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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

que han descollado en la segunda mitad del siglo XIX.

Si vamos realmente a analizar la oratoria del Padre Vinuesa por el fundamento ideal que sostenía, veremos que no fué un ideal de escuela particularista, ni filosófica. Defendía y sostenía siempre la doctrina pura de la Iglesia. No fué especialista. No se dedicó a tal o cual programa. Su mirada era tan genial, que lo dominaba todo, lo abarcaba con fuerza de gigante. Ahora sí; comprendía perfectamente que uno de los males más grandes de nuestra sociedad era el indiferentismo, rayano a veces en la incredulidad; comprendía que la fe del obrero se iba debilitando a consecuencia, no tan sólo de teorías peligrosas, de teorías malsanas, de teorías anárquicas, inoculadas en las inteligencias obreras con pasmosa tenacidad y constancia, sino por el abandono en que habían dejado problema tan capital las clases pudientes y las clases directoras; y a esa cuestión, a esa magna y trascendental cuestión dedicó gran parte de sus conferencias; buena parte de su vida.

Ahora bien. ¿Predicó sosteniendo que el obrero iba por el buen camino? ¿Predicó desamparando al rico, combatiéndole ante el mismo fundamento de su enemigo? ¿Marchó hacia el menesteroso diciéndole que debía rebelarse? No. El P. Vinuesa sostuvo en esto, como en toda su labor, la verdadera doctrina fundamental y pura de la Iglesia. Y por esto fué por lo que al socialismo doctrinario, al sindicalismo anarquizante no le convino ni tan siquiera meditar, estudiar y deducir la consecuencia. El P. Vinuesa, al dirigirse al obrero, no creó, a manera de Massilon en «Magdalena», una figura corpórea, precisando sus rasgos más salientes, sino un modelo o un símbolo, si queréis, del obrero cristiano, del obrero que descansa con sus herramientas sobre la Fe para estudiar su vida en el Evangelio. Y claro está que des-