pueblos. La España ha recibido del gobierno liberal, que dirige su revolución, la solemne promesa de que baxo leyes tutelares quedará consagrada la independencia nacional; y de que el funesto poder de hacer el mal, que hasta aquí han tenido en su mano los ministros de la monarquía, será para siempre encadenado.
El movimiento indecoroso, que imprimió Godoy á la administración interior, se manifestó á toda la Europa en maestros desvarios diplomáticos. La guerra con Francia, impolítica en su plan, y tan vergonzosamente sostenida , puso á España en el borde del precipicio; y la nación poco antes pacificadora del universo; la nación, cuyos ministros habían aprendido á hablar á los de las potencias extrangeras con toda la altivez del antiguo carácter español, fué casi conquistada por dos divisiones republicanas, y mendigó la ignominiosa paz de Basilea, aquella paz horrible, seguida de un tratado de alianza aun mas ignominioso todavía [8], que nos puso baxo la influencia directa del gobierno francés, y nos presagió el desgraciado destino de los pueblos, que se hacen aliados de sus vencedores. Aprended, conciudadanos mios: en aquella época, en que aun existia, bien que debilitado, el poder nacional que organiza Floridablanca, y quando toda la Europa os auxiliaba, fuisteis, fácilmente sometidos, porque un ministro inepto dirigía la suerte del reyno: y quando vuestra, revolución os ha restituido el generoso carácter de un pueblo libre, aunque sin erario, sin tropas, sin gobierno y sin aliados, cerca de doscientos mil franceses [9] han comprado á costa de sus vi- das el amargo desengaño de que sois indomables. ¡Amor sagrado de la libertad, tu solo sabes producir semejantes prodigios!
La paz de Basilea nos colocó en la clase de las potencias de segundo orden: pero ni aun en este grado de abyección supo Godoy sostener dignamente el carácter de un subalterno. Si la guerra con Francia arruinó nuestro exército, la guerra con Inglaterra aniquiló nuestra marina, objeto especial de los cuidados de Floridablanca: y si la paz de Basilea nos sometió á la Francia, la paz de Amiens nos hizo el ludibrio de la Europa. Díganlo las colonias españolas, á cuya costa compró la Francia aquella paz: dígalo el aspecto ridículo, baxo el qual fuimos considerados en todos los gabinetes: dígalo la violencia irresistible con que fuimos espoleados á la última guerra contra la gran Bretaña: dígalo el destierro de nuestro exército, enviado á pelear sobre las márgenes del Báltico las batallas de Napoleón, dexando la patria sin fuerza armada que hiciese respetable su independencia. Compárese la incertidumbre, la baxeza, la indignidad del ministerio de Godoy con el firme y decoroso movimiento que Floridablanca imprimió al gobierno: compárese la sucesiva degradación de nuestra libertad, y la vergonzosa servidumbre que padecimos baxo los agentes franceses, con la gloriosa y altiva independencia y la plenitud de soberanía, que habia exercido la nación en entrambos mundos: compárese la altura á que nos habíamos elevado con el abismo de oprobrio en que caímos; y nos admiraremos de nuestro largo sufrimiento.
En fin, mientras Godoy caminaba con pasos de gigante á consumar nuestra ruina; mientras la guerra, primero oculta y después abiertamente declarada contra el heredero del trono presagiaba la cercana disolución de la monarquía; mientras las rápidas conquistas de Napoleón al oriente del Rhin descubrían su proyecto de invasión general, y la aproximación de tropas francesas á la frontera de los Pirineos preparaba los caminos á la subyugación de la península; Floridablanca, si bien gozaba co- mo filósofo cristiano en el retiro de su patria las dulzuras de la vida doméstica y ios testimonios lisongeros de una conciencia no manchada, lloraba empero como buen patriota los males que sus conciudadanos padecían, y los males que les amenazaban. Veia desplomarse al suelo el edificio de la felicidad pública, que á costa de tantos desvelos habia levantado. Su genio, leyendo en la historia de los acontecimientos futuros, preveía la próxima caída del trono y de la independencia; y la actividad de su alma, que bastaría en otras circunstancias á salvar la patria, no podia servirle en su destierro sino para despedazar su corazón. ¡Ah! solamente la religión calmaba los tormentos de su ánimo y sostenía su apenada existencia. Está hija del cielo, esta dulce dominadora de los corazones , derramaba el bálsamo de sus consuelos y de sus esperanzas sobre las profundas heridas de su pecho. Desde el momento que fué separado del ministerio, á ella consagró todos los afectos de su alma, todos los momentos de su vida. Los exercicios de una piedad ilustrada, las obras de beneficencia, los consuelos dispensados al infeliz , que gemia baxo el peso de las desgracias, las santas obligaciones de la caridad, llenaron todos los dias de su retiro. ¡Expectáculo verdaderamente sublime! El ministro de la gloria nacional, el terror de los enemigos de la España, el regenerador de la monarquía es aun mas grande en el seno de su soledad, que al pie del solio, donde fué la admiración de Europa.
