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De Iturriak
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El movimiento musical
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La temporada en el teatro fué brillante; Gayarre, con el deseo de favorecer a los hijos de su buen amigo, hizo un esfuerzo que pocos cantantes serían capaces de repetir. Cantó las veinte óperas en veinte noches seguidas, sin faltar una, casi todas las de su repertorio, y con una brillantez y perfección que tampoco podrán olvidarse por aquella generación.

Muchas anécdotas se contaron de la estancia de Gayarre en Bilbao, que yo ya no recuerdo, y en la que andaba mezclado siempre su íntimo amigo, biógrafo, buen bilbaíno y culto humorista, Julio Enciso. Entre ellas, la de que una noche, después del teatro y al retirarse de una cena con amigos, en el silencio de una calle empezó a cantar un aria que el sereno presuroso vino a interrumpir, y como los amigos protestaran, insistió airado el celoso vigilante, diciendo: «Vaya un empeño, ni que fuese Gayarre este sinsorgo».

En la misma época casi vino también por primera vez Sarasate, joven aún y maravilloso en el violín. Era ya una gloria universal y una figura extraña, con su enorme melena, ancha como un sombrero andaluz, y su fisonomía dura, que hacían poderoso contraste con la dulzura, facilidad y encanto del sonido expresivo y emocionante de su ejecución musical.

¡Qué llenos de emoción oímos todos aquellos conciertos de Bériot, de Mendelssohn, Beethoven y Saint Saëns, y aquellos «Aires Bohemios», «Zapateados» y «Jotas» que enardecían hasta a las alturas de la cazuela!, y ¡qué recuerdo más grato dieron a aquella época, última ya del Teatro Viejo que pronto se vino abajo!

Pero antes de esto todavía hubo algo más y muy importante en él.

Lope Alaña, el muy bilbaíno y muy entusiasta artista, mantenedor del fuego sagrado de la afición a la buena música en Bilbao, organizó en el salón del mismo teatro los famosos cuartetos, con su sobrino Cleto de segundo violín, Federico Olivares de viola, Eusebio García violoncello y el gran maestro de piano de aquella generación, que fué Miguel Unceta, para los tríos, quintetos o cuartetos de piano.

Todos los cuartetos clásicos, muchas sonatas y tríos y quintetos, como el famoso en sol menor, de Mozart, hicieron furor entre los buenos aficionados.

Memorias de un Bilbaíno