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De Iturriak
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JOSÉ VINUESA

social. Tenía el don de la atracción. Su habilidad para desenvolver las más desagradables y complicadas cuestiones que el mundo le presentaba era verdaderamente maravillosa. Todos cuantos le consultaban -y era un mundo- salían, por lo general, encantados de aquel corazón tan atrayente y aquella inteligencia para la que no existía nada arduo, ni dificultoso en resolver. Si el P. Vinuesa hubiese continuado en el mundo ejerciendo la carrera que terminó antes de entrar en la Compañía, de Derecho, habría llegado a ser seguramente un abogado insigne. Esta condición de asesor, que hacía de las consultas a evacuar verdaderas conferencias donde se entreveía la ciencia profunda de aquel varón egregio, fué puesta en práctica dentro de la misma Compañía.

El P. Vinuesa era consultado en todas las cuestiones de orden interior, pero muy especialmente cuando éstas tenían relación directa con la Teología, Fílosofía, Moral o Derecho. Pero dentro de esta ciencia y este saber enorme, que subsiguientemente envolvía una superioridad intelectual sobre gran parte de sus hermanos en religión, surgía a cada momento el corazón de un niño con las virtudes de un santo. Nada le importaba el saber, si con él no encontraba los medios conducentes al fin último e inmutable de la felicidad eterna. Jamás se le vió exteriorizar el menor síntoma ni la menor señal de orgullo, tan frecuente en el mundo, sobre todo entre las medianías y los suficientes. Creía que cualquiera sabía más que él. No daba importancia a los conocimientos que adquirió, teniéndolos únicamente como instrumentos que Dios puso en sus manos para luchar en defensa de la verdad y de la Iglesia.

Tenía tal dulzura su palabra, tal encanto su conversación, tal vida su razonamiento, que se hacía imposible, o poco menos, hablar con él y abandonarle sin pena.