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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

Cuando dió las últimas conferencias en San Sebastián, multitud de amigos fueron a verle, y hubo quien lloró con abundantes lágrimas, momentos antes de estrechar su mano en señal de despedida. Pero lo que más gustaba en el esclarecido donostiarra era aquella humildad y aquel celo extraordinario por el bien de las almas.

Quería con verdadero cariño al pobre, al menesteroso, al desheredado por la fortuna; y porque le quería con entrañable amor, porque le amaba como un buen padre ama a sus hijos, le daba pena, le causaba un gran dolor que el obrero, engañado por corifeos sin conciencia y sin saber, anduviese por caminos descarriados, por lugares peligrosos, donde jamás encontraría más que su miseria y su ruina inminentes.

A ellos, a los obreros dedicó por entero sus famosísimas conferencias; ya hemos visto antes, en capítulo anterior, con qué atención y con qué respeto le escucharon, especialmente en Gijón. Si el P. Vinuesa hubiese sido un carácter organizador, si hubiese heredado de su maestro Manterola aquel don y espíritu de organización, de batalla y de acometividad, Vinuesa hubiera seguramente anulado una gran parte de la obra revolucionaria de las peligrosas sociedades sindicalistas. Pero le faltaba lo que Manterola tenía, al decir de algunos, con exceso: la condición del genio organizador, esto es, la de organizar batallando contra el enemigo. Dentro de su modalidad, fué un hombre de soberana atracción. Era el reverso de Manterola.

Aquel Manterola no atraía más que a los suyos, con delirio, con frenesí, con entusiasmo loco, eso sí; pero sólo a los suyos. Vinuesa atraía a todos; a blancos y á negros, a verdes y azules. El uno atraía por el calor, por el verbo fosforescente de su palabra, por el vigor punzante de su pluma, por la fuerza de su acometividad.