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De Iturriak
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RAFAEL ECHAGÜE

Oigamos, sin embargo, una vez más a uno de los escritores más célebres de España, que con inimitable y admirable prosa nos habla brillantemente de la situación y momentos peligrosísimos del General Echagüe. Don Pedro Antonio de Alarcón, que en su libro «Diario de un testigo de la Guerra de Africa» dice así:

«No sé cómo Echagüe no cayó en poder de los moros! ¡No se sabe cómo no le mataron! La descarga de que resultaron herido él y muerto su caballo se la hicieron a quemarropa. Los moros estaban encima; sus alaridos feroces atronaban los oídos. La herida del general fué en el índice de la mano derecha, y se le cayó la espada; uno de los ayudantes la cogió y se la entregó enfrente de los enemigos.

A cuatro pasos de distancia hallábanse éstos entretenidos en cortar la cincha del caballo, para recoger la hermosa silla, de la que se había desmontado Echagüe, cuando llegaron refuerzos y se rechazó a aquellas fieras.»

Por este comportamiento tan valeroso y por méritos que contrajo en el comienzo de aquella peligrosísima campaña, fué promovido al empleo de Teniente General por Real decreto del 16 de Diciembre, concurriendo más tarde a las acciones del 15 y 20 del mismo mes de Diciembre.

Pronto se vió que aquella campaña necesitaba un número mayor de refuerzos. No tan sólo por la enorme superioridad del número del enemigo, sino por la extensión incalculable de aquel territorio, todo él en un estado del más abrupto salvajismo, sin vías de comunicación, expuesto el ejército a enfermedades peligrosas y contagiosas, debido a lo insalubre de aquellas extensiones húmedas e inhabitadas, y sin medios de transporte para la debida organización del ejército. Los sa-