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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

mente allá por el año de 1875, y la guerra no terminó hasta el 1876. Fueron necesarios grandes sacrificios de dinero y de diplomacia; de reflexiones muy hondas acerca de la suerte del país si aquella guerra continuaba; la enorme responsabilidad que caería sobre aquellos que aun se empeñaban en demorarla, y así sucesívamente. Hasta que tras una labor consecutiva, enorme y tenaz, consiguióse destacar un cuerpo de ejército carlista al grito de Paz y Fueros, rindiendo al poco tiempo homenaje a este glorioso lema aquellos valientes e incansables batallones que hasta entonces pelearon como leones en los campos de batalla.

La retirada del ejército carlista fué el principio de la paz. Pero también el derrumbamiento de todo un régimen político social. Apenas el resto de la nación se había dado cuenta de la pacificación de nuestro país. Apenas había huído el temor de nuevo levantamiento y de guerra carlista, cuando una campaña violentísima por parte del pueblo y de la prensa comenzó contra las seculares instituciones del país basco.

Como hemos dicho en otro anterior capítulo, el primer golletazo lo recibieron después de la guerra de los siete años. Y ahora, el año 1876, comenzaba la campaña de difamación contra este solar, hasta la destrucción total del régimen foral. Era evidente que en aquellos momentos aciagos para este país, con multitud de familias arruinadas, fortunas acabadas, paralizada la industria y el comercio; sin agricultura, y desangrado el país totalmente, se hacia poco menos que imposible un nuevo levantamiento en defensa de los Fueros. No, sin embargo, porque faltasen ganas a muchos hijos del país, que, sin ser carlistas, sentían correr por sus venas sangre bascongada. Llegando hasta el extremo de que muchos que habían figurado en los batallones de voluntarios,