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De Iturriak
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El Orfeón
 

Sacaron ellos mismos, a su vez, sus sillas y atriles, colocándose al otro lado del estanque, y nos suplicaron a los oyentes nos colocásemos en medio y de frente al estanque.

El cuarteto de la derecha de la fuente iniciaba un período de algunos compases y al pararse en silencio, el de la izquierda repetía lo mismo con sordina. Otro nuevo arranque de la derecha y otra repetición de la izquierda, que al acabar quitaba la sordina y acometía un tema nuevo en fortísimo, que ahora repetía suave el de la derecha.

Y así en toda la composición, con la novedad en el «andante» de que después de unos arrastrados y trémolos del violoncello de Daniel, paraban todos en gran silencio durante varios compases. Montiano nos miraba con aire de interrogación y admiración, y nosotros nos mirábamos sin saber bien lo que pasaba.

En las particelas decía durante aquellos compases: «En este intermezo se oye sólo el murmullo de la fuente», y aquella era la felicísima ocurrencia que tanto celebraba Montiano.

Huelga decir que el cuarteto se llamaba «El eco», y lo encantados y divertidos que salimos de aquella inolvidable sesión.


El Orfeón

POR aquellos años vino a Bilbao Cleto Zabala, que había sido pensionado por la Diputación, y habla hecho brillantes estudios y tenido algunos éxitos como pianista y compositor.

Don Manuel María de Gortázar, el gran caballero vizcaíno y muy buen aficionado a la música, discipulo de don Nicolás Ledesma, de quien conservaba un baúl lleno de música manuscrita por el maestro cada día para la lección del siguiente, fué quien protegió a Zabala, y por él trabó relaciones con Juan Carlos, siendo éste quien, a propósito de nuestros ensayos nocturnos a voces solas en el Arenal que dirigía Cleto Alaña, le animó a organizar un orfeón ya de altos vuelos.

Se hizo un llamamiento entre aficionados y allí acudimos como
Memorias de un Bilbaíno