Lejos de los negocios, lejos de las ilusiones engañadoras de la ambición, desplega toda la dulzura y amabilidad de su carácter, así como antes habia manifestado toda la energía de su genio. Sencillo y frugal en su trato, dotado de toda la prodigalidad de una beneficencia activa, amable á los que le rodeaban y humilde adorador del Dios, cuya santa ley habia moderado constantemente su conducta, fué la delicia de los suyos, la gloria de su nación, la vergüenza de sus despiadados perseguidores, la condenación de un siglo que va á hacerse desgraciadamente célebre por su corrupción é impiedad, y el es- pectáculo mas agradable que puede presentar la tierra á los ojos de la deidad.
Empero si los consuelos religiosos fortificaban su espíritu, las desventuras de su patria no podían dexar de producir en su ya debilitada constitución el efecto acostumbrado. Si como cristiano se resignaba, como hombre, como español, como ciudadano padecía. Esta pena unida á su edad y sus achaques fué en gran manera acrecentada por la muerte de su hermano [10], á quien amaba con la mayor ternura: de modo que abrumado de las desgracias públicas y de sus pérdidas particulares le encontró la mas portentosa insurrección de que hay memoria en los anales, la insurrección de España.
¡España! ¡dulce patria mía! levanta ya, levanta tu frente tanto tiempo envilecida en el oprobrio. Llegaron los dias de tu gloria. Observa, observa todas las naciones de la tierra qual te rodean admiradas, y apenas pueden resistir en sus débiles ojos el brillante esplendor que te ilustra. Tú, sagrado ardor del patriotismo, inflama mi pecho. Genio soberano, que animaste la pluma de Livio para describir los triunfos de su patria, dirige ahora la mia: pueda yo presentar dignamente á los ojos de la posteridad el augusto quadro de la gloria española. Vosotros, conciudadanos mios, no creáis que me separo de la obligación que me he impuesto, incluyendo las alabanzas de la nación en este escrito. El elogio de la España es la parte mas esencial del elogio de Floridablanca. Este grande hombre, que se sacrificó á su restauración, que fué perseguido por ella, y que en su mas violenta crisis la dirigió hasta dar el último suspiro, tiene su gloria ligada necesariamente á la gloria de su cara patria.
La desgraciada Francia, que amancilló los principios de su revolución con todo género de atrocidades, después de haber vagado baxo el gobierno tempestuoso del directorio entre la ambición y el terrorismo, cayó últimamente á los pies del mas pérfido de los tiranos. Napoleón miró la subyugación de su patria, no como el término de sus deseos, sino como un simple medio para avasallar la Europa. Aquellos fieros republicanos, que formó el entusiasmo de la libertad, en la escuela de los Hoche y Moreau, fueron baxo las banderas de Bonaparte los instrumentos de la conflagración del mundo. El Austria desmembrada, la Prusia reducida á una existencia precaria, la Rusia condenada á la nulidad política, fueron los frutos de la esclavitud de la Francia; y su tirano caminaba sobre las ruinas de la libertad común á la subyugación del universo.
