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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

no ser posible esperar el resultado estando lejos del lugar de la pelea.

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Espartero montó a caballo, y, seguido de su Estado Mayor, se presentó en el campo de batalla. Fué el general recibido con entusiastas vivas por todos los soldados que pudieron verle, y como si la presencia del general en jefe aumentase las fuerzas de aquellos valientes, el entusiasmo cundió por las filas de los batallones ordenados; y aun se comunicó a los grupos de aquellos soldados que a la desbandada combatían en detall.

Aprovechando aquel entusiasmo, Espartero habló a aquellos tan sufridos como intrépidos liberales, dió vivas a la Reina, y, poniéndose al frente de la segunda división y ordenando que las bandas tocasen paso de ataque, se dirigió a la alta cumbre de Banderas; pero como en aquel instante el furioso temporal acreciese a un extremo, que el agua, el granizo y la nieve hacían imposible toda operación, los soldados de ambos ejércitos suspendieron el combate para guarecerse donde mejor pudiesen de una tan furiosa borrasca.

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A la mañana siguiente, tanto Espartero como sus tropas se encontraron en la elevada cumbre de Banderas, del monte de San Pablo y del de Cabras y en casi todos los puntos donde los carlistas tenían alguna resistencia. Calada la bayoneta, con la bravura en el corazón y el oído atento al estrépito de cien tambores a la vez, cargaron de un modo inusitado a los carlistas, que, dueños de un caserío situado a la falda del monte de San Pablo, creíanse seguros y a cubierto de toda tentativa.

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