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De Iturriak
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ANTONIO ARZÁC

Y si alguna vez cayera en la debilidad de ser lógico u oratorio-que no lo creo- ¡cuán pronto se hubiese apresurado a romper el fruto de aquel artificio gramatical!

Todo en Arzác fué intuitivo y de imaginación. Nada, absolutamente nada reflejo. He aquí el gran poeta.

¿Fué lírico? ¿Fué descriptivo?

Arzác fué las dos cosas a la vez; lírico y descriptivo. Lírico, cuando era transportado en alas del entusiasmo y cantaba el objeto que la inspirara, como su país, sus montes, su raza toda. Descriptivo, cuando con el espectáculo de la Naturaleza nos presenta en sus poemas, ennoblecidos e idealizados los personajes de su observación. Fué un gran poeta, jamás atendido, postergado, injustamente postergado por su país, quien fué el único que apagó los entusiasmos de aquel nobilísimo corazón y le mantuvo entristecido hasta la muerte....

¡Pobre Arzác! Cuanto más a distancia contemplamos su obra, no por reducida, menos intensa, meritoria y artística, más gigantesca y ennoblecida aparece ante nuestra vista. Éramos muy jóvenes, casi niños, cuando estrechábamos con efusión aquella mano aún más efusiva. En la Biblioteca Municipal, en su casa, abierta siempre con cariño a sus amigos, nos recibía Arzác con aquel semblante señorial y noble.

Puede decirse que toda la vida la consagró a dos cosas. A la revista Euskal-Erria, que merced a su voluntad no murió, y a la Biblioteca Municipal.

Hace ya muchos años. Aquel insigne poeta catalán, Mosen Jacinto Verdaguer, autor del maravilloso poema «L'Atlantida», llegó a San Sebastián, hospedándose en la preciosa finca «Villa Zinza». Según cuentan crónicas de aquella época, Verdaguer demostró verdaderos deseos de conocer a Antonio Arzác, que sabedor de ello corrió al momento a estrechar a su vez la mano del genio de la