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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

ron a Filipinas, donde les esperaba una gran ovación del pueblo, del ejército y de su Capitán general, que al obtener de su Gobierno la aprobación de su conducta, recibió del Emperador Napoleón la placa de Grande Oficial de la Legión de Honor.»

La despedida que se le tributó al General Echagüe al embarcarse para la Península fué de las muy pocas que se conocen en la historia civil y militar de aquellas islas. El elemento oficial era lo de menos en aquellos instantes. Lo que dió nota de un sincero entusiasmo y del gran cariño que aquel pueblo sentía por el General donostiarra, fué la explosión del sentimiento popular que unánimemente se exteriorizó de modo formidable en el muelle de despedida.

No sólo de la capital, sino de casi todas las provincias, acudieron representaciones para saludar y despedir al insigne General. Las lágrimas de la pena que en aquellas almas embargaba se confundían con los gritos de entusiasmo y las salvas de artillería. Fué una manifestación popular como nunca se vió, y de la que, tanto el pueblo filipino como el General Echagüe, guardaron recuerdo imborrable.

Embarcado el 23 de Marzo de 1865, llegó a Madrid el 8 de Mayo, con una salud harto resentida, efecto de los continuos disgustos y el clima de las islas Filipinas; y, sin embargo, ya para el 21 de Junio se encargaba del mando de una Capitanía tan importante como la de Cataluña, habiendo tomado posesión el 24 del mismo mes.

No pasó mucho tiempo en Barcelona, porque el 21 de Octubre fué nombrado Director General de lngenieros y, trasladado a Madrid, encargóse de su nuevo destino el 6 de Noviembre. Tristes sucesos obligaron de nuevo a Echagüe a desenvainar la espada en defensa de la Patria. Menudearon las insurrecciones y pronuncia-