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De Iturriak
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DONOSTIARRAS DEL SIGLO XIX

¡Serrallo!, ¡Luchana!, ¡Oriamendi! Son nombres gloriosos para Echagüe, que demostró ser a la vez soldado, amigo y diplomático. Parecía que aquellos horrores que durante las guerras civiles habían aparecido como algo macabro y fantástico, Echagüe los quería desmentir con sus actos y con sus procedimientos; no mandando que el odio fuese señor fuera de los campos de batalla, en los que se hacía inevitable la saña y el coraje de bandos, sino aquella generosidad que nunca lleva a cabo, truculencias y ferocidades, y sí en cambio desquites y defensas necesarias y debidas en el desorden revolucionario de las guerras. Más todavía si éstas adquieren el carácter de civiles.

Quien haya leído atentamente el anterior estudio que hemos dedicado a este ilustre general donostiarra, se habrá fácilmente percatado de este detalle que ahora señalo. No creo que pecaría de excesivamente benévolo, y sí en cambio de justiciero, al afirmar que si Echagüe en las postrimerías de su vida, envainada la gloriosa espada, hubiese dedicado su actividad a la pluma, sus producciones al recorrer aquellas otras páginas vivientes de su historia, llegarían a aparecer ungidas de aquel espíritu de amor y de bondad, que a eminentes apologistas franceses los hizo sentir y publicar las siguientes palabras: «Hay tanto que hacer en esta dirección y nuestra vida es tan corta, que no tenemos tiempo para indignarnos».

Y aquel hombre valiente, al mojar su pluma en la tinta azul y límpida que transcribiera al papel, no palabras ni signos gráficos, sino el estado de una conciencia que vió mucho; la expresión de un sentimiento y una acción que jamás abdicó; la realidad viviente que sus ojos de mirada noble y serena avizoraran, habría prestado seguramente un doble servicio a la Patria, de militar y pensador.