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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

mágica, admirablemente razonadora, irrecusablemente bella y digna.

Ni Bourdaloue, cuando atacaba los vicios de los reyes y el sensualismo de la aristocracia francesa; ni Flechier, ni Massillon, cuando hablaban en medio de una sociedad alta y escogida, que les escuchaba con un silencio solamente comparable con el silencio misterioso de la soledad y del desierto; ni Lacordaire, ni Montsabré, ni el P. Janvier recientemente, ni otros grandes oradores, como el P. Mon, le aventajaban en determinados momentos de la oratoria. El P. Vinuesa tenía rasgos inmortales en su oratoria. En sus primeros años ayudábale de tal modo su voz, que influía extraordinariamente en el ánimo de los oyentes. Y bien sabido es que la voz en el orador es como el instrumento en el artista. Sin buena voz, sin un buen instrumento, la labor resulta acaso buena, pero nunca exuberante, rica, sublime, grandiosa.

Si Castelar hubiese hablado ante el auditorio con aquella voz afeminada y raquítica con que se le escuchaba en las conversaciones particulares, jamás hubiese alcanzado el innumerable número de próselitos que consiguió. Cuando hablaba, hablaba con voz potente; no sabemos de dónde surgía, pero surgía de modo maravilloso. Cicerón, Demóstenes, Mirabeau, O'Connell, y hasta el mismo Berryer, hubiesen dejado de dominar en en las asambleas públicas y en las reuniones políticas -según dice uno de los autores contemporáneos- si a su saber y a su doctrina no hubiesen añadido la fuerza expansiva de su voz, y el poder formidable de sus pulmones. Ya en los últimos afias de su vida se le debilitó mucho al P. Vinuesa, y parecía verse a otro personaje; se escuchaba a otro orador. Sin embargo, siempre fué su oratoria grande, subyugadora, de artista sublime.