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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

Alfredo de Musset, Alfredo de Vigny, la lírica de Víctor Hugo, aunque nunca con tanto cariño como los anteriores; Francisco Coppée, a cuyo «Parnaso Contemporáneo», verdadero renovador de la lírica francesa, tendía fervoroso culto, como a «El Relicario», y como a todo cuanto Coppée, el gran poeta francés, compuso en sus mejores tiempos.

Arzác leyó también a Chateauhriand, a La Rochefoucauld, a Bossuet, a De Maistre. De autores españoles gustaba de las lecturas de Fray Luis de León, de los libros de Santa Teresa de Jesús, del P. Juan de Ávila. Conocía buen número de los místicos y clásicos castellanos.

Leyó también mucho a Campoamor, a Núñez de Arce, a Espronceda, a Zorrilla, aunque ya en éstos no se solazaba tanto como en la lírica de Fray Luis de León.

En literatura basca leyó todo cuanto poseemos digno de mención, pero especialmente Eiizamburu. Era tan poeta Arzác y gozaba de tal modo, cuando inspirado, escribía poesía, que podrían justamente aplicársele aquellos de Alfonso de Lamartine:

«Tu voz, cuyo sentido quizá ignoras,
es voz de los azules horizontes,
voz de las verdes ramas cimbradoras,
voz del valle dormido entre los montes.»

Y es que Arzác jamás pensó más que en sus montañas, en sus paisajes y en el aroma entre ellos encerrado.

Arzác jamás fué político. Si lo hubiese sido, acaso hubiese realizado el milagro de unir sentimientos y voluntades, ya que en política sucede todo lo contrario. Pero fué siempre enemigo de toda tendencia de lucha y desunión.