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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

Por lo mismo que amó la vida, saboreando con ella disgustos, peligros y hasta casi la muerte, justipreció también lo que ella valía, y con ella sus luchas y sus encantos. Tenía el concepto verdadero de la gloria y de la ambición; del dolor, de la amargura y de la esperanza. Sabía que todo esto no puede contemplarse en la alquitara de la felicidad y de la serena conciencia, sin un gran corazón, manantial fecundo de los grandes pensamientos y de las sublimes acciones.

Y porque sabía todo esto, conocía también su único valor y su peso específico en la actuación de la sociedad. Y sabía que nada pueden la altivez y el orgullo humano, mientras una capa de tierra ha de cubrir por igual a todos y cada uno de los hombres, tras la hora suprema, de la suprema voluntad. De aquí surgía en el valiente general aquella como sabiduría social, complemento de los grandes hombres y de las figuras superiores. Yo no lo veo al General Echagüe como un temperamento trivial y ordinario cuyo éxito sólo lo debió a la rutina y al escalafón, sino como a un hombre cuya acción y cuyo movimiento fué siempre mayor a sus palabras y a sus arengas. Y quizás por esto no llegaría a figurar en el tablado político, a lo menos con nota; porque su característica fué siempre la acción y el pensamiento en desarrollo. Patriótico distintivo de Echagüe que con tal mérito le llevó a la gloria enfrente de tanto charlatanismo que en su tiempo lo subvertió todo, aun las necesidades más perentorias.

Seguramente que en la política hubiese fracasado; seguramente que aquella convicción suya de la salvación nacional hubiese muerto en sus mismas manos, cuando, al intentar acometerla, hubiese cambiado también la espada por la pluma, el campo de batalla por la tribuna del Congreso.