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De Iturriak
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RAFAEL ECHAGÜE

algo tan sutil y delicado, que tocarlas para subvertirlas es peligro cuya responsabilidad ante la Historia se depura. Por eso él, cuando preveía el acercamiento de esos tremendos huracanes sociales que, sin construir nada, todo lo destrozan y aniquilan, lo quiebran y rompen hasta reducirlo no pocas veces a polvo y a la nada, procuraba mantenerse en aquella serenidad de criterio que siempre es ordenadora de los actos más elevados de la vida. Y antes de lanzarse a la epopeya o a la tragedia, pesaba en la balanza fiel de su conciencia el deber demandado ante la bandera jurada, que era juramento ante Dios y ante la Patria.

Echagüe tendría algún error en la vida, acaso por exceso de ese mismo cumplimiento del deber; llevaría en su alma algo indeclinable que sólo ante Dios podría responder, porque los hombres jamás tuvieron a ello derecho, dentro de la justicia y del honor. Pero cuando el error va seguido de un acto generoso en la vida de los hombres y en la vida de los pueblos, deber es de éstos, no perdonarlo, sino enaltecerlo por la virtualidad que en sí el mismo hecho encierra.

El buen sentido de las cosas, la experiencia de la vida y su misma conciencia, dió a Echagüe el suficiente criterio, para no convertir su espada en vehiculo de desórdenes y en transporte de sangrientas cabalgatas.

Dos poderes son temibles en la vida de toda la humanidad. El poder de la palabra y el poder de la espada. Los dos, unidos, son invencibles1 porque su resistencia y su poder avasallan todo cuanto por delante colocarse osara.

Pero al convertir ese poder en una fuerza bruta, animal, en amenaza constante de la humanidad, en destructora del derecho, de la paz, del orden, de la tranquilidad pública; en fomentadora de desórdenes y sembra-