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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

do publicista: «Las páginas de este libro se devoran, no se leen, por cuantos conocen la lengua de Larramendi y de Garibay, y al través de las estrofas, con la traducción a la vista, tratan de contemplar con creciente curiosidad los que ignoran el bascuence a los desconocidos y originales poetas de la apartada tierra. Para todos tiene, en efecto, misterioso y especial atractivo este libro».

En forma parecida de sentidísimo elogio habla también otro artículo dedicado por el insigne defensor de nuestros Fueros D. Pedro de Egaña, a raíz de la muerte de Manterola, cuando dice: «Su «Cancionero Basco», en que logró reunir con escogida crítica cuantos recuerdos, tradiciones y leyendas andaban esparcidos por nuestras montañas, es un tesoro de poesía que no dejarán de utilizar nuestros nietos luego que hayan desaparecido estos tiempos de frío escepticismo que hielan el alma y apagan todas las fuentes del entusiasmo».

Y ¿qué duda cabe que, tanto Becerro de Bengoa, como Egaña y como tantos otros que enaltecieron briosamente la labor de Manterola, no otra cosa hicieron más que cumplir con uno de los más estrictos y sagrados deberes del hombre, que es el de la justicia? Porque si para algunos sabios que andan por esos mundos de Dios, la labor de Manterola no fué lo que debiera haber sido, para nosotros, modestos estudiantes de las cosas euskaldunas, Manterola sobrepujó con su obra el ambiente antiliterario y antiartístico de aquella época, y vino a llenar un vacío que, sin su férvido patriotismo, todavía hoy quedara en su primitivo estado. A mi entender, el «Cancionero» de Mantero!a no es incompleto ni merece el menor reproche. Obedece al estado de alma de aquella época; a la conciencia colectiva de aquellos tiempos, que, como dice muy bien el Sr. Egaña, eran de glacial indiferentismo. ¡Cómo vamos a preten-