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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

la lira del incomparable de Lamartine, que en 1835 bautizó con el nombre de «Jocelyn» aquella inmortal producción suya, de dulces y melancólicas narraciones.

De padres todo bondad, no pudo venir otro corazón más que el de Antonio Arzác, alma de poeta, como no lo he visto de más profundo sentimiento; artista delicado, bondad inagotable hasta lo indecible, sinceridad extrema, de gustos tiernos, delicados y exquisitos, de trato afable, de actos caballerosos, de cuanto más elevado puede verse en la tierra, en el mundo, en este mundo insaciable en el mal, y tan parco, tan ajeno para el bien.

Fueron sus padres D. Manuel de Arzác y D.ª Antonia Ramona Justa de Alberdi.

Sus abuelos paternos, D. Francisco Javier de Arzác y D.ª María Teresa de lzaguirre. Sus abuelos maternos, D. Antonio de Alberdi y doña María Joaquina de Egaña. Todos ellos de nobles familias y ricos propietarios. Actualmente vive una hermana de D. Antonio Arzác, D.ª Josefa Arzác y Alberdi, viuda de Enrile.

Pero a través de aquel temperamento de Antonio Arzác, de artista y de poeta, nació el basco, el basco que consagró más tarde su inspiración, su esfuerzo y su vida toda a las cosas y a los matices delicados de la vida; de su raza.

Y mientras le vemos durante su juventud coger la escopeta de caza, más que para cazar para recorrer los campos y admirar su paisaje; para disfrutar entre los robles, castaños y nogueras; para admirar cómo el sol irisa con sus rayos las verdes praderas y las faldas montañosas recamadas de flores, para sentarse en las riberas buscando el sueño plateado de las tranquilas rías; para avizorar entre luces mortecinas el arrebolado horizonte de nuestras tardes crepusculares, y para escu-