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De Iturriak
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RAFAEL ECHAGÜE

que a todas las empresas imprimía el General Echagüe, concurrió los días 25, 26, 27 y 28 a los combates de Estella, donde cayó muerto su jefe, el Marqués del Duero, en Montemuro. Echagüe, que se había ya indispuesto de modo alarmante en el curso de esta campaña, no abandonó, sin embargo, el campo de batalla, y asediado por calenturas, bajo la acción de una fiebre que parecía llevarle por momentos a la muerte, seguía el curso de las batallas, dando órdenes desde el mismo lecho donde descansaba.

Las gravísimas circunstancias que concurrieron con la muerte del Marqués del Duero; la división en el Ejército, que cada día se acentuaba más y más; la duración interminable de aquella tremenda campaña, fueron causa suficiente de una honda preocupación por parte del Gobierno y los elementos monárquicos del país. Sólo una esperanza quedaba, y bien fundada, por cierto. La del General Echagüe.

Y, en efecto, enfermo y todo, asumió después de la catástrofe del Marqués del Duero la responsabilidad del mando en jefe del ejército, con cuya investidura continuó aquella memorable retirada tan admirablemente dirigida por el caudillo insigne General Echagüe y que tenía en aquellos peligrosísimos momentos una doble y transcendental importancia. De tal modo fué importante y en preciso momento aquella retirada, después de empeñadísimos y sangrientos combates, que, juzgada por todos los oficiales generales allí presentes, se consideró indispensable, dadas las condiciones morales y materiales en que había quedado aquella fuerza después de las citadas jornadas.

Después de la muerte del Marqués del Duero, sin una voluntad firme y una certera y pronta resolución como la llevada a cabo por el General Echagüe, el ejér-