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De Iturriak
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RAFAEL ECHAGÜE

Y una vez arrojados los soldados de Eguía del caserio en que se creían tan fuertes, fuéronlo también como hemos dicho, de la cumbre de Banderas.

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Despavoridos, aterrados y sin poder comprender los carlistas cómo en noche tan terrible, bajo un temporal tan tremendo y a despecho de parapetos y baterías, habían los constitucionales adquirido tan eminentísima victoria, huían acobardados por los caminos de Azúa, Erandio y Derio.

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Veintiséis cañones, la mayor parte de grueso calibre; un crecido repuesto de balas; un número considerable de carros, de brigadas, bueyes y caballerías sueltas; todos los pertrechos de sitio, almacenes y hospitales, fué el primer trofeo con que los soldados de Espartero pudieron atestiguar su gran victoria.

El fruto de las cargas de la caballería de Espartero fué el hacerles 88 prisioneros, que, reunidos a 104 soldados, siete oficiales y un comandante de artillería que se habían cogido durante la batalla, ascendian a 200. Mil hombres fuera de combate le costó al ejército isabelino la batalla de Luchana, número demasiadamente escaso -dice el cronista de aquella época- si se atiende a que el resultado de una tan sangrienta acción afirmó para siempre en las sienes de Isabel la corona de Castilla.

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Y así terminó un sitio en el cual tenía puestos los ojos no sólo la España entera, sino la Europa toda. Y ese fué el resultado de una batalla, de la cual pendía una corona, un reino, la suerte de miles y miles de familias.»

Trasladado a Guipúzcoa al cabo de una vida ince-