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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

Por eso Rossini jamás pudo componer música religiosa; lujurioso como era, no podía expresar en el pentágrama aquella tranquilidad de espíritu, aquella limpidez en el alma, aquella serenidad en la concepción, que es y será siempre inherente a cuantos traten de hacer e identificarse con el arte religioso y con el arte religioso en la región de lo sublime.

¿De dónde procedía aquella persuasión que en el ánimo de los oyentes inculcaba el P. Vinuesa? ¿Quién le daba aquella pasmosa facilidad para tratar los asuntos mis elevados, y escudriñar las almas, tanto religiosas como alejadas de las sabias enseñanzas de la Iglesia? Nadie más que aquella íntima compenetración de su misma alma, de su mismo corazón, con la doctrina sustentada por él, con la obra desarrollada por la habilidad y arte de su oratoria. Si bien es verdad que en la mayor parte de los oradores sagrados campea en sus oraciones con bastante mayor fuerza la explicación de los misterios, el encadenamiento de pruebas históricas, las citas de Santos Padres y ejemplos, las insinuaciones de la caridad y la mansedumbre, etc., que el sostenimiento de una vigorosa argumentación y una lógica irreductible, no podremos decir esto del P. Vinuesa. Precisamente la característica de su oratoria era esta; esta precisamente. El ser un lógico y un argumentador de una fuerza temible y avasalladora.

Quien lea las conferencias dedicadas y pronunciadas por él a los obreros, se convencerá de cuanto afirmo en estos momentos. Lo sensíble es que no se hayan recopilado y divulgado todas sus oraciones, todos sus trabajos, todas sus conferencias. Unicarnente existe un tomo con algunas de ellas, editado en Madrid, pero cuando se publicaron, apenas la prensa habló de ellas, y, por lo tanto, son muy poco conocidas.