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De Iturriak
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RAFAEL ECHAGÜE

claudicación por lo que cuatro agitadores prometieran al pueblo. Que esa promesa, después fantástica e ideológica, quedaba y quedaría siempre incumplida. Amó como el primero el sentido y la progresión ascendente de las naciones. Mayormente había de amar ese mismo sentido para su nación y para su pueblo.

Tipo perfecto de caballero, grabado tenía siempre en su alma el sentido de la responsabilidad y el deber del patriotismo. Y en su mente, el respeto, la subordinación, el entusiasmo, que a veces se traducía en verdadera idolatría, por aquellos que le guiaron primero y le enseñaron más tarde a la generosidad y a la sencillez: O'Donnell y Alfonso XII. Ellos fueron sus dos compañeros, a quienes admiró en vida; más que admirar, los idolatró, como digo.

Y, acaso, precisamente de este mismo trato con aquellos dos egregios personajes, aparte de su natural e innata sencillez, resultaría aquella llaneza en el trato del General Echagüe; aquella sencilla amabilidad que ni confunde ni adula. Natural, noble, elevada y atrayente. Cualquiera hubiese dicho que aquel hombre, nacido para escalar los puestos más elevados; que durante largos años fué acompañante inseparable de los hombres de más poder en España, de los caudillos más insignes y, tíltimamente, del Rey D. Alfonso XII, habría de darse a sí mismo lo que es general y vistoso. La aureola y el envoltorio historiado del influjo de la preponderancia.

Cualquiera querrá recordar al General evocando sus voces de la imperiosa disciplina militar; aquellos sus vistosos uniformes; aquellas alturas donde él siempre se encontró. En fin, el hacer valer -como en lenguaje vulgar se dice- el peso de su autoridad y de su prestigio, aun fuera del ejercicio de esa autoridad. ¡Qué equivocación!