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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

toledano presto está a cruzarse con el de Armentieres o París.

La patria era su pensamiento. La lucha su ideal. En los campos y en las ciudades sólo un nombre pronunciaban sus labios: España. España grande y España libre. Su corazón latía siempre a compás de esta su constante idea. Y con ella no le importaba morir en el campo de batalla. Digo mal. Hubiese querido morir, deseaba morir glorioso ante el enemigo hecho trizas. Y a manera de aquel otro glorioso donostiarra, el General Echagüe, desafiaba a las balas; el correr de la sangre encendía hirviente su alma de patriota y de militar, y de todo ello no se daba cuenta, inflamado por aquel ideal suyo de su vida.

Y es que cuando el hombre lleva impreso en su alma el espíritu de la fe y del patriotismo y con ellos se identifica con penetración profunda y viva de la idea que defiende, los cañones son moles gigantescas arrojadas montaña abajo, y los fusiles defensas que quedan arrolladas ante la fuerza del espíritu, que lo mismo vuela por los aires corno penetra irresistible por los mismos subsuelos de las más ingentes montañas.

Ahí le veis al capitán Lersundi. Miradle cómo incesante pelea por la Monarquía y por la Patria con su espada.

Toma parte en la retirada del ejército desde lrún, hasta que se incorporó con su batallón en Lecumberri, pasando con él a Vergara el 2 de Diciembre del mismo año y en la descubierta general sobre Azcoitia el día 18 del mismo mes. Lersundi no nació para las oficinas ni para lucir su uniforme en los salones. Pero sí, en cambio, para los campos de batalla.

El 27 de Febrero de 1795 tomó parle en los ataques sobre Elgoibar; en los de 9 y 17 de Mayo, donde se dis-