En esta desgraciada época el poder colosal del favorito de Carlos IV, erigiéndose sobre los escombros de la España, amenazaba igualmente al débil monarca y á su desvalido é inerme heredero [11]. La ambición de Godoy, tan criminal como ridicula hizo esperar al gran tirano la extirpación total de la familia de Borbon, cuyos derechos teme; y para conseguirla, formó y efectuó los horrendos planes de perfidia, que serán hasta la última posteridad el oprobrio del siglo XIX. No, no es esta ocasión de presentar á los ojos de mi patria indignada el malvado artificio de explorar las disposiciones del pueblo español y prepararlo al yugo por medio de libelos; ni la invasión injusta de Portugal, pretexto eterno para introducir tropas numerosas en la península; ni la perfidia con que se le persuadió á la nación, que los guerreros franceses venian á libertarla de la tiranía atroz del favorito; ni, quando la memorable noche de Aranjuez purgó la España de aquella fiera y colocó en el trono al legítimo heredero colmado de la bendición nacional, la inaudita impudencia con que los agentes de Napoleón se apoderaron del monstruo, encadenado ya y sujeto al rigor de las leyes, y lo subtraxeron al justo castigo de sus crímenes; ni la injuria hecha á nuestra independencia por un vecino que se atrevió a ventilar los derechos de la nación, y á examinar la legitimidad de los sufragios reunidos de once millones de españoles; ni en fin el engaño alevoso cometido contra la persona de nuestro monarca y toda la familia real, atrayéndolos al territorio francés baxo el pretexto de ajustar sus desavenencias domésticas. Anhelo, españoles, anhelo por llegar á la época memorable del 2 de mayo, origen de vuestra gloriosa revolución, pero padrón eterno de la crueldad de un ambicioso. Los anales del género humano no refieren un hecho mas atroz. ¡O manes de los Vargas, de los Toledos y de los Córdobas! ¡O siglos de combates y de victorias empleados en crear y engrandecer la patria! ¿Con que tanta sangre derramada, tantos afanes políticos, tanta gloria adquirida vinieron á parar, en que una tropa de asesinos, conservando todavía el nombre de aliados, en la misma capital de nuestro imperio se atreviesen á degollar con la insensibilidad de los caribes á nuestros amigos, nuestros compañeros, nuestros conciudadanos? ¡O baldón, que jamas podrá ser suficientemente vengado! ¡O ignominia, que no se podrá borrar ni con mares de sangre enemiga! Inocentes víctimas, vuestra muerte será vengada: sí : lo será. La patria lo ha jurado en el entusiasmo de su indignación. Pero el oprobrio de que los españoles lo hayan consentido, de que hayan permitido á un gobierno débil arrastrarnos á semejante abismo, ese no será vengado jamas.
¿Y cuáles fueron entonces tus sentimientos, Florida- blanca ilustre? ¡Ah! solo quien participe de un alma enérgica y verdaderamente española como la tuya, podrá describir el exceso de tu dolor. Aun en la tumba silenciosa me parece que veo levantarse ceñuda tu sombra helada, y gemir por las desgracias de tu patria.
Rompióse en fin el velo que encubría á los ojos vulgares el misterio de iniquidad. José Napoleón, con el pretexto de las renuncias arrancadas en Bayona á los individuos de la familia real, es proclamado rey de España é Indias. Apenas darán crédito nuestros descendientes á semejante alevosía: empero si la atrocidad inaudita del crimen admirará los siglos futuros, la venganza no podrá ser mirada sino como el mayor de los prodigios.
