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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

por luchas de sangre y por luchas de horribles y luctuosos recuerdos.

Y como dice muy certeramente el docto cuanto ilustre académico de la Historia Sr. Fernández de Bethencourt en su discurso contestación de bienvenida, a propósito de la recepción en la Academia de la Historia del también muy docto Sr. Villa-Urrutia, ilustre Marqués de Villa-Urrutia, «ya no luchamos contra el galo vanidoso, nuestro vecino y nuestro enemigo, ni contra el ambicioso britano, ni contra el teutón hereje, ni contra el venecia no siempre inquieto, ni contra el neerlandés obstinado, ni contra el turco feroz, ni contra el lusitano rebelde, ni contra el piamontés astuto, ni contra el salvaje berberisco; ni luchamos lejos de la patria por obligaciones sagradas del honor; luchamos dentro de la propia casa y del propio hogar por algo que no se sabe bien lo que es».

A los primeros chispazos de la primera guerra civil, San Sebastián, que siempre se distinguió en la defensa de las ideas liberales, se aprestó a Ja lucha, y formando un Cuerpo de Voluntarios, nacido al calor de la defensa por el ideal, la nutrió con la juventud más entusiasta y escogida que por aquel entonces vivía en la gran ciudad easonense.

Allí estaban Lersundi; allí Barcáiztcgui; allí pudo estar Urbiztondo, y allí, con todo el entusiasmo de sus convicciones, estaba Echagüe.

¡Qué juventud tan idealista luchó en aquel ejército de chapelgorris! ¡Qué servicios no prestó a la causa liberal!

Apenas Echagüe había terminado sus estudios; apenas frisaba en los veinte años aquel aguerrido barbilampiño, cuando ya lanzóse de lleno a la pelea. Nada le arredró. Ni la inexperiencia de la vida; ni la falta de ins-