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De Iturriak
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JOSÉ VINUESA

hacía en los asuntos a desarrollar, se ve al hombre de talento, al orador que conoce el corazón humano, el auditorio que le escucha, como muy pocos lo conocen, aunque esto parezca fácil a primera vista. Porque ocurre no pocas veces que apenas se hace diferencia en los auditorios, y las mismas ideas con distintas palabras se desarrollan, acaso, en una iglesia como en una Academia, en un auditorio de señoras como en un Círculo de obreros. Y esto, aunque sea doloroso decirlo, sucede con alguna frecuencia entre el clero y hasta entre muchos oradores pertenecientes a Órdenes religiosas.

La discreción en el asunto, en el lenguaje, en la forma, en la erudición teológica, filosófica, moral, artística o literaria, son detalles tan importantes como el mismo discurso o sermón que se va a pronunciar. Cuando Bossuet escribía su «Refutación del Catecismo de Pablo Ferri», allá por los años de 1653, es indudable que no emplearía el mismo lenguaje, ni la misma forma, ni el mismo método de exposición y erudición, que cuando escribia la «Exposición de la Doctrina Católica sobre las materias de controversia», escrito dirigido a la Conversión de Turenne y publicado en 1670. Ni tampoco el mismo en sus «Discursos sobre la Historia Universal», como en sus «Oraciones Fúnebres»; como no lo hicieron ni Montsabré, ni el P. Félix, ni ningún cerebro de fuerte complexión.

Así también, el triunfo del P. Vinuesa en los distintos auditorios que le escuchaban era este: la discreción, adaptación y elección del tema y del auditorio. Únase a esto, no tan sólo la autoridad que le daba la Orden a que pertenecía, la Compañía de Jesús, sino la gran autoridad de su saber, de su ciencia, de su erudición, unida a una soberana palabra, y tenéis completada la fisonomía moral de uno de los mejores oradores sagrados