Yo hablo ahora á la posteridad española: hablo á los nietos de los valerosos que han sostenido la independencia nacional contra el mas ambicioso de los tiranos: les presento el quadro de una nación envilecida hasta el extremo, para que conozcan los prodigios de heroísmo que obran sus abuelos por defenderla, y aprendan en su exemplo á transmitir á sus descendientes libre y gloriosa esta patria tantas veces perdida y tantas restaurada á costa de nuestra propia sangre. Sucesores de los esforzados de Baylen, hijos futuros de Zaragoza, habitantes venideros del Ebro y del Xucar, sabed que nuestra patria, en el momento de ver invadida con la mas vil perfidia su libertad, tenia el exército de su usurpador en el centro mismo de la monarquía, dueño ya de todas las fortalezas fronterizas del norte y próximo á dividirse y marchar precipitadamente á las provincias marítimas. Sabed que veinte años de dilapidación y rapiña habían destruido hasta el nombre de crédito nacional, hasta la esperanza de que refloreciese la industria, el comercio y la agricultura. Sabed que el maquiavelismo del favorito habia desorganizado en parte nuestros exércitos é impedido los progresos de su disciplina é ilustración : sabed que por la mas vil de las condescendencias había enviado á perecer so- bre los yelos del Báltico la mayor parte de nuestras tropas de línea á merced del gran usurpador. Sabed en fin que el largo y doloroso sultanismo de Carlos IV habia privado á la nación de su energía, de sus costumbres, de su preponderancia en Europa, hasta del nombre de potencia. España no era considerada como una patria, sino como un bien abandonado, que solo esperaba un ambicioso astuto.
No habia entonces gobierno: las autoridades de Madrid estaban sometidas al despotismo militar; y las fuerzas de la nación carecían de un centro común, donde pudiesen apoyarse, y oponerse en toda su energía á la violencia extraña. Todo estaba confundido, todo aterrado, todo inerme. Así el alma atroz del usurpador creyó que la España no tenia otro recurso, otra esperanza de salud, sino arrojándose á sus pies y dándole gracias porque se dignaba de usurparla.
Empero el grito de la venganza resonó á deshora en toda la península. Guerra y venganza clamaron los moradores del Ebro y Llobregat. Venganza resonó en la España desde las márgenes de Segura hasta las orillas del mar cantábrico. Guerra repitieron las llanuras de la antigua Castilla; y el terrible sonido de los instrumentos de muerte y de venganza ensordeció las riberas del pacífico Betis.
En un momento rompe la explosión, y rompe igualmente por todas partes. Erígense juntas provinciales consagradas á la defensa de la patria y al gobierno de su territorio en nombre de FERNANDO VII. La nación se arma en masa: sus generales la guian á los combates y á la gloria contra los vencedores de la Europa: y si en Rioseco y Valladolid la superioridad del número decidió contra la buena causa, los campos de Baylen, las murallas de Zaragoza, los vergeles de Valencia y las fragosas colinas de Cataluña probarán a la posteridad admirada esta gran verdad política, que no hay fuerza comparable á la de la opinión pública, y que solamente será conquistada aquella nación que quiera serlo. En esta fermentación universal, impidiendo la separación de las provincias que se crease entonces el lazo de un gobierno único y depositario de toda la fuerza nacional, eligió cada una para la formación de su gobierno particular los individuos mas ilustres y patriotas que encontró en su seno. Murcia tuvo la satisfacción de poseer en aquellas circunstancias al hombre en quien, estaban fixos los ojos de la patria. Desde el momento que estalló la revolución, Floridablanca fué el héroe de la España. En él se fiaban las esperanzas de salvarnos: en él la brillante perspectiva de nuestra nueva regeneración. Aquella grande alma no desmintió la confianza nacional. A pesar de su edad y de sus achaques consagró á la patria los últimos alientos de una vida ya próxima á extinguirse; y quiso arrostrar el glorioso peligro á que se expusieron todos los partícipes de la autoridad. Así, después de una persecución, que colmará á su enemigo de eterna infamia, volvió á verse al frente de sus españoles, á comunicarles el carácter enérgico de su genio, y á participar de sus triunfos.
