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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

sus pasiones, y sobre todo ello una elevación moral, una dignificación de su personalidad, tan elevada y sublime que confina cumbres y latitudes, imperceptibles a la visión natural de los hombres. Y en esto es en lo que aún no ha penetrado la persuasión del país euskalduna.

Cánovas del Castillo, con aquella inteligencia soberana que Le caracterizaba y con aquella cultura enciclopédica, adquirida a fuerza de voluntad firme, vertida sobre incesantes vigilias, llegó a conocer bastante la idiosincrasia y la trabazón histórica que unía al país basco antiguo con el moderno. Y en uno de los varios estudios que con singular acierto dedicó a la cuestión e historia bascongada, trataba a los bascos de rebeldes. Y, en efecto, tenía razón. Pero no tal y como aquel hombre público lo daba a conocer, sino en nosotros mismos. Los bascos somos rebeldes de fuera para dentro. No de dentro para fuera. Somos rebeldes entre nosotros; de amigo a amigo; de vecino a vecino; de individuo a individuo. Y esta rebeldía nos conduce las más de las veces al desierto de un reconcentrado individualismo. Por este individualismo; por esta rebeldía; reconociendo acaso en el fondo del alma el valor de nuestros hombres, no les exteriorizamos en apoteosis. A lo sumo encendemos una bengala; disparamos un cohete; quemamos un grano de incienso en su honor, y..... basta. Y esto después que haya muerto. Porque en vida se anula o se le estrangula en la flor de sus aspiraciones a la inteligencia más privilegiada que nacer pudiera. En cambio a cosas secundarias, y aun a extrañas al país, damos muchas veces un valor que en realidad no lo tienen.

De esta característica especial resulta el abandono de nuestra historia; el huir de las primeras inteligencias; la falta de otras que pudieran desentrañar los arcanos de nuestros primitivos tiempos; la decadencia y la pedante-