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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

me trascendencia social, y entre otros que hemos ojeado en la Colección del citado Diario de San Sebastián, aparece uno tan discutido como el de la enseñanza oficial, que su autor, D. Andrés Constante, de Zumárraga, lo intitulaba «¿Debe darse la enseñanza religiosa en las escuelas públicas?». De todos modos, tanto durante el tiempo que lo dirigió Manterola, como mucho después, prestó al citado diario un gran servicio informativo y social en la capital donostiarra. ¡Lástima grande que apenas se encuentra ya hoy una colección completa más que en alguna que otra biblioteca particular! Pero como dejarnos dicho, la obra de más empeño de Manterola fué la publicación del «Cancionero Basco», aquel cancionero cuyos anhelos los dejaba sentir ya en épocas de su juventud.

El éxito de la mayor parte de las empresas, sea cuales fueren las regiones donde éstas se han de desarrollar, depende de la oportunidad. La oportunidad de aquella publicación el año de 1877, lo fué bajo un aspecto: el de la novedad, y no lo fué en cambio bajo su aspecto bascongado. Aunque parezca inverosímil, a pesar de la abolición de los fueros que por el Gobierno español se llevó a cabo el año anterior, el sentimiento basco se hallaba muerto. La influencia de gentes extrañas al país, que inherentemente a las vicisitudes de la guerra, comenzaron ya a decidir sobre la suerte de este país, causaron una verdadera revolución en el modo de ser de las gentes. La clase que más se distinguió en este abandono o dejación de la personalidad basca, fué, para desgracia nuestra, la clase humilde.

Llegóse al caso, fatalmente estupendo, de abandonar por las criadas de servicio la lengua euskara, sustituyéndola por la castellana. En la clase media se miraba con cierto despego y basta desdén todo cuanto fuese