Este es el sacrificio mas ilustre que le debió la patria: sacrificio, que hacen mas apreciable su larga edad, sus enfermedades habituales que exigían un descanso no interrumpido; sacrificio, que hacen extraordinariamente glorioso los peligros de su nueva carrera. No eran, no, las tranquilas operaciones del gabinete las que le esperaban, sino las turbulentas convulsiones de una revolución. No era una guerra capaz de admitir las transacciones ordinarias la que se iba a emprender; sino una lucha cruel y sangrienta en que se arriesgaba el todo por el todo. No se ponia al frente de un gobierno afirmado y sostenido en sus operaciones: sino de una nación agitada por todo género de males, que volaba á la libertad, y que debia destruir innumerables ostáculos para alcanzarla. Pero nada detuvo aquel alma patriótica. Oyó la voz, oyó los suspiros de su amada España, y voló á consagrarle sus últimos alientos. Corazones débiles y egoístas, ved este exemplar y confundios: vosotros, cu- ya conducta está siempre regulada por los cálculos del interés propio: que solo sois españoles, quando la gloria y la seguridad está en serlo: que habéis visto por dos veces engañado vuestro egoismo y desmentidos vuestros temores por el valor y la constancia nacional; y que por no atreveros á morir con gloria, sois la execración de la patria y el oprobrio del universo.
La posición del reyno de Murcia lo preservaba de una invasión próxima. A esta causa, el primer cuidado de su junta, guiada por el espíritu de Floridablanca, fué la organización de un exército, que volase al socorro de los valencianos, amenazados mas de cerca por el enemigo, y obstruyese los pasos de Albacete y Almansa. Mas estas operaciones no bastaban al activo patriotismo de Floridablanca. En aquella misma época entendió en las dos empresas mas importantes para la salud de la patria. Una fué la negociación que abrió con Inglaterra, fiel aliada nuestra desde el momento que nos armamos contra la tiranía de Napoleón; otra, la organización de un gobierno central que reuniese en una sola todas las fuerzas de las provincias.
Llegaron pues los dias felices en que triunfase la libertad. Las ventajas conseguidas por los franceses en Alcolea, Cabrillas y Cabezón, fueron efímeras. Zaragoza, la inmortal Zaragoza les opone un obstáculo insuperable para la conquista de la España septentrional. Valencia jura perecer antes que rendirse. La terrible Cataluña armada en masa aniquila lentamente el exército de Duhesme. Extremadura neutraliza los movimientos de Junot. El exército de Galicia vuela al socorro de los castellanos y leoneses: el principado de Asturias, solar de la monarquía española, donde en otro tiempo se forjó el rayo, que devoró á los opresores de nuestra patria, arma sus valerosos ciudadanos, y los envía contra los sarracenos del norte: y la opulenta Andalucía, mientras el vándalo Dupont se entretiene en el saqueo de Córdoba, organiza en tres dias el exército que ha de vencerle. Ya no era dudable el triunfo del patriotismo contra la perfidia; y los grandes genios de la nación trataban mas bien dé organizar el gobierno, que de vencer al enemigo diseminado por las provincias, é incapaz de executar grandes operaciones militares.
Esta ha sido la obra mas grande de la revolución española; y la que rodea de gloria inmortal los últimos dias de Floridablanca que tanto se afanó por ella. No solamente se oponia á conseguirla la disposición de los exércitos enemigos, interpuestos entre las provincias; sino también el mismo genio de nuestra insurrección. Esta se verificó parcialmente; y la soberanía, una é indivisible según nuestras leyes, se halló, por la opresión del centro nacional, dividida en un gran número de juntas, unidas á la verdad para la defensa común; pero independientes unas de otras en sus derechos y operaciones. ¡Quan inmensa dificultad era la de reunir tantas y tan diferentes opiniones , que todas merecían ser atendidas para la organización de un poder único! ¡Quan arduo reducir al silencio los gritos de las pasiones particulares, que podían oponerse al restablecimiento del orden! No era menor el obstáculo que la escasez casi general de luces políticas oponían á un buen establecimiento. El gobierno anterior habia creído exercer mas seguramente su imbécil despotismo, ahogando en su nacimiento las ideas sanas y liberales en materia de administración: por eso la mayor parte de los españoles, merced á la opresión de la imprenta, ignoraban en la época misma de su regeneración qual fué su antigua gobierno, por quales grados imperceptibles se habia domiciliado entre nosotros la tiranía, y quales son los medios de encadenarla, y los lazos constitucionales que deben unir á las, naciones con los gobiernos y á los gobiernos con las naciones.
