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De Iturriak
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RAFAEL ECHAGÜE

Nos permitiremos, sin embargo, hacer algunas ligeras reflexiones. Llegó, por fin, la tan ansiada paz; es verdad. Toda la nación gritaba unánime: ¡Viva Alfonso XII! ¡Viva la Restauración! Pero como una región por su importancia y su situación política jugó importantísimo papel, a ella vamos a dedicar este capítulo a modo de continuación histórica.

Extraordinarios fueron los esfuerzos del Gobierno para llegar a conseguir la paz. El carlismo se hallaba enseñoreado de España; y las regiones más importantes, como Cataluña, Navarra y las Vascongadas, constituían regiones de un poder formidable. Sin embargo, existía un medio de conseguir, si no acabar en el acto, por lo menos dividir mucho las fuerzas carlistas. Si el país basco se levantó en armas porque le dijeron que peligraban su Religión y sus Fueros principalmente, el medio conducente a la pacificación era el de prometerle sus venerandos Fueros, a cambio de que depusiera su actitud belicosa.

Cansadas, según decían, de tanto batallar las fuerzas carlistas, deseosos de acabar con la guerra algunos jefes de la insurrección, el Gobierno se aprovechó de estas circunstancias y prometió el mantenimiento de los Fueros. La promesa excitaba codicia a aquellos batallones bascongados, que si dieron su sangre por D. Carlos, es porque D. Carlos les había prometido y hasta jurado guardar sus Fueros.

Era el momento tan culminante a la vez que trascendental; se había hecho ya tal publicidad sobre la traición de algunos jefes carlistas, que al fin, y no con pocas dificultades, las masas se colocaron en una actitud de cierta transigencia. Pero no estaba la empresa aún terminada, ni mucho menos.

La campaña de pacificación comenzó subrepticia-