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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

dora de discordias; en fautora y encubridora de las más nefandas acciones; en cerrar paso al honor y a la verdad; en verdugo de la justicia; en canallería, vileza, abyección y escándalo miserable. ¿Qué queda?

Una máquina infernal de destrucción en lugar de un límite, una esperanza, una salvación, una defensa insigne del derecho y de la vida.

Nunca el General Echagüe pensó así. Su espada, ante el prestigio enorme que de ella emanaba, pudo en momentos de turbulencia aumentar aquellos ríos de sangre que corrieron por las calles de Madrid, Zaragoza, Barcelona y Valencia, pero tenía un concepto fijo en las ideas y en la marcha de las sociedades. Este concepto era el mantenimiento del bien actual, sin comprometerlo por ulteriores promesas de mejoramientos.

Los nombres le importaban poco. Lo que él necesitaba y quería ver siempre en la vida eran hechos. No pocas veces estaría él más cerca de algunos que se llamaban enemigos suyos, que los corifeos de éstos, de sus masas. Y al contrario. Resultaría más fácil un aproximamiento de algunas conciencias de sus enemigos con Ja de Echagüe que la de éste con no pocos de sus subordinados y compañeros. No suele ser esta de la conciencia y del espíritu cuestión de bandos, de ejércitos, ni de partidos, sino de ese algo más superior y fijo que se llama a veces idea, otras conciencia, otras patriotismo, y casi siempre honor y deber.

¿Hubiera sido tan difícil que Echagüe, del mismo modo que los revolucionarios convierten las ideas de gabinete en amenazas callejeras, hubiese él también convertido la espada del honor en espada de proselitismo, irresistible acaso?

No. Como digo antes, jamás quiso corromper multitudes, ni indisciplinar el Ejército, ni menos llegar a la