Así cada qual abundó en su sentido. Todos convenían en el restablecimiento de un gobierno único: pero discordaban en qual debia ser la forma de este gobierno. Unos opinaban por el consejo executivo de regencia: otros por una constitución federativa : otros por la coalición de todas las juntas parciales en una sola. Quando la victoria de Baylen obligó á los enemigos á retirarse del centro de la monarquía, recogiendo vergonzosamente cortos destacamentos de las numerosas divisiones que habían enviado á las provincias, se temió que la fermentación de opiniones contrarias causase desavenencias mil veces mas temibles que el poder enemigo.
Mas ¡oh! que entonces se manifestó el mayor prodigio de la revolución. ¡Bendición sempiterna al carácter de los españoles! ¡Alabanza inmortal al desinterés, á la moderación que los distingue de todos los pueblos del mundo! ¡Gloria sin fin á Floridablanca y á las sabias juntas que supieron reunir todos los partidos y someter todas las opiniones al yugo de su ilustrado patriotismo! Hablaron, y á su voz se reúnen en Aranjuez diputados de todas las juntas provinciales, y es erigida la Suprema central¡ Que expectáculo tan tierno y sublime! Los partícipes del mismo peligro y de la misma gloria se estrechan mutuamente en sus brazos, se dan la enhorabuena de haber salvado la patria, y renuevan el juramento de morir por ella. En aquel instante, por siempre memorable en los anales del género humano, pasó la soberanía, sin quejas, sin reclamaciones, sin turbulencias, de las juntas que tan gloriosamente la habían exercido á la Suprema gubernativa, único depósito ya de la autoridad pública y de las esperanzas de la nación. No hay exemplo en la historia de igual revolución: no hay pueblo alguno, en que se hubiera realizado con tan grande tranquilidad. La mutación de gobierno ha sido siempre consagrada con asolamientos, muertes y ruinas. Lo repito: no es el mayor prodigio de nuestra insurrección habernos atrevido solos y casi desarmados al colosal poder del usurpador: no el haber vencido sus exércitos, victoriosos de toda Europa, con tropas nuevas y apenas disciplinadas: no el haber ahuyentado sus orgullosos generales á un rincón de nuestra península: estos son prodigios del valor, del patriotismo, del amor á la libertad: estos nos son comunes con todos los pueblos que han sacudido el yugo de la tiranía. Pero el prodigio que es esclusivamente nuestro, obra de nuestro carácter generoso, firme y moderado, es la organización tranquila de un gobierno central contra el esfuerzo de todas las pasiones particulares, y contra el deseo natural de retener la autoridad de que se ha usado gloriosamente. Solo los corazones españoles saben hacer semejante sacrificio. Grecia se glorió de haber poseído un solo Timoleón y Roma de un solo Colatino: nosotros podemos decir que tenemos tantos Colatinos y Timoleones, quantos son los que han cedido voluntariamente su autoridad por el bien de la patria.
Floridablanca, ilustre y venerable por su larga vida, empleada en el servicio de la nación, respetable por la injusta persecución que habia sufrido, y mas recomendable que nunca por sus últimos sacrificios, fué mirado por los españoles como el hombre mas digno de exercer la primer magistratura de la nueva administración. Ya nuestros exércitos ocupaban en línea las márgenes del Ebro: Bilbao era ocupada por nuestras tropas: los valerosos, que huyendo los estandartes del tirano habían arrostrado mil peligros por volar desde los yelos del septentrión á la defensa de su patria, acababan de desembarcar. En todos los ánimos crecía la dulce esperanza de completar nuestra victoria. ¿Quien mas digno de ponerse en aquellas circunstancias al frente del gobierno, que el que en otro tiempo habia regenerado la fuerza nacional, y coronado de gloria el nombre español? Ademas, las reformas que era necesario hacer en todos los ramos de la administración interior, entorpecida enteramente por el descuido de veinte años, exigían una mano firme y vigorosa que supiese triunfar de todos los obstáculos, encadenar todas las pasiones y aterrar igualmente á los malévolos y á los ignorantes. Tales fueron los designios y las esperanzas de la España, elevando á nuestro héroe a la presidencia.de la Junta central.
