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De Iturriak
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RAFAEL ECHAGÜE

y del movimiento revolucionario. Con este acto de soberana independencia, que debió de ser aplaudido hasta por los mismos revolucionarios, por la lealtad y sinceridad, demostró Echagüe que aunque triunfante la revolución, él no abdicaba de las ideas sustentadas y defendidas siempre con las armas en la mano. ¡Rasgo admirabie de consecuencia y amor a las instituciones!

Sabía demasiado del mundo y de las cosas para que Echagüe se lanzara a aventuras, que nunca tuvieron otra finalidad que desangrar de nuevo la nación española. Hubiera podido hacerlo y, sin disputa, con tanto o mayor prestigio como cualquiera de aquellos corifeos de la sublevación. Su vida de sacrificios en aras de la Patria otorgaban al valiente general el éxito de cualquier movimiento que quisiese llevarlo a la calle.

Pero Echagüe tenía una conciencia. Aquella conciencia era patriótica, y ella demandaba de consuno el mayor y más leal de los sacrificios. Mantenerse a pie firme con su espada, viniese lo que viniere, antes que lanzarse él por un despeñadero. Que no otra cosa más que esto último fué lo que hicieron sus compañeros de armas, ante Europa y ante España.

Fué Echagüe, en esto, un basco en toda la extensión de la palabra. Su carácter sereno y la observación que hizo de la vida durante los momentos más aciagos de la historia de España convivieron con él de manera que pudiera huir siempre de los delirios teóricos, de las utopías y de las ideologías que, ni en Francia ni en España, sirvieron siempre, más que para ensangrentar sus patrias respectivas.

Siendo él un carácter progresivo, y amigo entusiasta de cuanto positivamente, en todos los órdenes, se limitase a engrandecer su Patria, jamás, sin embargo, llegó ni le hubiesen llevado a la claudicación y al abandono