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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

timiento; grandeza, sublimidad y movimiento admirable y variado en todos sus cuadros. Y es que entre el discurso que pronunció en Lugo y el que desarrolló en La Coruña, mediaba la misma diferencia que entre un discurso académico de Castelar y otro de Menéndez y Pelayo. O si queréis más todavía. La diferencia que existe entre una página de las «Meditaciones sobre el Evangelio», de Bossuet, y otra del «Dogma y el Libro-Pensamiento», de Brunetière.

En el discurso de la Coruña, el P. Vinuesa alcanzó tal libertad en aquella grandeza, tal familiaridad en lo inmenso, que parecía que, compenetrado su corazón con el alma de la idea, inculcaba y compenetraba ésta en los corazones de sus oyentes. Vibraba su corazón con aquellos períodos, desbordábase su sensibilidad por instantes, como se desbordaba por instantes el patriotismo y el sentimiento de su auditorio, al compás de aquella mágica palabra.

Nada de extraño tiene que aquel auditorio prorrumpiese en un grito de íntima admiración durante el transcurso y el final del célebre sermón. Asimismo prorrumpieron también en visibles muestras de entusiasmo admirativo las eminencias que acudieron al Congreso de Lugo. Y seguramente que el P. Vinuesa podría contestar y contestaría de hecho con estas frases a aquellos innumerables admiradores suyos: «Nosotros enseñamos lo que hemos aprendido de nuestros predecesores; y nuestros predecesores lo aprendieron de los hombres apostólicos; y éstos de los Apóstoles; y los Apóstoles de Jesucristo; y Jesucristo de su Padre». Que vienen a ser palabras o ideas parecidas a aquella grandiosa y fundamental de Tertuliano: «Ecclesia ab apostolis, apostoli a Christo, Christus a Deo tradidit.»

En esa misma elección, mejor dicho, distinción, que