Pero ¡ah! que el horizonte se oscurece por: segunda vez. El genio activo de Floridablanca, que pudo encadenar la fuerza anárquica de la revolución, no pudo triun- far de la celeridad imperiosa del tiempo. Los desvelos increíbles de la Junta central para organizar el exército, no podian retardar la marcha de las legiones enemigas, que vencedoras del Elba y del VVístula volaban orgullosas hacia las márgenes del Ebro. Segunda vez abortó el Pirineo enxambres de aguerridos vándalos: y nuestros valerosos defensores, aun no completos ni enteramente disciplinados, fué forzoso que cediesen al número y se replegasen sobre las provincias. En un momento son forzados, los pasos del Ebro, inundados de las falanges enemigas los campos de Castilla, y amenazadas las fragosas estrechuras de Somosierra. Valientes españoles, no os espanten los rápidos progresos de un enemigo amaestrado en el arte de soyuzgar. Acordaos de los romanos vencidos en Heraclea por Pirro, y en el Trasimeno y Cannas por Annibal. Vuestra libertad os será tanto mas preciosa, quanto mas cara la compráreis. Los soldados del despotismo podrán tal vez vencer: pero jamas la fortuna de los combates decidió de la suerte de un pueblo que quiere ser libre.
El paso de Somosierra es forzado en fin, y los esclavos del gran déspota vuelan sobre Aranjuez para oprimir en la Junta central las nacientes esperanzas de la nación. El gobierno busca un asilo, y la leal y generosa Sevilla es el que unánimemente adoptan todos sus individuos.
Sevilla, célebre entre las ciudades de España por su odio á la tiranía, por su amor á la patria y por sus increíbles esfuerzos á favor de la libertad; Sevilla, á cuyos sacrificios se deben las esperanzas de la victoria; Sevilla, la grande, la noble, la fiel fué el último teatro de la laboriosa carrera de nuestro héroe. Los excesos de actividad necesarios en aquellas circunstancias triunfaron al fin de su constitución física, minada por la edad y debilitada por sus últimos infortunios, que eran los de su amada patria; y á los ochenta y un años de su vida pagó el tributo común de la naturaleza. Murió como mueren los grandes hombres, colmado de las lágrimas y bendiciones de su nación, y dexando grandes empresas que perfeccionar á sus sucesores. La providencia que coronó de gloria su ministerio y su caida, le concedió la muerte de los buenos ciudadanos, una muerte causada por el sentimiento de las desgracias públicas.
Murió; pero la memoria de los beneficios que la nación le debe, no morirá jamas. Murió: pero el impulso, comunicado por su genio al gobierno y pueblo español, se conservará eternamente. Sus conciudadanos agradecidos derramarán abundantes lágrimas ante su tumba, y jurarán sobre su cadáver morir por la causa de la libertad. Sí, ilustre sombra: aun entre los silenciosos horrorres del sepulcro, tus amadas cenizas hablan al corazón de los españoles, y mudamente les inspiran el odio á los tiranos, el amor de la patria, y el ardor por la gloria del nombre Ibero. El gobierno, que en la persona de tu heredero ha honrado tu memoria [12], allí aprenderá á sostener vigorosamente el alto destino de dirigir á la independencia once millones de españoles. Y si las desgracias, que aceleraron tu muerte, continúan afligiendo esta amada patria, que tan dolorosamente hemos creado, y que á tanta costa se va salvando, entonces tu recuerdo solo bastará para animar nuestros corazones á nuevos sacrificios: entonces no habrá español que no exclame en el ardor de su patriotismo: peleemos como buenos. Floridablanca jamas desconfió de la salvación de la patria.
- ↑ En ella nació de una familia ilustre, originaria de Aragón. Sus antepasados obtuvieron empleos honoríficos, tanto en la carrera militar como en la civil, siendo algunos de ellos ricos-homes ó grandes del reyno. Su undécimo abuelo Don Benito Pérez Moñino obtuvo en 1397 de la chancillería de Valladolid su executoria de hidalguía en contradictorio juicio.
