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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

instantáneamente en todas direcciones y, organizando una importantísima red de servicios con personal a sus órdenes, comenzaron los primeros trabajos de salvamento y rescate de las personas que yacían, cadáveres los unos, medio muertos los más, entre escombros.

Fueron tan acertadas las medidas tomadas por el General Echagüe, que no sólo merecieron la aprobación del Gobierno de S. M., el aplauso general de los supervivientes de la capital y la isla, sino que en distintas Reates órdenes hízole saber el Gobierno «la satisfacción con que había visto los relevantes servicios prestados en aquellas apartadas regiones, autorizándole al mismo tiempo para formalizar una propuesta de gracias en favor de los empleados civiles y militares y demás personas que más se distinguieron por su abnegación y patriotismo».

Y para formarse una idea del interés con que el General Echagüe tomaba todo cuanto afectaba a la isla, al poco tiempo de terminar la catástrofe, de nuevo recorrió en persona las provincias limítrofes a la capital para enterarse de las necesidades inherentes a cada provincia, cada pueblo y cada villa.

Ante conducta tan leal y patriótica, realmente no sabían qué hacer los habitantes de aquellas islas para pagar en cierto modo los servicios importantísimos llevados a cabo por el General donostiarra. Pero una vez más iba a demostrar Echagüe su amor a la Patria, a los filipinos, a la Reina y a las instituciones; una vez más iba a pasar aquel corazón, dolorido por tanta desgracia acaecida, nuevas tristezas y sinsabores. Nuevas calamidades se preparaban, sin duda para amargar aquel espiritu elevado, todo bondad y corazón para los suyos.

Presentóse el año de 1864, y con caracteres alarmantes, el cólera morbo, haciendo verdaderos estragos