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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

Manterola era un sentimiento de amor hacia su país, un recio sentimiento de amor. No concebía su vida sin vaciarla definitivamente en la bascongada. Vivir para no sentir su patria, era en Manterola vivir contra la patria. Vivir para, pudiendo, no enaltecerla, era otorgar a la blandura lo que de suyo exigía el sacrificio. Y vivir para ver morir y dejar morir sería muy afin al sentir de un monstruo, pero no de aquella sensibilidad de alma bascongada que se llamó José Manterola.

Y es que Manterola preveía la muerte del país basco porque perecía su lengua. V aquel amor suyo, amor de un hijo que sacrifica todo a su madre, lanzóle al encuentro de la anemia espiritual que, en su juventud, minaba, debilitando la vida y conquistando la muerte de toda una raza. Pero así como existen temperamentos imposibles a la vida, sin estar bajo la posesión de lo que ellos estiman ser el más alto de sus amores, así también Manterola aparecía fuera de la órbita de su felicidad, mientras la posesión del amor bascongado no entraba en pleno dominio de su aspiración.

Y, sin embargo, es el mundo tan liviano, rodea la vanidad de tal modo a los hombres, que al chocar en la dinámica de la ·vida con almas de una sensibilidad tan exquisita, ese mismo choque produce la extrañeza primero, y algunas veces-¡desgraciados!-hasta la repulsión; el entusiasmo y la efusión, consecuencia de una viva compenetración de sentímientos; eso que debiera ser natural, aparece en lo que se llama sociedad como un bicho raro. Y es que el necio envanecido abunda y no acaba, corno la mala hierba. De éstos, está plagada la sociedad.

Esa gran aberración, por lo mismo que surge del fondo de la más crasa ignorancia, no comprende y, por lo tanto, no podrá estimular jamás a los que en la flor