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De Iturriak
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ANTONIO ARZÁC

daba a los antiguos e inmortales oradores disputándose las más elevadas cuestiones políticas, ante la severidad majestuosa de las bóvedas y columnas griegas.

Los que tuvimos la dicha de conocerle y quererle, le recordamos con mayor intensidad cuanto más a distancia nos encontramos de su cariño y de su obra.

Arzác sufrió mucho en sus últimos años. Muchas penas amargaron aquellas entrañas vírgenes, no porque él las exteriorizase, sino porque las comprendíamos, y nos hubiese complacido saborearlas con él, compartirlas con él, porque- ¡quién sabe! - si acaso mitigarlas y endulzarlas hubiésemos podido.....!

Era un día de Agosto, y, al cabo de largo tiempo, encontráronse en plena calle los dos amigos de la infancia Antonio Peña y Goñi y Antonio Arzác. Los dos tocayos abrazáronse, en un abrazo fuerte, cordial, en un abrazo del alma. Apenas se cambiaron sus primeras frases de afecto, Peña y Goñi, que conocía a maravilla el carácter de Arzác, las entrecortó, diciéndole:

-Pero..... Antonio.... ¡Tú sufres! ¡Tú sufres!

Queriendo Arzác, sin duda, disimular la tristeza honda que sentía de largo tiempo ha con un nuevo giro en la conversación, y comprendiéndolo Peña y Goñi, le contestó:

-No..... Nada. Es inútil que trates de hacerme creer lo contrario. Nos conocemos, Antonio. ¡Tú sufres!.....

En efecto, para entonces eran ya muy grandes las amarguras y las tristezas del inspirado poeta.

* * *

Su alma bascongada no solamente la exteriorizó en aquella continuada y firme labor diaria, como habrá visto el lector durante la lectura de estas líneas dedicadas a su enaltecimiento, sino en detalles como el si-