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De Iturriak
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ANTONIO ARZÁC

la pasión de un Víctor Hugo; ni la grandeza de un Lamartine; ni cuentan las contraposiciones de ideas de los versos de un Musset; ni el decadente paradojismo de un Baudelaire; ni la fantasía tropical de un Leconte de Lisle; ni el romanticismo de un Gautier; ni el humanismo de un Sully-Prudhome; ni el lirismo de un Coppée; ni el enfermizo decadentismo de un Verlaine; ni la fecundidad de un Catulo Mendes; ni el atrevimiento de un Richepin; ni la intensidad de un Bourget; ni la brillantez lírica de un Rostand; ni el doctrinarismo de un Campoamor; ni la fuerza de un Verdaguer; ni la brillantez descriptiva de un Zorrilla; una sensibilidad insuperable, una penetración tan sutil de las orientaciones del alma basca, que nadie en el país le ha aventajado.

Y si Elizamburu, Etcheverri, el Doctor Larralde, lztueta, lturriaga, Arrese y Beitia, han hecho bellísima, admirable y hasta grandilocuente poesía en momentos, nadie ha superado a Arzác en esa sensibilidad inherente al poeta, literato y artista. Tampoco en la sutilidad y en el matiz; tampoco en la belleza narrativa.

Arzác no habla siempre y a todas horas de sí mismo; no arrancan de su alma lirismos que exterioricen un estado de ánimo, una conciencia estática, no. Arzác se acuerda por lo general de los suyos, de su raza, de sus hermanos, de sus montes y valles tan amados. Eso es lo que siente. Y en esta compenetración íntima de su sentimiento e inspiración, con la doble inspiración producida por el mundo que le rodea, surge el poeta en esos versos admirables y rítmicos; suaves, tiernos, ondulantes.

Otros han hablado de «Marichu», de «Zerura».

«Sufritzen» es algo tan bellamente original, que transcribiremos con gusto su argumento. Es la llegada del joven repatriado, son los quejidos y lamentos que exhala el soldado. Es aquel valiente, sano y robusto «Joshe»,