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De Iturriak
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JOSÉ VINUESA

Otra de las caraclerísticas de la oratoria del P. Vinuesa era la elegancia en el lenguaje, y el dominio del castellano. No queremos decir con esto que la elegancia se reducía a buscar y rebuscar imágenes y frases, con las que muchos oradores creen deslumbrar al auditorio, cuando lo que realmente hacen es profanar la cátedra sagrada y convertirla en portavoz de una vanidad que no debiera existir. No. El P. Vinuesa estaba muy lejos, lejísimo de convertir la oratoria en fuegos de artificio, que se pierden y esfuman en el aire en medio de una noche de cielo azul. El lenguaje de Vinuesa era brillante y clásico a la vez. Clásico por sus giros, clásico por sus palabras, clásico por el modo de decirlas. Y brillante, porque desenvolvía el pensamiento que quería desarrollar con tal claridad, con tal facilidad y tan adaplable a las inteligencias menos asequibles, que difícilmente se encontrará otro orador que en esto le supere.

Cuando hablaba, por ejemplo, en una asamblea de sabios, de hombres de ciencia, de figuras preclaras de la Iglesia, como en el Congreso de Lugo, allí el Padre Vinuesa dió a conocer un poco de lo mucho que sabía. Es decir, que se adaptaba al auditorio que le escuchaba. Desarrolló entonces una erudición portentosa, admirable. ¿Por qué? Porque lo mismo el tema que el auditorio era grande y sublime.

Fijaos, en cambio, en el sermón pronunciado con motivo del hundimiento del crucero Reina Regente. Si comparáis los dos discursos, veréis al momento que no puede existir comparación. Son absoluta y fatalmente distintos. Sin embargo, son los dos modelos de oratoria y erudición. Cuando hablaba a aquel auditorio de la iglesia de La Coruña, la sensibilidad del artista venció y sobrepujó a la erudición histórica. Eran allí esplendorosas las imágenes, bahía grandeza e intensidad en el sen-