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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

suyo lo que produce en cuanto él lo produce. He ahí juntamente el derecho de propiedad brotando de la libertad humana, como la fruta del árbol.

Ya véis que esta no es la teoría de Rousseau, ni de Voltaire, ni de Diderot, ni de ningún enciclopedista del siglo XVIII, sino la verdadera de la Iglesia, la verdadera del Evangelio, la verdadera que hace compatible el derecho con el deber, y el deber con la felicidad. Pero precisamente por esto no agradaba, como digo antes, no podía agradar a los socialistas y anarquistas que le escuchaban.

En cambio, las teorías que Massillon defendía en su oratoria gustaban a los enciclopedistas mucho más, infinitamente más que las sustentadas por Bourdaloue; las sustentadas por Bossuet. Porque no solamente se veían en ellas aproximaciones enciclopedistas, sino ni tan siquiera hacía restricciones, muy necesarias y hasta obligatorias en un orador sagrado. Por ejemplo, cuando hablaba «de los bienes que originariamente pertenecen a todos los hombres en común», cuando aplicaba o desarrollaba la teoría del «común consentimiento de los pueblos», y así en otros trozos más candentes aún de sus discursos. Y como hace observar un gran crítico francés, Massillon, parecía creer, aunque realmente no lo creía, en la bondad natural del hombre.

¡Qué diáfana y qué cristalina es la teoría sustentada por el P. Vinuesa en todos sus sermones y en todas sus conferencias! Ni un recelo, ni una duda, ni un pasaje obscuro, ni una mancha ligera en el cielo azul de la verdad católica, elocuentísimamente expuesta en sus admirables conferencias.

Si el P. Vinuesa hubiese vivido en Francia, si hubiese observado de cerca aquel período de la revolución y estudiado aquellas monstruosas debilidades de toda