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De Iturriak
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ANTONIO ARZÁC

A Arzác no se le dió el valor ni la importancia que realmente tenía. El país, es indiscutible que fué injusto con él, porque de no serlo, hoy tendríamos en literatura basca una verdadera riqueza de inspiración, de detalle y de poesía. Arzác murió corno murió Soroa, como murió Manterola. Pérfidamente olvidados y postergados por el mismo país que les vió nacer.

Y antes de concluir, hemos de hacer notar que si como poeta Arzác fué de los más inspirados, como lector, tanto de las poesías como de cualquier trabajo en prosa, fué lector admirable.

La entonación, la adaptación de la voz y del gesto al trabajo objeto de la lectura, eran en Arzác condiciones naturalísimas, que, cultivadas con su ingenio, producían el gran lector. Hacía sentir el ritmo, como hacía sentir la rima, y leía una oda sin confundir su lectura con la de una fábula.

Menos todavía afeminaba la expresión, ni manoteaba poco ni mucho. Le bastaba a él un gesto para exteriorizar de modo maravilloso el sentimiento que la lectura encerraba. Era músico cuando debía serlo, y pintor cuando así lo exigía la lectura. Condiciones envidiables en un lector, según hace observar el gran maestro de la lectura Ernesto Legouve.

Ya últimamente, Arzác apenas leía en público, excepción hecha de las fiestas euskaras. Su vida se reducía a la Biblioteca Municipal y a la revista Euskal-Erria. Murió medio olvidado y así continúa, a excepción de cuatro o cinco, que le rendimos un culto de amor más intenso cuanto mayor es la distancia del tiempo que nos separa desde su muerte.