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De Iturriak
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RAFAEL ECHAGÜE

en la capital. Aquel terrible azote, antes de entibiar el corazón de Echagüe, sirvió para desplegar una vez más sus energías y sus acertados planes de higiene y organización.

Pero ¡pobre Echagüe! Las calamidades que allí se iban sucediendo coronaron macabramente su obra, arrancando para siempre de su corazón y de sus cariños de esposo fidelísimo aquella mujer santa y buena, dulce y bella, que con talento singular y preclaro compartió también con él todos los infortunios y desgracias. Tipo de distinción y de bondad, como dice el ya varias veces citado general Arteche, dama incomparable, pedimos al lector en estas líneas una plegaria y un recuerdo piadoso para aquella ilustre dama y aquel insigne caballero.

¡Pensemos piadosamente que el Cielo habrá premiado ya las excelsas virtudes del egregio matrimonio!

Gracias a las acertadas gestiones del General Echagüe, pudo llegarse a aminorar la catástrofe que amenazaba a la isla entera, con ra propagación del cólera morbo de 1864, y el ejercicio de su mando, ser pródigo en leyes, órdenes y actos favorabilísimos al buen gobierno de la isla. Sin embargo, cansado ya su organismo y cuando casi agotadas sus fuerzas de un trabajo continuo y pesado, más la terrible desgracia de la pérdida de su esposa, que acabamos de citar, presentó la dimisión el 8 de Octubre, fundándose en el mal estado de su salud. El 24 de Diciembre le fué aceptada por el Gobierno de S. M., pero continuó mandando aquellas islas hasta el 23 de Marzo de 1865, fecha en que se embarcó para la Península, llegando a Madrid el 8 de Mayo. Entre los actos más generosos durante su estancia en Filipinas, merece citarse el siguiente, que demuestra el desinterés de aquel ilustre general.