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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

Su alma llenaba una juventud selecta. Podía decirse de él muy bien lo que de Lamartine dijo L. de Rouchaud en su «Antología de los poetas franceses del siglo XIX», que era la mens divinior que inspiraba las ideas y las imágenes.

Desgraciadamente, Arzác no pudo vivir para cantar sólo. El que jamás debió haber pisado una oficina, el que debiera haber recorrido el paisaje de uno al otro polo, vivir en las montañas para inspirarse y para cantarlas con voz suave y melodiosa; acudir a los oteros y sorprender las primeras luces de la alborada; descender a los valles y admirar los reflejos que en las plateadas aguas de los ríos dibujan los últimos resplandores del sol; contemplar la suave caída de las pardas hojas otoñales, y los contrastes lucidísimos de las sombras y luces del paisaje basca; recoger los idilios campestres para cantarlos con las canciones de los campos; sentarse en los suaves declives de nuestras montañas y descansar en las praderías bajo los manzanales; llegar a las cúspides elevadas y desaparecer esfumándose entre las nieblas sombrías; escuchar la trompa del cazador y el aullido del perro, y los gritos de victoria, y los fantaseos de la caravana acompañante, y los cantos melancólicos del pastor y el cencerreo del ganado, y el silencio nocturno augusto y misterioso de las ingentes montañas bascas.

Aquel Arzác que nació para cantar todo eso y mucho más, que debiera haber idealizado la fuerza y el poder de nuestros gizones y la belleza plástica y ondulante de nuestra mujer del campo, de nuestras neskachas; que en esa vida y ese conjunto debiera haber cantado las umbrías selvas impregnadas de cantos y alegrías; el vigor de los robles centenarios; el mirarse de los sauces en los límpidos espejos de las aguas cristali-