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De Iturriak
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RAFAEL ECHAGÜE

Así continuó durante todo el año de 1867. Ya la revolución comenzó a cristalizar en hechos lo que años ha se estaba copiando en ideas; y aprovechando el momento de la debilidad del Trono, por la falta de hombres de acción y autoridad, comenzó a llevar a cabo los hechos más repugnantes que la historia recuerda. En aquella revolución estaban comprometidos gran número de militares de alta graduación, marinos y dotaciones de buques enteros.

El estado social que España presentaba se hallaba totalmente infeccionado por ideas destructoras del orden social. Las más nefandas teorías; los crímenes políticos más viles; las persecuciones más injustas y tenaces, todo lo encontraba justificada la revolución. Sin embargo, como dicen dos escritores de la «Historia de la Revolución», los Sres. Villarrasa y Gatell, la «revolución de Septiembre no ha sido en el fondo más que una lucha de hombres, de intereses, choque de ambiciones, rivalidad de miras puramente particularistas, presentado todo esto ante el país con el aparato de lucha de ideas y de principios.

En el gran circo de la política hemos visto por el espacio de seis largos años a estos gladiadores desgarrarse mutuamente, hasta que después débiles, desangrados, casi muertos se agarraban juntos al poder para repartírselo en pedazos.» En efecto, nada más exacto ni nada más triste que esta pintura de los historiadores Villarrasa y Gatell.

Porque hemos de declarar con la sinceridad de honrados trabajadores de la pluma, que si comparamos la revolución española con la francesa, de la que quiso ser la primera una imitación, al momento reconoceremos la enorme grandiosidad de la segunda sobre la primera. La revolución francesa, en medio de aquel mar inmenso