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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

citado Ignacio Uranga, y el monólogo Prashku, de Pepe Artola.

El éxito de esta representación fué tan lisonjero, que casi todos los actores tuvieron que salir repetidas veces al palco escénico ante las reiteradas aclamaciones del público. En las mismas Fiestas Euskaras se dió a conocer el naciente Orfeón Donostiarra, hoy una de las masas corales más importates de Europa, según confesión de reputados críticos extranjeros y españoles, y que fué también fundado por Antonio Arzác.

El día 7 de julio de 1896 cantó el Orfeón Donostiarra, bajo la dirección del malogrado erriko-sheme y profcsor de gimnasia del autor de este libro, Norberto Luzuriaga (Lushu), la canción «Boga-Boga», el «Ume eder bat», de Iparraguirre, y «Charmangarriya», terminando con el himno de las libertades bascas, el «Guernikako-Arbola».

Era a la sazón Presidente de la Excma. Diputación guipuzcoana el Excmo. Sr. D. Manuel Lizariturry, para quien han sido siempre un culto la lengua y costumbres del país euskaro.

La labor de Arzác en todas estas manifestaciones del sentimiento basco, era continuada e interminable. Él era la figura más interesante, y sobre su férrea voluntad caían todos cuantos trabajos se hacían necesarios para el mayor éxito de aquellas fiestas. Muchas veces pronunciaba discursos en euskera, y era de oirle aquella dulzura en sus labios, aquella inspiración en su frase, aquella elegancia y flexibilidad de la lengua en que habiaba, aquellos conceptos tan elevados, que surgían vibrantes y sonoros, con el realce de su figura de corte netamente basca.

La sola presencia de Arzác ante el estrado o la tribuna imprimía aquella solemnidad helénica que recor-