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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

cio!. .... ¡Por vanidad! ¡Por ignorancia! ¡Por debilidades! No sé por qué. El caso es que esto ocurre con demasiada vulgaridad.

Y por esto, indiscutiblemente por esto, es por lo que el 75 por 100 de las inteligencias no brillan donde y como debieran brillar, sino que por orientación mal definida, por engaños que constituyen verdaderos y monstruosos crímenes morales o espirituales, talentos y cerebros de primer orden dedícanse a menesteres que repugnan a sus deseos, aptitudes y aficiones. Y he aquí la superioridad de los hombres que ingresaron en las Órdenes religiosas, sobre los que luchan en el mundo. He aquí la superioridad de los Institutos o Congregaciones religiosas sobre los organismos formados por los hombres del mundo. Allí cada individuo está como de molde en la labor a que la dirección monástica le consagró. Y hay que hacer notar que entre otras órdenes donde cumplen con verdadero rigor esta regla psicológica y espiritual, es en la Compañía de Jesús.

La Compañía de Jesús es maestra incomparable en la elección de sus miembros. Uno de los mayores motivos por el que el P. Vinuesa descolló tan extraordinariamente en la oratoria, fué éste precisamente. El haberle dedicado la Compañía a aquello que mayores aptitudes y más grande afición mostró el esclarecido jesuíta. Es verdad que también se dedicó a la enseñanza, como ya lo hemos visto antes, pero esto fué secundariamente. No porque no hiciera falta. No porque carecía de vocación para ello, sino porque desde el púlpito honraba, si cabe, con mayor relieve la cátedra del Espíritu Santo y la Compañía de Jesús. La labor fundamental del P. Vinuesa fué la oratoria.

Como hombre, el P. Vinuesa reunía condiciones envidiables, lo mismo en el orden religioso, como en el