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De Iturriak
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JOSÉ VINUESA

Éste atraía por el imán irresistible de su valer, de su ciencia, de la sublimidad del pensamiento, de la persuasión del razonamiento, del poder doctrinal, en una palabra, puesto siempre frente al poder doctrinal de los enemigos de la Iglesia. Fué un cerebro; una inteligencia de primer orden; un hombre de ciencia.

Como orador, el P. Vinuesa era de los selectos, de los escogidos. Sus oraciones son modelos de composición oratoria. El orden, el método, sin amaneramiento, sin formas rebuscadas, era la característica de sus conferencias. Si el P. Vinuesa hubiese hablado como orador político, o en el foro; si en el mundo se hubiese dedicado a la oratoria, Vinuesa hubiera sido un Berryer, sin llegar al doctrinarismo de un Guizot, ni a la ampulosidad de un Donoso Cortés. A la claridad en el método se unía la fuerza incontrastable en la argumentación. Vinuesa en el Parlamento hubiese descollado en la contestación al enemigo, en la improvisación. Sin atacar bruscamente a su adversario, lo hubiese interesado; después, admirado; más tarde conmovido, y, por último, cogido entre las mallas irrompibles de doble nudo de su formidable argumentación, lo hubiese aprisionado fácil, ligera, someramente, para después decir a su auditorio: «Aquí lo tenéis, no puede escaparse. Está aprisionado. Pero ¿queréis que le hiera y lo ensangrente?»

No; no fué orador profano el P. Vinuesa. Honró la cátedra del Espíritu Santo, dándole relieve extraordinario. Bien puede decirse, sin temor a incurrir en exagerados elogios, que siempre que predicaba rayaba en los linderos de lo sublime; jamás en la frase vulgar ni en el período rebuscado, ni en la exaltación impropia de la serena exposición doctrinal.

Cuando hablaba de Dios, su palabra no era sublime; era más, mucho más; entonces se convertía en palabra