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De Iturriak
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JOSÉ VINUESA

ninguna impureza había tocado. Recordaba sus noches de teatro como recuerda un niño las tardes que en él ha estado, con el mismo abandono, con el mismo franco regocijo. La música había sido en él, como en buen bascongado, una pasión; y aun en aquel momento, tan agobiada por el mal su vida, tenía el arte poder para hacerle olvidar sus angustias físicas y atarle unos instantes a la tierra. Escuchó con fervor de artista cristiano las hermosas notas de «Tu es Petrus», de Eslava, y se dispuso a oir luego la pieza que seguía, con la atención y la calma de quien no tiene otra cosa en qué entender... La pieza que seguía era el «Angelus», de Massenet, y no la conocía el Padre.

- No me conmueve - decía. - No me dice nada... Esto es sabio, pero frío ..... Ligereza y elegancia francesas; no llega al alma.

-No suenan las campanas, ¿verdad, Padre?- dije por decir algo.

- En París- me contestó-no se oye el «Angelus». Hay mucho ruido.

Y aquel gentil espíritu de bueno y de sabio, de artista y de señor, lucía, sin pretenderlo, primores del arte de conversar, como poco antes y en voz más alta, esplendores del raciocinio y la dialéctica.