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De Iturriak
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JOSÉ VINUESA

Lógico, demostraba hasta la evidencia, reconocida por sus mismos adversarios, la verdad y la tesis que se proponía demostrar; narrador, su exposición era clara, terminante, diáfana como el trozo de un cielo azul; admiraba por el vigor de su pincel donde apenas quedaba trazo sin terminarlo, ni color sin reflejo, ni rostro sin expresión real y sintética; poeta, cantaba como Lamartine; patético, conmovía hasta llegar a las mismas entrañas del sentimiento, con cuadros, con enseñanzas, con sensibilidad fina y artística; y sabio, hombre de ciencia, orador de hondo saber, enseñaba sin afectación, sin pedantería, sin teorías obscuras ni doctrinarismos incomprensibles. No había en él nada afectado, ni menos todavía preparado para producir pasmo entre los oyentes. Jamás puede decirse del P. Vinuesa cuando pronunciaba sus discursos, lo que de Rossini, al terminar su «Stabat Mater». Que eran profanos.

Nada tuvo de profana su oratoria cuando su oratoria enseñaba el dogma. En cambio, nada tiene de religiosa la música de Rossini, aunque lleve por título el «Stabat Mater». Y no es que la comparación de Rossini la hago por mera erudición, no. Es que lo mismo en la música, como en la pintura, corno en la oratoria, cuando no se siente; cuando el artista no está empapado, identificado con el objeto, fin de su obra, podrá muchas veces llegar a la cima de una obra más o menos bella, podrá salir del cincel o de la pluma; del pincel o de la palabra; un trozo más o menos artístico; pero que sea justo, que sea verdadero, que no se salga de la existente realidad, eso es ya un terreno más difícil de dominar y de alcanzar. Podríamos hacer la comparación de Rossini con otros oradores sagrados, pero dejamos a un lado por respeto a esa misma oratoria, tan sublime, de fines tan elevados, tan transcendentales para la vida del pueblo católico.