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De Iturriak
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JOSÉ MANTEROLA

de la vida, en los momentos de más puros idealismos y de fantasías más ricas, del mismo modo que las primeras luces de la mañana iluminan con los resplandores más puros la Naturaleza toda, iluminan ellos también con los primeros pensamientos de su inteligencia, generaciones enteras de ciudadanos. Pero hay, sin embargo, una patria que da vida y esplendor a sus hijos preclaros, como hay tierra amorosa que vivifica las plantas y los arbustos todos de la Naturaleza. A esa patria se sacrifica la vida, porque esa vida se la debe también a la patria. De nadie se podrá decir con más justos títulos que de Manterola, que todo lo dió a la patria. Le consagró su vida; por lo tanto, hizo consagración de lo más estimado en el hombre. ¿Hay algo más heroico ni más noble? Porque si estudiáis. con detenimiento su vida, observaréis al fin, una ilación constante del pensamiento y acción enfilada siempre al esplendor de los suyos.

Niñez y juventud. No vivió más. Y en ese corto tiempo; en ese tiempo que es la edad de las ilusiones; de la vida sin regla; del darse a sí mismo; del acordarse de sí mismo; del preocuparse de la formación de un fundamento; del ser para uno, para acaso darse más tarde a los demás, en ese momento culminante de la vida, del florecimiento de la vida, Manterola tuvo un amor grande. El mayor quizás. Ese amor fué a su patria, a sus cosas, a sus costumbres. El país euskaro, sin embargo, no le ha dado la importancia que debiera darle, toda la importancia que merece. Parece que entregarse un corazón en sus primeros latidos nobie y sinceramente a una causa tan noble también como la de la floración del sentimiento patriótico, es algo corriente, siendo sin disputa la cristalización del tipo más ideal del ciudadano. Supone la dejación de todas sus comodidades y egoísmos; la ruptura con todas sus conveniencias; la gravación de todas