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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

de sangre y exterminio, mantuvo en todo su macabro desarrollo los chispazos del genio francés, chispazos que hicieron fulgurar en el inmenso espacio de la civilización moderna llamas y resplandores de principios que en la actualidad estamos en la necesidad de defenderlos.

De la revolución española ¿qué quedó?

Un trono derrumbado por debilidades y ambiciones egoístas; una nación paralizada en las vías de una paz progresiva, y al fin, nada duradero y estable. Serrano, Dulce, Caballero de Rodas, Prim, Topete, ¿quién más?

Casi podríamos incluir aquí a aquel González Bravo, a quien se le anunciaba, se le decía con todo género de pelos y señales los trabajos de los conspiradores, y, sin embargo, contestaba con razonamientos infantiles.

El General Echagüe no fué de los sublevados, ni de los revolucionarios, para honra y prez de su apellido y para gloria de su pueblo natal, San Sebastián. Durante la época en que se conspiraba de la manera más escandalosa desde Londres a Canarias y desde Cádiz a Madrid, Echagüe estaba de residencia en San Sebastián con el fin de abrazar a su familia, de la que tantísimos años estuvo separado en medio de un batallar sin descanso, como el lector lo habrá visto ya.

Y aunque el General Echagüe hubiese tenido noticias del levantamiento que se tramaba, nada ni nadie le hubiese hecho variar de su actitud, por convicción propia y por estar siempre aliado material y espiritualmente al Duque de Tetuán.

Así, que estando en San Sebastián como estaba descansando, se le trasladó su cuartel a las Baleares, y el 4 de Octubre fué nombrado Capitán General de aquellas islas, habiendo dirigido al pueblo balear una alocución en la que hacía pública protesta de su adhesión al trono, y su ausencia absoluta de los planes de la conspiración