- ↑ El obispo de Cuenca, ardiente defensor del monitorio contra los derechos de la corte de Parma.
- ↑ El gran conde de Campomanes, el español mas ilustre por sus virtudes y sus luces del siglo XVIII. Todas las reformas anteriores al ministerio de Floridablanca son debidas á su ardiente zelo por el bien público: y las ideas económicas y liberales que produxeron tanto bien á la monarquía baxo aquel célebre ministerio , son debidas también a sus sabios escritos, y a la actividad prodigiosa con que persiguió todos los abusos. Desde que Moñino entró en el consejo, se unió a él en ideas y designios; y quando llegó á ser ministro, siempre le miró como el oráculo que debia consultarse en todo género de negocios.
- ↑ El partido contrario a los jesuitas creyó haber ganado mucho en la extinción de aquella sabia compañía. Se engañó. Las disputas escolásticas son como las antiguas luchas de los gladiadores, cuyo interés cesaba desde el momento que uno de los combatientes caia en la arena.
- ↑ Este peligro no existe ya, gracias a nuestra revolución. La nación ha sido instruida por el infortunio: el gobierno le ha prometido la libertad política y civil, y los dias de nuestra gloria y felicidad están ya muy cercanos.
- ↑ Heredia, ministro de España en Londres, llegó á decirle al lord Shelburn, que aparentaba oponerse a ciertos artículos: Mylord, V. E. no sabe, todavía quien son los españoles.
- ↑ Canosa, portero de la secretaría, tuvo que darle veinte onzas de oro para el viage á Murcia.
- ↑ La alianza con Francia, que nos precipitó á la guerra contra la gran Bretaña, fué de las mas desventajosas é impolíticas que ha contraído nuestra nación. Los socorros de armas y subsidios, que se estipularon en ella, eran iguales por ambas partes, sin atender á la desigualdad de población entre las dos naciones contratantes, ni a su diferente posición geográfica. La Francia, expuesta á continuas guerras con las demás potencias del continente, nos obligaba á frecuentes auxilios, que agotaban nuestra población y nuestro erario, quando la España no tenia que reclamar los socorros estipulados sino en un solo caso, a saber, el de guerra con Portugal; caso, en que las tropas auxiliares nos serian mas gravosas y temibles que necesarias. Fué pues aquella alianza perniciosa á la España y útil á la Francia en todos sus artículos; pero no hay que extrañarlo. De una parte estipulaba la incapacidad y la cobardía de Godoy: de otra, la astucia y el orgullo de la victoria.
- ↑ Esto se escribía á fines de marzo: después han ocurrido la evacuación de Portugal y Galicia, los combates sobre el Tajo y el Guadiana, el sitio de Gerona, y otros muchos choques parciales, que juntos con la consunción lenta, originada de su mansion en España, han aumentado prodigiosamente su pérdida.
- ↑ El consejero Robles Vives, sepultado entre las ruinas del pantano de Lorca. El gobierno empleó entonces á Floridablanca en el restablecimiento de aquella obra, siendo esta confianza una prueba de su inocencia, dada por el mismo que tan iniquamente lo habia perseguido.
- ↑ No pudiendo satisfacer su insaciable avaricia todos los tesoros de ambos mundos, no pudiendo contentar su ambición los títulos y puestos de que le habia colmado Carlos IV, quiso coronar su extraordinaria fortuna con el nombre de soberano; y el astuto Napoleón le ofreció un cebo digno de él en la monarquía imaginaria de los Algarbes. ¡Desgraciados pueblos, que hubieran sufrido en toda su energía y sin temor alguno que las enfrenase, las disoluciones y rapiñas de aquel monstruo!
- ↑ La suprema Junta central ha concedido al heredero en el título de Floridablanca, para sí y sus sucesores grandeza de España, libre de los derechos de lanza y media-anata. Esta dignidad no es nueva en su ilustre familia. D . Alfonso y D. Toribio Pérez Moñino, décimoquarto y decimotercio abuelos de nuestro héroe obtuvieron el título de proceres ó ricos-homes en los reinados de D. Fernando IV, D. Alonso XI y D. Pedro.