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De Iturriak
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ANTONIO ARZÁC

adaptado está a la idiosincrasia bascongada, el titulado «Josecho», y «Sufritzen». Traducidos al castellano, son poemas que pueden compararse muy fácilmente y aun con ventaja en su inspiración y fantasía, a muchos que hoy gozan de prestigio en las letras castellanas. Seguramente que nada sufrirían hoy ante el análisis de la crítica moderna; antes bien, aparecerían como producciones prontas a resistir en todo tiempo el empuje de la crítica más sutíl y vigorosa.

Claro está que habría que huir de poner en práctica por el traductor aquel adagio que nació en Italia: «Traduttore nos dice traditore». Y, en cambio, recordar lo que de las traducciones decía Fray Luis de León, y suponer que lo hagan así.

«De lo que yo compuse-decía Fray Luis de León- juzgará cada uno a su voluntad; de lo que es traducido, el que quisiere ser juez pruebe primero qué cosa es traducir poesías elegantes de una lengua extraña a la suya, sin añadir ni quitar sentencia y con guardar cuanto es posible las figuras del original, y su donaire, y hacer que hablen en castellano y no como extranjeros y advenedizos, sino como nacidas en él y naturales.»

Y en este sentido hablarnos de la traducción; en el sentido de la virtualidad viviente de la poesía. Porque tal poesía encierran todos los poemas de Arzác, pero especialmente los que hemos citado, que quien domine la lengua en que se escribieron y las lea, indefectiblemente ha de pasar momentos felicísimos con su lectura. Y es que Arzác, aparte de su temperamento sensible, supo cultivar y estudiar los autores que más y mejor se adaptaban a su ternura, a su idealidad, a su fantasia, a su lirismo.

Y fueron sus poetas favoritos Alfonso de Lamartine,